martes, 21 de julio de 2026

Entrecroniqueta #4 (2026) – La Placa / Diego Bello TamboriTero


El lunes tocamos de pasacalles como tamboriteros en el barrio de la Placa. Era el segundo año que nos llamaban para las fiestas del Carmen. Y la cosa ya venía con guasa, porque el día anterior, al buscar el cartel de las fiestas, apareció uno en el que solo salían las orquestas y, sin pereza, le dimos un poco de Canva para poner el pasacalles con un TamboriTero de nombre. Que si hay otro que lo hace mejor, adelante. Y si un Terrible TamboriTero no merece estar en un cartel de fiestas, que se quede cojo el concejal de Deportes del Ayuntamiento de Ponferrada. Pero en realidad, por supuesto, en el programa completo sí venía anunciada esta marcha por la localidad a las once. Se tomaron la broma a bien y a seguir con la juerga porque la noche anterior había sido gorda.
Entre el partido y el postpartido, porque era mediodía, no se veía mucha gente por la calle, incluso alguno ya iba con poca voz. Y es que la Placa es casi como un pueblo, quizás un barrio dormitorio de Ponferrada, bien comunicado y con bastantes servicios. No le falta de nada: supermercado, droguería, bares, piscina... hasta un museo de la bicicleta. La verdad es que conserva esa sensación de cercanía que hay en los sitios pequeños, donde todos se conocen y todos se saludan al cruzarse, aunque uno sea foristero.
Y es que ni es muy antiguo ni tiene casas de piedra o adobe. Las más antiguas son casas bajas de una planta, como los poblados que tenemos por la comarca: el poblado de la Minero, Compostilla, Bárcena o Posada del Bierzo. Antes del accidente de Torre del Bierzo de 1944 aquí no había más que tierras. Aquel trágico suceso, ocurrido en el túnel número 20 de la línea Palencia-A Coruña, fue el motivo por el que existe la Placa. Aún hoy no se sabe cuántos muertos hubo en aquella tragedia. El caso es que, a raíz de ella, RENFE comenzó a modernizar la línea Madrid-Galicia construyendo en Ponferrada un gran complejo ferroviario con talleres, reserva de locomotoras, clasificación de vagones, cargaderos de carbón... Estas obras tuvieron lugar entre 1948 y 1954 (RENFE siempre fue lenta) y en ellas trabajaron más de quinientas personas. Fue alrededor de esas instalaciones donde comenzaron a levantarse las viviendas para los ferroviarios y sus familias, naciendo así el barrio. De hecho, el nombre de la Placa procede de la placa giratoria —el puente giratorio— donde se daban la vuelta las locomotoras de vapor. Antes ese lugar se conocía como San Dionisio y, desde 2020, forma parte de la Lista Roja del Patrimonio por su deterioro, abandono y expolio. Pero sigue siendo un lugar digno de visitar.
Total, que naciendo así y con gente que fue llegando de muchos lugares, entre ellos Ferradillo o Toral de Merayo... incluso del Caurel, porque, aunque todavía no diéramos con su familia, tenemos la pista de que el Follacas de Mostad, que hacía gaitas, pasó sus últimos días aquí; pues eso, que el ambiente es acogedor y siempre nos tratan bien. Porque eso se nota enseguida. Parando en el bar de Gloria a tomar un café (hoy estábamos flojos, no es cuestión de estar presumiendo de juventud todos los días). Cogiendo la calle Extremadura. Llegando a la Panadería Casasola y encontrándonos a Mati saludando desde el balcón. Y, por si fuera poco, sacándonos unos bollos preñados recién hechos. Matilde es toda una institución y por eso tiene esa placa que le concedieron en la puerta, con la firma del futbolista Yuri debajo de cuando vino a pregonar las fiestas.
Esas cosas nos llenan por dentro a los que vivimos en un sitio pequeño, pero también llenan a quienes no han tenido esa experiencia y consiguen sentirse en casa. Parando a tocar en las puertas de quien te está esperando, viendo cómo salen a recibir a los músicos y a la comisión que los acompaña, con Koseki tocando las castañuelas incluido. Empezando una conversación y dando con la hija del clarinetista de Forna sin saberlo. Por cosas así nos gusta este oficio. Porque enseguida preguntan qué hay que dar o simplemente te lo dan para que luego te tomes algo, aunque también te quieran convidar en el bar. Porque no solo intentamos hacerlo bien; también consiguen hacernos sentir bien.
Sin caer en nostalgias, ¡que vivan los barrios, que viva la gente que hace barrio y que mira por los suyos!
Que luego dicen que el tamboritero solo va a tocar. Pues no. Los hay que sabemos escuchar, equivocarnos y hasta contarlo después. Que las entrecroniquetas no se escriben solas. Si solo quieren música, para eso siempre habrá otros músecos o musequines.











