miércoles, 12 de agosto de 2026

💧 Gota de Tradición #7 · Baile (1/3) ¿Qué se baila?

 


La tradición es como un río. Hoy vamos a hablar solo de una gota.

 

Hoy hemos venido hasta San Andrés de las Puentes, en el Bierzo Alto, municipio de Torre del Bierzo. Estamos en un lugar conocido como el Bailadero, porque aquí se hacía el baile. Aquí tocaron Retundio, Avelino —el tamboritero que tocaba con la nariz y que, dicen, alguna vez hasta se subía a un castaño para hacerse oír— y más tarde también lo hizo Antonio Blanco. Y es bonito que un pueblo conserve no solo el nombre de este lugar, sino también la memoria de quienes le pusieron música, igual que ha conservado otras tradiciones, como la del Ramo.

 

En esta serie vamos a hablar del baile, una parte inseparable de nuestra música tradicional. Porque la una no se entiende sin el otro.

 

Y empezamos por una pregunta muy sencilla: ¿qué se bailaba?

 

Aquí hablamos de baile y no de danza. La danza tiene unas funciones rituales muy concretas. El baile, en cambio, era la forma de reunirse, de mocear, de relacionarse y de divertirse.

 


Durante mucho tiempo el protagonista fue el baile suelto, el que muchos conocen como el baile de los viejos. Normalmente se bailaba en pareja, aunque también existían excepciones, y tenía una enorme variedad de géneros y variantes locales.

 

La jota fue el más extendido en buena parte de la península, pero en el Bierzo también encontramos donzainas, pollos, corridos, bien paraos, bailes llanos, moliñeiras —o molineiras—, gallegos, muñeiras, purrusaldas y muchos otros nombres que forman parte de un patrimonio sorprendentemente rico para un territorio relativamente pequeño.

 

Con el paso del tiempo llegaron otros bailes donde las parejas ya se agarraban. Procedían sobre todo de Centroeuropa y de América, y con ellos llegó también otra manera de bailar. Su llegada no siempre fue pacífica y durante años convivieron con el baile suelto, hasta que en la mayoría de los pueblos este fue desapareciendo poco a poco.



Aquellos mismos músicos tradicionales también acabaron interpretando especialmente los pasodobles, rumbas y valses. Llegaban de fuera, sí, pero las hicieron suyas con una personalidad propia y hoy también forman parte de nuestra memoria musical.

 

Todo esto apenas cabe en una gota, pero sí sirve para entender que cuando hablamos de baile tradicional no estamos hablando de una sola cosa. Detrás de cada uno de estos bailes hay multitud de detalles.

 


Y lo mejor es que todo ese conocimiento no solo puede investigarse. También puede enseñarse, aprenderse y practicarse con rigor cuando antes se ha dedicado tiempo a conocerlo profundamente.

 

Porque las tradiciones no solo se conservan.

 

También se aprenden.

 

Se tocan.

Se cantan.

Se bailan.

 

Si quieres seguir profundizando en esta tradición, ya sea aprendiendo, escuchando o simplemente curioseando... ya sabes dónde encontrarnos.

 

Hoy solo hemos hablado de una gota. La semana que viene seguiremos bebiendo de este río.



Del Cuaderno de Campo


Por añadir alguna pincelada más sobre detalles que insinuábamos, vamos a desgranar algún ejemplo más.

Normalmente tendemos a pensar, equivocadamente, que los bailes en pareja son necesariamente de parejas mixtas y, si bien esto era habitual, encontramos repertorios como la Entrada que se bailaba en Corporales de Cabrera, que actualmente se baila de forma mixta, pero que en su origen era una pieza que solo bailaban los hombres y que, además, servía para deshacer las parejas. Que dos hombres bailaran juntos tampoco era extraño, del mismo modo que en muchos lugares era habitual ver a dos mujeres bailar juntas.

También es cierto que las diferencias de género se han exagerado y manipulado en los grupos folclóricos, alejándose en esto también de la tradición. Incluso se ha llegado a aceptar como algo normalizado en los mismos el vestir a mujeres de hombres.

Sin embargo, donde estas diferencias sí han sido muy estrictas hasta las últimas décadas no ha sido tanto en el baile como en las Danzas, muchas de las cuales eran ejecutadas únicamente por hombres o únicamente por mujeres. En algunos casos se llegaba incluso a recurrir a niños para representar papeles femeninos, como el de Dama, algo que, salvando las distancias, ocurrió también en tradiciones teatrales como la griega clásica o la isabelina, donde los hombres interpretaban los papeles femeninos.

El baile, entendido como costumbre social, tiene muchísimos detalles y particularidades: algunos se daban de forma bastante general y otros eran estrictamente locales.





lunes, 10 de agosto de 2026

Croniqueta de un músico #11 (2026) – Ronda de Bodegas de Toral de Merayo / Dani J. y Diego B. TamboriTeros

Poco podemos decir de una actuación que este año ni siquiera figuraba en los carteles de la fiesta. En Toral decidieron darle una vuelta a las bodegas y a la amanecida del Salvadorín para que volvieran a ser un poco más para la gente del pueblo. Y nos parece más que bien. Hay fiestas que no necesitan crecer; necesitan seguir siendo ellas mismas.

