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lunes, 3 de agosto de 2026

Croniquetas de un músico #10 (2026) – Lillo del Bierzo / Aula de Folclore de Lillo

Tuvimos alguna broma con la Maja de Goya y la Maja de Lillo. Es inevitable tener referentes. Pero, vestida o desnuda, seguíamos pensando que nos gustaba más la de este bonito pueblo del Bierzo.

Y eso que, antes de venir, no conocíamos la fiesta. Ahora ya podemos decir que volvimos más que contentos.

 

Nos habían llamado para participar con el Aula de Folclore de Lillo, un grupo de mujeres que toca la pandereta, canta y baila en las clases que llevamos impartiendo desde hace tres cursos. El año pasado ya actuaron en la paella del quince de agosto y también han participado en los encuentros de música tradicional de Carracedelo y en el espectáculo Días de rodillas peladas.

Esta vez era un poquito más. Estrenaban polos y, con tres compañeras llegadas desde Vega de Espinareda para echar una mano, amenizaban la tarde después de la merienda.

 

Pero antes de la música había que empezar por la Maja.

Los vecinos se fueron reuniendo en la era, ya preparada para poner en marcha los piértigos, que es como se llaman aquí. En Lillo no se trillaba: se majaba a mano. Y algo de aquello todavía debe de quedar, porque fueron saliendo varias parejas, también de gente joven, y llevaban bien el ritmo. Hay algo muy antiguo que parece despertarse cuando los golpes empiezan a sonar acompasados y el polvo vuelve a levantarse de la era. Como si el cuerpo recordara, aunque la cabeza ya lo hubiera olvidado.

La Asociación Cultural La Rueca tenía preparados además unos piértigos más cortos para los pequeños y allí probó todo el que quiso. Lo hicieron bastante bien. Que nadie se hizo daño, y eso ya es todo un éxito con tanto palo en la mano. Porque visto desde fuera parece fácil... hasta que lo coges y descubres que baja zumbando junto a las orejas antes de golpear el suelo.

Pero la memoria de la maja no se queda solamente en el trabajo manual. Después llegaron las máquinas. Primero una para majar y otra para limpiar. Con el tiempo comenzó a venir una que hacía las dos cosas. Y, finalmente, antes de que se dejara de sembrar, aparecieron las cosechadoras modernas, que lo cambiaron todo. Para bien o para mal, de eso ya habrá más de una opinión. Nosotros todavía no tenemos ningún estudio científico al respecto.

Hoy ya no es necesario separar a golpes el grano de la paja para poder comer. Aquí se decía majar el pan, porque antes se llamaba pan al centeno desde que se sembraba. Quizá fuera por el hambre y por las ganas de verlo crecer, segarlo, molerlo y llenar la barriga con él, aunque el pan resultante fuera negro y con ese punto ácido tan característico. Por suerte. Porque una cosa es recordarlo... y otra muy distinta tener que hacerlo.

Aquella maja no era una fiesta como esta. Era polvo, picor, calor y trabajo duro. Pero también era una tarea que obligaba a juntarse, acompasar los golpes y ayudarse entre vecinos.

Hoy ya no hace falta reunirse para asegurar el pan del año, pero seguimos haciéndolo para recordar, comer, conversar y divertirnos. La necesidad desapareció; las ganas de encontrarse, por suerte, no.

 

Y algo parecido sucede con la música tradicional. Ya no es la única manera de poner baile, de celebrar una boda, de mocear o de pasar la tarde con los vecinos. Tampoco es la principal forma de relacionarnos. Pero seguimos aprendiendo canciones, tocando panderetas y bailando juntos porque todo aquello todavía sirve para compartir. En el fondo, eso es también lo que hacemos cada semana en las clases que damos aquí.

 

La tarde, además, fue de lo más musical.

Comenzaron los Gaiteros de Fuentelallama. Ese día eran solamente tres, pero cuando comenzaron llegaron a juntarse diecisiete gaitas: toda una banda. También escogieron un nombre muy de la zona, propuesto por un minero a partir de una fuente que hay en el pueblo.

Nos contaron que antes de Daniel Belenda, el Zorro, acordeonista, y de la aparición de este grupo, apenas hubo músicos en la localidad. Estábamos tocando, precisamente, al lado del salón de baile que tuvo aquí.

Alguna vez también pasó por Lillo Camilo López —aunque nosotros lo teníamos anotado como González—, natural de Quilós, que tocaba la flauta y el tambor y estaba casado con una mujer de Argayo del Sil. Su hermano era Silvestre, que también tocó el saxofón y al que hemos llegado a escuchar en alguna grabación.

No habíamos coincidido nunca con Roberto Gaitero. Con ese nombre parecía difícil que no tocara algún instrumento. Nos estaba esperando ya con unos artículos de periódico más que interesantes y unas cuantas historias preparadas.

