miércoles, 29 de julio de 2026

Gota de Tradición #5 (2/3) - ¿Cómo se toca la pandereta?


La tradición es como un río. Hoy vamos a hablar solo de una gota.

Quen toca a pandeireta
tamén a sabe cantar;
se non soubera cantala,
non a debía tocar.

Si el otro día vimos que no existe una única pandereta...

...hoy vamos a descubrir que tampoco existe una única manera de tocarla.

Porque aquí la pandereta casi nunca se entendió separada del canto. Tocar la pandereta era, sobre todo, cantar con ella. Mayoritariamente para hacer el baile, suelto y también agarrado y en algunos lugares para acompañar los cantos de las bodas.

Pero empecemos por el principio.

¿Cómo se sujeta?

Todas las panderetas antiguas tienen, al menos, un agujero para agarrarlas. Y según cómo la sujetemos, podremos tocar con las dos manos o con una sola.

Según nos contaban muchas de las mujeres de quienes aprendimos, tocarla con las dos manos era la forma más antigua. Pero también se toca con una sola, utilizando la mano dominante para golpear el parche.

Y a partir de ahí vuelve a aparecer la variedad.

Hay quien golpea con la mano abierta, casi palmeando. Otras personas prefieren el puño cerrado, aunque lo más habitual es colocar la mano en una posición intermedia para poder golpear alternativamente con la punta de los dedos y el pulgar. Casi exclusivamente en estas zonas moviendo la mano dominante y con la pandereta sujeta de forma estática en la otra mano.

Entre las técnicas también encontramos el redoble con el dedo corazón por el parche. Hoy solemos llamarlo rascar o riscar, pero esas no eran las denominaciones tradicionales. Algunas personas, por ejemplo, lo conocían como el resbalete.

Y una de las técnicas más espectaculares aparece casi siempre en la vuelta o estribillo de las jotas: tocar con el envés de la mano, lo que hoy conocemos popularmente como mano vuelta.

Incluso hemos llegado a documentar algún caso excepcional en el que la pandereta se toca agitándola.

Igual que no existían dos panderetas exactamente iguales... tampoco había una única forma de tocarlas.

Esa riqueza de los pequeños detalles, de conocerlos, conservarlos y transmitirlos...

...también es patrimonio.

Y si quieres seguir profundizando en esta tradición, ya sea aprendiendo, escuchando o simplemente curioseando, ya sabes dónde encontrarnos.

Hoy solo hemos hablado de una gota. La semana que viene seguiremos bebiendo de este río.



Del Cuaderno de Campo

Seguimos ampliando, como en cada entrega, todo aquello que contamos en el vídeo. En esta ocasión hemos hablado de las técnicas principales y más extendidas en el noroeste de la provincia de León, especialmente en el territorio que hoy conocemos como el Bierzo.

Pero no son las únicas. A tocadoras como A Maña, de Villariños (Vileriños), le hemos documentado de forma excepcional algunos toques agitados, en los que la pandereta se mueve para acompañar determinados agarrados modernos.

Otro ejemplo es la forma de tocar el pasodoble en parte del antiguo Ayuntamiento de Candín, hoy Valle de Ancares, donde las tocadoras percuten alternando por el parche golpes a ritmo de corcheas.

Incluso hay tocadoras que, en este mismo entorno, además de utilizar las dos manos, mientras sujetan la pandereta por el agujero y golpean con los dedos de la izquierda, emplean con la derecha tanto los dedos como el pulgar, utilizando tres zonas distintas de percusión.

Pero si ampliamos el foco hacia otras partes de esta provincia o hacia las limítrofes, el abanico es mucho mayor. En muchos lugares la pandereta deja paso a otros instrumentos que cumplen la misma función dentro de las percusiones de mano, como el pandero. E incluso encontramos objetos cotidianos convertidos en instrumentos: las tapaderas de las ollas también aparecen en grabaciones de Ancares y de muchos otros lugares.

A todo ello habría que añadir las formas de interpretación masculinas, de las que hablaremos brevemente en la siguiente Gota de Tradición.

