domingo, 12 de julio de 2026

Entrecroniqueta #3 (2026) – De boda con los Pamplinas en dúo

Hoy en día las bodas son diferentes, son a la carta, como quieren los novios (a veces como les dejan) y es bonito y está bien. Son ellos quienes eligen las costumbres y las tradiciones. Eligen no casarse en el pueblo de la novia, en Albares, ni tampoco en el del novio, que es de Villabelino, sino donde viven ellos y traer a todo el mundo al proyecto de vida que están construyendo. Eligen montar un photocall con alpacas, la rueda del carro y detalles que hay que traer desde el Bierzo hasta Oviedo. Eligen las canciones que quieren para la entrada del novio y de la novia, canciones que les dicen algo por dentro. Y eligen, aunque tengan veintipocos años, que en su boda quieren música de su tierra, instrumentos tradicionales que toquen esas canciones que ellos eligieron y que den ambiente a la salida de la iglesia y en el cóctel.

Y es muy bonito. A nosotros nos gusta tocar en las bodas.

Mucho.

 

Y si el otro día preguntaba... bueno, pregunté en una Gota: «¿Para qué toca un tamboritero?», y como nos dijo Edilberto, parte de esa respuesta es por los cuartos. Es verdad, tampoco se puede negar. Hace ya mucho tiempo decidimos profesionalizarnos. Eso significa, entre otras cosas, que podemos entrar a tocar en cualquier salón de bodas. Si piden las altas, ahí están. También forma parte del oficio.

Pero no es por eso por lo que nos gusta este trabajo. Es un lujo poder vivir de él. Y aunque otro día podemos contar por qué nos gustan tanto las bodas, tiene que ver con que para la broma cualquier músico, cualquier gaiteiro vale; pero aquí hay que ser finos, no valen segundas oportunidades. Y también porque estás formando parte de uno de los momentos más importantes de la vida de una pareja, aunque, por supuesto, no eres el protagonista. Ni falta que hace.

 

Pero que estas músicas sigan estando presentes hoy en día de ese modo, como siempre lo estuvieron, es la mejor prueba de que siguen siendo útiles y necesarias. Si no sirvieran para acompañar la vida, ya habrían desaparecido hace mucho tiempo. Así lo avalan nuestros estudios científicos, revisados por un comité de folcloristas puristas integristas.

Al final, quizá esa sea la mejor manera de saber si una tradición sigue viva: comprobar que alguien la sigue eligiendo cuando podría elegir cualquier otra cosa.

 

 

Pero ya empiezo a divagar, que también es muy mío, y esto iba de la boda de Nerea, que cuando era pequeña vino a clases varios años y aprendió a tocar la gaita. Una de las muchas niñas gaiteras que han aprendido con nosotros durante todos estos años.

Nosotros salimos de La Granja, que tocaba hacer oficio por la mañana (pero eso ya va en la croniqueta del lunes), cogimos camino hacia Asturias, con todas las obras que tiene la autopista, que ni con tramos a cuarenta y a sesenta deja de cobrar los diez con veinte. Llegamos a Llanera, a la iglesia de San Cucufate (que todo el mundo conoce como San Cucao), y allí nos pusimos en faena. Ver entrar a la novia, lo guapa que estaba, fijarse bien y descubrir ese ramo con un pistón de motor, no tiene precio.

Lo único es que hay que tener cuidado al tirarlo, porque igual, en vez de anunciar quién va a ser la próxima en casarse, deja un viudo antes de llegar al matrimonio.

 

Los acompañamos en una tarde en la que el sol no perdonaba, aunque el aire daba una tregua. Entraron en el comedor y acabó nuestra parte. Tocaba la vuelta y con cuidado. Porque, saliendo por La Magdalena y volviendo por Luna, sabes que puede salir cualquier bicho, y más ya anochecido. Y así fue. Pasando La Garandilla cruzó un zorro y, unos kilómetros después, encontramos una familia de jabalíes. Una madre con cuatro o cinco rayones del año. Bueno, ya empezaban a borrárseles las rayas, pero hay que tener cuidado.