Nos contó cómo, de pequeño, recorría Toreno, su pueblo, lleno de ilusión durante la alborada, siguiendo a su tío, que organizaba las fiestas, y a Miguel Tercero, el tamboritero. Tanto le gustaba aquello que, al regresar de la mili, fue hasta Calamocos para comprarle al Toto una flauta que todavía conserva y con la que comenzó a aprender. Porque Roberto, además de tocar la gaita, también toca la flauta y el tambor, la pandereta y seguro que todavía le saca música a algún apero más.

Hablando con él y con alguno más fueron apareciendo nombres de acordeonistas de la zona, como Marcelino Bueno, de Fresnedelo, y noticias de tambores que todavía se conservan por este lado y que algún día pertenecieron a músicos de renombre. Una conversación lleva a otra y, cuando uno quiere darse cuenta, ya tiene varias historias pendientes para futuras visitas.

 

Tampoco vamos a contar hoy cuántos bares llegó a tener Lillo, que ahora solo quedan dos; que todavía resiste un ultramarinos; que ya no queda ninguna mina; o que, a diferencia de tantos pueblos vecinos, aquí no hay barrios. Porque nunca lo contamos todo. Siempre tiene que quedar alguna excusa para volver.

Después de la maja llegó el turno de la merienda. Tocaba cebollo, con chicharros en escabeche, ensalada, empanada, sardinas y roscón para terminar con algo dulce. Lo de algo para regar todos estos manjares ya no decimos nada, que es como el valor que se supone.

 

Y ya se sabe que de la panza sale la danza.

Después de comer fue el turno de la pandereta, el baile, la flauta y el tambor. También hubo tiempo para contar alguna tontería y dar un poco de resuello a las bailadoras, que no todo iba a ser seguido.

El relevo y la traca final los puso Gonzalín, de Fabero, con sus teclados.

Toda una fiesta. Porque junta lo mejor: tradición y recuerdo, gastronomía y música. Una combinación que nunca falla.

 

Antes la gente se reunía porque hacía falta. Hoy nos reunimos porque queremos. Cambió el motivo, pero no tanto la costumbre. Seguimos buscando una excusa para estar juntos.

Por eso seguimos pensando que la Maja de Lillo tiene algo que la de Goya nunca podrá tener. Esta no sólo se mira y contempla, se huele, se escucha y hasta alimenta.

Las tradiciones no sobreviven porque las recordemos. Sobreviven porque todavía encontramos motivos para que sigan teniendo sentido.













viernes, 31 de julio de 2026

Entrecroniqueta #8 (2026) – XXI Festa Folk no Río Chamoso / Os Pamplinas en concerto

O domingo 26 pechamos o fin de semana neste lugar que todos os que foron á Coruña pola A-6 viron algunha vez: a Praia Fluvial do Río Chamoso. Tocamos aquí por primeira vez como Os Pamplinas nun festival que nos trae moi bos recordos.

 

Pola xente da Legua Dereita, á que tanto apreciamos, que sempre nos trata ben, e ben é dicir pouco. Pero tamén porque o enclave é fermoso e sabemos que, se tocamos aquí, o baile está asegurado.

E así foi. O baile non faltou nin un intre. Pero primeiro comezou Anaquiños da Chapela e logo a Legua Dereita con ese Festival de Música e Baile Tradicionais. Despois, nós. Un concerto intenso, case acelerado. Nunca tivemos montado todo tan rápido. E con certos nervios dos que aparecen cando tocas para xente que che importa. Porque é fermoso o reencontro, pero aínda o é máis compartir.

Tocamos case sen descanso, botando unha peza tras outra e facendo poucas paradas, aínda que contaramos algunha bobada: de onde vimos ou que son as pamplinas. Tiñamos que explicar que, para cruzar Pedrafita e despois de máis de dez anos de grupo, ben podiamos quitar o L de Los Pamplinas, como quen lle quita o L de prácticas ao carné de conducir. E facer un concerto que, tamén hai que dicilo, foi integramente falado en galego. Con moita naturalidade.

 

Houbo tempo para sorrir, falar, intercambiar algunha impresión e ata botar un café e un licor café antes de tocar. Porque tamén hai que dicilo: teñen un bo grupo e son boa xente. Pero tamén alcanzan a excelencia nos pinchos de despois.

O roce fai o cariño, aínda que tamén postilla. Pero é que con estes amigxs tivemos moito roce. Pasamos momentos duros na pandemia e tamén un pouco de frío. Sufrimos as obras da autovía durante anos e agora que rematan unhas xa comezan outras.

O fermoso de todo isto para nós é que, aínda que non nos vemos habitualmente, andamos pendentes de como seguen e seguimos cruzando camiños, ou facendo por cruzalos. Vendo como medran como persoas (eu tamén estou máis novo que despois) e como grupo. Gustáronnos moito os arranxos e as pezas novas.

 

Con esta pechamos a última actuación da semana. Pero agosto xa chama á porta e trae máis música, máis pobos, máis reencontros e algunha historia nova para contar. Seguro que aínda nos quedan moitas veces máis para cruzarnos. Porque hai camiños que, por moitas voltas que dean, sempre acaban encontrándose.






