miércoles, 26 de agosto de 2026

💧 Gota de Tradición #9 - Baile (3/3): ¿Cómo es el baile?

 


La tradición es como un río. Hoy vamos a hablar solo de una gota.

En varios puntos del libro Flores del Bierzo Lozanas y mústias de Francisco de Llano Ovalle nos habla del baile tradicional. En textos como este de finales del s.XIX podemos hacernos una idea de lo que fue este estilo que ha llegado en algunos puntos casi hasta nuestros días.

Ya sabemos qué se bailaba y para qué se bailaba. Ahora nos queda una última pregunta: ¿cómo se bailaba?



El baile, como otras muchas tradiciones, no tiene una única forma de bailarse. Hay unos elementos comunes que le dan personalidad y hacen que no todo valga, pero la variedad local es enorme.

En buena parte del oeste del Bierzo encontramos una manera de bailar en la que una persona guía el baile, marcando en algunos momentos el paso o el punto que deben realizar los demás. Esa parte suele alternarse con otras más estructuradas, donde aparecen cruces, corros o figuras que se repiten.

Pero también existen muchos ejemplos de bailes en los que todas las manos hacen exactamente lo mismo, ejecutando una secuencia una y otra vez.

Lo más habitual es bailar en filas, aunque muchas veces estas se combinan con el corro, en algunos casos pasando de una formación a otra dentro del mismo baile.

También hemos comprobado que la postura corporal es mucho más importante de lo que parece. La forma de colocar el cuerpo, los brazos o las manos cambia de unos lugares a otros e incluso encontramos diferencias de género en este y otros aspectos. Las donzainas, por ejemplo, no solo exigen bailar en corro y en sentido contrario a las agujas del reloj, sino que también sitúan a los hombres en la fila interior.

Y todavía nos falta un elemento que durante mucho tiempo fue inseparable del baile: las castañuelas. Hoy, en muchas localidades, apenas sobreviven en la memoria de las personas mayores y hemos encontrado muy pocos ejemplares antiguos y muy pocas personas en la zona que todavía supieran tocarlas. Sin embargo, durante mucho tiempo fueron muy habituales, especialmente para bailar.

En las últimas décadas también ha existido una influencia importante de los grupos folclóricos. Muchos de ellos crearon coreografías pensadas para el escenario que se alejaban bastante de la manera en que realmente se bailaba en los pueblos, porque respondían a otra finalidad. Para nosotros, el baile tradicional nació y se ha mantenido para participar, no para ser contemplado.

Afortunadamente, en los últimos años algo también está cambiando. La investigación, la recuperación del patrimonio inmaterial y el interés por conocer cómo se bailaba realmente están devolviendo estos bailes a las plazas, a los cursos y a las fiestas. Poco a poco se recuperan espacios donde volver a bailar por el simple placer de hacerlo, igual que hicieron tantas generaciones antes que nosotros.

Porque las tradiciones no solo se conservan. También se aprenden.

Se tocan.
Se cantan.
Se bailan.

Si quieres seguir profundizando en esta tradición, ya sea aprendiendo, escuchando o simplemente curioseando... ya sabes dónde encontrarnos.

Hoy solo hemos hablado de una gota. Pero recuerda que un río nunca deja de correr. Lo importante es que vosotros tampoco dejéis de bailar con él.



Del Cuaderno de Campo

Vamos a profundizar un poco en los grupos folclóricos, porque su papel en la transformación y transmisión de una determinada imagen del baile tradicional merece algo más de espacio del que podemos dedicarle en una Gota.

Algunos tienen una larga trayectoria, como el grupo maragato de Val de San Lorenzo o el de Gradefes, que son centenarios; otros mantuvieron su actividad durante décadas, como el de Pombriego —hoy Aires del Cabrera— o el de Cacabelos, que durante un tiempo llevó el nombre de Doña Vitorina. Y no fueron casos aislados. En distintos momentos encontramos agrupaciones en Bembibre, Ponferrada o Albares de la Ribera. Incluso Endesa contó en Ponferrada con su propio grupo de Educación y Descanso. Más tardíamente surgirían otras experiencias, como la de Noceda del Bierzo bajo la dirección de Felisa Rodríguez.