 

Las anécdotas de esa noche se quedan para quienes la compartimos. La crónica del año pasado, que hasta dejó algún recado, ya dio que hablar. Así que este año nosotros también vamos a darle una vuelta a lo que contamos.

Porque de vino (que nunca falta), almendraos, rosca, canciones y algún que otro cadáver que Chori sabrá dónde escondió, podríamos hablar un buen rato. También contar que esta vez arrancamos a tocar un poco más adelante para ir a la bodega de Rubén y no hicimos girar a toda la plaza después de la orquesta. O de que, aunque todos hablamos de las bodegas de Toral de Merayo, se nos escapó Toral de los Vados. Todo sea porque no se nos planten cuatro autobuses con guía incluido buscando un parque temático a orillas del Oza.

 

Por eso la broma fue solo para los que saben tentar un vaso en la mano y cantar mirando hacia arriba, sin aspirantes a madrilanos y chavalada que no sabe qué es Merayo y qué es Toral. Ni en qué barrios están las bodegas: Las Cabanas, donde está el lagar; el Cerrao; Viña de Val; Cigales; la Barrera; Horne; la Rastriera; el Pajariel; el Barrio de la Fuente, de donde salen los Lameros, el de arriba y el de abajo; la Perinchina… Alguno seguro que se nos olvida, pero entre que no somos de aquí (que somos de otro lao...) y que la noche nos confunde... aun así, creo que ya nos vamos conociendo. Será por eso que siempre acabamos diciendo que estas bodegas nos gustan más que un tardeo, o unas bodegas de tardeo. Mucho más.

Así que no haremos lista de las bodegas, ni de cuál fue la nueva, si es que la hubiera, tan nueva como un virgo recién importado de China. No vamos a contar cuánto vino se bebió (siempre tinto, que al menos dentro del cuerpo se quede lo colorao), quién tenía reuma en el codo para llenar los vasos o quién desafina o solo mueve los labios cuando se cierra el corro.

 

Pero hay historias que merecen más unas líneas que las anécdotas de una noche que alguno o alguna que no pasó por allí igual estaba esperando. Esas las guardamos para los que las compartimos y para comentarlas otra vez frente a frente el año que viene.

Y una de esas historias empieza por un nombre propio.

De las primeras cosas que nos dijeron al llegar fue que Blas nunca habría llevado una camisa floreada como las nuestras. Seguramente tenían razón. Y probablemente tampoco le habría convencido mucho eso de las zapatillas blancas. Pero nos gusta pensar que, en lo importante, seguimos intentando hacer lo mismo que él.

Porque si hoy resulta tan fácil ir de bodega en bodega tocando por el pueblo, en parte es gracias a él.

No fue el primero. Nosotros conocemos a algunos de los que tocaron antes que él y también a varios de los que vinieron después, entre ellos su propio hijo o Isidro Ramón, de Trascastro. Pero hay personas que acaban convirtiéndose en el referente de un pueblo, y Blas fue una de ellas.

No hace falta que nos nombren hijos adoptivos ni poner una arroba delante de la palabra seguidores para saber quién dejó huella en un sitio. Basta con escuchar hablar a la gente. En Toral basta pronunciar la palabra tamboritero para que, tarde o temprano, alguien acabe hablando de Blas. La memoria nunca necesitó redes sociales.

Era maragato, de Prada de la Sierra, y acabó haciendo de Toral su casa. Tenía el carácter perfecto para una ronda como esta: serio cuando tocaba serlo, pero siempre dispuesto para la broma. Supo darle aquí una manera de entender el oficio de tamboritero y ganarse un respeto que, afortunadamente, todavía permanece. Aquí todo el mundo entiende cuál es el papel del músico. No somos los protagonistas de la noche, pero sí una parte importante para que siga siendo como siempre fue.

Nosotros también llegamos a escucharlo tocar. Y fue toda una suerte. Más que por juzgar cómo tocaba, por haber conocido a quien durante tantos años dio sentido a este recorrido y acabó convirtiéndose en parte de la memoria del pueblo. Es recurrente el chascarrillo del palo que le dio a Carlos Núñez cuando le vendió un tambor. Pero hay otra imagen que nunca se nos olvida. La feria de los Remedios de Luyego. Blas recorriendo la feria con un tambor colgado, un cartel que decía «Se vende»... y sin flauta. Ya no vamos a decir que lo hacía para no pagar un puesto en la feria, pero desde luego aquella publicidad valía mucho más que cualquier anuncio.