Entrecroniqueta #7 (2026) – Cruz de Fierro / Banda de Gaitas do Centro Galicia en Ponferrada

 Un ano máis de romaría entre polbo á feira e chourizos cun xarro de viño.

 

Comparabamos o outro día unhas imaxes de Teleno TV de como fora a Romaría de 1996, trinta anos atrás, case nada. Aquel ano os gaiteiros eran os insignes Castrelos de Monforte de Lemos. Este ano volvía ser a Banda do Centro Galicia a que puxo música, a ritmo de gaita, tambor e bombo, a parte da procesión e da misa, ao antes e ao despois.

 

A esta cita non faltamos nunca, vestidos de gaiteiros e preparados para arroupar o noso Patrón, que ten a virtude de mirar cun ollo cara a Santiago de Compostela e co outro cara a Xerusalén.

 

E isto, para quen non o saiba, facémolo en terra maragata, que non berciana. Este enclave tan singular do Camiño Francés non está na nosa comarca. Está dentro do concello de Santa Colomba de Somoza, xusto despois de Foncebadón, por enriba do Riego de Somoza, do Acebo de Somoza e de Molinaseca de Somoza.

E ben certo que moitas veces o nome dun lugar trae polémica. Primeiro porque hai sitios que non teñen un só nome. E, se non, que llo digan a Istanbul ou Constantinopla, Mumbai ou Bombay (que, aínda que lle cambiaran o nome, a canción de Mecano non vai cambiar) ou ao artista antes coñecido como Prince.

Cando un lugar ten máis dun nome, o primeiro debería ser escoitar a quen vive nel. E, ata onde lembran os máis vellos, é Cruz de Fierro e non doutro xeito.

Pero tamén é certo que en moita documentación escrita desde hai séculos aparece como Cruz de Ferro, e ese nome acabou triunfando entre as xentes do Bierzo e máis alá.

Tamén segue sendo certo que para algüis de nós ten máis valor como se chama no propio lugar ca o que escriba un plumilla. Pero nós non somos quen de poñer nin quitar nomes. E tampouco ten nada de raro que o Centro Galicia en Ponferrada, sen querer impoñer nin galeguizar (que algún tampouco se decata do pouco galega que pode ser Galicia), digamos Cruz de Ferro.

 

O enclave non deixa de ser marabilloso e o lume aínda o vai respectando, aínda que, mentres tocabamos, caían muxenas do incendio sobre as camisas brancas e semellaban faragullas dun lazo negro de loito. O outro día o que chegou aos pés do Redondal andúvolle preto, pero este ano está máis verde ca outros e deste lado da serra.

 

Os nosos estudos científicos demostraron que galegos, bercianos e maragatos podemos entendernos, desfrutar, tocar e bailar xuntos. E que a todos se nos dá ben a festa, o festexar, o comer... e tamén algo o beber, para que nos imos enganar.

 Mentres haxa romeiros e ganas de divertirse, seguiremos subindo ano tras ano para poñerlle música a este día de festa.










martes, 28 de julio de 2026

Entrecroniqueta #6 (2026) – Villadepalos / Escuela Municipal de Gaitas del Ayuntamiento de Carracedelo

La Escuela de Gaitas bien merece una croniqueta para hablar del Santiago y la Madalena en Villadepalos. Aunque solo sea para felicitarles por lo bien que lo hacen, por todo lo que trabajan y porque siempre están al pie del cañón.

 

Este año tocaron ellos solos en esta fiesta. Porque son capaces de eso y de mucho más. Porque, cuando pueden, están. Y casi siempre pueden.

 

Un año más también con Jose al bombo, un insigne músico del pueblo que vuelve desde Suiza para las fiestas. Un gran percusionista que vive al lado de la iglesia. Quizá por eso viene siempre a tocar la procesión. Aunque vivir tan cerca también le sirvió para que un cura (no vamos a decir nosotros que fue don Germán) le subiera un día al desván donde ensayaba con la batería para poner fin a aquel estruendo tan poco compatible con la práctica religiosa.

 

Total, que a Villadepalos siempre volvemos de una manera u otra con la Escuela. Para San Sebastián, para el Viernes Santo, cuando coincide algún otro evento y, por supuesto, para las fiestas de verano.

 

Este pueblo, como todos, tiene algo especial. Y no porque sean parrulos, que lo son. Ni porque algunos mayores todavía recuerden cuando se decía Villadepaos. Ni siquiera porque este año la Comisión de Fiestas escribiera correctamente que la Escuela acompañaba la procesión hasta el Maravilloso Camarín, que no camerín, y que además este año se instalaba en el Barrio de Arriba.

 

Y digo Barrio de Arriba porque los que aún nos creemos jóvenes, y los que vienen detrás, apenas distinguíamos el Barrio de Arriba, por encima de las vías del tren; el Barrio de Abajo, por debajo; y, como mucho, la Mata, donde Gelo pone las anguilas y al lado de donde vivía el Peseto. Más de un furtivo todavía sabrá de quién hablamos.