Para entender sus formas hay que mirar necesariamente hacia una de las etapas más duras de nuestra historia reciente. Después de la Guerra Civil, el franquismo convirtió el folclore en una herramienta cultural e ideológica. La Sección Femenina de Falange y Educación y Descanso desarrollaron sus propios modelos de recopilación, enseñanza y exhibición de músicas, bailes e indumentarias populares.

También su labor de recopilación debe analizarse críticamente. No podemos acercarnos a esos materiales como si fueran el resultado de una investigación etnográfica realizada con los criterios actuales, ni desligarlos del contexto político, ideológico y metodológico en el que fueron obtenidos. Qué se recogió, de quién, cómo se anotó, qué se seleccionó después y qué se modificó para enseñarlo o llevarlo al escenario forman parte de la propia fuente y condicionan el uso que hoy podemos hacer de ella.

Porque el objetivo no era simplemente documentar una práctica popular tal y como existía. El folclore debía ser seleccionado, ordenado y adaptado para construir una determinada representación de la tradición acorde con unos criterios estéticos, morales e ideológicos.

Y el escenario necesitaba otras cosas.

Lo que en un pueblo podía ser un baile participativo, variable, aprendido por imitación y diferente incluso de una persona a otra debía convertirse en una coreografía reproducible: entradas y salidas, posiciones, pasos sincronizados, figuras, indumentaria homogeneizada y una duración adecuada para una exhibición.

Ahí se produce una transformación fundamental:

El baile deja de organizarse principalmente para quien baila y comienza a organizarse para quien mira.

Y no es un cambio pequeño.

En la práctica tradicional encontramos variantes, improvisación, personas que guían, diferencias entre bailadores, cambios de punto y distintas maneras de colocar brazos, manos o cuerpo. No siempre todos hacen exactamente lo mismo ni necesitan hacerlo. La escena, por el contrario, favorece la simetría, la coordinación, la espectacularidad y la repetición.

Ese modelo tuvo una enorme capacidad de difusión y, lo que resulta especialmente importante, sobrevivió a las instituciones que lo habían impulsado.

Y no hablamos únicamente del pasado. Estas formas de entender y representar el folclore continúan presentes a día de hoy. En esta comarca, y también en distintas provincias, siguen existiendo grupos que mantienen coreografías, repertorios y maneras de llevar la tradición al escenario heredadas en buena medida de aquellos modelos, en algunos casos sin una revisión profunda de su procedencia o de las transformaciones que sufrieron.

El problema, por tanto, no es únicamente cómo se transformó el baile hace setenta u ochenta años, sino que algunas de aquellas transformaciones continúan presentándose hoy como tradición.

Con el paso del tiempo aparecieron asociaciones y grupos ya desvinculados de la estructura franquista que heredaron repertorios, coreografías, indumentarias y, sobre todo, una determinada manera de entender el folclore. En muchos casos continuaron trabajando desde materiales previamente reelaborados, reproduciéndolos y modificándolos nuevamente sin regresar a las fuentes originales ni desarrollar un verdadero trabajo de investigación.

El paso del tiempo hizo el resto.

Determinadas coreografías creadas o transformadas para la escena terminaron adquiriendo apariencia de tradición simplemente porque llevaban décadas representándose. Y ahí aparece uno de los problemas que encontramos al estudiar este patrimonio:

La antigüedad de una representación no demuestra la antigüedad de aquello que representa.

En las últimas décadas se produjo además otro fenómeno interesante. Algunos grupos comenzaron a eliminar los elementos que resultaban más evidentemente discordantes con las nuevas formas de entender el patrimonio tradicional. Desaparecieron determinadas prendas, se modificaron algunos aspectos de las coreografías y se adoptó una estética aparentemente más próxima a la documentación etnográfica.

En Asturias se acuñó para determinados casos una expresión especialmente gráfica: grupos de reconversión.

El concepto resulta útil también para entender procesos que encontramos aquí: colectivos que modifican aquellos elementos externos que evidencian más claramente su procedencia de los antiguos modelos folclóricos, pero sin realizar necesariamente una revisión profunda de las fuentes, repertorios, formas de bailar o criterios con los que fueron construidos.

Cambiar una prenda es relativamente sencillo. Cambiar una manera de entender la tradición construida durante décadas es bastante más difícil.