La tormenta amenazaba a la vuelta y fue un palo entrar en Bembibre y notar el ambiente cargado de humo. Porque no solo olía a humo. Tendría que venir de San Clodio, arrastrado por el aire. A nosotros estas cosas nos ponen los pelos de punta y no terminamos de acostumbrarnos a que cada verano pase lo mismo. Últimamente lo tenemos demasiado presente. Y ojalá deje de ser costumbre escribir algo así todos los veranos.

 

Aun así, como decíamos al principio, merece la pena este oficio de andar llevando alegría. Aunque haya kilómetros, jornadas largas, desgaste y retos. Es parte ya indisoluble de nosotros y, aunque hemos tenido la suerte de tocar en escenarios grandes, en celebraciones íntimas y en pueblos muy pequeños, disfrutamos de cada una de ellas de una manera que siempre nos deja el corazón un poco más alegre.

 

Porque sí, hoy celebramos la vida de formas diferentes. Hay quien se casa por la iglesia, quien lo hace por lo civil, quien celebra su unión de otra manera y quien simplemente reúne a los suyos sin necesidad de una ceremonia. Las formas cambian, y está bien que sea así. Pero las personas seguimos necesitando celebrar la vida junto a quienes queremos. Y mientras haya quien elija estas músicas para acompañar esos momentos, seguirán teniendo mucho futuro. Y nosotros, mientras nos sigan llamando, seguiremos encantados de ponerles música.













 

viernes, 10 de julio de 2026

Días de rodillas peladas: 3 La fiesta y el baile

La primera vez que vi un tamboritero y el salón de baile (1)


Hay recuerdos que se quedan con nosotros para siempre. No sabemos exactamente por qué unos sí y otros no, pero basta escuchar unas notas para volver, de repente, a la infancia.

Esta tercera escena la dividimos en dos momentos muy distintos, aunque unidos por una misma idea: la fiesta.

La primera parte nace de un recuerdo real. Les preguntamos a tres mujeres de nuestra compañía cuál era el primer tamboritero que recordaban. Feli, natural de Toral de Merayo; Dori, de Colinas del Campo e hija de tamboritero; y Denise, de Bembibre. Tres pueblos, tres historias y un recuerdo común: la emoción de descubrir por primera vez esta figura. Ese instante, que parece tan pequeño, acaba formando parte de nuestra memoria para siempre y quisimos convertirlo en el motor de esta escena.


La segunda parte nos lleva directamente a la fiesta. Los Tamboriteros del Boeza interpretan Al salir de la Enramada, una ronda con letra perteneciente al repertorio de Maximiliano Arce Simón, tamboritero maragato de Rabanal del Camino. Mientras avanzan por el teatro, un niño toca la flauta y el tambor en la imagen de fondo, grabada en el pueblo de Viloria. Poco a poco otros niños se unen a él, convirtiendo el escenario en una pequeña fiesta donde la música se transmite de unos a otros casi sin darnos cuenta.

El vídeo que acompaña esta entrada corresponde a la primera representación de Días de rodillas peladas, celebrada en el Teatro Benevivere de Bembibre el 30 de mayo de 2026.

Pero esta escena aún guarda una segunda parte. Porque, después de la fiesta, llegaba el baile. Y durante mucho tiempo, aquel era un mundo reservado a los mayores. De ese recuerdo hablaremos en la siguiente entrada.




Entrecroniqueta #2 (2026) – Tremor de Arriba / Grupo Recuencano

Hay actuaciones que dan para una croniqueta. Otras simplemente dejan un momento, una conversación o un recuerdo que merece quedar escrito antes de que llegue el lunes.

Para esas pequeñas historias nacen las Entrecroniquetas: apuntes espontáneos que aparecen entre una croniqueta y la siguiente.

