A la fuente voy por agua
a ver si coges las flores,
a Misa por ver a Dios,
al baile por ver amores.
La tradición es como un río. Hoy vamos a hablar solo de una gota.
El baile era algo reservado principalmente para la juventud, para la gente soltera. Había excepciones, claro: los bailes de carnaval, las bodas o algunas celebraciones locales. Pero, en general, el baile pertenecía a la mocedad.
En una época en la que el trabajo ocupaba buena parte del día y las distracciones eran pocas, el baile cumplía una función muy especial. Era uno de los pocos momentos para reunirse, mocear, verse, relacionarse y, por supuesto, divertirse.
Se bailaba de forma colectiva y casi siempre con música en directo. Incluso cuando llegaron los fonógrafos o las radios, se mantuvo el baile de pandereta o con músicos. Y aunque era una actividad compartida, el centro del baile seguía siendo la pareja. Por eso existían costumbres muy concretas, como pedir baile, dar el corte o respetar unas normas que todo el mundo conocía.
Entrar al baile también tenía un significado. Marcaba el paso de la niñez a la juventud, una frontera que a veces podía adelantarse un poco o retrasarse, muchas veces tocando para el baile.
Los lugares donde se bailaba eran tan variados como los propios pueblos. Dependiendo de la época del año podía ser una cuadra, una plaza, una era o un portal cubierto. Más tarde llegarían los salones de baile, espacios pensados exclusivamente para bailar. Lo habitual era que hubiera baile cada semana.
Eso sí, con una excepción muy importante: desde el comienzo de la Cuaresma hasta el Sábado de Gloria, cualquier baile estaba prohibido.
Hoy seguimos bailando en lugares muy distintos. Pero nosotros intentamos que el baile siga teniendo el mismo sentido que antes: que siga siendo un espacio para disfrutar, para encontrarnos y para mantener vivo un patrimonio que nos identifica y nos une.
Porque las tradiciones no solo se conservan. También se aprenden.
Se tocan.
Se cantan.
Se bailan.
Si quieres seguir profundizando en esta tradición, ya sea aprendiendo, escuchando o simplemente curioseando... ya sabes dónde encontrarnos. Hoy solo hemos hablado de una gota. La semana que viene seguiremos bebiendo de este río.
Del Cuaderno de Campo
Las coplas, como se denomina habitualmente a esas composiciones de cuatro versos octosilábicos, con rima asonante en los pares y los impares libres, son una importante fuente de información sobre nuestra cultura tradicional. No porque reflejen exactamente la realidad, que no lo hacen, ni porque reproduzcan necesariamente el habla local; pero sí hablan de cosas propias del lugar. Por eso, a veces, las escogemos para comenzar las Gotas de Tradición.
Además, en gran parte de los casos están ligadas al baile y forman parte de la libertad que tenían quienes cantaban —normalmente mujeres— para escoger las letras e incluso crearlas. Porque en las coplas cabe prácticamente cualquier tema. Y también cualquier tono: pueden ser serias, tristes, alegres, divertidas, sarcásticas...
También queremos añadir algunos detalles sobre los lugares donde se bailaba. Nos gusta recorrer los pueblos y documentar no solo qué se bailaba o quién tocaba, sino también dónde se hacía. A veces era la casa de alguien que la ponía a disposición; otras, una plaza o una era, en muchas ocasiones junto a la iglesia. Bajo un corredor, en una taberna... En muchos casos no eran espacios especialmente amplios. Tampoco hacía falta.
Posteriormente llegaron los salones de baile, que durante un tiempo siguieron integrando a los músicos tradicionales. A la vez aparecieron los primeros tocadiscos y nuevos músicos y formaciones: acordeonistas y orquestas compuestas únicamente por instrumentos de viento, con saxos, trompetas...
En algunas poblaciones se mantuvo la costumbre de ajustar a un conjunto o instrumentista para tocar semanalmente durante determinadas épocas del año, algo que se reforzó con la creación de estos espacios. Antes, cuando no existía ese tipo de baile habitual, los gaiteiros o tamboriteiros podían ser contratados por los mozos del pueblo o por mozos visitantes para organizar el baile y que así pudieran salir las mozas de casa.
Y con los nuevos tiempos llegaron también soluciones particulares. Es el caso de Pedro «Budiel», en San Justo de Cabanillas. Los domingos, para asegurarse un sobresueldo como músico y copiando los salones que había visto Sil arriba, vaciaba y limpiaba la cuadra y cobraba una entrada a quienes quisieran participar.
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| Lugar para el baile en Odollo |





































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