De ahí venimos también muchos de nosotros. Hemos pasado por estos colectivos e incluso nos hemos divertido formando parte de ellos. Eso forma parte de nuestra propia historia y no necesitamos negarlo para analizarlos críticamente.

Pero tampoco debemos otorgarles por ello un valor patrimonial que no les corresponde.

Un grupo puede tener décadas de existencia, cientos de actuaciones, reconocimiento institucional y una presencia social considerable y que todo ello nos diga muy poco sobre el valor documental de aquello que representa. Trayectoria, popularidad, institucionalización y rigor en el trabajo sobre el patrimonio son cosas diferentes.

Y quizá durante demasiado tiempo se confundieron.

Desde el punto de vista del estudio del baile tradicional, una coreografía transmitida dentro de un grupo folclórico no puede convertirse en fuente de sí misma. Que varias generaciones la hayan aprendido y representado no demuestra que proceda de la práctica popular anterior. Para afirmarlo necesitamos poder seguir el camino de vuelta: quién la recogió, dónde, de quién, cuándo, cómo era aquello que se documentó y qué transformaciones sufrió después.

Por eso resultan fundamentales los testimonios de quienes participaron realmente en aquellos bailes, las filmaciones antiguas cuando existen, las descripciones contemporáneas, fotografías correctamente contextualizadas y, sobre todo, el contraste entre fuentes independientes.

Esto tampoco significa que nuestra intención sea sustituir unas coreografías por otras que proclamemos como verdaderas. Precisamente intentamos lo contrario: comprender una práctica que era mucho menos rígida de lo que posteriormente se representó sobre los escenarios.

Hay que volver a preguntar. Comparar testimonios. Buscar fotografías y películas. Localizar los antiguos espacios de baile. Distinguir lo que alguien recuerda haber bailado de lo que posteriormente aprendió en un grupo. Y, cuando todavía es posible, aprender de quienes bailaron antes de que el escenario se convirtiese en uno de los principales lugares desde los que empezamos a mirar la tradición.

Porque quizá una de las mayores dificultades para recuperar el baile tradicional no sea descubrir lo que hemos olvidado.

A veces consiste en distinguirlo de lo que aprendimos después creyendo que siempre había sido así.



Croniqueta #14 (2026) – Curso Festa da Pandeira en Piornedo de Ancares

As nosas ríxidas normas, homologadas internacionalmente, tamén permiten facer unha croniqueta dun curso.

Por iso, aínda que o curso contou e se torceron cousas a última hora, tiñamos que contar algo. Claro que tampouco todo.

Porque, por se fose pouco o lumbago de última hora que nos fixo chegar xustos, os fallos das fotocopias na copistería, que o proxector non se vía (nin o pro que trouxo Lola) e que o altofalante metía un ruído do demo... partiamos xa de dar un curso complexo para trinta e cinco persoas, entre elas xente ilustre (que tamén ilustrada), nun eido bastante descoñecido e ás veces mal traballado como é a pandeira nos Ancares leoneses, o que viña sendo o untamiento de Candín, agora Valle de Ancares.
Porque Ancares medrou moito. Tanto, que ás veces pensamos que medrou incluso por sitios onde non se senten ancareses. E non o dicimos por Galicia só: que llo pregunten a un de Vilela, de Vega de Espinareda ou de Pranzais.

Moito respecto e responsabilidade, porque hai obradoiros que o dan. Polo que significan, polo lugar e polo que se fixo antes, xa que esta é a XIX edición da Festa da Pandeira, que non son poucas.
Aínda lembramos as primeiras. Á primeira non puidemos ir, pero deixamos a cámara para gravala. A segunda e unhas cantas máis xa non as perdemos. Ás veces tocabamos, bailabamos e, sobre todo, interactuabamos con maiores que para nós eran rock stars no sentido máis estrito (e isto non é retranca).
Aquilo valeunos para coñecer figuras importantes e para volver varias veces gravar na zona a moitas delas. Tamén houbo encontros de gaiteiros nos que subimos a Eduardo González dando un pequenísimo rodeo dunha hora para pasar pola súa aldea e pola da súa muller.