Aunque la primera fue hace unos días en Villamartín de la Abadía, hoy vamos a dar un salto hasta ayer por la tarde, en Tremor de Arriba. Bueno, en realidad antes de llegar a Tremor, porque cogimos la carretera que va de Torre a Tremor, la LE-460. Veníamos de la de Folgoso; fue entonces cuando alcanzamos la Charly 12, que iba con las luces de emergencia (para los que no lo sepáis, un camión amarillo de bomberos forestales), y nos pusimos en lo peor. Al llegar a Pobladura (de las Regueras, para más señas) ya vimos la columna de humo a la izquierda. Si no recuerdo mal, el conductor de este camión lo conocemos y es de Paradaseca, pero eso daría para otra croniqueta más. Solo esperamos no tener que acostumbrarnos nunca a estar mirando cada vez que salimos al monte, con eso que ahora llaman ecoansiedad.

Porque de Tremor hemos aprendido muchas cosas: qué es un recuencano, cómo eran las burras del carnaval, dónde se hacía el baile antes de que llegaran las minas o cómo el tío Germán, el tamboritero, hablaba con el acordeonista respondiendo a la pregunta de «¿Cuál tocamos?» con un «La misma que entró gente nueva al baile». Aquí hemos escuchado a Agripina hablar de cómo era el pueblo antes de que empezara el carbón, de cuando lo sacaban con mulas. También Gabriel Folgado la retrató en su documental Paisajes interiores: su marido, sus hijos y su nieto en la mina. La minería dejó en estos pueblos unas cicatrices imborrables. Quizá por eso impresiona todavía más ver aparecer una nueva columna de humo.

Es curioso porque íbamos a actuar en una marcha ciclista solidaria que pretendía poner en valor las zonas que han sufrido incendios y también las rutas del vino. Incluso escuchamos la idea de apagar los incendios con vino, pero ya es demasiado divagar hasta para nosotros. Tuvo la mala fortuna de que la tormenta de la tarde provocara un nuevo incendio (en realidad más de uno), que se veía desde donde tenía final esta etapa de la Vuelta Ciclista del Movimiento Ultreya.
Aun así, nosotros vinimos a tocar y bailar. A pasar la tarde y disfrutar, aunque no dejamos de mirar para el humo tras la montaña, que fue disminuyendo. Coincidimos con otros colectivos y cerramos el evento por todo lo alto intentando enseñar lo que hacemos. Y estuvo bien. Muy bien.
Pero, como suele pasar, la actuación acabó siendo solo una parte de la tarde. Porque lo que había que contar empezaba al terminar.

El grupo fuimos a hacernos una foto en el photocall que habían montado y, en un momento, se nos sumaron todos los corredores, a los que hicimos corear «¡Tremore!» (Tremor no vale, que tiene dos sílabas y no funciona igual).
Nos cambiamos y había merienda, así que nos fuimos para el pabellón, al mismo que hizo diez años, en mayo, fuimos a tocar con Daniel y Bea, aunque de aquella en los conciertos nos llamábamos simplemente Teito. Comida exquisita, buena compañía y tiempo para escuchar a los corredores, que los había de todos los lugares.

Después bajamos hasta el Bar Eliseo, que regentan Vicente y Sonia. Un negocio abierto desde 1963 que también albergó una barbería. Pero eso lo cuenta muy bien Vicente Crespo, exminero que te atiende en la barra y escribió el libro Minas, bares, negocios y riqueza en los valles del Tremor y del Boeza, en el que relata los 31 bares abiertos simultáneamente en Tremor en una época en la que llegó a tener más de cuatro mil habitantes. Hoy no pasan de cuatrocientos y este es el único bar. Al lado de lo que fue el cine, al lado de lo que primero fue el Bodegón, luego el bar-restaurante Stairon y la discoteca Molinón, un local que espera preparado para volver a abrir como restaurante.
Porque en el Bar de un pueblo, si pones la oreja y atiendes, además de tomar algo, puedes escuchar maravillas. Escuchar sobre vídeos que, si se publicaran, yo no sé dónde podrían acabar los que salen en ellos o, como nos pasó ayer, tener conversaciones sobre los virgos que hacen ahora en China y que puedes importar para sacar cuatro rosas en la prueba del pañuelo. O, si tienes calor (ojo, que aquí refresca y a las once ya había 15 grados al lado del río; con esta temperatura el hielo tiene otra esperanza de vida), puedes salir a la terraza y descubrir una pregunta que podría ser digna de La Revuelta de Broncano: ¿Qué prefieres? ¿Una mujer, vino o un plato de feletes?