Un trabajo de aproximación y divulgación como este nos obliga a centrarnos en los rasgos más generales y compartidos de la tradición. Pero también nos recuerda que detrás de cada pueblo, de cada tocadora y de cada pequeña diferencia hay un patrimonio que merece la pena conocer con mayor profundidad.



martes, 28 de julio de 2026

Entrecroniqueta #6 (2026) – Villadepalos / Escuela Municipal de Gaitas del Ayuntamiento de Carracedelo

La Escuela de Gaitas bien merece una croniqueta para hablar del Santiago y la Madalena en Villadepalos. Aunque solo sea para felicitarles por lo bien que lo hacen, por todo lo que trabajan y porque siempre están al pie del cañón.

 

Este año tocaron ellos solos en esta fiesta. Porque son capaces de eso y de mucho más. Porque, cuando pueden, están. Y casi siempre pueden.

 

Un año más también con Jose al bombo, un insigne músico del pueblo que vuelve desde Suiza para las fiestas. Un gran percusionista que vive al lado de la iglesia. Quizá por eso viene siempre a tocar la procesión. Aunque vivir tan cerca también le sirvió para que un cura (no vamos a decir nosotros que fue don Germán) le subiera un día al desván donde ensayaba con la batería para poner fin a aquel estruendo tan poco compatible con la práctica religiosa.

 

Total, que a Villadepalos siempre volvemos de una manera u otra con la Escuela. Para San Sebastián, para el Viernes Santo, cuando coincide algún otro evento y, por supuesto, para las fiestas de verano.

 

Este pueblo, como todos, tiene algo especial. Y no porque sean parrulos, que lo son. Ni porque algunos mayores todavía recuerden cuando se decía Villadepaos. Ni siquiera porque este año la Comisión de Fiestas escribiera correctamente que la Escuela acompañaba la procesión hasta el Maravilloso Camarín, que no camerín, y que además este año se instalaba en el Barrio de Arriba.

 

Y digo Barrio de Arriba porque los que aún nos creemos jóvenes, y los que vienen detrás, apenas distinguíamos el Barrio de Arriba, por encima de las vías del tren; el Barrio de Abajo, por debajo; y, como mucho, la Mata, donde Gelo pone las anguilas y al lado de donde vivía el Peseto. Más de un furtivo todavía sabrá de quién hablamos.

 

Pero Villadepalos tiene mucho más. Solo hace falta escuchar y preguntar a quienes saben.

 

Y digo barrios, no calles ni lugares, porque de esos hay muchos más. A la Mata también se le conoce como Alain Champó, en recuerdo del "Chino", que allí vivió. Junto al paso a nivel comienza el barrio de la Granxa, porque allí hubo una granja de gallinas que montó un gallego llamado Flaminio.

 

Luego están as Manrulas, la Calella, donde nació nuestro insigne contador Adolfo (y donde está esa calle tan redundante llamada Calle la Calella), el Barrio de la Cruz o Barrio do Campo, Barrio da Rua Nova, Barrio da Leira, Barrio del Molino, Barrio do Barreiro, Barrio do Caño, donde está a Fonte, Barrio da Costa, donde está el apeadero, rebautizado hace ya unos años con cartel y todo como Barrio do Brasil, Barrio da Iglesia, Barrio da Carranca... y alguno más que seguro ya se nos escapa.

 

Si queréis saber dónde están, daos un paseo e id preguntando. Al principio os mirarán un poco sorprendidos, pero enseguida os lo querrán contar con todo detalle.

 

Diría que en todos ellos hemos acabado tocando alguna vez con la Escuela de Gaitas.

 

Porque hemos recorrido el pueblo entero y seguiremos haciéndolo. Aprendiendo cómo se llama cada camín, porque no todo iba a ser tocar. Viendo también cómo cambian las cosas. Antes de haber vías, la puerta de la iglesia era la que dividía el pueblo en dos: la parte de arriba y la de abajo. Igual que las Barrancas de Santalla que hoy vemos desde aquí antes eran simplemente las Barreiras. Y no está mal que las cosas cambien, pero tampoco viene mal saber de dónde venimos y cómo se llamaban.