 

Pero Villadepalos tiene mucho más. Solo hace falta escuchar y preguntar a quienes saben.

 

Y digo barrios, no calles ni lugares, porque de esos hay muchos más. A la Mata también se le conoce como Alain Champó, en recuerdo del "Chino", que allí vivió. Junto al paso a nivel comienza el barrio de la Granxa, porque allí hubo una granja de gallinas que montó un gallego llamado Flaminio.

 

Luego están as Manrulas, la Calella, donde nació nuestro insigne contador Adolfo (y donde está esa calle tan redundante llamada Calle la Calella), el Barrio de la Cruz o Barrio do Campo, Barrio da Rua Nova, Barrio da Leira, Barrio del Molino, Barrio do Barreiro, Barrio do Caño, donde está a Fonte, Barrio da Costa, donde está el apeadero, rebautizado hace ya unos años con cartel y todo como Barrio do Brasil, Barrio da Iglesia, Barrio da Carranca... y alguno más que seguro ya se nos escapa.

 

Si queréis saber dónde están, daos un paseo e id preguntando. Al principio os mirarán un poco sorprendidos, pero enseguida os lo querrán contar con todo detalle.

 

Diría que en todos ellos hemos acabado tocando alguna vez con la Escuela de Gaitas.

 

Porque hemos recorrido el pueblo entero y seguiremos haciéndolo. Aprendiendo cómo se llama cada camín, porque no todo iba a ser tocar. Viendo también cómo cambian las cosas. Antes de haber vías, la puerta de la iglesia era la que dividía el pueblo en dos: la parte de arriba y la de abajo. Igual que las Barrancas de Santalla que hoy vemos desde aquí antes eran simplemente las Barreiras. Y no está mal que las cosas cambien, pero tampoco viene mal saber de dónde venimos y cómo se llamaban.

 

Y todo esto venía solo para decir que la Escuela volvió a tocar un año más por el Patrón Santiago. Que lo hicieron muy bien. Que siguen estando siempre. Y que, además, hasta posaron para una foto.

 

¡Enhorabuena, chicxs!




lunes, 27 de julio de 2026

Entrecroniquetas de un músico #5 (2026) – Villar de las Traviesas / Los Pamplinas Dúo

Día de Santiago por la tarde y empezábamos tocando de Pamplinas en Villar de las Traviesas, en nuestro formato más pequeño: dúo de gaita y caja, aunque también metimos alguna pieza de flauta y tambor. Hacía diez años que no volvíamos. La última vez habíamos venido a grabar y, sin entrar en nostalgias improductivas, algo pellizca por dentro cuando descubres que ya no está ninguna de las mujeres mayores con las que hablamos entonces. Ni Rosario, ni Delfina, ni Dolores, ni Florinda, que nos contó que en su casa había estado el primer salón de baile de Villar. Tampoco Rufina, la mujer de Avelino el Gaitero, a quien fuimos a entrevistar a Noceda, donde vivía por entonces.

Aun así, fue bonito volver a ver a Aníbal: tamboritero, acordeonista y, durante algún tiempo, también batería. En realidad, la primera vez que vinimos fue para conocerlo. Regresamos una semana después porque queríamos grabarlo tocando y él aprovechó aquellos días para ensayar. Para la ocasión hasta se puso elegante, con su pajarita y todo.

Porque luego dicen que los músicos tradicionales no sabían y que improvisaban todo...

 

Así que no nos quedó más remedio que empezar tocando las piezas de por aquí. Las que Aníbal nos contó que había escuchado a Antonio, el tamboritero de Noceda, y que nosotros conocimos a través de Budiel, Mateguines o Gabriel. Pero también alguna de las que sabemos que tocaba Avelino con la gaita, como una muñeira que aparece en un vídeo en el que toca junto a la comparsa de Librán durante un carnaval o la Adelaida.

Más tarde, cuando ya había más gente en la plaza, la orquesta había montado el palco y lo tenía todo preparado para empezar después de nosotros y antes de la paella. Tocamos La ovejita lucera. Desde hace unos años es un tema que no dejamos de hacer y que mucha gente conoce, aunque solo sea por la versión de Krahe en La Mandrágora.

Mientras estábamos tocando, una mujer que estaba a nuestro lado dijo en voz alta, para que la oyéramos:

—Estáis tocando la mía.

La miramos sin acabar de entender qué quería decir.

—Es que esa canción era de mi padre.

La gaita y la caja seguían sonando con ganas, pero nosotros, aunque toquemos, no perdemos la atención. Y entonces entendimos quién era.

Era Elvira, la hija de Avelino y Rufina.

Y luego dicen que tocar es solo tocar.

Habíamos estado en su casa diez años antes, aunque no nos recordábamos mutuamente. Al terminar de tocar, la conversación empezó animada. Quería saber quiénes éramos y dónde habíamos aprendido aquella canción.