Por todo eso, Tremor sigue siendo un pueblo digno de visitar, de parar en el bar, echar la quiniela o la bonoloto y ver cómo los niños siguen jugando como en los Días de rodillas peladas, solos en el parque, sin miedo, sin casi supervisión, porque en un pueblo todos miran por ellos.

Lo de cómo Vicente cambió los vasos, los puso más grandes y los seguía llenando de vino hasta la raya, lo dejamos para contar en otra croniqueta... o Entrecroniqueta. Quién sabe.




Entrecroniqueta #1 (2026) – Villamartín de la Abadía / EMGG del Ayuntamiento de Carracedelo

Cuando estás en el Bierzo Bajo basta con decir Villamartín. Nadie pregunta cuál. Pasa lo mismo con Villaverde.

Nosotros casi cada año vamos a tocar al San Pedro con la Escuela Municipal de Gaitas del Ayuntamiento de Carracedelo. Llevamos doce años gestionando y enseñando en esta escuela, aunque nuestra relación con ella viene de mucho antes. Yo empecé aquí a tocar y Denise ya había dado clase. En realidad, más o menos, fue aquí donde nos conocimos.
Y Villamartín, de toda la vida. Cuando era un chaval era de las primeras fiestas del verano una vez que acababa el curso. Una fiesta diferente a ahora; de aquella se hacían bodegas, en cuadras, chamizos, donde fuera. Y también íbamos a tocar, pero la procesión era más larga que ahora. Será que los santos pesan más, que hay menos gente o que el cura tiene prisa, que se le ve pluriempleado.
Pluriempleado como nosotros, que tocamos, enseñamos y cualquier día también tiraremos las bombas. Y él también, porque cuando llegamos estaba encaramado en el campanario tocando. Y no lo hacía mal.
La última vez que yo había venido a tocar fue memorable, porque el cura, más que pluriempleado, también daba espectáculo. Iba cortando las calles, dirigiendo el tráfico, y nos presentó en misa como el mejor grupo de gaitas de todo Australia. Esta vez tocó celebrarlo la víspera, el 28 de junio, porque ya las fiestas, por eso de la despoblación, o llámale España vaciada, ya no se pueden celebrar el día propio, que es el 29.

Esta vez fue más solemne la procesión. Lo justo para ir mirando lo que había alrededor. Como por ejemplo las cuerdas en los pajares o los sobeiros colgadas del techo. Porque aquí ya no se cultiva tabaco, pero quedan las señas. Quedan los secaderos y el recuerdo de que fue parte importante de la vida, como hoy todavía lo son los frutales y las huertas.
También vimos cómo al San Pedro le pusieron unas nectarinas en la mano. Creo que las escogieron por ser a escala, que, aunque tenían muy buena pinta, seguro que no eran las más grandes del árbol.
Después de la procesión aún tocamos también con buen estilo el alzar y la comunión. Porque el grupo funciona y no deja de crecer. Ahora salen las pequeñas, que ya empiezan a tocar y van creciendo como niñas y como gaiteiras. Y detrás vienen otros que todavía no han debutado, pero que también aprenden estas músicas cercanas y muchas cosas más allá de la técnica, las melodías, la postura, los géneros o los ritmos.
Pero no todo son las pequeñas. Los mayores, que siguen ahí año tras año, también sostienen el grupo. Porque desde 1994 lleva funcionando ininterrumpidamente y no es poco.
Después de tocar en la tribuna y recibir a la gente que salía de misa, nos fuimos hasta el vermú al campo de la fiesta, para seguir comentando y escuchar esa versión que dice: «La raspa la inventó el cura en el sermón».

Seguro que el año que viene volveremos a Villamartín a tocar. Antes pasaremos este verano por Carracedo, Villadepalos y seguramente alguna más. Porque actividades como esta Escuela, cuando se llevan con sentido, también hacen comunidad. También hacen pueblo.








miércoles, 8 de julio de 2026

💧 Gotas de Tradición #2 - Tamboriterx (2/3) ¿Para qué toca un tamboritero?