 

Y todo esto venía solo para decir que la Escuela volvió a tocar un año más por el Patrón Santiago. Que lo hicieron muy bien. Que siguen estando siempre. Y que, además, hasta posaron para una foto.

 

¡Enhorabuena, chicxs!




lunes, 27 de julio de 2026

Entrecroniquetas de un músico #5 (2026) – Villar de las Traviesas / Los Pamplinas Dúo

Día de Santiago por la tarde y empezábamos tocando de Pamplinas en Villar de las Traviesas, en nuestro formato más pequeño: dúo de gaita y caja, aunque también metimos alguna pieza de flauta y tambor. Hacía diez años que no volvíamos. La última vez habíamos venido a grabar y, sin entrar en nostalgias improductivas, algo pellizca por dentro cuando descubres que ya no está ninguna de las mujeres mayores con las que hablamos entonces. Ni Rosario, ni Delfina, ni Dolores, ni Florinda, que nos contó que en su casa había estado el primer salón de baile de Villar. Tampoco Rufina, la mujer de Avelino el Gaitero, a quien fuimos a entrevistar a Noceda, donde vivía por entonces.

Aun así, fue bonito volver a ver a Aníbal: tamboritero, acordeonista y, durante algún tiempo, también batería. En realidad, la primera vez que vinimos fue para conocerlo. Regresamos una semana después porque queríamos grabarlo tocando y él aprovechó aquellos días para ensayar. Para la ocasión hasta se puso elegante, con su pajarita y todo.

Porque luego dicen que los músicos tradicionales no sabían y que improvisaban todo...

 

Así que no nos quedó más remedio que empezar tocando las piezas de por aquí. Las que Aníbal nos contó que había escuchado a Antonio, el tamboritero de Noceda, y que nosotros conocimos a través de Budiel, Mateguines o Gabriel. Pero también alguna de las que sabemos que tocaba Avelino con la gaita, como una muñeira que aparece en un vídeo en el que toca junto a la comparsa de Librán durante un carnaval o la Adelaida.

Más tarde, cuando ya había más gente en la plaza, la orquesta había montado el palco y lo tenía todo preparado para empezar después de nosotros y antes de la paella. Tocamos La ovejita lucera. Desde hace unos años es un tema que no dejamos de hacer y que mucha gente conoce, aunque solo sea por la versión de Krahe en La Mandrágora.

Mientras estábamos tocando, una mujer que estaba a nuestro lado dijo en voz alta, para que la oyéramos:

—Estáis tocando la mía.

La miramos sin acabar de entender qué quería decir.

—Es que esa canción era de mi padre.

La gaita y la caja seguían sonando con ganas, pero nosotros, aunque toquemos, no perdemos la atención. Y entonces entendimos quién era.

Era Elvira, la hija de Avelino y Rufina.

Y luego dicen que tocar es solo tocar.

Habíamos estado en su casa diez años antes, aunque no nos recordábamos mutuamente. Al terminar de tocar, la conversación empezó animada. Quería saber quiénes éramos y dónde habíamos aprendido aquella canción.

La verdad es que escuchársela a Avelino hizo que nos fijáramos en ella y acabáramos metiéndola en el repertorio. Mucho antes, Tomás Rodríguez había tenido el buen criterio de grabarlo cuando todavía era un chaval. Grabó conversaciones, consejos, cuentos y canciones. Y gracias a todo aquello nosotros también pudimos impregnarnos un poco de aquel mundo.

La siguiente pieza no la presentamos. Cuando terminamos, Elvira dijo:

—Esa era la que tocaba mi padre para la jota.

Tal cual. La habíamos preparado este mismo año para las clases y todavía la teníamos fresca en la cabeza. No tardará mucho en aparecer también por el blog.