Nuestro oficio no se entiende sin personas como él. Personas que enseñaron el camino a quienes vinimos después. Tan importante fue que el propio pueblo decidió homenajearlo en vida. Y eso también habría que aprender a hacerlo más veces. En 2011, con noventa y cinco años, descubrieron un monolito que todavía puede verse junto a la ermita del Santo Cristo del Nogaledo. Para entonces llevaba ya cuarenta y un años viviendo en Toral. Y lo del Nogaledo no podía venirle mejor, porque de troncos y tablas de nogal salieron muchos de los tambores que construyó con sus propias manos.

 

Ahora Blas ya no está. Pero sigue saliendo la ronda. Los tiempos cambian. Pero hay cosas que permanecen. Se siguen viendo pernales arremangados que evitan curiosas confusiones... o quizá las provocan. Se sigue saliendo de la plaza, haciéndose la foto del amanecer y regresando otra vez al mismo sitio, cerca de donde estuvo la piedra de los bolos, hoy sustituida por un polideportivo.

Seguimos pensando que vivir es mejor que ver, escribir o escuchar. Que nos sentimos halagados, respetados, acompañados y muy bien tratados cada vez que venimos a esta fiesta.

 

Porque las anécdotas hacen una noche. Pero personas como él hacen tradición.

Y mientras haya pueblos que sigan acordándose de quienes marcaron el camino, nosotros querremos seguir estando por allí para ponerles música.

Al final resulta que sí teníamos algo que contar. Igual no era lo que alguno o alguna esperaba. Pero era importante.

 

Y para terminar, esta vez nos toca a nosotros entonar:

Bodegas de Toral,
de vino de lagar;
dichoso de aquel
que las pueda visitar.













jueves, 6 de agosto de 2026

Entrecroniqueta #9 (2026) – Villadecanes / Los Pamplinas Dúo

Este verano está siendo curioso. Ahora que contamos parte de lo que hacemos, también somos más conscientes de la suerte que tenemos.

Por varias cosas, además.

Primero, por dar con gente que entiende qué hacemos y cómo lo hacemos. Segundo, porque nos han tratado siempre bien y no hemos tenido que desviar los temas de los que escribimos, ni disimular. Y tercero, porque seguimos disfrutando de este oficio y de la manera en que lo hacemos.

Eso también significa que las fechas se van llenando poco a poco. Algunas las tenemos cerradas desde un año antes. Otras, como en esta ocasión, llegan en la misma semana.

Como dijimos, según fuentes cercanas a la comisión de fiestas, el cartel ya estaba cerrado. Según lo que pasó el domingo... todavía quedaba una sorpresa.

 

Así fue como nos contactaron desde Villadecanes. No confundir con otro Viladecans que hay en Cataluña. Nos llamaron para preguntar si aún teníamos libre el fin de semana y nos explicaron qué querían y cómo lo querían. Lo cual ya es una ventaja. Que a veces también nos llaman para decir: «Venid a tocar»... y hasta ahí llega el pliego de condiciones, que solo se incumple si no quedan satisfechos con los músicos.

Nos pusimos de acuerdo y, el domingo por la mañana, allí estábamos.

Cuando quien te llama sabe lo que quiere, nuestro oficio resulta más sencillo. Luego queda una parte que sigue dependiendo de la experiencia y de cierta complicidad: saber qué tocar en cada momento y qué canción puede despertar lo necesario en cada situación.

 

Pasacalles, procesión, misa y un par de piezas a la salida. Sin PowerPoint con animaciones, pero el guion estaba clarísimo.

Hay pueblos donde la música todavía no se entiende como un adorno, sino como parte de la fiesta. No se trata únicamente de tocar unas piezas. Se trata de despertar las calles, acompañar a la gente, poner sonido a la procesión y recordar que este no es un domingo cualquiera.

Así que empezamos por el pasacalles.

Simplificando mucho, y aunque recorrimos algunos callejos, Villadecanes tiene tres calles. Habíamos aparcado cerca de la iglesia y desde allí empezamos bajando hacia la entrada del pueblo.

Ya sonreímos porque, en el jardín del templo, junto a la barra de la fiesta, había una buena colección de tiestos y ya había quien pasaba a recogerlos. Normal. La juventud había hecho su trabajo durante la noche y los demás empezaban el suyo por la mañana.

En otras puertas, alguna mujer sacaba de casa los que había guardado para que la juventud no marchara con ellos. Y es que, para que nadie se asustara, la trastada estaba anunciada hasta en el cartel de esta fiesta del Sagrado Corazón de Jesús. —En ti confío —decía el cura.

 

Cuando volvíamos a subir paramos a hablar con Dani, que viene a clase con nosotros en la Banda de Gaitas Mencía de Toral de los Vados y se había levantado hacía poco. De ahí seguimos hasta el pico del pueblo y llegamos al cementerio. Si hasta allí habían puesto banderines, también se merecía que hasta allí llegara la música. Que los del Campo Santo no iban a protestar.