La verdad es que escuchársela a Avelino hizo que nos fijáramos en ella y acabáramos metiéndola en el repertorio. Mucho antes, Tomás Rodríguez había tenido el buen criterio de grabarlo cuando todavía era un chaval. Grabó conversaciones, consejos, cuentos y canciones. Y gracias a todo aquello nosotros también pudimos impregnarnos un poco de aquel mundo.

La siguiente pieza no la presentamos. Cuando terminamos, Elvira dijo:

—Esa era la que tocaba mi padre para la jota.

Tal cual. La habíamos preparado este mismo año para las clases y todavía la teníamos fresca en la cabeza. No tardará mucho en aparecer también por el blog.

Elvira fue cartera y se le nota de dónde viene por el carácter y por su forma de contar los recuerdos y las anécdotas. Aunque ella diga que, con ocho décadas, ya no tiene aire en las ruedas, conserva la chispa y no necesita inventar nada para explicar lo que vivió y cómo lo vivió.

No pudimos resistirnos a preguntarle si recordaba las cincuenta verdades que contaba su padre. Antes de que termináramos, dijo a la vez que nosotros una de las últimas:

—De esta vida llevarás, panza llena y nada más.

 

Nunca habíamos venido a las fiestas de Villar y sentimos que aquí quedan todavía muchas cosas por contar y por desempolvar de la memoria. Hay mucho que decir sobre las orquestas, las orquestinas y los músicos, porque este fue un pueblo importante para la música.

Quizá no tenga tantos barrios como otros que ya os hemos presentado, pero sigue haciendo unas fiestas con fundamento: ronda de bodegas, un vermú que se alarga hasta las cuatro de la tarde, orquesta y música tradicional. Porque una cosa no está reñida con otra y todas pueden sumar. Hay sitio para todos.

Que nadie me enseñe la tarjeta roja. Bastante hice este año con ponerme al día con el Mundial...

 

Al día siguiente escuchamos una reflexión que venía bastante al caso. Hoy las orquestas suelen tocar el mismo repertorio y las mismas canciones. Con ellas nos divertimos, lo pasamos bien y algunos hasta bailamos. Pero existen también otras músicas que pertenecen a un lugar concreto, que tocaba un tamboritero o un gaitero y que eran de aquí.

Por suerte, esas músicas todavía nos divierten, aún sirven para bailar y conservan algo especial que las hace diferentes. No mejores ni peores: diferentes.

 

Y quizá esa tarde sucedió precisamente eso. Una canción más, una de aquellas que estuvieron de moda, había llegado hasta nosotros gracias a una vieja grabación. Aquella tarde volvió a sonar en la plaza de Villar de las Traviesas. Y quien primero la reconoció fue la hija del hombre que la tocaba.









Croniquetas de un músico #9 (2026) – Trabazos / Los Pamplinas Dúo

Hace un año contábamos con pelos y señales (más señales que pelos) el camino que hay para llegar a Trabazos. Aquel 25 de julio lo llamamos Crónicas de unos músecos. Ahí ya estaba el germen de esta serie. Este año volvimos otra vez a tocar. Seguimos pensando que, para los que no conozcan el camino, no encontrarán guía de viajes mejor que esta en internet ni en el bar, apta para cualquier aspirante a Madrilano.


Y aún nos quedó alguna cosa por contar del camino. Esta vez, por donde hemos cruzado, está más verde que otras veces por estas fechas, sobre todo para el lado de Cabrera. Para nuestro lado se ven los robles quemados rebrotando por abajo, las urces y, por todos los valles, la hierba alta ya seca. Subiendo el Morredero se nota bien por dónde pasó el fuego y cómo saltó la carretera, pero también queda el recuerdo de la Vuelta Ciclista, cuando pasó por aquí con una bandera palestina pintada en el medio que, un año después, sigue teniendo tanto sentido que habría que volver a pintarla.

Antes de llegar al alto tuvimos un espejismo. Con la humedad de la mañana aquellas piedras blancas parecían neveros. Las vacas siguen al borde de la carretera, aunque a veces cuesta creer que tengan algo que comer. La carretera, cada año peor; los mojones, sin pintar… Solo queda cantar la copla de:

«Apártate, compañera, aparta,
bien te puedes apartar,
la carretera es estrecha,
las dos non podemos pasar».

Aunque a nosotros nos gusta más la variante que recogió García Partos en Valdueza y que remata el cuarto verso con: «No nos la vienen a arreglar».

El sitio más malo sigue siendo el último repecho. Allí me pilló la nieve la primera vez que vine a conocer a los Gaiteros de Corporales, hace ya muchos años. Y cuando regresé a casa hacía más calor que nel infierno. Pero esa historia no se puede contar con detalles.

 

Cuando bajas y aparece la ermita de la Virgen de las Ribas se nos vienen tres cosas a la cabeza.