Elvira fue cartera y se le nota de dónde viene por el carácter y por su forma de contar los recuerdos y las anécdotas. Aunque ella diga que, con ocho décadas, ya no tiene aire en las ruedas, conserva la chispa y no necesita inventar nada para explicar lo que vivió y cómo lo vivió.

No pudimos resistirnos a preguntarle si recordaba las cincuenta verdades que contaba su padre. Antes de que termináramos, dijo a la vez que nosotros una de las últimas:

—De esta vida llevarás, panza llena y nada más.

 

Nunca habíamos venido a las fiestas de Villar y sentimos que aquí quedan todavía muchas cosas por contar y por desempolvar de la memoria. Hay mucho que decir sobre las orquestas, las orquestinas y los músicos, porque este fue un pueblo importante para la música.

Quizá no tenga tantos barrios como otros que ya os hemos presentado, pero sigue haciendo unas fiestas con fundamento: ronda de bodegas, un vermú que se alarga hasta las cuatro de la tarde, orquesta y música tradicional. Porque una cosa no está reñida con otra y todas pueden sumar. Hay sitio para todos.

Que nadie me enseñe la tarjeta roja. Bastante hice este año con ponerme al día con el Mundial...

 

Al día siguiente escuchamos una reflexión que venía bastante al caso. Hoy las orquestas suelen tocar el mismo repertorio y las mismas canciones. Con ellas nos divertimos, lo pasamos bien y algunos hasta bailamos. Pero existen también otras músicas que pertenecen a un lugar concreto, que tocaba un tamboritero o un gaitero y que eran de aquí.

Por suerte, esas músicas todavía nos divierten, aún sirven para bailar y conservan algo especial que las hace diferentes. No mejores ni peores: diferentes.

 

Y quizá esa tarde sucedió precisamente eso. Una canción más, una de aquellas que estuvieron de moda, había llegado hasta nosotros gracias a una vieja grabación. Aquella tarde volvió a sonar en la plaza de Villar de las Traviesas. Y quien primero la reconoció fue la hija del hombre que la tocaba.









Croniquetas de un músico #9 (2026) – Trabazos / Los Pamplinas Dúo

Hace un año contábamos con pelos y señales (más señales que pelos) el camino que hay para llegar a Trabazos. Aquel 25 de julio lo llamamos Crónicas de unos músecos. Ahí ya estaba el germen de esta serie. Este año volvimos otra vez a tocar. Seguimos pensando que, para los que no conozcan el camino, no encontrarán guía de viajes mejor que esta en internet ni en el bar, apta para cualquier aspirante a Madrilano.


Y aún nos quedó alguna cosa por contar del camino. Esta vez, por donde hemos cruzado, está más verde que otras veces por estas fechas, sobre todo para el lado de Cabrera. Para nuestro lado se ven los robles quemados rebrotando por abajo, las urces y, por todos los valles, la hierba alta ya seca. Subiendo el Morredero se nota bien por dónde pasó el fuego y cómo saltó la carretera, pero también queda el recuerdo de la Vuelta Ciclista, cuando pasó por aquí con una bandera palestina pintada en el medio que, un año después, sigue teniendo tanto sentido que habría que volver a pintarla.

Antes de llegar al alto tuvimos un espejismo. Con la humedad de la mañana aquellas piedras blancas parecían neveros. Las vacas siguen al borde de la carretera, aunque a veces cuesta creer que tengan algo que comer. La carretera, cada año peor; los mojones, sin pintar… Solo queda cantar la copla de:

«Apártate, compañera, aparta,
bien te puedes apartar,
la carretera es estrecha,
las dos non podemos pasar».

Aunque a nosotros nos gusta más la variante que recogió García Partos en Valdueza y que remata el cuarto verso con: «No nos la vienen a arreglar».

El sitio más malo sigue siendo el último repecho. Allí me pilló la nieve la primera vez que vine a conocer a los Gaiteros de Corporales, hace ya muchos años. Y cuando regresé a casa hacía más calor que nel infierno. Pero esa historia no se puede contar con detalles.