Después bajamos hacia la plaza y, en dirección a Iglesia de Campo, pasamos por delante del potro y llegamos hasta la báscula. Lo anduvimos todo. Y, aunque también paramos a hablar y a dar los buenos días en cada puerta de la que salían a recibirnos, todavía nos sobró tiempo antes de la eucaristía.

En cada puerta alguien saludaba. Unos daban los buenos días y no faltaban las sonrisas. No hace falta un aplauso para sentir ese calor. Sigue gustando una caja bien templada y quien tempere la gaita al lado. Aunque no nos suban y etiqueten, no falta quien al pasar saque el móvil, a veces hasta con cara de disimulo. Ni hace falta pedir permiso, que nuestras músicas —al menos por ahora— no tributan SGAE.

 

La charla a la puerta de la iglesia se volvió de lo más divertida. Nos contaban cómo antes los que hoy son mayores robaban los tiestos de las casas y los colocaban en dos hileras a la salida del templo, marcando el recorrido de la procesión. Lo de que Villadecanes no tiene barrios, que aquí no hubo músicos del pueblo —aunque estuvimos preguntando por ello hace ya casi veinte años— y alguna historia más, lo dejaremos para otra. Siempre tiene que quedar alguna excusa para volver.

Esta es una práctica que se remonta a tiempos inmemoriales. Y digo inmemoriales porque la memoria oral llega hasta donde llega —setenta años, por poner un ejemplo, aunque depende mucho de con quién estés hablando—. Pero sabemos que estas trastadas se hacían en más pueblos.

En Cacabelos, por ejemplo, por San Juan. En Villamartín de la Abadía, sin embargo, les daban la vuelta a los carros, aunque los dejaran en una tierra llena de abono, haciéndose el listo o el tonto, quién sabe. Hasta una vez escribimos en el blog sobre estas trastadas de los mozos.

Al final, las travesuras también forman parte de lo nuestro y, mientras no hagan daño, también cuentan cosas de quienes fuimos. Prometo que para esta fiesta no fue maltratado ningún geranio, ni sufrió ningún poto.

 

Pronto llegó el cura y hablamos con él. Este oficio permite entrar en lugares donde normalmente uno no entraría y conocer los pueblos a pie, despacio y hablando con la gente. Hay quien conoce los sitios por Tripadvisor. Nosotros, a veces, nos metemos hasta en la sacristía.

Ya habíamos coincidido más veces con este párroco, pero aquel día venía particularmente jovial, animado y gesticulando de una manera que llamaba la atención.

Nos contaron que antes mantenían la costumbre de dar misa el sábado y el domingo, con una procesión hacia abajo un día y otra hacia arriba al siguiente. Ahora, con tanto trabajo y tantos pueblos que atender, tocaba buscar una solución.

Y la solución fue tan efectiva como salomónica: un poco de procesión hacia abajo y otro poco hacia arriba.

 

Luego vino la misa, más bien breve —dicen que lo breve...—, unas piezas a la salida y el vermú, que arrancó con sevillanas. Porque una cosa no tiene por qué estar reñida con otra.

Volvimos contentos. Habíamos sentido que valoraban nuestro trabajo y la forma de entenderlo.

El pasacalles para anunciar que era fiesta y despertar a los que aún tenían el ojo apegañado.

La procesión con los sones que pedía la ocasión.

La misa con lo que procede, sea El pescador, Bendito o lo que corresponda.

Y unas piezas animadas cuando llega el momento de celebrar.

Que si quieren unos músicos elegantes, iremos todo lo elegantes que requiera la ocasión. Que si quieren que vayamos vestidos de gaiteiros, sacaremos el paño fino, el lino y los zapatos buenos, igual para un pueblo que para una ciudad. Que para eso los trajes no están solo para la foto.

 

Nos fuimos también con la gratitud de comprobar que habían quedado contentos. Hay una gran diferencia entre que alguien te despierte por la mañana y que haga sonar música en directo, sin trampa ni cartón, puerta por puerta. Porque lo que hacemos llega donde ningún altavoz puede llegar: a una puerta que acaba de abrirse, a una conversación que se detiene un instante, a una ventana desde la que alguien sonríe sin hacer ruido. Somos un poco como aquel anuncio que decía «llega donde otros no llegan». Solo que nosotros lo hacemos puerta por puerta.

También contentos porque hay gentes que aún aprecian la diferencia que hay entre una procesión acompañada por una melodía y un toque solemne, y otra en silencio.

Que nada de lo que tuvieron este fin de semana está reñido, ni la verbena hasta las tantas, ni la discoteca móvil, ni las sevillanas del vermú, ni el robo nocturno con alevosía de los tiestos.

Sólo que cada momento tiene su música.