O primeiro contacto coa pandeira foi en Candín con Luís Luis Prego. Dende entón fomos mergullándonos para comprender: buscando tamén nos arquivos, vendo moitas recollidas e compartindo con xente moi cultivada como David Omaña.
Por iso nos sentiamos con ganas de desentrañar xéneros pouco esquecidos e maltratados como o chao ou corrido, a dulzaina ou o bien parao. Moitas cousas pequenas que comentamos e tocamos de alí, pero tamén algunha do que hoxe é a Reserva da Biosfera.

Non as puidemos ver, pero si escoitamos a Rosa, Nélida, Ángeles, María, Dorinda... Poñendo nome e apelidos a todas e, nalgunha, incluso o nome da súa casa.
Porque cremos firmemente que as cousas se fan así: fixándose nas vellas, en como poñen a man, como din as cousas, como moven o instrumento... Para outras cousas tamén hai quen as faga, así que na variedade está a diversión.

Nós seguimos abraiados con estes repertorios dese triángulo das Bermudas que forman Ibias, Candín e Cervantes, onde algo teñen entre eles, porque din polavila ou pandeira, aínda que bailen diferente e haxa todas esas particularidades que nos encantan.

O resto cóntano as fotos: o ben que o pasamos, a compañía e a xente grande coa que compartimos. Porque cando un vai contar o que outros tocaron antes, o mínimo é saber de quen o aprendeu.







miércoles, 19 de agosto de 2026

💧 Gota de Tradición #8 – Baile (2/3): ¿Para qué se baila?



A la fuente voy por agua 

a ver si coges las flores, 

a Misa por ver a Dios, 

al baile por ver amores. 


La tradición es como un río. Hoy vamos a hablar solo de una gota. 

El baile era algo reservado principalmente para la juventud, para la gente soltera. Había excepciones, claro: los bailes de carnaval, las bodas o algunas celebraciones locales. Pero, en general, el baile pertenecía a la mocedad. 

En una época en la que el trabajo ocupaba buena parte del día y las distracciones eran pocas, el baile cumplía una función muy especial. Era uno de los pocos momentos para reunirse, mocear, verse, relacionarse y, por supuesto, divertirse. 


Se bailaba de forma colectiva y casi siempre con música en directo. Incluso cuando llegaron los fonógrafos o las radios, se mantuvo el baile de pandereta o con músicos. Y aunque era una actividad compartida, el centro del baile seguía siendo la pareja. Por eso existían costumbres muy concretas, como pedir baile, dar el corte o respetar unas normas que todo el mundo conocía. 



Entrar al baile también tenía un significado. Marcaba el paso de la niñez a la juventud, una frontera que a veces podía adelantarse un poco o retrasarse, muchas veces tocando para el baile. 


Los lugares donde se bailaba eran tan variados como los propios pueblos. Dependiendo de la época del año podía ser una cuadra, una plaza, una era o un portal cubierto. Más tarde llegarían los salones de baile, espacios pensados exclusivamente para bailar. Lo habitual era que hubiera baile cada semana. 

Eso sí, con una excepción muy importante: desde el comienzo de la Cuaresma hasta el Sábado de Gloria, cualquier baile estaba prohibido. 


Hoy seguimos bailando en lugares muy distintos. Pero nosotros intentamos que el baile siga teniendo el mismo sentido que antes: que siga siendo un espacio para disfrutar, para encontrarnos y para mantener vivo un patrimonio que nos identifica y nos une. 


Porque las tradiciones no solo se conservan. También se aprenden. 

Se tocan. 

Se cantan. 

Se bailan. 

Si quieres seguir profundizando en esta tradición, ya sea aprendiendo, escuchando o simplemente curioseando... ya sabes dónde encontrarnos. Hoy solo hemos hablado de una gota. La semana que viene seguiremos bebiendo de este río.



Del Cuaderno de Campo


Las coplas, como se denomina habitualmente a esas composiciones de cuatro versos octosilábicos, con rima asonante en los pares y los impares libres, son una importante fuente de información sobre nuestra cultura tradicional. No porque reflejen exactamente la realidad, que no lo hacen, ni porque reproduzcan necesariamente el habla local; pero sí hablan de cosas propias del lugar. Por eso, a veces, las escogemos para comenzar las Gotas de Tradición.