lunes, 20 de julio de 2026

Croniquetas de un músico #8 (2026) – Igüeña / Grupo Recuencano

Fuimos a Igüeña a la fiesta de Santa Marina para hacer el vermú con el Grupo Recuencano. Y es que Recuencano es de Tremor de Arriba y pertenece al Ayuntamiento de Igüeña. Por eso decíamos que el grupo es profeta en su tierra, porque siguen contando con ellos para animar las fiestas del municipio.

 

Y empezamos yendo a buscar a la iglesia a la gente con la flauta y el tambor para llevarlos a la plaza del Ayuntamiento nuevo. Esperamos hasta las dos porque el cura decidió empezar media hora más tarde, pero esa guerra ya era para las chicas de la comisión. Y resulta curioso verlo con perspectiva, porque en agosto hace noventa años que ardieron tanto la iglesia como el Ayuntamiento viejo en el que nos cambiamos. Este pueblo está muy cambiado y no por aquello, sino porque después de las minas ha sabido repensarse y conviven espectaculares murales con una playa fluvial estupenda y donde comer bien o tomar algo a gusto. El espectacular mural junto al río que representa el pasado minero no hace de menos al dedicado junto a la iglesia al tío Perruca. Un personaje e historia que tiene su propio libro que os recomendamos.

 

Bailamos, cantamos, tocamos y lo pasamos bien, mientras la gente disfrutaba con nosotros buscando la sombra bajo la carpa. Hasta sonó la copla que dice:

Minero lo quiero madre
y que sepa trabajar
en la mina que tengo
debajo del delantal.

 

Pero no se puede contar todo, no vamos a decir cómo llamaban a los de aquí, porque todos tenemos mote, más que llamarnos, nos llaman. Y así los de Tremor para los de Fasgar eran Choetes, los de Tremor a los de Fasgar Abisinios, los de Tremor también son Cachelos, los de Espina Llanudos o Tuérganos, los de Pobladura son Franceses, o los de Colinas para los de Tremor los de la Manga Rachada. Eso sí, sin decir que lo decía hasta uno del pueblo, Igüeña tenía muy buenos corrales pero muy mal ganao.

 

Decíamos Colinas porque es donde fuimos a celebrar y a comer. Colinas, no solo Colinas del Campo de Martín Moro, incluso Colinas del Campo de Martín Moro Toledano, aunque lo de Toledano lo decían los niños de allí en el colegio para rimar «limpia el culo con la mano».

Dice el INE que en 1950 había 233 habitantes y en 2024 ya eran 72. Incluso el Nomenclátor describe que en el siglo XVIII había 61 casas y 32 pajares o corrales, siendo más de las tres cuartas partes con cubierta vegetal, lo que decimos teito.

Sin embargo, aun no siendo el pueblo más grande, tiene barrios como para ser villa: según entras el Rollo, el Santo Cristo, la Cortina, la Fuente; hacia arriba, desde ahí, la Cuesta y la Pumariega; para el otro lao, Trallera; junto al río, el Reguero, Barrio y el Barreiro; junto a la iglesia, la piedra de los Bolos... y aún me faltaría alguno por aprender o escribir bien. Tenemos para visitar la iglesia de Santa Teodora, a la que se puede subir hasta el campanario, recién arreglado, para disfrutar de las vistas. Y la postal del paso por el portal de la ermita que hay a la entrada (aunque esté vacía) es obligada.

