Cuando hablamos de danza dentro de la cultura tradicional no nos referimos simplemente a bailar.
Aunque las palabras baile y danza muchas veces se mezclan,
aquí vamos a utilizar «danza» para referirnos a una forma organizada y
coreografiada, generalmente vinculada a una ceremonia, una fiesta o un rito.
Frente al baile popular, más espontáneo y relacionado con la diversión —ya sea suelto o agarrado—, las danzas rituales suelen tener unas normas muy definidas: participantes, puestos, movimientos y normalmente una indumentaria especial. Además, tradicionalmente lo habitual fue que estuviesen formadas exclusivamente por hombres o exclusivamente por mujeres.
Y hay algo importante: en una danza tradicional no todo el
que participa está allí para bailar. Puede haber músicos, guías, personajes o
figuras que cumplen una función concreta.
En nuestra comarca, las danzas rituales documentadas están
fundamentalmente relacionadas con celebraciones religiosas y, muchas veces, con
las procesiones.
Y aquí tenemos que viajar hasta la Edad Media.
En 1264 el papa Urbano IV establece para toda la Iglesia la
fiesta del Corpus Christi. Durante las décadas siguientes se extendió por la
Europa cristiana y, a comienzos del siglo XIV, tomó especial importancia la
procesión pública: sacar la celebración fuera de la iglesia y llevarla por las
calles.
Y tenemos una fecha interesante: 1320. Ese año está
documentada en Barcelona una procesión del Corpus considerada una de las
primeras de Europa y la primera documentada en la Península Ibérica.
Pero aquello no consistía solamente en sacar una custodia a
la calle. El Corpus llegó a convertirse en una enorme celebración colectiva en
la que participaban autoridades, gremios, cofradías y buena parte de la
población.
Las calles podían llenarse de música, danzas, representaciones teatrales, gigantes, cabezudos y animales tanto reales como fantásticos.
Las danzas podían realizarse además con palos, espadas, arcos
o castañuelas. El traje, los objetos, los puestos o los personajes podían
formar parte del significado de la propia danza.
Con los siglos, muchas de estas manifestaciones se fueron
separando del Corpus y acabaron vinculadas a fiestas patronales, romerías u
otras celebraciones locales.
Es frecuente buscar sus orígenes en épocas mucho más
antiguas, incluso anteriores al cristianismo. Pero una cosa es encontrar
semejanzas y otra demostrar una continuidad histórica directa durante siglos.
Lo que sí sabemos es que estas danzas han servido durante
mucho tiempo para organizar música, movimiento, ritual, fiesta… y también a la
propia comunidad, generando una fuerte identidad de grupo.
Y en la próxima gota vamos a mirar mucho más cerca: ¿qué danzas de este tipo siguen vivas hoy a nuestro alrededor?
Del Cuaderno de Campo
La distinción entre «baile» y «Danza» que utilizamos en esta serie no debe entenderse como una regla absoluta. El vocabulario tradicional no funciona igual en todos los territorios y una misma práctica puede recibir nombres diferentes según el lugar. Incluso las clasificaciones actuales reconocen que los bailes y danzas pueden ordenarse atendiendo a criterios muy distintos: estructura musical, disposición espacial, territorio o función. Sin embargo, resulta útil diferenciar, de manera general, los bailes destinados al entretenimiento de aquellas danzas que forman parte de un rito o celebración determinada. Aun así, en nuestro entorno conviven ambas realidades y para los portadores de la tradición son dos conceptos muy distintos.
En estas últimas, la coreografía es solamente una parte de algo más amplio. Importa cuándo se danza, dónde, quién puede hacerlo, qué puesto ocupa cada participante, qué indumentaria utiliza, qué objetos intervienen y ante quién o para qué se realiza. Están cargadas de simbolismo, de normas, detalles y sin ellos percibimos únicamente un espectáculo de movimientos. En este artículo que escribimos hace unos años y que fue publicado, señalábamos precisamente esa diferencia entre el baile de relación social, diversión o cortejo y una actividad grupal integrada dentro de un rito concreto.
Por eso resulta difícil comprender estas manifestaciones si aislamos solamente los pasos o la melodía. Una danza puede incluir música, movimiento, vestuario y objetos, pero también jerarquías entre los participantes, personajes, recorridos, textos o pequeñas representaciones. Los estudios sobre las celebraciones del Corpus durante los siglos XVI y XVII muestran precisamente esa convivencia entre danza, teatro, música y elementos ceremoniales. Con un orden cronológico hemos encontrado la primera referencia en el Bierzo en 1575, donde el Regimiento de la Villa de Cacabelos ordena al gremio de los zapateros sufragar los gastos para la realización de una danza. En 1582 encontramos otra mención en Ponferrada, donde ese año se realizaron un auto y dos danzas, apareciendo también la figura de una gomia. En estas décadas en Ponferrada los gremios ya empiezan a negarse y a buscar alternativas para no tener que participar en la danza directamente.
Otro aspecto importante es que estas tradiciones nunca fueron completamente inmóviles. Durante los siglos XVII y XVIII encontramos órdenes e intentos de limitar o suprimir determinados bailes y danzas dentro de las celebraciones religiosas, sin que ello consiguiera hacerlos desaparecer. Más tarde, la desaparición de los gremios en el siglo XIX modificó también uno de los sistemas que históricamente habían sostenido muchas de estas manifestaciones urbanas. En algunos ámbitos rurales pudieron mantenerse adaptándose a otras estructuras: la parroquia, una cofradía o la propia comunidad local, y sustituyendo en ocasiones la celebración del Corpus por la fiesta del patrón.
Esto nos ayuda también a evitar una idea demasiado sencilla: que todas las danzas que hoy conocemos nacieron en un momento determinado y permanecieron iguales desde entonces. Lo que encontramos es más bien una sucesión de adaptaciones, cambios de contexto, incorporaciones y pérdidas.
Y también debemos diferenciar entre antigüedad y origen. Como decíamos en la gota, que encontremos danzas documentadas hace cuatrocientos o quinientos años no significa que podamos llevar automáticamente su origen a épocas prerromanas, medievales o a supuestos ritos paganos.
Quizá por eso una danza tradicional se entiende mejor no pr
eguntándonos únicamente «¿qué pasos hacen?», sino planteando otras preguntas:
¿Quién danza?, ¿para quién?, ¿cuándo?, ¿dónde?, ¿con qué música?, ¿con qué objetos?, ¿qué papel desempeña cada participante y qué significa para la comunidad?
Cuando empezamos a responderlas, dejamos de ver simplemente a un grupo de personas bailando y empezamos a comprender la danza como un hecho ritual, musical y social.






