 

Cuando bajas y aparece la ermita de la Virgen de las Ribas se nos vienen tres cosas a la cabeza.

La primera, que aquí deben rezar bien para que todo siga tan verde.

La segunda, acordarnos de las nietas de Domingo el Gaitero, que subieron una historia mostrando cómo celebraban desde Corea que España ganó el Mundial.

Y la tercera, que justo desde este punto se ve por primera vez la imitación del Cristo Redentor de Río de Janeiro: el Cristo de Valdavido o, mejor dicho, el Sagrado Corazón de Jesús de Valdavido. Solo que es unos treinta metros más pequeño. Lo de abrir los brazos también lo hace.

Pero el nuestro vale más. Está encima del castillo de Peña Ramiro y da la impresión de que, para levantarse él, tuvo que hundirse un poco el castillo. Y, aunque se escriba Valdavido y ahora pongan Valdavíu, parece que dicen Valdavío. ¡Eh!, que nosotros no estamos para guerras. Pero no queremos entrar en polémica con el Casticristo; bastante diremos si decimos la copla de:

O Cristo de Valdavío
mira de fronte o val;
o de Río mira o mar...
¡cada un co seu lugar!

 

Al ir por aquí nos llamó Edilberto, que iba para Manzaneda a tocar, para decirnos que no volviéramos por La Baña, porque por la tarde estaba cortada la carretera por la Subida de la Pizarra. Si es que la llousa también puede servir para un rally. Él tenía que llegar antes porque el cura daba misa antes allí. La tercera y última de ese día era la de Trabazos. Ahora cambió el orden, y no porque le tocara la lotería a este párroco de Truchas y buen paisano, sino porque va al restaurante de Quintanilla y le cuadra mejor acabar así.

 

Nos despedimos de Philip Morris (digo por Edi; el gatín de Pombriego sabe que le llamamos así con cariño) por teléfono cuando íbamos a apartar de la general para llegar a Trabazos, donde está la parada del bus, a dos kilómetros del pueblo, bastante más cerca que la de Castrillo.

 

Esta vez volvimos aquí para el Santiago, el propio día otra vez. Aquí los viejos también celebraban San Antonio, pero además la Ascensión. Para San Antonio contrataban a un tamboritero, normalmente Joaquín el de Odollo o Santos de Castro, y luego subastaban lo que hubieran recogido. Para la Ascensión ya traían orquesta. Ajustaban la de Forna o la de Yebra y así quedaba reservada la fecha del Santiago para que volvieran de segundas. Pero la fiesta de la Ascensión tuvieron que pasarla al domingo siguiente porque, como el cura era de cerca e iba para Santa Eulalia, que también estaba de fiesta, ya no venía aquí a dar misa.

 

Bajamos del coche y nos empezamos a ajustar los cheles. No nos recibieron con bombas, pero algún trueno sonó en medio de la calle. Tuvimos tan mala fortuna que el celo que uso para afinar salió rodando y amparó dos calles más abajo.

Hablamos con Elías, que nos salió al encuentro, y arrancamos un pasacalles por el barrio del medio del pueblo. Luego las calles de por encima de la ermita; después las del barrio del pico del llugar y, para acabar, las del fondo del llugar. Los carteles de madera que anuncian las calles conviven con los tejados de chapa, los de llousa y el sabugueiro que medra entre las casas caídas. Nosotros tocamos para todas las casas: para las que tienen gente y, por respeto a los que no pueden estar, también para las que ya no la tienen.

 

Acabamos pronto y pudimos hablar de Bautista Carrera, el gaitero que hubo en el pueblo, y de Benigno Cañal, que tocaba el tambor con él. Benigno era tío de Elías, campanero también, y tocaba con la gaita y, a veces, él solo, relevando a las panderetas para hacer el baile. A él le dejó en herencia su tambor; aún lo conserva y lo heredará el nieto de Benigno, que vive en Madrid y ya lo tiene prometido.

Un rato para hablar de los tiempos de antes, de la emigración, de los músicos de la zona y de algunas costumbres.