 

Ojalá siga habiendo pueblos donde unos buenos músicos sigan siendo la mejor manera de decir «buenos días». Porque hay saludos que se dan con palabras... y otros que se dan sin ellas. Y mientras siga habiendo quien quiera abrir la puerta para escuchar una gaita doblar una esquina, seguirá teniendo sentido llamar a unos gaiteiros para recordar que aquel no es un domingo cualquiera.















💧 Gota de Tradición #6 · Pandereta (3/3) ¿Quién tocaba la pandereta?

La tradición es como un río. Hoy vamos a hablar solo de una gota.

 

Luzdivina García González panderetera de Noceda del Bierzo fue entrevistada el 26 de mayo de 1986 cuando tenía 76 años decía: “cuando iba al prado con las vacas, llevaba la merienda en una cesta, de sacaba la merienda y la cesta se convertía en una pandereta”

Y eso lo decía porque, mayoritariamente, quienes tocaban la pandereta eran mujeres. Muchas aprendían igual que ocurría con otros instrumentos ligados al pastoreo: mientras guardaban el ganado, aprovechando cualquier objeto que hiciera de instrumento, como aquella cesta. Aprendían para poder participar en el baile, aunque al principio fuera tocando antes de que les llegara la edad de entrar en él para bailar. En muchos lugares dejaban de tocar al casarse, porque también cambiaba el papel social aceptado. Además, salvo excepciones, a pesar de lo complicado y el esfuerzo que supone tocar y cantar, no recibían ninguna remuneración por hacerlo, al contrario que otros músicos. Eran ellas quienes ponían música a los bailes de diario, incluso varias veces por semana gran parte del año.

Lo más habitual es que tocaran de una en una, en algunos casos en pareja. Como ya vimos, acompañándose de la voz. Son muy pocos los casos documentados en los que tocaran junto a otros instrumentos hasta bien avanzado el siglo XX. Pasada la mitad del siglo pasado es cuando en grupos de gaiteros en Galicia empieza a introducirse en ellos la pandereta tocada por hombres que introdujeron otras técnicas ajenas a la tradición como rascar con el pulgar y dibujar ritmos como hace el tambor.

 

Y aunque dentro de nuestra tradición en la mayoría de casos eran ellas las que tocaban, también había algún hombre que tocaba, a alguno hemos conocido. Aunque ellos a veces empleaban otras técnicas tocando sobre el brazo, la pierna o alguna otra superficie.

Gracias a los trabajos de investigación, recopilación podemos conocer toda la riqueza de estos saberes conservados generación tras generación y que dejaron de tener espacio con los cambios sociales que tuvieron lugar. Con la llegada de la modernidad y migración del mundo rural dejó de ser necesario tocar la pandereta y cantar para divertirse. Sin embargo, cada vez más gente se acerca a aprender estos instrumentos para disfrutarlos de la misma manera, tocar para pasarlo bien e incluso para hacer bailar. La relevancia social que están volviendo a alcanzar hacen que veamos con esperanza el futuro de la pandereta, pandareta, pandeireta o pandeira con un trabajo desde el conocimiento profundo de nuestro territorio y realidad.

 

Y si quieres seguir profundizando en esta tradición, ya sea aprendiendo, escuchando o simplemente curioseando, ya sabes dónde encontrarnos.

Hoy solo hemos hablado de una gota. Con esta terminamos esta serie dedicada a la pandereta, pero el río, nuestra tradición sigue corriendo y la semana que viene volveremos a beber a él.


Del Cuaderno de Campo

Normalmente queremos que la tradición encaje en nuestras ideas preconcebidas, pero la realidad siempre es mucho más compleja. En el vídeo hemos incluido algunos ejemplos que contradicen esos prejuicios.

Por un lado aparece Alfredo do Chao, de Sotoparada / Soutoparada / Souto, perteneciente al Ayuntamiento de Trabadelo, a quien entrevistamos en 2016. Nos tocó la pandereta tal y como la tocaban él y su hermano, apoyándola sobre la barra de la taberna o del salón de baile mientras cantaban. Incluso conservaba varias piezas de una antigua pandereta que nos enseñó durante la entrevista. Alfredo también tocaba la batería y representa uno de esos ejemplos de hombres que tocaban la pandereta, aunque utilizando una técnica diferente a la más habitual entre las mujeres.

Sin embargo, en Fornela documentamos otro caso distinto. En Chano grabamos a un hombre que también tocaba la pandereta, pero lo hacía exactamente igual que las mujeres de su entorno.

También hacemos referencia a esos hombres que tocaron la pandereta en grupos de gaitas y lo ejemplificamos con una fotografía del conjunto Los Brisas del Sil, del barrio de Flores del Sil de Ponferrada, en la que José Raido "Patelas" toca una pandereta sin parche. Pero no fue un caso aislado. Existen muchos más ejemplos y, de hecho, algunos de esos estilos permanecen hoy en día. Uno de ellos consiste en redoblar la pandereta "rascando" con el dedo pulgar en sentido contrario al movimiento que realizan la mayoría de las tocadoras mayores. Muchas veces se pone como ejemplo de este tipo de pandereteros a Wenceslao Cabezas "Polo" que tocó en los discos que grabó Ricardo Portela y que fue parte de esa corriente que también optó por panderetas con mayor tamaño, número de ferreñas, peso... Hay muchos más tocadores destacados pero sirva este como referente.