La primera, que aquí deben rezar bien para que todo siga tan verde.

La segunda, acordarnos de las nietas de Domingo el Gaitero, que subieron una historia mostrando cómo celebraban desde Corea que España ganó el Mundial.

Y la tercera, que justo desde este punto se ve por primera vez la imitación del Cristo Redentor de Río de Janeiro: el Cristo de Valdavido o, mejor dicho, el Sagrado Corazón de Jesús de Valdavido. Solo que es unos treinta metros más pequeño. Lo de abrir los brazos también lo hace.

Pero el nuestro vale más. Está encima del castillo de Peña Ramiro y da la impresión de que, para levantarse él, tuvo que hundirse un poco el castillo. Y, aunque se escriba Valdavido y ahora pongan Valdavíu, parece que dicen Valdavío. ¡Eh!, que nosotros no estamos para guerras. Pero no queremos entrar en polémica con el Casticristo; bastante diremos si decimos la copla de:

O Cristo de Valdavío
mira de fronte o val;
o de Río mira o mar...
¡cada un co seu lugar!

 

Al ir por aquí nos llamó Edilberto, que iba para Manzaneda a tocar, para decirnos que no volviéramos por La Baña, porque por la tarde estaba cortada la carretera por la Subida de la Pizarra. Si es que la llousa también puede servir para un rally. Él tenía que llegar antes porque el cura daba misa antes allí. La tercera y última de ese día era la de Trabazos. Ahora cambió el orden, y no porque le tocara la lotería a este párroco de Truchas y buen paisano, sino porque va al restaurante de Quintanilla y le cuadra mejor acabar así.

 

Nos despedimos de Philip Morris (digo por Edi; el gatín de Pombriego sabe que le llamamos así con cariño) por teléfono cuando íbamos a apartar de la general para llegar a Trabazos, donde está la parada del bus, a dos kilómetros del pueblo, bastante más cerca que la de Castrillo.

 

Esta vez volvimos aquí para el Santiago, el propio día otra vez. Aquí los viejos también celebraban San Antonio, pero además la Ascensión. Para San Antonio contrataban a un tamboritero, normalmente Joaquín el de Odollo o Santos de Castro, y luego subastaban lo que hubieran recogido. Para la Ascensión ya traían orquesta. Ajustaban la de Forna o la de Yebra y así quedaba reservada la fecha del Santiago para que volvieran de segundas. Pero la fiesta de la Ascensión tuvieron que pasarla al domingo siguiente porque, como el cura era de cerca e iba para Santa Eulalia, que también estaba de fiesta, ya no venía aquí a dar misa.

 

Bajamos del coche y nos empezamos a ajustar los cheles. No nos recibieron con bombas, pero algún trueno sonó en medio de la calle. Tuvimos tan mala fortuna que el celo que uso para afinar salió rodando y amparó dos calles más abajo.

Hablamos con Elías, que nos salió al encuentro, y arrancamos un pasacalles por el barrio del medio del pueblo. Luego las calles de por encima de la ermita; después las del barrio del pico del llugar y, para acabar, las del fondo del llugar. Los carteles de madera que anuncian las calles conviven con los tejados de chapa, los de llousa y el sabugueiro que medra entre las casas caídas. Nosotros tocamos para todas las casas: para las que tienen gente y, por respeto a los que no pueden estar, también para las que ya no la tienen.

 

Acabamos pronto y pudimos hablar de Bautista Carrera, el gaitero que hubo en el pueblo, y de Benigno Cañal, que tocaba el tambor con él. Benigno era tío de Elías, campanero también, y tocaba con la gaita y, a veces, él solo, relevando a las panderetas para hacer el baile. A él le dejó en herencia su tambor; aún lo conserva y lo heredará el nieto de Benigno, que vive en Madrid y ya lo tiene prometido.

Un rato para hablar de los tiempos de antes, de la emigración, de los músicos de la zona y de algunas costumbres.

Por cierto, al atravesar la valla de la iglesia, la tumba que hay a la izquierda, pegada al muro y con la cruz en el suelo, es la de Benigno.

 

Luego tocó procesión, misa, baile vermú y hacerlo pasar bien, que no es poco. Porque salir a tocar es volver con un montón de cosas en la cabeza y unas cuantas notas apuntadas que merece la pena no olvidar. Luego llega el lunes y solo contamos una pequeña parte. Y, si hace falta meter por el medio algo de cosecha propia, las líneas lo aguantan todo.

