Ha sido la Encina más rara que recuerdo. Y eso que aún no ha
acabado.
Teníamos que empezar el sábado con la Banda de Gaitas del
Centro Galicia en Ponferrada y un pasacalles por Flores del Sil, pero una
alerta por tormentas suspendió todos los actos de las fiestas durante la tarde.
Al final cada uno tendrá su opinión, pero igual podemos convenir que siempre es
mejor eso que lamentar. Nos quedamos a punto de salir, con todo preparado, pero
no pudo ser. Menos mal que Soto abrió la bodega y allí no entró la tempestad.
El domingo, antes de salir de casa para el Encuentro de
Tamboriteros, en Bembibre sí que caía una buena tormenta. Después abrió y
tuvimos todo el día un sol intratable.
Era la décima edición de un encuentro que sigue siendo,
sobre todo, una reunión de afición alrededor de estos instrumentos. Y la verdad
es que no salió mal. Tuvo sus momentos.
Siempre es agradable estar con Fernando Fernández, el último
tamboritero de los mayores que nos queda en la zona. Y encontrarse con amigos:
David Andrés, Edi, Longi, Josema, Dani, Diego Segura… Pasar un rato, conversar,
intercambiar impresiones. Hasta tocar.
Y me tocó algo bonito: cerrar el encuentro y despedir con la
flauta y el tambor a los gigantes mientras bailaban antes de retirarse al
zaguán del Ayuntamiento. Y de paso cumplir una de mis taritas: seguir
respetando y tocando piezas como esa jota que tocaba Adolfo, de Río de Montes
de Valdueza —uno de los varios músicos y tamboriteros de aquella localidad—,
intentando mantener la esencia de cómo lo hacía él, solo que equivocándome un
poco más.
Unos gigantes que tantas y tantas veces han sido
maltratados, olvidados y abandonados. Ahora están remozados y parece que el
futuro puede sonreírles. Nos encantaría. Pero veremos, que no sería la primera
vez que la ilusión se queda precisamente en eso: ilusión.
Antes de empezar tuvimos la salida en medio de un
macroencuentro entre carrera deportiva, entierro y foto de tamboriteros en la
plaza de Julio Lazúrtegui. De allí me fui tocando por el barrio que me
correspondía.
Y hasta me encontré con otro músico y acabamos hablando
precisamente de la ilusión. De la de los que vienen detrás. De esos que
queremos que algún día nos hagan mayores.
Y eso fue lo que vi cuando subí por el Rañadero.
Me encontré con Álvaro. Es de Chano, o Chan, depende de lo
modierno que sea uno. Y en él veo un relevo que ilusiona. Porque se acerca,
pregunta, quiere saber. Tiene respeto y formas, algo que no siempre es tan
habitual.
Y, lo más importante, le gusta.
Un tamboriteiro fornelo es diferente. No por ser de
Furniella, que tamién. Sino porque desde hace tiempo allí solo necesitan tocar
la Danza. Bueno, alguna cosa más hay, la alborada… Aun así el referente
principal para todos sigue siendo lo que tocaba Francisco, que era de L.larón.
Y Francisco tocaba muy distinto a como tocamos en el Bierzo y en la provincia.
Seguramente eso no le quitará a Álvaro aprender también
otras cosas, porque no es el único tamboriteiro que acabó aprendiendo los
toques de este lado.
Llevo dándole tantas vueltas a todo esto de las fiestas, del
Bierzo, de la flauta y el tambor, de la gaita, de los grupos… que esas pequeñas
cosas de un día de fiesta, como encontrarse con Álvaro, son ya de las pocas que
de verdad me ilusionan y me conmueven.
Porque la retranca está bien. Es necesaria. Y muchas veces
merecida, en todos los casos y en los muchísimos más que nos callamos. Los
egos, las chiquilladas de quienes hace mucho que dejaron de ser chiquillos…
Esas cosas también hay que decirlas.
Pero quizá hoy sea todavía más necesario generar algo que
hemos perdido: criterio.
Llevarse bien es importante. Ser cordiales, también. Y que
todo esto sea divertido, por supuesto.
Pero si hay criterio, entonces sí hay un futuro mejor.
Porque los que vengan detrás sabrán qué es todo eso que hoy
hacemos, qué había antes y qué cosas que hoy dejamos pasar en otro momento no
se habrían consentido bajo pena de excomunión severa y retirada de todos los
puntos. Igual ellos sí lo miman. Lo cuidan. Le dan el valor que nosotros no
hemos sabido conservar.
Después del Encuentro todavía quedaba el pasacalles por el
centro de Ponferrada con la Banda de Gaitas del Centro Galicia y, finalmente,
el Festival.
Pormenores y pormayores aparte —que los hubo— nosotros, como
pequeño homenaje a todos los grupos bercianos que tocaron repertorio gallego de
Galicia —cuatro de seis este año, sin incluirnos a nosotros—, subimos al
escenario y, además de lo esperable en un Centro Gallego, tocamos también una
de aquí.
Para desestabilizar un poco la media.
Y no sé, quizá, solo quizá, acercarnos a eso del criterio.
Si las reflexiones, darle vueltas y los sinsabores nos
llevan a algún sitio y algo mejora —ya que cambiar hemos aprendido que es
imposible—, igual merece la pena.
Por ahora parece lógico pensar que si, por ejemplo, hacemos
ver qué es un tema de procesión, cómo suena y cómo se tocaba, quizá la próxima
vez alguien no acepte que se toque cualquier cosa en un momento solemne. O, si
se hace, entenderá la transgresión, la performance o lo que quiera que sea en
su grupo folclórico. Que para romper algo tampoco viene mal saber primero qué
se está rompiendo.
Igual hay que probar, a ver qué pasa. El resto creo que lo
hemos intentado todo.
Porque cuando no hay criterio todo se aplana y se acaba
pensando que todo aquel que lleva una gaita al hombro es gaiteiro, pero igual
solo se la dejaron para la foto. Pero ya me lío, y esa historia es larga y
merece contarla otro día.
Así que mientras nuestros estudios sesudos y científicos no
arrojen resultados concluyentes, toca pasarlo bien con las fiestas. Por ahora
no salió mal: no llegamos a pegarnos. El listón está bajo, pero es lo que hay.
Ojo, que aún queda el día 8 y la Encinina, que no es poco.
Así que, ponferradinos e incluso bercianos, andarse al loro,
que ya se dijo siempre:
Ya viene la Encina,
ya vienen los fuegos,
ya vienen los tontos
de todos los pueblos.