 

Si aprovechas a subir a comer bien al Aguzo, el restaurante está en el barrio de Santo Tirso. Y es que las calles casi llevan el nombre de los barrios, aunque no es lo mismo una cosa que la otra. Llama primero para reservar, en verano abren más y la visita al pueblo del nombre más largo merece la pena. Eso sí, no seáis madrilanos (como dice el Pruvianu nen Ser Aturianu) y dejad el coche a la entrada del pueblo, como pone la señal. Y de la cobertura, olvidaos, aunque tienen wifi.

Una actuación y no hemos hablado de todo lo que sabemos de pandereta. Incluso se acercó a hablarnos una señora después de actuar. Era la hija de Gregorio el Tamboritero y su madre también tocaba la pandereta. Incluso en 2016 de aquí nos dejaron para bajar a Ponferrada una pandereta para la exposición de instrumentos tradicionales en la que participamos.

 

Ya nos falta espacio para hablar del Campo Santiago, esa pradera a 1.500 metros en un antiguo glaciar en la que el 25 hay romería con los de Fasgar… para contar que los de Colinas estaban exentos de hacer el servicio militar por derecho real, un privilegio concedido por Alfonso IX de León… de los Omañones, que no les gusta que llamen así… de los álamos… lo del cumpleaños igual lo contamos en otro año. Y tantas y tantas cosas…

Será por eso que decía de ser profeta en su tierra. Uno va a tocar un vermú y acaba volviendo con media croniqueta escrita por la gente del pueblo. Porque cuando nos reciben así, las actuaciones dejan de ser solo actuaciones. Se convierten en historias que alguien te cuenta, en recuerdos que alguien comparte y en lugares a los que siempre apetece volver. Al fin y al cabo, a los músicos nos gusta tocar donde nos quieren.

Ya no es que los sitios pasen por nosotros y nos dejen huella, es que el Bierzo, o lo que hoy es el Bierzo, es tan grande, tan bonito, tan diverso, tan variado, tan rico, que no hay croniqueta que aguante las palabras que podemos decir sobre nuestra tierra.













jueves, 16 de julio de 2026

🩹 Días de rodillas peladas - 3 La fiesta y el baile (2)

La segunda parte de esta tercera escena estaba dedicada al salón de baile. A lo que pasaba fuera y dentro. Para expresar lo que pasaba dentro, grabamos varios vídeos en la Casa del Cura del Valle. Y hemos hecho un montaje entre ellos y un resumen de la representación de esta parte en Bembibre.

Previa a esta sección segunda parte de la sección y que está dedicada al salón de baile se acompañaba en voz en off el siguiente texto.


A mitad del pasado siglo, en un pequeño pueblo donde las noches tenían música propia, el salón de baile era territorio de los mayores: luces suaves, parejas girando al compás y risas que se escapaban por la puerta entreabierta. Allí dentro se vivía la elegancia, el ritmo y un mundo al que los niños tenían estrictamente prohibido entrar. Allí se celebraban las noches de fiesta, con el famoso “corte”, los bailes sueltos llenos de alegría y los bailes agarrados que hacían moverse siguiendo el ritmo con los músicos o incluso los discos.

Pero eso no impedía que, desde la ventana, un grupo de pequeños curiosos observase con ojos brillantes cada paso, cada giro y cada canción. Escondidos entre sombras y risitas, intentaban imitar lo que veían, soñando con el día en que también ellos pudieran cruzar esa puerta y formar parte del baile.

Desde fuera de la ventana observamos ese rincón lleno de ritmo, ilusión y miradas cómplices, donde la música unía dos mundos separados por un cristal… pero no por la imaginación.



🩹 Días de rodillas peladas - 3 La fiesta y el baile (1)


La tercera parte del espectáculo se divídia a su ver en dos. La primera dedicada a la fiesta, al tamboritero a través del recuerdo. Y hemos incluído primero el vídeo que elaboramos sobre el recuerdo y el segundo en el que recreamos ese momento tocando los Tamboriteros del Boeza una pieza del repertorio de Maximiliano Arce Simón, tamboritero de Rabanal del Camino y que lleva por título Al salir de la Enramada.