Por cierto, al atravesar la valla de la iglesia, la tumba que hay a la izquierda, pegada al muro y con la cruz en el suelo, es la de Benigno.

 

Luego tocó procesión, misa, baile vermú y hacerlo pasar bien, que no es poco. Porque salir a tocar es volver con un montón de cosas en la cabeza y unas cuantas notas apuntadas que merece la pena no olvidar. Luego llega el lunes y solo contamos una pequeña parte. Y, si hace falta meter por el medio algo de cosecha propia, las líneas lo aguantan todo.

 

Casi comprometidos a volver el año que viene, recogimos porque aún nos quedaba otra actuación por la tarde. Pero esa ya será otra croniqueta.















miércoles, 22 de julio de 2026

🩹 Días de rodillas peladas – 4 En brazos, en cuello o colo

 Llantos, pucheritos, sonrisas, lobitos, aserrines y nanas


Esta es la siguiente escena del espectáculo Días de rodillas peladas y lo hemos querido ilustrar con este vídeo que es parte de la representación que realizamos en Bembibre. En ella tuvimos el privilegio de contar con Asia en el escenario. 

Además, la escena fue introducida con esta fotografía y el siguiente texto:


En las casas, cuando la vida era más sencilla y el tiempo parecía ir más despacio, los más pequeñitos crecían entre canciones susurradas y juegos transmitidos de generación en generación. Las nanas llenaban las noches de calma, mientras las voces de madres, abuelas y vecinas tejían melodías que acompañaban el sueño.

Durante el día, las manos se convertían en juego: palmas que marcan el ritmo, canciones repetidas entre risas y pequeñas tonadas con movimiento que no necesitaban juguetes para hacer felices a los niños. Eran momentos de cercanía, imaginación y cariño, donde cada canción y cada juego guardaban un pedacito de la vida en familia.

Ahora recordaremos ese mundo de nanas y juegos de manos, donde la música no venía de aparatos, sino del corazón y de la voz de quienes cuidaban.



Gota de Tradición #4 (1/3) – ¿Cómo es una pandereta?

La tradición es como un río. Hoy vamos a hablar solo de una gota.

Siempre se ha dicho aquello de "este es un país de pandereta"Normalmente se utiliza para despreciar algo, como si la pandereta representara el atraso o el desorden.

Pero, si lo pensamos bien, sí que somos un país de pandereta. Y deberíamos sentirnos orgullosos de ello, aunque con un significado completamente distinto.

Porque durante siglos este pequeño instrumento acompañó fiestas, bailes, bodas, filandones y reuniones por todos nuestros pueblos.

Hoy vamos a fijarnos en la pandereta.

O mejor dicho...

...en las panderetas.

Porque no existe una única pandereta. Ni siquiera una única forma de llamarla. Aunque todas sean redondas y compartan muchos elementos, no responden a una única tipología tradicional.

En esta zona encontramos distintos nombres. El más extendido sigue siendo pandereta. En parte del Bierzo Oeste aparece pandareta y en algunos pueblos también pandeireta. Y en el valle de Ancares, tanto en Cervantes como en Ibias, lo habitual es hablar de la pandeira, nombre que recibe allí la pandereta tradicional de grandes dimensiones. Eso no significa que esas panderetas solo existan allí; aparecen también en otros lugares, aunque con otros nombres.


Pero todas tienen tres elementos que nunca faltan.

Un aro de madera, que en ocasiones incluso se hacía reaprovechando el aro de un cribo.

Una piel tensada, normalmente de oveja, aunque también encontramos ejemplos de cabra o incluso de corzo.

Y unas chapas metálicas que, según el pueblo, pueden llamarse sonajas, sonajeras, ferreñas, ferriñas o chucarelos.


A partir de ahí cambia casi todo: los tamaños, el número y la forma de las sonajas y su disposición, la decoración o incluso la manera de construirlas. La mayoría ni siquiera salían de un taller especializado; las hacía alguien curioso, del propio pueblo, con mano para trabajar estos materiales.