 

Casi comprometidos a volver el año que viene, recogimos porque aún nos quedaba otra actuación por la tarde. Pero esa ya será otra croniqueta.















martes, 21 de julio de 2026

Entrecroniqueta #4 (2026) – La Placa / Diego Bello TamboriTero


El lunes tocamos de pasacalles como tamboriteros en el barrio de la Placa. Era el segundo año que nos llamaban para las fiestas del Carmen. Y la cosa ya venía con guasa, porque el día anterior, al buscar el cartel de las fiestas, apareció uno en el que solo salían las orquestas y, sin pereza, le dimos un poco de Canva para poner el pasacalles con un TamboriTero de nombre. Que si hay otro que lo hace mejor, adelante. Y si un Terrible TamboriTero no merece estar en un cartel de fiestas, que se quede cojo el concejal de Deportes del Ayuntamiento de Ponferrada. Pero en realidad, por supuesto, en el programa completo sí venía anunciada esta marcha por la localidad a las once. Se tomaron la broma a bien y a seguir con la juerga porque la noche anterior había sido gorda.
Entre el partido y el postpartido, porque era mediodía, no se veía mucha gente por la calle, incluso alguno ya iba con poca voz. Y es que la Placa es casi como un pueblo, quizás un barrio dormitorio de Ponferrada, bien comunicado y con bastantes servicios. No le falta de nada: supermercado, droguería, bares, piscina... hasta un museo de la bicicleta. La verdad es que conserva esa sensación de cercanía que hay en los sitios pequeños, donde todos se conocen y todos se saludan al cruzarse, aunque uno sea foristero.
Y es que ni es muy antiguo ni tiene casas de piedra o adobe. Las más antiguas son casas bajas de una planta, como los poblados que tenemos por la comarca: el poblado de la Minero, Compostilla, Bárcena o Posada del Bierzo. Antes del accidente de Torre del Bierzo de 1944 aquí no había más que tierras. Aquel trágico suceso, ocurrido en el túnel número 20 de la línea Palencia-A Coruña, fue el motivo por el que existe la Placa. Aún hoy no se sabe cuántos muertos hubo en aquella tragedia. El caso es que, a raíz de ella, RENFE comenzó a modernizar la línea Madrid-Galicia construyendo en Ponferrada un gran complejo ferroviario con talleres, reserva de locomotoras, clasificación de vagones, cargaderos de carbón... Estas obras tuvieron lugar entre 1948 y 1954 (RENFE siempre fue lenta) y en ellas trabajaron más de quinientas personas. Fue alrededor de esas instalaciones donde comenzaron a levantarse las viviendas para los ferroviarios y sus familias, naciendo así el barrio. De hecho, el nombre de la Placa procede de la placa giratoria —el puente giratorio— donde se daban la vuelta las locomotoras de vapor. Antes ese lugar se conocía como San Dionisio y, desde 2020, forma parte de la Lista Roja del Patrimonio por su deterioro, abandono y expolio. Pero sigue siendo un lugar digno de visitar.
Total, que naciendo así y con gente que fue llegando de muchos lugares, entre ellos Ferradillo o Toral de Merayo... incluso del Caurel, porque, aunque todavía no diéramos con su familia, tenemos la pista de que el Follacas de Mostad, que hacía gaitas, pasó sus últimos días aquí; pues eso, que el ambiente es acogedor y siempre nos tratan bien. Porque eso se nota enseguida. Parando en el bar de Gloria a tomar un café (hoy estábamos flojos, no es cuestión de estar presumiendo de juventud todos los días). Cogiendo la calle Extremadura. Llegando a la Panadería Casasola y encontrándonos a Mati saludando desde el balcón. Y, por si fuera poco, sacándonos unos bollos preñados recién hechos. Matilde es toda una institución y por eso tiene esa placa que le concedieron en la puerta, con la firma del futbolista Yuri debajo de cuando vino a pregonar las fiestas.
Esas cosas nos llenan por dentro a los que vivimos en un sitio pequeño, pero también llenan a quienes no han tenido esa experiencia y consiguen sentirse en casa. Parando a tocar en las puertas de quien te está esperando, viendo cómo salen a recibir a los músicos y a la comisión que los acompaña, con Koseki tocando las castañuelas incluido. Empezando una conversación y dando con la hija del clarinetista de Forna sin saberlo. Por cosas así nos gusta este oficio. Porque enseguida preguntan qué hay que dar o simplemente te lo dan para que luego te tomes algo, aunque también te quieran convidar en el bar. Porque no solo intentamos hacerlo bien; también consiguen hacernos sentir bien.
Sin caer en nostalgias, ¡que vivan los barrios, que viva la gente que hace barrio y que mira por los suyos!
Que luego dicen que el tamboritero solo va a tocar. Pues no. Los hay que sabemos escuchar, equivocarnos y hasta contarlo después. Que las entrecroniquetas no se escriben solas. Si solo quieren música, para eso siempre habrá otros músecos o musequines.











lunes, 20 de julio de 2026

Croniquetas de un músico #8 (2026) – Igüeña / Grupo Recuencano

Fuimos a Igüeña a la fiesta de Santa Marina para hacer el vermú con el Grupo Recuencano. Y es que Recuencano es de Tremor de Arriba y pertenece al Ayuntamiento de Igüeña. Por eso decíamos que el grupo es profeta en su tierra, porque siguen contando con ellos para animar las fiestas del municipio.