Hay recuerdos que no necesitan una fecha para quedarse con nosotros. El olor del verano. Las rodillas peladas. La plaza llena de gente. Y, de repente, escuchar por primera vez el sonido de un tamboritero. Son recuerdos de Toral de Merayo, de Colinas del Campo de Martín Moro Toledano, de Bembibre... pero podrían ser los de cualquier pueblo. Esos pequeños instantes que, sin darnos cuenta, acaban formando parte de quienes somos.
Días de rodillas peladas nace precisamente de ahí: de la memoria compartida, de la música y de la infancia.
Porque todos hemos tenido un primer tamboritero, una primera canción o un primer baile que nunca hemos olvidado.


Los recuerdos no aparecen por casualidad. Empiezan un día cualquiera, en una fiesta de pueblo, cuando un niño se queda mirando a un tamboritero... o se atreve a seguir sus pasos. Quizá dentro de muchos años recuerde este momento igual que nosotros recordamos los nuestros. Porque la tradición no solo se conserva: también se vive.


Y así lo quisimos plasmar con esta imagen de fondo de un niño tamboritero tocando en Viloria. Una imagen que editamos para proyectarla en la pantalla de cada escenario en los que representamos este espectáculo.

miércoles, 15 de julio de 2026

💧 Gotas de Tradición #3 - Tamboriterx (3/3) ¿Dónde hay tamboriterxs?

 

La tradición es como un río. Hoy vamos a hablar solo de una gota.

«En las alboradas no se cantaba. Tan sólo iba el tamborilero tocando, acompañado de los mozos. Se tocaban al amanecer; después se iba a tomar la parva, luego misa, autoridades, baile vermú, baile de tarde y ronda hasta las tantas.»

Así lo contaba Adelino Rodríguez Arias (1914-2008), tamboritero de Peñalba de Santiago.

Y eso nos da una buena pista para responder a una pregunta: ¿dónde había tamboriteros? La respuesta es sencilla: donde había fiesta.

Mucha gente piensa que el tamboritero es una figura propia del Bierzo. Y tienen parte de razón, pero no toda.

La flauta y el tambor forman parte del paisaje sonoro de buena parte de nuestra comarca y estuvieron presentes en las fiestas del siglo XX, tanto en Ponferrada como en las tres principales villas bercianas: Bembibre, Cacabelos y Villafranca del Bierzo.

Sin embargo, hay una curiosidad que suele sorprender. No todo el Bierzo comparte esta tradición. En valles del oeste, como los del Selmo o el Valcarce, no constituye un instrumento patrimonial. En cambio, tanto en otras zonas de la comarca como en la vecina Cabrera convivió de forma natural con los gaiteros. Hacia el este, en el Bierzo Alto, encontramos un mayor número de intérpretes y localidades donde llegó a ser prácticamente el único instrumento profesionalizado.

Pero la historia es todavía más amplia. Durante el siglo XX encontramos referencias de esta misma figura —con distintas denominaciones y variantes, tanto en la morfología como en la afinación de la flauta— recorriendo dos grandes ejes de la Península: desde el suroccidente asturiano hasta Huelva, incluyendo parte de Portugal; y desde el Bierzo, con testimonios también en Galicia, hasta las Islas Baleares.


Hoy todavía podemos encontrar tamboriteros en el Bierzo y en la Maragatería, donde en algunas celebraciones su presencia sigue siendo necesaria. Sin embargo, aunque existen intérpretes y cada vez hay más personas aprendiendo, el número de quienes ejercen este oficio y la demanda para hacerlo siguen siendo reducidos.


El verdadero riesgo no es que desaparezcan la flauta o el tambor, sino que desaparezca el oficio del tamboritero.

Y si quieres seguir profundizando en esta tradición, ya sea aprendiendo, escuchando o simplemente curioseando, ya sabes dónde encontrarnos.