Además, en gran parte de los casos están ligadas al baile y forman parte de la libertad que tenían quienes cantaban —normalmente mujeres— para escoger las letras e incluso crearlas. Porque en las coplas cabe prácticamente cualquier tema. Y también cualquier tono: pueden ser serias, tristes, alegres, divertidas, sarcásticas...

También queremos añadir algunos detalles sobre los lugares donde se bailaba. Nos gusta recorrer los pueblos y documentar no solo qué se bailaba o quién tocaba, sino también dónde se hacía. A veces era la casa de alguien que la ponía a disposición; otras, una plaza o una era, en muchas ocasiones junto a la iglesia. Bajo un corredor, en una taberna... En muchos casos no eran espacios especialmente amplios. Tampoco hacía falta.

Posteriormente llegaron los salones de baile, que durante un tiempo siguieron integrando a los músicos tradicionales. A la vez aparecieron los primeros tocadiscos y nuevos músicos y formaciones: acordeonistas y orquestas compuestas únicamente por instrumentos de viento, con saxos, trompetas...

En algunas poblaciones se mantuvo la costumbre de ajustar a un conjunto o instrumentista para tocar semanalmente durante determinadas épocas del año, algo que se reforzó con la creación de estos espacios. Antes, cuando no existía ese tipo de baile habitual, los gaiteiros o tamboriteiros podían ser contratados por los mozos del pueblo o por mozos visitantes para organizar el baile y que así pudieran salir las mozas de casa.

Y con los nuevos tiempos llegaron también soluciones particulares. Es el caso de Pedro «Budiel», en San Justo de Cabanillas. Los domingos, para asegurarse un sobresueldo como músico y copiando los salones que había visto Sil arriba, vaciaba y limpiaba la cuadra y cobraba una entrada a quienes quisieran participar.

Lugar para el baile en Odollo


Croniqueta #12 (2026) – Rodrigatos de la Obispalía / Diego Bello Tamboritero

Los tamboriteros somos escasos, rara avis. Los mayores van dejando de tocar —los pocos que quedan—, en Maragatería ya no salen Ramiro ni Maxi y, por ahora, fiestas sigue habiendo las mismas. La oferta y la demanda no están haciendo bien su trabajo.

 

Todavía no ha salido algún o alguna joven más que empiece a tocar, que vendrán, estoy seguro, porque tamboriteros jóvenes los hay, pero hacen falta nuevas incorporaciones. Y esto tampoco se aprende de un día para otro. Así que, en tierras maragatas, hay pueblos que pueden acabar quedándose sin tamborín precisamente en fechas tan señaladas como el 15 de agosto. Y el 15 de agosto no admite clonaciones: uno puede tocar mucho, pero todavía no hemos aprendido a estar en dos pueblos a la vez.

 

Este año en Rodrigatos de la Obispalía anduvieron listos y me llamaron con mucho tiempo. Es el primer pueblo al bajar el puerto del Manzanal por ese lado y, aunque está cerca, ya es otra tierra.

Y hace ilusión que te llamen de fuera. Porque, aunque parezca mentira estando tan cerca, a veces cuesta salir del Bierzo. Pero también ilusiona porque Alejandro confiaba en que podía hacer la fecha y defender el oficio en una tierra donde está realmente vivo. Aquí, en cambio, se nos ha quedado olvidado muchas veces y son pocos los casos —que también los hay— en los que no peleamos por la flauta y el tambor desde el recuerdo.

Por eso me da tanta responsabilidad tocar para ese lado. Porque los toques no siempre son los mismos, porque hay que entenderse y porque ir al baile de tarde no es lo mismo que tocar una fiesta. Cruzar el Manzanal con la flauta y el tambor casi tenía algo de examen de acceso. El título lo llevaba de casa; faltaba ver si allí me lo convalidaban.

Este trabajo nosotros siempre lo hemos sentido así: con responsabilidad. Con el peso de querer seguir haciendo las cosas como se deben, sin chapotear y con mucho respeto. Y a veces no llega con saber: hay que demostrarlo. Ahí puede dar un poco de vértigo. Porque tocar en un pueblo, para nosotros, es algo más.

 

Pero también es fiesta y hay que disfrutar.

 

Y no tocaba solo. Aquí les gusta que venga alguien con las castañuelas y Pablo venía con las suyas, además de hacer las veces de guía. Se nos sumaron otras dos mujeres y hasta una vistió de maragata para la misa. A este paso el que iba a acabar desentonando era yo.