Quizá por eso sí somos un país de pandereta. Porque detrás de una palabra tan sencilla se esconde una enorme variedad de nombres, formas, materiales y maneras de entender un mismo instrumento. Mucho más de lo que podemos contar en una sola gota.

Y eso también es patrimonio.

Y si quieres seguir profundizando en esta tradición, ya sea aprendiendo, escuchando o simplemente curioseando, ya sabes dónde encontrarnos.

Hoy solo hemos hablado de una gota. La semana que viene seguiremos bebiendo de este río. 



Del cuaderno de campo


Hemos fotografiado y documentado alrededor de una veintena de panderetas en el Bierzo. La diversidad de modelos se aprecia en todos los aspectos que hemos señalado.

Por un lado está el tamaño, desde las más grandes, como la que Benigno, el tamboritero de Paradasolana, conservaba con cerca de medio metro de diámetro, hasta las más pequeñas, como la pintada que se conserva en el Museo Alto Bierzo de Bembibre o la que guardan en Balboa y que perteneció a Encarnación "A Troba".


Normalmente suponemos que el aro de madera incluye siempre otro aro interior para tensar la piel, pero hemos documentado ejemplares en los que esta aparece clavada o pegada directamente. Otras presentan uno o varios nervios de madera que parecen cumplir una función decorativa y, posiblemente, también estructural.

Ese aro de madera, al menos hasta la aparición de las panderetas más contemporáneas, presenta siempre un orificio para sujetarla con la mano. Nos han descrito incluso algún ejemplar con dos. En Galicia, durante las últimas décadas, ese orificio se fue sustituyendo por un rebaje. Aunque resulta eficaz para tocar con una sola mano, utilizar ambas manos sobre el instrumento se vuelve prácticamente imposible.

Las sonajas, que habitualmente aparecen dispuestas por pares, también muestran una gran variedad. En un mismo hueco puede haber más de dos, incluso de distintos tamaños. Van sujetas mediante algún tipo de alambre colocado de diferentes formas sobre huecos rectangulares abiertos manualmente. Hoy en día esos huecos suelen presentar los bordes redondeados, ya que se realizan con fresadora. Cuando la pandereta tiene una sola fila de sonajas, estas pueden disponerse alineadas o de forma alterna. En otros casos encontramos dos o tres filas o distintas combinaciones.

Ya hemos comentado algunos aspectos relacionados con la piel, que tradicionalmente se pela, no se afeita, como sucede en otros instrumentos. Es habitual que nos describan el curtido utilizando el abono o la ceniza. También hemos documentado en Oencia el uso de una pandereta sin parche, similar a las descritas en Galicia por Pablo Carpintero.

La decoración constituye otro elemento diferenciador. Algunas conservan restos de papeles pegados, pinturas o motivos decorativos. Incluso conocemos algún ejemplar al que se le añadieron cascabeles colgantes.


Aunque algunas familias han conservado la pandereta como un legado, hoy también podemos encontrar ejemplares en museos. Sin embargo, una gran parte se ha perdido con el paso del tiempo. La madera y la piel son materiales especialmente sensibles al deterioro, por lo que muchas no han llegado hasta nuestros días. Otras conservan una pátina muy característica, fruto del humo de las cocinas de rastro.