Hoy solo hemos hablado de una gota. La semana que viene seguiremos bebiendo de este río.


Del cuaderno de campo

Adelino Rodríguez Arias fue uno de los tamboriteros más referenciados del Bierzo. Nació en Peñalba de Santiago, aunque pasó buena parte de su vida en Ponferrada, en el barrio de La Borreca, donde además trabajó para el Ayuntamiento.

Destacó no solo como intérprete, con una extraordinaria capacidad para improvisar y variar melodías, sino también como artesano. Construyó numerosas flautas —utilizando un torno de ballesta—, además de castañuelas y algún otro instrumento. Durante unos años recorrió con su torno distintas ferias y muestras de artesanía.

En su juventud también tocó la gaita y reunió un amplio repertorio fruto de escuchar a otros tamboriteros de la zona. Actuó tanto en el Bierzo como en Cabrera y, durante el último tercio del siglo XX, fue una figura habitual en las fiestas de Ponferrada. Muchos aún recuerdan la destreza con la que hacía sonar su característico tambor negro decorado con estrellas rojas.

Pasó sus últimos años en Zaragoza junto a su familia. Gracias a fondos como los de la Fundación Joaquín Díaz, a la Colección de Música Tradicional en Castilla y León y a diversos documentales grabados en las décadas de 1980 y 1990, hoy todavía podemos escuchar su música y verlo interpretar.



lunes, 13 de julio de 2026

Croniquetas de un músico #7 (2026) – La Granja de San Vicente / Tamboriteros del Boeza

Este año volvimos a La Granja de San Vicente y esta vez nos ajustaron dos días. El primero de nuevo a las bodegas. Así que ya conocíamos el pueblo y a Bea, que nos llamó de nuevo. Volver tiene esas ventajas: ya no llegas como un desconocido, sino como alguien al que esperan.

 

Llegamos para tomar algo antes de empezar y nos encontramos con una gente que superó todas las dificultades posibles para sacar adelante las fiestas. Y bien que lo hacen, da gusto estar en un pueblo unido como este. Un pueblo que tiene al más mayor pintado en la fachada del local de la Asociación la Era, en un mural en el que representa lo más importante del pueblo. Y la Asociación se llama la Era porque está en la Era, la de majar, trillar, la de siempre, sólo que ahora está despejada de castaños y con una pista para que jueguen los chavales. Desde ella se ve medio pueblo, incluso a lo lejos lo que fue el cine a la salida si sigues la carretera.

 

Empezamos desde allí las bodegas, llegó el carro con el vino. Porque aquí no se saca vino en cada puerta o bodega, sino que lo llevan de una a otra. Trajeron el vino que hace Alba en el pueblo, aunque tiene las viñas en Albares. Bajamos al barrio de abajo, cerca de la iglesia, tocando hasta llegar a la primera bodega. Allí empezamos a probar las empanadas de la panadería de la Granja. Después un pincho gourmet de chorizo, que no se ve en ninguna fiesta en toda la contornada.

 

En todo momento no dejábamos de fijarnos en todos los árboles que encontrábamos. Ya no sólo por los castaños, sino todas las nogales que hay por el pueblo, que no son pocas; podría ser el pueblo de las nueces. No hay calle sin ciruelos de todas las calañas, cerezales, manzanales y alguna vid. Todas con fruta, que en este pueblo parece que la tienen por castigo. Si algún día falta fruta en el Bierzo, ya sabemos dónde estaba escondida.

 

Fueron unas bodegas diferentes porque la gente estaba también al partido. Venían con camisetas, pintados y alguno se iba escapando a la Era para coger sitio para verlo. Luego pasamos por la Bodega Lombardero Fernández, la de Alba, que también servía blanco. Se llama la Caxana, como llamaban a su abuela, en honor a ella. La casualidad es que Ana, que toca las castañuelas con nosotros, también era nieta de la Caxana, igual que Alba, la que hace el vino. Y si el tinto está bueno, el blanco es aspetacular.