También es cierto que en la localidad de Oencia nos hablaron de panderetas sin parche utilizadas por mujeres. Del mismo modo, Pablo Carpintero, en su libro Os instrumentos musicais na tradición galega, también hace referencia a este tipo de ejemplares, que él mismo ha estudiado, construido y recreado.

Por último, queremos hablar del único caso documentado que conocemos de una tocadora de pandereta remunerada. Hace unos años entrevistamos en Cacabelos a María Mouriz, da Casa da Portela, de Cantejeira / Canteixeira, quien antes de la Guerra Civil tocó en un conjunto de gaitas junto a sus hermanos. Esta orquestina contaba con ella para actuar en bodas y bailes —aunque no en pasacalles ni procesiones—, donde acompañaba con la pandereta a la gaita, la caja, el bombo y el clarinete. Además, tenía una pandereta con dos agujeros que habían adquirido junto con otros instrumentos en Vilanova do Pedregal (Lugo). Juntos tocaron en numerosas localidades del Ayuntamiento de Balboa y su entorno, llegando incluso a estar ajustados en Vega de Valcarce / Veiga para tocar todos los domingos en el baile.

Como comentamos, la documentación y el trabajo de campo nos permiten conocer ejemplos concretos que, aunque constituyan casos excepcionales, nos ofrecen una visión mucho más amplia de nuestras tradiciones y de nuestro patrimonio.






lunes, 3 de agosto de 2026

Croniquetas de un músico #10 (2026) – Lillo del Bierzo / Aula de Folclore de Lillo

Tuvimos alguna broma con la Maja de Goya y la Maja de Lillo. Es inevitable tener referentes. Pero, vestida o desnuda, seguíamos pensando que nos gustaba más la de este bonito pueblo del Bierzo.

Y eso que, antes de venir, no conocíamos la fiesta. Ahora ya podemos decir que volvimos más que contentos.

 

Nos habían llamado para participar con el Aula de Folclore de Lillo, un grupo de mujeres que toca la pandereta, canta y baila en las clases que llevamos impartiendo desde hace tres cursos. El año pasado ya actuaron en la paella del quince de agosto y también han participado en los encuentros de música tradicional de Carracedelo y en el espectáculo Días de rodillas peladas.

Esta vez era un poquito más. Estrenaban polos y, con tres compañeras llegadas desde Vega de Espinareda para echar una mano, amenizaban la tarde después de la merienda.

 

Pero antes de la música había que empezar por la Maja.

Los vecinos se fueron reuniendo en la era, ya preparada para poner en marcha los piértigos, que es como se llaman aquí. En Lillo no se trillaba: se majaba a mano. Y algo de aquello todavía debe de quedar, porque fueron saliendo varias parejas, también de gente joven, y llevaban bien el ritmo. Hay algo muy antiguo que parece despertarse cuando los golpes empiezan a sonar acompasados y el polvo vuelve a levantarse de la era. Como si el cuerpo recordara, aunque la cabeza ya lo hubiera olvidado.

La Asociación Cultural La Rueca tenía preparados además unos piértigos más cortos para los pequeños y allí probó todo el que quiso. Lo hicieron bastante bien. Que nadie se hizo daño, y eso ya es todo un éxito con tanto palo en la mano. Porque visto desde fuera parece fácil... hasta que lo coges y descubres que baja zumbando junto a las orejas antes de golpear el suelo.

Pero la memoria de la maja no se queda solamente en el trabajo manual. Después llegaron las máquinas. Primero una para majar y otra para limpiar. Con el tiempo comenzó a venir una que hacía las dos cosas. Y, finalmente, antes de que se dejara de sembrar, aparecieron las cosechadoras modernas, que lo cambiaron todo. Para bien o para mal, de eso ya habrá más de una opinión. Nosotros todavía no tenemos ningún estudio científico al respecto.

Hoy ya no es necesario separar a golpes el grano de la paja para poder comer. Aquí se decía majar el pan, porque antes se llamaba pan al centeno desde que se sembraba. Quizá fuera por el hambre y por las ganas de verlo crecer, segarlo, molerlo y llenar la barriga con él, aunque el pan resultante fuera negro y con ese punto ácido tan característico. Por suerte. Porque una cosa es recordarlo... y otra muy distinta tener que hacerlo.

Aquella maja no era una fiesta como esta. Era polvo, picor, calor y trabajo duro. Pero también era una tarea que obligaba a juntarse, acompasar los golpes y ayudarse entre vecinos.

Hoy ya no hace falta reunirse para asegurar el pan del año, pero seguimos haciéndolo para recordar, comer, conversar y divertirnos. La necesidad desapareció; las ganas de encontrarse, por suerte, no.