 

Y empezamos yendo a buscar a la iglesia a la gente con la flauta y el tambor para llevarlos a la plaza del Ayuntamiento nuevo. Esperamos hasta las dos porque el cura decidió empezar media hora más tarde, pero esa guerra ya era para las chicas de la comisión. Y resulta curioso verlo con perspectiva, porque en agosto hace noventa años que ardieron tanto la iglesia como el Ayuntamiento viejo en el que nos cambiamos. Este pueblo está muy cambiado y no por aquello, sino porque después de las minas ha sabido repensarse y conviven espectaculares murales con una playa fluvial estupenda y donde comer bien o tomar algo a gusto. El espectacular mural junto al río que representa el pasado minero no hace de menos al dedicado junto a la iglesia al tío Perruca. Un personaje e historia que tiene su propio libro que os recomendamos.

 

Bailamos, cantamos, tocamos y lo pasamos bien, mientras la gente disfrutaba con nosotros buscando la sombra bajo la carpa. Hasta sonó la copla que dice:

Minero lo quiero madre
y que sepa trabajar
en la mina que tengo
debajo del delantal.

 

Pero no se puede contar todo, no vamos a decir cómo llamaban a los de aquí, porque todos tenemos mote, más que llamarnos, nos llaman. Y así los de Tremor para los de Fasgar eran Choetes, los de Tremor a los de Fasgar Abisinios, los de Tremor también son Cachelos, los de Espina Llanudos o Tuérganos, los de Pobladura son Franceses, o los de Colinas para los de Tremor los de la Manga Rachada. Eso sí, sin decir que lo decía hasta uno del pueblo, Igüeña tenía muy buenos corrales pero muy mal ganao.

 

Decíamos Colinas porque es donde fuimos a celebrar y a comer. Colinas, no solo Colinas del Campo de Martín Moro, incluso Colinas del Campo de Martín Moro Toledano, aunque lo de Toledano lo decían los niños de allí en el colegio para rimar «limpia el culo con la mano».

Dice el INE que en 1950 había 233 habitantes y en 2024 ya eran 72. Incluso el Nomenclátor describe que en el siglo XVIII había 61 casas y 32 pajares o corrales, siendo más de las tres cuartas partes con cubierta vegetal, lo que decimos teito.

Sin embargo, aun no siendo el pueblo más grande, tiene barrios como para ser villa: según entras el Rollo, el Santo Cristo, la Cortina, la Fuente; hacia arriba, desde ahí, la Cuesta y la Pumariega; para el otro lao, Trallera; junto al río, el Reguero, Barrio y el Barreiro; junto a la iglesia, la piedra de los Bolos... y aún me faltaría alguno por aprender o escribir bien. Tenemos para visitar la iglesia de Santa Teodora, a la que se puede subir hasta el campanario, recién arreglado, para disfrutar de las vistas. Y la postal del paso por el portal de la ermita que hay a la entrada (aunque esté vacía) es obligada.

 

Si aprovechas a subir a comer bien al Aguzo, el restaurante está en el barrio de Santo Tirso. Y es que las calles casi llevan el nombre de los barrios, aunque no es lo mismo una cosa que la otra. Llama primero para reservar, en verano abren más y la visita al pueblo del nombre más largo merece la pena. Eso sí, no seáis madrilanos (como dice el Pruvianu nen Ser Aturianu) y dejad el coche a la entrada del pueblo, como pone la señal. Y de la cobertura, olvidaos, aunque tienen wifi.

Una actuación y no hemos hablado de todo lo que sabemos de pandereta. Incluso se acercó a hablarnos una señora después de actuar. Era la hija de Gregorio el Tamboritero y su madre también tocaba la pandereta. Incluso en 2016 de aquí nos dejaron para bajar a Ponferrada una pandereta para la exposición de instrumentos tradicionales en la que participamos.

 

Ya nos falta espacio para hablar del Campo Santiago, esa pradera a 1.500 metros en un antiguo glaciar en la que el 25 hay romería con los de Fasgar… para contar que los de Colinas estaban exentos de hacer el servicio militar por derecho real, un privilegio concedido por Alfonso IX de León… de los Omañones, que no les gusta que llamen así… de los álamos… lo del cumpleaños igual lo contamos en otro año. Y tantas y tantas cosas…

Será por eso que decía de ser profeta en su tierra. Uno va a tocar un vermú y acaba volviendo con media croniqueta escrita por la gente del pueblo. Porque cuando nos reciben así, las actuaciones dejan de ser solo actuaciones. Se convierten en historias que alguien te cuenta, en recuerdos que alguien comparte y en lugares a los que siempre apetece volver. Al fin y al cabo, a los músicos nos gusta tocar donde nos quieren.

Ya no es que los sitios pasen por nosotros y nos dejen huella, es que el Bierzo, o lo que hoy es el Bierzo, es tan grande, tan bonito, tan diverso, tan variado, tan rico, que no hay croniqueta que aguante las palabras que podemos decir sobre nuestra tierra.