 

Pasamos por los dos barrios que tiene la Granja, la Mata y la Plaza. Uno arriba y otro abajo. Después de los pinchos y cinco bodegas, se quitó la última para que todo el mundo pudiera ir a ver a la selección, que jugaba los octavos de final del Mundial. Nunca había visto unas bodegas donde la gente estuviera más pendiente del marcador que del vino. Acabamos con café, chocolate, dulce y tocando en el descanso del partido. Un buen final para volver a la mañana siguiente.

 

Porque arrancamos de nuevo del mismo lugar para dar una vuelta y acabar en la iglesia. Para hablar con el cura y convencerlo de cuál es el sitio donde deberíamos tocar, entre la cruz y el Santísimo, porque celebran el Corpus y lo sacan bajo palio. Pero como la procesión era sacramental, primero tocamos el alzar. Sonó la campanilla en la epíclesis. Ya no se oye en todas las iglesias, y siempre nos llama la atención. La de aquí tiene tres esquilas; la de Compludo, muy parecida, tenía cuatro. Fue entonces cuando llegó uno de esos momentos que se quedan grabados. Justo al empezar a tocar, inclinaron el pendón para hacer una reverencia a la forma consagrada. Aquí el pendón no sólo se agacha para pasar por debajo de los cables; también sabe cuándo tiene delante algo que merece respeto.

Tocamos la procesión donde correspondía y dejando espacio también para que cantaran. De ahí, a recibir a la gente a la salida y subirla al vermú. Creo que nadie contaba con el jaleo que allí se iba a formar, no daban atendido en la barra. Y eso, en un pueblo, suele ser una buena señal.

 

Fue entonces cuando se nos acercó la hija de Leonor, una panderetera ya fallecida del pueblo. Nos felicitó y quiso compartir con nosotros una de las coplas que cantaba su madre:

Por esta calle que vamos
dicen que las hay bonitas,
las criadas de servir
pero no las señoritas.

 

El año pasado preguntamos por el baile de pandereta, preguntamos por el tamboritero, que era Miguel conocido como Zamora. Volvemos y aun seguimos aprendiendo. Es inevitable no tener ganas de querer volver y seguir conociendo más.

Las pruebas no engañan. No somos músicos que simplemente pasen por los sitios; son los sitios los que pasan por nosotros y nos acaban calando por dentro. No hace falta una tesis doctoral para demostrar esta teoría. Nos basta con volver. Porque cada vez que volvemos descubrimos algo distinto, aunque el pueblo sea el mismo.

Solo nos queda decir una vez más: ¡¡¡¡¡Viva la Granja y vivan sus gentes!!!!!















domingo, 12 de julio de 2026

Entrecroniqueta #3 (2026) – De boda con los Pamplinas en dúo

Hoy en día las bodas son diferentes, son a la carta, como quieren los novios (a veces como les dejan) y es bonito y está bien. Son ellos quienes eligen las costumbres y las tradiciones. Eligen no casarse en el pueblo de la novia, en Albares, ni tampoco en el del novio, que es de Villabelino, sino donde viven ellos y traer a todo el mundo al proyecto de vida que están construyendo. Eligen montar un photocall con alpacas, la rueda del carro y detalles que hay que traer desde el Bierzo hasta Oviedo. Eligen las canciones que quieren para la entrada del novio y de la novia, canciones que les dicen algo por dentro. Y eligen, aunque tengan veintipocos años, que en su boda quieren música de su tierra, instrumentos tradicionales que toquen esas canciones que ellos eligieron y que den ambiente a la salida de la iglesia y en el cóctel.

Y es muy bonito. A nosotros nos gusta tocar en las bodas.

Mucho.

 

Y si el otro día preguntaba... bueno, pregunté en una Gota: «¿Para qué toca un tamboritero?», y como nos dijo Edilberto, parte de esa respuesta es por los cuartos. Es verdad, tampoco se puede negar. Hace ya mucho tiempo decidimos profesionalizarnos. Eso significa, entre otras cosas, que podemos entrar a tocar en cualquier salón de bodas. Si piden las altas, ahí están. También forma parte del oficio.