 

Y algo parecido sucede con la música tradicional. Ya no es la única manera de poner baile, de celebrar una boda, de mocear o de pasar la tarde con los vecinos. Tampoco es la principal forma de relacionarnos. Pero seguimos aprendiendo canciones, tocando panderetas y bailando juntos porque todo aquello todavía sirve para compartir. En el fondo, eso es también lo que hacemos cada semana en las clases que damos aquí.

 

La tarde, además, fue de lo más musical.

Comenzaron los Gaiteros de Fuentelallama. Ese día eran solamente tres, pero cuando comenzaron llegaron a juntarse diecisiete gaitas: toda una banda. También escogieron un nombre muy de la zona, propuesto por un minero a partir de una fuente que hay en el pueblo.

Nos contaron que antes de Daniel Belenda, el Zorro, acordeonista, y de la aparición de este grupo, apenas hubo músicos en la localidad. Estábamos tocando, precisamente, al lado del salón de baile que tuvo aquí.

Alguna vez también pasó por Lillo Camilo López —aunque nosotros lo teníamos anotado como González—, natural de Quilós, que tocaba la flauta y el tambor y estaba casado con una mujer de Argayo del Sil. Su hermano era Silvestre, que también tocó el saxofón y al que hemos llegado a escuchar en alguna grabación.

No habíamos coincidido nunca con Roberto Gaitero. Con ese nombre parecía difícil que no tocara algún instrumento. Nos estaba esperando ya con unos artículos de periódico más que interesantes y unas cuantas historias preparadas.

Nos contó cómo, de pequeño, recorría Toreno, su pueblo, lleno de ilusión durante la alborada, siguiendo a su tío, que organizaba las fiestas, y a Miguel Tercero, el tamboritero. Tanto le gustaba aquello que, al regresar de la mili, fue hasta Calamocos para comprarle al Toto una flauta que todavía conserva y con la que comenzó a aprender. Porque Roberto, además de tocar la gaita, también toca la flauta y el tambor, la pandereta y seguro que todavía le saca música a algún apero más.

Hablando con él y con alguno más fueron apareciendo nombres de acordeonistas de la zona, como Marcelino Bueno, de Fresnedelo, y noticias de tambores que todavía se conservan por este lado y que algún día pertenecieron a músicos de renombre. Una conversación lleva a otra y, cuando uno quiere darse cuenta, ya tiene varias historias pendientes para futuras visitas.

 

Tampoco vamos a contar hoy cuántos bares llegó a tener Lillo, que ahora solo quedan dos; que todavía resiste un ultramarinos; que ya no queda ninguna mina; o que, a diferencia de tantos pueblos vecinos, aquí no hay barrios. Porque nunca lo contamos todo. Siempre tiene que quedar alguna excusa para volver.

Después de la maja llegó el turno de la merienda. Tocaba cebollo, con chicharros en escabeche, ensalada, empanada, sardinas y roscón para terminar con algo dulce. Lo de algo para regar todos estos manjares ya no decimos nada, que es como el valor que se supone.

 

Y ya se sabe que de la panza sale la danza.

Después de comer fue el turno de la pandereta, el baile, la flauta y el tambor. También hubo tiempo para contar alguna tontería y dar un poco de resuello a las bailadoras, que no todo iba a ser seguido.

El relevo y la traca final los puso Gonzalín, de Fabero, con sus teclados.

Toda una fiesta. Porque junta lo mejor: tradición y recuerdo, gastronomía y música. Una combinación que nunca falla.

 

Antes la gente se reunía porque hacía falta. Hoy nos reunimos porque queremos. Cambió el motivo, pero no tanto la costumbre. Seguimos buscando una excusa para estar juntos.

Por eso seguimos pensando que la Maja de Lillo tiene algo que la de Goya nunca podrá tener. Esta no sólo se mira y contempla, se huele, se escucha y hasta alimenta.

Las tradiciones no sobreviven porque las recordemos. Sobreviven porque todavía encontramos motivos para que sigan teniendo sentido.













viernes, 31 de julio de 2026

Entrecroniqueta #8 (2026) – XXI Festa Folk no Río Chamoso / Os Pamplinas en concerto

O domingo 26 pechamos o fin de semana neste lugar que todos os que foron á Coruña pola A-6 viron algunha vez: a Praia Fluvial do Río Chamoso. Tocamos aquí por primeira vez como Os Pamplinas nun festival que nos trae moi bos recordos.

 

Pola xente da Legua Dereita, á que tanto apreciamos, que sempre nos trata ben, e ben é dicir pouco. Pero tamén porque o enclave é fermoso e sabemos que, se tocamos aquí, o baile está asegurado.