La tradición es como un río. Hoy vamos a hablar solo de una gota.

«Cuando bandas, orquestinas y grupos de gaiteros habían dado por finalizada su actuación, todavía quedaban los rítmicos sones del tamboril de Sapín aleteando en las noches de Ponferrada, hasta el punto que podía decirse que la noche de los “fuerganos” de la víspera de la Encina no acababa hasta que Sapín dejaba de tocar».

Esto lo decía Esteban de la Puente García, pregonero de las fiestas de la Encina en 1972 e hijo del músico Esteban de la Puente, al recordar a Sapín, Victoriano Prieto Becerra, tamboritero nacido en Villanueva de Valdueza.


Los tamboriteros tocamos para lo mismo que la mayoría de los músicos tradicionales: principalmente para andar, para el baile y para las danzas. Esos desplazamientos tienen que ver con buscar al mayordomo, con las alboradas, los pasacalles, las procesiones o las rondas. Tenemos la virtud de poder llevar la fiesta puerta por puerta.

También tocamos para bailar, tanto lo antiguo, el baile suelto —jotas, donzainas, muñeiras o corridos— como bailes más modernos o agarraos, como valses, pasodobles o rumbas. Pero, por supuesto, los géneros y sus denominaciones locales hacen que esta lista sea mucho mayor.

Y hay danzas, que son algo diferente del baile, pero que igualmente se acompañan con tambor y flauta. Aunque existen ejemplos documentados de estas danzas en siglos anteriores en el Bierzo, hoy nuestro principal referente vivo sigue siendo el Valle de Fornela o Furniella, junto con otros ejemplos cercanos de la Maragatería y del Suroccidente asturiano.

Excepcionalmente existen repertorios que no responden a ninguna de estas funciones, como sucede en algunos lugares durante el momento de la consagración. En general, la pieza elegida para este momento y también para ser ejecutada en la salida de las imágenes en procesión de un templo es la conocida como Marcha Real. Sin ninguna connotación política, es una tradición que se remonta al menos a principios del siglo pasado usar, con versiones más o menos libres, esta melodía para estos momentos solemnes.

Hoy todavía podemos encontrar tamboriteros en el entorno festivo y en la calle, manteniendo ese oficio tradicional. Pero también hemos conquistado nuevos espacios: escuelas de música, asociaciones y otros lugares donde enseñamos a tocar a todo el que desea aprender, de una forma más académica o más informal. También tenemos que decir que esta figura, en el último tercio del siglo pasado, empezó a relacionarse más intensamente con las agrupaciones folclóricas de la zona. A la vez que estos tamboriteros actuales se acercaron a los grupos, el oficio tradicional fue perdiendo presencia.

Y si quieres seguir profundizando en esta tradición, ya sea aprendiendo, escuchando o simplemente curioseando, ya sabes dónde encontrarnos.

Hoy solo hemos hablado de una gota. La semana que viene seguiremos bebiendo de este río.


Del cuaderno de campo

Victoriano Prieto Becerra nació en Villanueva de Valdueza el 23 de marzo de 1893. Tras ejercer de pastor y tener varios trabajos en Ponferrada, se casó e instaló en Molinaseca, donde pasó gran parte de su vida. Allí fue entrevistado por Juan Tomás el 27 de agosto de 1946, quien transcribió varias piezas de su repertorio (canciones de baile, piezas de la danza y una alborada que tocaba en las fiestas de la Encina de Ponferrada), poniendo también en duda su pericia con la flauta.

De él nos han llegado, además de esas partituras, un puñado de fotografías, repertorio transmitido a través de tamboriteros como Adelino Rodríguez, que lo escucharon tocar, y decenas y decenas de testimonios que hablan de su personalidad y humor cáustico, elevando su figura a la categoría de leyenda.

El 8 de abril de 1957 falleció en Molinaseca con 63 años. Si recorréis las calles de esta localidad podréis ver y beber en la Fuente del Sapo.