Pero no es por eso por lo que nos gusta este trabajo. Es un lujo poder vivir de él. Y aunque otro día podemos contar por qué nos gustan tanto las bodas, tiene que ver con que para la broma cualquier músico, cualquier gaiteiro vale; pero aquí hay que ser finos, no valen segundas oportunidades. Y también porque estás formando parte de uno de los momentos más importantes de la vida de una pareja, aunque, por supuesto, no eres el protagonista. Ni falta que hace.

 

Pero que estas músicas sigan estando presentes hoy en día de ese modo, como siempre lo estuvieron, es la mejor prueba de que siguen siendo útiles y necesarias. Si no sirvieran para acompañar la vida, ya habrían desaparecido hace mucho tiempo. Así lo avalan nuestros estudios científicos, revisados por un comité de folcloristas puristas integristas.

Al final, quizá esa sea la mejor manera de saber si una tradición sigue viva: comprobar que alguien la sigue eligiendo cuando podría elegir cualquier otra cosa.

 

 

Pero ya empiezo a divagar, que también es muy mío, y esto iba de la boda de Nerea, que cuando era pequeña vino a clases varios años y aprendió a tocar la gaita. Una de las muchas niñas gaiteras que han aprendido con nosotros durante todos estos años.

Nosotros salimos de La Granja, que tocaba hacer oficio por la mañana (pero eso ya va en la croniqueta del lunes), cogimos camino hacia Asturias, con todas las obras que tiene la autopista, que ni con tramos a cuarenta y a sesenta deja de cobrar los diez con veinte. Llegamos a Llanera, a la iglesia de San Cucufate (que todo el mundo conoce como San Cucao), y allí nos pusimos en faena. Ver entrar a la novia, lo guapa que estaba, fijarse bien y descubrir ese ramo con un pistón de motor, no tiene precio.

Lo único es que hay que tener cuidado al tirarlo, porque igual, en vez de anunciar quién va a ser la próxima en casarse, deja un viudo antes de llegar al matrimonio.

 

Los acompañamos en una tarde en la que el sol no perdonaba, aunque el aire daba una tregua. Entraron en el comedor y acabó nuestra parte. Tocaba la vuelta y con cuidado. Porque, saliendo por La Magdalena y volviendo por Luna, sabes que puede salir cualquier bicho, y más ya anochecido. Y así fue. Pasando La Garandilla cruzó un zorro y, unos kilómetros después, encontramos una familia de jabalíes. Una madre con cuatro o cinco rayones del año. Bueno, ya empezaban a borrárseles las rayas, pero hay que tener cuidado.

La tormenta amenazaba a la vuelta y fue un palo entrar en Bembibre y notar el ambiente cargado de humo. Porque no solo olía a humo. Tendría que venir de San Clodio, arrastrado por el aire. A nosotros estas cosas nos ponen los pelos de punta y no terminamos de acostumbrarnos a que cada verano pase lo mismo. Últimamente lo tenemos demasiado presente. Y ojalá deje de ser costumbre escribir algo así todos los veranos.

 

Aun así, como decíamos al principio, merece la pena este oficio de andar llevando alegría. Aunque haya kilómetros, jornadas largas, desgaste y retos. Es parte ya indisoluble de nosotros y, aunque hemos tenido la suerte de tocar en escenarios grandes, en celebraciones íntimas y en pueblos muy pequeños, disfrutamos de cada una de ellas de una manera que siempre nos deja el corazón un poco más alegre.

 

Porque sí, hoy celebramos la vida de formas diferentes. Hay quien se casa por la iglesia, quien lo hace por lo civil, quien celebra su unión de otra manera y quien simplemente reúne a los suyos sin necesidad de una ceremonia. Las formas cambian, y está bien que sea así. Pero las personas seguimos necesitando celebrar la vida junto a quienes queremos. Y mientras haya quien elija estas músicas para acompañar esos momentos, seguirán teniendo mucho futuro. Y nosotros, mientras nos sigan llamando, seguiremos encantados de ponerles música.