E así foi. O baile non faltou nin un intre. Pero primeiro comezou Anaquiños da Chapela e logo a Legua Dereita con ese Festival de Música e Baile Tradicionais. Despois, nós. Un concerto intenso, case acelerado. Nunca tivemos montado todo tan rápido. E con certos nervios dos que aparecen cando tocas para xente que che importa. Porque é fermoso o reencontro, pero aínda o é máis compartir.

Tocamos case sen descanso, botando unha peza tras outra e facendo poucas paradas, aínda que contaramos algunha bobada: de onde vimos ou que son as pamplinas. Tiñamos que explicar que, para cruzar Pedrafita e despois de máis de dez anos de grupo, ben podiamos quitar o L de Los Pamplinas, como quen lle quita o L de prácticas ao carné de conducir. E facer un concerto que, tamén hai que dicilo, foi integramente falado en galego. Con moita naturalidade.

 

Houbo tempo para sorrir, falar, intercambiar algunha impresión e ata botar un café e un licor café antes de tocar. Porque tamén hai que dicilo: teñen un bo grupo e son boa xente. Pero tamén alcanzan a excelencia nos pinchos de despois.

O roce fai o cariño, aínda que tamén postilla. Pero é que con estes amigxs tivemos moito roce. Pasamos momentos duros na pandemia e tamén un pouco de frío. Sufrimos as obras da autovía durante anos e agora que rematan unhas xa comezan outras.

O fermoso de todo isto para nós é que, aínda que non nos vemos habitualmente, andamos pendentes de como seguen e seguimos cruzando camiños, ou facendo por cruzalos. Vendo como medran como persoas (eu tamén estou máis novo que despois) e como grupo. Gustáronnos moito os arranxos e as pezas novas.

 

Con esta pechamos a última actuación da semana. Pero agosto xa chama á porta e trae máis música, máis pobos, máis reencontros e algunha historia nova para contar. Seguro que aínda nos quedan moitas veces máis para cruzarnos. Porque hai camiños que, por moitas voltas que dean, sempre acaban encontrándose.






Entrecroniqueta #7 (2026) – Cruz de Fierro / Banda de Gaitas do Centro Galicia en Ponferrada

 Un ano máis de romaría entre polbo á feira e chourizos cun xarro de viño.

 

Comparabamos o outro día unhas imaxes de Teleno TV de como fora a Romaría de 1996, trinta anos atrás, case nada. Aquel ano os gaiteiros eran os insignes Castrelos de Monforte de Lemos. Este ano volvía ser a Banda do Centro Galicia a que puxo música, a ritmo de gaita, tambor e bombo, a parte da procesión e da misa, ao antes e ao despois.

 

A esta cita non faltamos nunca, vestidos de gaiteiros e preparados para arroupar o noso Patrón, que ten a virtude de mirar cun ollo cara a Santiago de Compostela e co outro cara a Xerusalén.

 

E isto, para quen non o saiba, facémolo en terra maragata, que non berciana. Este enclave tan singular do Camiño Francés non está na nosa comarca. Está dentro do concello de Santa Colomba de Somoza, xusto despois de Foncebadón, por enriba do Riego de Somoza, do Acebo de Somoza e de Molinaseca de Somoza.

E ben certo que moitas veces o nome dun lugar trae polémica. Primeiro porque hai sitios que non teñen un só nome. E, se non, que llo digan a Istanbul ou Constantinopla, Mumbai ou Bombay (que, aínda que lle cambiaran o nome, a canción de Mecano non vai cambiar) ou ao artista antes coñecido como Prince.

Cando un lugar ten máis dun nome, o primeiro debería ser escoitar a quen vive nel. E, ata onde lembran os máis vellos, é Cruz de Fierro e non doutro xeito.

Pero tamén é certo que en moita documentación escrita desde hai séculos aparece como Cruz de Ferro, e ese nome acabou triunfando entre as xentes do Bierzo e máis alá.

Tamén segue sendo certo que para algüis de nós ten máis valor como se chama no propio lugar ca o que escriba un plumilla. Pero nós non somos quen de poñer nin quitar nomes. E tampouco ten nada de raro que o Centro Galicia en Ponferrada, sen querer impoñer nin galeguizar (que algún tampouco se decata do pouco galega que pode ser Galicia), digamos Cruz de Ferro.

 

O enclave non deixa de ser marabilloso e o lume aínda o vai respectando, aínda que, mentres tocabamos, caían muxenas do incendio sobre as camisas brancas e semellaban faragullas dun lazo negro de loito. O outro día o que chegou aos pés do Redondal andúvolle preto, pero este ano está máis verde ca outros e deste lado da serra.

 

Os nosos estudos científicos demostraron que galegos, bercianos e maragatos podemos entendernos, desfrutar, tocar e bailar xuntos. E que a todos se nos dá ben a festa, o festexar, o comer... e tamén algo o beber, para que nos imos enganar.

 Mentres haxa romeiros e ganas de divertirse, seguiremos subindo ano tras ano para poñerlle música a este día de festa.