Este año volvimos a La Granja de San Vicente y esta vez nos ajustaron dos días. El primero de nuevo a las bodegas. Así que ya conocíamos el pueblo y a Bea, que nos llamó de nuevo. Volver tiene esas ventajas: ya no llegas como un desconocido, sino como alguien al que esperan.
Llegamos para tomar algo antes de empezar y nos encontramos
con una gente que superó todas las dificultades posibles para sacar adelante
las fiestas. Y bien que lo hacen, da gusto estar en un pueblo unido como este.
Un pueblo que tiene al más mayor pintado en la fachada del local de la
Asociación la Era, en un mural en el que representa lo más importante del
pueblo. Y la Asociación se llama la Era porque está en la Era, la de majar,
trillar, la de siempre, sólo que ahora está despejada de castaños y con una
pista para que jueguen los chavales. Desde ella se ve medio pueblo, incluso a
lo lejos lo que fue el cine a la salida si sigues la carretera.
Empezamos desde allí las bodegas, llegó el carro con el
vino. Porque aquí no se saca vino en cada puerta o bodega, sino que lo llevan
de una a otra. Trajeron el vino que hace Alba en el pueblo, aunque tiene las
viñas en Albares. Bajamos al barrio de abajo, cerca de la iglesia, tocando
hasta llegar a la primera bodega. Allí empezamos a probar las empanadas de la
panadería de la Granja. Después un pincho gourmet de chorizo, que no se ve en
ninguna fiesta en toda la contornada.
En todo momento no dejábamos de fijarnos en todos los
árboles que encontrábamos. Ya no sólo por los castaños, sino todas las nogales
que hay por el pueblo, que no son pocas; podría ser el pueblo de las nueces. No
hay calle sin ciruelos de todas las calañas, cerezales, manzanales y alguna
vid. Todas con fruta, que en este pueblo parece que la tienen por castigo. Si
algún día falta fruta en el Bierzo, ya sabemos dónde estaba escondida.
Fueron unas bodegas diferentes porque la gente estaba
también al partido. Venían con camisetas, pintados y alguno se iba escapando a
la Era para coger sitio para verlo. Luego pasamos por la Bodega Lombardero
Fernández, la de Alba, que también servía blanco. Se llama la Caxana, como
llamaban a su abuela, en honor a ella. La casualidad es que Ana, que toca las
castañuelas con nosotros, también era nieta de la Caxana, igual que Alba, la
que hace el vino. Y si el tinto está bueno, el blanco es aspetacular.
Pasamos por los dos barrios que tiene la Granja, la Mata y
la Plaza. Uno arriba y otro abajo. Después de los pinchos y cinco bodegas, se
quitó la última para que todo el mundo pudiera ir a ver a la selección, que
jugaba los octavos de final del Mundial. Nunca había visto unas bodegas donde
la gente estuviera más pendiente del marcador que del vino. Acabamos con café,
chocolate, dulce y tocando en el descanso del partido. Un buen final para
volver a la mañana siguiente.
Porque arrancamos de nuevo del mismo lugar para dar una
vuelta y acabar en la iglesia. Para hablar con el cura y convencerlo de cuál es
el sitio donde deberíamos tocar, entre la cruz y el Santísimo, porque celebran
el Corpus y lo sacan bajo palio. Pero como la procesión era sacramental,
primero tocamos el alzar. Sonó la campanilla en la epíclesis. Ya no se oye en
todas las iglesias, y siempre nos llama la atención. La de aquí tiene tres
esquilas; la de Compludo, muy parecida, tenía cuatro. Fue entonces cuando
llegó uno de esos momentos que se quedan grabados. Justo al empezar a tocar,
inclinaron el pendón para hacer una reverencia a la forma consagrada. Aquí el
pendón no sólo se agacha para pasar por debajo de los cables; también sabe
cuándo tiene delante algo que merece respeto.
Tocamos la procesión donde correspondía y dejando espacio
también para que cantaran. De ahí, a recibir a la gente a la salida y subirla
al vermú. Creo que nadie contaba con el jaleo que allí se iba a formar, no
daban atendido en la barra. Y eso, en un pueblo, suele ser una buena señal.
Fue entonces cuando se nos acercó la hija de Leonor, una
panderetera ya fallecida del pueblo. Nos felicitó y quiso compartir con
nosotros una de las coplas que cantaba su madre:
El año pasado preguntamos por el baile de pandereta,
preguntamos por el tamboritero, que era Miguel conocido como Zamora. Volvemos y
aun seguimos aprendiendo. Es inevitable no tener ganas de querer volver y
seguir conociendo más.
Las pruebas no engañan. No somos músicos que simplemente
pasen por los sitios; son los sitios los que pasan por nosotros y nos acaban
calando por dentro. No hace falta una tesis doctoral para demostrar esta
teoría. Nos basta con volver. Porque cada vez que volvemos descubrimos algo
distinto, aunque el pueblo sea el mismo.
Solo nos queda decir una vez más: ¡¡¡¡¡Viva la Granja y
vivan sus gentes!!!!!


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