Varios, como Toño Criado, Esteban de la Puente García o nosotros mismos, hemos escrito sobre su figura y su recuerdo. También José Laínez Ros, en el libro Hojas de mi otoño (1959), le dedica estos versos:

Mientras perduren las piedras del castillo de Templarios,
el Sil discurra por vegas,
y miremos al Santuario.
Mientras cante San Lorenzo,
las bellas oigan los cantos,
Sapín toque su dulzaina,
y beba vino Los Barrios.




lunes, 6 de julio de 2026

Croniquetas dun músico #6 (2026) – Corullón / Denise y Diego

Chegamos a Corullón recibidos da man de Ana Carballo para este encontro El Bierzo y Corullón en el corazón del poeta, adicado a Antonio González Guerrero. Un poeta que, ainda que marchou d'aquí, nunca deixou de escribir pintando o seu territorio, ainda que o fixera en castelán. E síntoo polos que pensan que tanto ten dicir as cousas nunha lingua ou noutra. Ás veces hai diferenzas, e son importantes. Porque non é igual falar dos figos zoupeiros de Corullón que de los higos del culo seco.

 

E é curioso porque, lendo a Antonio González, atopamos un poeta que tiña o río moi presente. Algunhas das súas reflexións e versos lembráronnos ese novo mantra que lle roubamos ao noso amigo David Omaña: "La tradición es como un río." Nun dos poemas de Bajo la agria luz de los cerezos escribe: "Es río mi memoria."

Non é exactamente a mesma frase, pero nace da mesma intuición. A memoria non é un almacén onde se gardan as cousas; é algo que corre, que une persoas e tempos distintos. Igual que a tradición. Porque o importante non é a auga que pasa, senón o cauce que permanece. Ningún río nace dunha soa gota, pero tampouco pode existir sen ningunha delas. Quizais por iso tamén lle chamamos Gotas de Tradición.

Hai quen pensa que a tradición e a cultura culta se miran dende beiras distintas. Nós seguimos convencidos de que beben do mesmo. Nesta ocasión tivemos a sorte de comprobalo compartindo espazo coa obra dun poeta que escribía sobre a mesma terra que nós tentamos cantar.

Lendo e escoitando os seus poemas sentímonos moi identificados. En versos como os de El país de la nieve aparece unha e outra vez a idea do regreso á orixe. Non é casualidade que escriba:

"Aquí estuvo el país del sacho y de los bueyes,
de las vírgenes dulces y el castaño manso..."

Porque non está describindo só unha paisaxe. Está reconstruíndo un mundo compartido.

Cando nos achegamos á súa obra non deixamos de vernos nela. Máis este ano, no que estreamos Días de rodillas peladas, onde a infancia tamén ocupa un lugar moi especial. É imposible non sorrir cando un le:

"Yo sueño con la esteva y el manzano,
con el cerezo en flor y el buey dormido;
yo sueño con la infancia que he perdido..."

 

Ao final, pensamos que Corullón tamén fala. Fala nas palabras de Antonio, nas viñas, no río, nas igrexas, na súa fala e na xente que segue vivindo a vila. Nós simplemente fomos alí a escoitalo un pouco... e, xa de paso, a poñerlle algo de música.

Baixamos dende Bembibre seguindo a dirección do Camiño de Santiago. Dos moitos camiños, o máis coñecido —o francés— chámase así ainda que por aquí tampouco haxa unha paixón especial por Francia. Algún haberá... pero seguramente será máis por tomar un Ricard no vermú ca por Napoleón.

Corullón é terra de viño, de viñas, de soutos de castiñeiros e de cereixas. Hai sitios que, en canto baixas do coche, xa che están contando algo.

Tamén hai que parar na Igrexa de San Esteban, que é románica. Será de San Esteban, pero acaba de pasar San Pedro e sacárono o domingo en procesión sen gorra. Véselle perfectamente o cartón, pero aí segue, co seu zoupeiro na man e coas chaves. Os santos tamén teñen dereito a envellecer con dignidade.

A casa de Antonio González está alí mesmo, ao pé da estrada. Gustaríanos pensar que, igual que ten ese cartel na porta da Casa do Peta, tamén ten xa un anaco reservado na memoria de Corullón. E se non, tempo ao tempo.