martes, 21 de julio de 2026

Entrecroniqueta #4 (2026) – La Placa / Diego Bello TamboriTero


El lunes tocamos de pasacalles como tamboriteros en el barrio de la Placa. Era el segundo año que nos llamaban para las fiestas del Carmen. Y la cosa ya venía con guasa, porque el día anterior, al buscar el cartel de las fiestas, apareció uno en el que solo salían las orquestas y, sin pereza, le dimos un poco de Canva para poner el pasacalles con un TamboriTero de nombre. Que si hay otro que lo hace mejor, adelante. Y si un Terrible TamboriTero no merece estar en un cartel de fiestas, que se quede cojo el concejal de Deportes del Ayuntamiento de Ponferrada. Pero en realidad, por supuesto, en el programa completo sí venía anunciada esta marcha por la localidad a las once. Se tomaron la broma a bien y a seguir con la juerga porque la noche anterior había sido gorda.
Entre el partido y el postpartido, porque era mediodía, no se veía mucha gente por la calle, incluso alguno ya iba con poca voz. Y es que la Placa es casi como un pueblo, quizás un barrio dormitorio de Ponferrada, bien comunicado y con bastantes servicios. No le falta de nada: supermercado, droguería, bares, piscina... hasta un museo de la bicicleta. La verdad es que conserva esa sensación de cercanía que hay en los sitios pequeños, donde todos se conocen y todos se saludan al cruzarse, aunque uno sea foristero.
Y es que ni es muy antiguo ni tiene casas de piedra o adobe. Las más antiguas son casas bajas de una planta, como los poblados que tenemos por la comarca: el poblado de la Minero, Compostilla, Bárcena o Posada del Bierzo. Antes del accidente de Torre del Bierzo de 1944 aquí no había más que tierras. Aquel trágico suceso, ocurrido en el túnel número 20 de la línea Palencia-A Coruña, fue el motivo por el que existe la Placa. Aún hoy no se sabe cuántos muertos hubo en aquella tragedia. El caso es que, a raíz de ella, RENFE comenzó a modernizar la línea Madrid-Galicia construyendo en Ponferrada un gran complejo ferroviario con talleres, reserva de locomotoras, clasificación de vagones, cargaderos de carbón... Estas obras tuvieron lugar entre 1948 y 1954 (RENFE siempre fue lenta) y en ellas trabajaron más de quinientas personas. Fue alrededor de esas instalaciones donde comenzaron a levantarse las viviendas para los ferroviarios y sus familias, naciendo así el barrio. De hecho, el nombre de la Placa procede de la placa giratoria —el puente giratorio— donde se daban la vuelta las locomotoras de vapor. Antes ese lugar se conocía como San Dionisio y, desde 2020, forma parte de la Lista Roja del Patrimonio por su deterioro, abandono y expolio. Pero sigue siendo un lugar digno de visitar.
Total, que naciendo así y con gente que fue llegando de muchos lugares, entre ellos Ferradillo o Toral de Merayo... incluso del Caurel, porque, aunque todavía no diéramos con su familia, tenemos la pista de que el Follacas de Mostad, que hacía gaitas, pasó sus últimos días aquí; pues eso, que el ambiente es acogedor y siempre nos tratan bien. Porque eso se nota enseguida. Parando en el bar de Gloria a tomar un café (hoy estábamos flojos, no es cuestión de estar presumiendo de juventud todos los días). Cogiendo la calle Extremadura. Llegando a la Panadería Casasola y encontrándonos a Mati saludando desde el balcón. Y, por si fuera poco, sacándonos unos bollos preñados recién hechos. Matilde es toda una institución y por eso tiene esa placa que le concedieron en la puerta, con la firma del futbolista Yuri debajo de cuando vino a pregonar las fiestas.
Esas cosas nos llenan por dentro a los que vivimos en un sitio pequeño, pero también llenan a quienes no han tenido esa experiencia y consiguen sentirse en casa. Parando a tocar en las puertas de quien te está esperando, viendo cómo salen a recibir a los músicos y a la comisión que los acompaña, con Koseki tocando las castañuelas incluido. Empezando una conversación y dando con la hija del clarinetista de Forna sin saberlo. Por cosas así nos gusta este oficio. Porque enseguida preguntan qué hay que dar o simplemente te lo dan para que luego te tomes algo, aunque también te quieran convidar en el bar. Porque no solo intentamos hacerlo bien; también consiguen hacernos sentir bien.
Sin caer en nostalgias, ¡que vivan los barrios, que viva la gente que hace barrio y que mira por los suyos!
Que luego dicen que el tamboritero solo va a tocar. Pues no. Los hay que sabemos escuchar, equivocarnos y hasta contarlo después. Que las entrecroniquetas no se escriben solas. Si solo quieren música, para eso siempre habrá otros músecos o musequines.