 

O encontro celebrouse nun lugar fermoso, ainda sen rematar, e cun motivo máis para achegarse estes días á vila: a exposición dedicada a Gil y Carrasco organizada polo IEB.

E si, ir a Corullón tamén tiña moito de falar deste xeito. Así que pensamos: se o falamos... por que non escribilo tamén? Mais que se coe algún gazapo. É o que ten moverse nesa fronteira onde uns din galego, outros castrapo e outros chapurreao. Nós, mentres nos entendamos, seguimos para adiante.

Sempre dicimos que a tradición non ten que pedir permiso para sentar á mesa da cultura chamada culta. Pode falar con ela de ti a ti. E iso foi exactamente o que pasou esta tarde. Mesturáronse dúas maneiras de contar un territorio: a poesía escrita de Antonio González e esa outra memoria que viaxa nas músicas, nos romances, nas coplas e nas melodías que foron pasando de boca en boca.

Nós puxemos gaitas, pandaretas, voz e algunha historia. Eles puxeron poemas. E, curiosamente, falabamos do mesmo.

Agasalláronnos con frores. Os da poesía saben cousas. Saben que as boas tardes non rematan só con aplausos; rematan con merenda. Hai moito que aprender deles. Porque regalar frores é precioso, pero acompañalas cun anaco de empanada xa roza a excelencia.

Como ben dixo Ana:

"¿Hay algún sentimiento más sublime que el amor de un hijo a una madre y de una madre a un hijo?"

Era unha reflexión arredor do poemario El peso de mi sombra, escrito cando Antonio apenas tiña vinte e seis anos. E nós fixemos o único que sabiamos facer: responder cunha nana tradicional. Ese foi, seguramente, un deses momentos nos que deixas de acompañar un acto para pasar a formar parte del.

 

Así foron sucedéndose as intervenciois. Encheunos especialmente escoitar que o noso xeito de entender a música tradicional resultara diferente, que non somos coma otros músecos. Falamos dos gaiteiros da zona. Dos de Hornixa, Cadafresnas, Viariz, Dragonte e Os Mazos, onde tamén se facían gaitas. Falamos das músicas do Selmo igual que os poemas falaban da Pena do Seo ou de Visuña. Ao final, estabamos no mesmo: dos lugares, das persoas e da vida.

 

E como todo o mundo sabe —ou debería saber— existe unha lei universal dos músicos curiosos: ir tocar a un sitio e marchar sen pasealo é cousa de ignorantes. Non sabemos se está publicada no BOE ou nunha revista científica de prestixio, pero nós cumprímola sempre. Así que, rematada a merenda, puxémonos a facer o que tocaba: dar unha volta mais por Corullón.

O primeiro destino foi a Igrexa de San Esteban, consagrada no ano 1086. Unha auténtica xoia do románico que conserva unha colección de canecillos deses que fan que un acabe co pescozo torto de tanto mirar para arriba. Pero non é a única. Hai quen presume dunha catedral. Corullón, sendo moito máis discreto, presume de tres románicas.

O castelo tamén entraba nos nosos plans. Seguimos as indicacióis ata a rúa San Pedro e logo as que marcaban o Castelo. Se chegades ao Pico Lugar... xa vos pasastes.

O problema é que agora pouco se pode ver. Os accesos están pechados e preguntándolle a unha veciña descubrimos dúas cousas importantes. A primeira, que mellor fósemos ao bar, porque estaba aberto. Dato fundamental: Corullón ten bar. Os detalles importantes tamén hai que contalos. A segunda, que o castelo xa case nin se ve dende o propio pobo polos pinos que lle chantaron diante. Non o dicimos nós; díxonolo ela. Nós limitámonos a levantar acta da conversa. O do Conde Drácula xa foi colleita da veciña.

Se queredes velo ben, haberá que subir ao miradoiro ou achegarse pola zona da adega de JJ Palacios. Dende alí aínda se distingue a torre e parte do que foi unha fortaleza que domina toda esta paisaxe. Case parece unha estratexia defensiva medieval actualizada: agora o castelo escóndese.

 

Corullón tamén merece un capítulo aparte pola súa historia. Non é nada habitual atopar unha vila que chegou a ter tres parroquias, tres igrexas románicas dentro da mesma poboación e tres mosteiros. Iso fala dun pasado importante e dunha forma de medrar moi pouco común no Bierzo. Na Idade Media organizábase arredor dos barrios de San Miguel, San Esteban e San Pedro. Hoxe ten máis e con outros nomes, ainda que algún estea deshabitado, como a Sala ou o Pico Lugar, que seguen gardando parte desa memoria.

Dende o miradoiro —e si, para chegar hai que saír do casco urbán; tranquilos, non vos equivocades porque a rúa chámase precisamente Mirador— ábrese unha desas vistas que explican moitas cousas. Vense Vilela, Horta, Villafranca, Corullón, Perandois e boa parte deste anaco do Bierzo. O cartel segue sinalando a central de Cubillos, pero as chemineas xa non están.

Ao final, París ben vale unha misa... e Corullón ben vale unha visita. Ás veces empeñámonos en buscar marabillas lonxe da casa e esquecemos as que temos á volta da esquina. E nós, que cada vez imos facendo un pouco de músicos e un pouco de guías turísticos, seguiremos insistindo.

 

Esta croniqueta cultureta non podía rematar doutro xeito que coa voz de Antonio González Guerrero nunha frase sublime:

"Los hombres sin raíces tienen el vuelo corto como un gallo."

 











domingo, 5 de julio de 2026

Días de rodillas peladas: 2. La escuela

Canción de entrada, geografía, matemáticas, ortografía y recreo

Después de la bienvenida, el viaje continúa con una parada obligatoria: la escuela.

Durante generaciones, fue mucho más que un lugar donde aprender a leer, escribir o contar. Era el espacio donde los niños de cada pueblo pasaban buena parte de su infancia, compartían juegos, descubrían el mundo y empezaban a construir sus primeros recuerdos.

En esta segunda escena de Días de rodillas peladas hemos querido regresar a aquellas aulas con pupitres de madera, mapas en las paredes, pizarras de tiza y lecciones que iban mucho más allá de los libros. También a pequeños detalles que muchos aún conservan en la memoria, como la leche en polvo que llegaba a las escuelas o aquellas canciones y rutinas que marcaron a varias generaciones.

A continuación podéis ver la escena tal y como la interpretamos en Tremor de Arriba, durante la tercera de las tres representaciones del espectáculo. La ilustración que acompaña esta entrada ha sido recreada mediante inteligencia artificial a partir de la estética de las escuelas rurales de mediados del siglo XX. Y la que lo introduce está editada a partir de una foto real de una escuela bercianaa.

Debajo del vídeo encontraréis también el texto que dio paso a esta escena, acompañado por la narración en voz en off de Denise Silva, que sirvió de hilo conductor para adentrarnos en este pequeño viaje a la memoria.



En un pequeño pueblo, que podía bien ser este o cualquier otro cercano, hace más de medio siglo, donde las campanas marcan el ritmo del día y todo el mundo sabe quién ha estornudado antes de que termine el recreo, la escuela es un mundo en sí mismo. Antes de entrar en clase ya todos saben quién hizo los deberes. Entre pupitres de madera, tiza que nunca deja de caer y una maestra con más autoridad que el alcalde, los alumnos intentan sobrevivir a dictados interminables y cuentas imposibles… o al menos eso deberían.

Pero entre tanto orden y disciplina, siempre hay hueco para el desorden más divertido: un juguete o papel escondido, una retahíla susurrada a media voz y una mueca improvisadoa cuando la maestra mira hacia otro lado. La música y el teatro se convierten así en la gran escapada de estos jóvenes, capaces de transformar cualquier clase en una función inesperada, aunque luego toque correr para que no los pillen en casa.

Porque en este pueblo, donde todo se sabe, pero nada se dice demasiado alto, hasta el silencio tiene ritmo… y siempre hay alguien dispuesto a romperlo con un sonido, con una carcajada.