 

Era la primera vez que tocaba una procesión a jota para que tocaran las castañuelas, pero nos entendimos bien. Lo mismo para tocar que para los cortes, los empieces o marcar las vueltas. Al final ellas están acostumbradas a escuchar a un tamboritero y yo tenía que poner oreja a los cambios, además de intentar ponérselo fácil. Si tienen que adivinar lo que voy a hacer, mal vamos.

 

Hasta hacía tiempo que no veía una misa sin megafonía. Igual fue por eso que fue breve. Ya lo dice el coadjutor de la Basílica de la Encina: «en tiempo de melones, breves los sermones». Sabiduría popular aplicada a la liturgia de agosto.

Pero le toqué lo propio después de lo de «del mismo modo…», que cada uno lo quiere en un momento diferente. Además, aquí no practican lo de la campanilla. Detalles que parecen pequeños hasta que eres tú el que tiene que saber cuándo tocar. Porque «cuando toque» es una indicación estupenda hasta que eres tú quien toca.

 

Aunque estaban todos pendientes de cómo quería hacer las cosas, el lema nosotros siempre lo hemos tenido claro: hacemos lo que sea costumbre. Bastante tienes con ser forastero como para llegar además cambiando las normas.

 

¿Que piden un agarrado en el vermú? Pues venga pasodoble. Una rumba y un valse, que tampoco falten. Hay que saber de todo, que para eso está uno trabajando.

 

Y siempre hay detalles que nos llaman la atención. Que si una pintura en el suelo, de un corazón a una puerta; que si la empanada está de chuparse los dedos… No faltan los detalles. Porque igual que hay que acertar con qué tocar, también hay que acertar con el outfit. Y para esto último llevaba tiempo haciendo los deberes. Había que estrenar, que un examen es un examen.

 

Total, que prueba superada. Gustó, había curiosidad por saber de dónde era —claro, no era cara conocida— y llegaron las felicitaciones.

 

Porque al final la prueba no era tocar una jota, saber cuándo empezar o cuadrar una procesión. Era algo más difícil: llegar siendo el tamboritero de fuera a un sitio donde saben perfectamente cómo tiene que funcionar el oficio y conseguir encajar en la fiesta, entender lo que necesitaban y hacer lo que allí se hace.

 

Así que crucé el Manzanal de vuelta medio centímetro más alto y lleno de satisfacción.

Parece que me convalidaron el título.


Seguro que no será la última.









Entrecroniqueta #15 (2026) - Penoselo / Los Pamplinas trío Gaiteiros de Oficio

Si los de Bilbao nacen donde quieren, los de Penoselo no se quedan atrás: celebran San Antón cuando les da la gana. En agosto, para ser más precisos. Y, en vez de contratar una misa de cinco curas, tienen tres grupos de gaiteiros, que eso puntúa doble en el ranking de fiestas.


Este año hubo gaiteiros el sábado para la Ronda Cachapela antes de cenar. Los gaiteiros residentes, con Avelino a la cabeza, salieron después a hacer la ronda a la madrugá. Tarde o pronto, según se mire. Y, de nuevo, Los Pamplinas para el remate. Es más, hemos aprendido que para mejorar nuestro marketing, después de esta tenemos que empezar a ofrecer un pack especial con cortador de jamón. Este verano ya nos hemos metido en la pirotecnia sin fuego, que es la pirotecnia segura, así que todo se andará.

Cada año damos un pasacalles por todo el pueblo, recogiendo gente que vamos amontonando por el camino, parando en las puertas y fijándonos en los detalles. Y, por supuesto, haciendo parada en la fuente, que dicen que te quita veinte años. Nosotros bebemos todos los años y, de momento, tampoco se nota tanto. Habrá que aumentar la dosis.

Así nos damos cuenta de que el que colgó el carro en la puerta debía de ser de Villamartín de la Abadía, donde por San Juan se los ponen del revés como trastada; de que los niños dibujan lo que ven, incluidos el fuego y los helicópteros; o de que en este pueblo también tienen la calle al cuadrado: calle La Calella.

Buscamos por cada rincón los doblones o algún rastro del tesoro —por interés estrictamente etnográfico, claro—, pero los guajes del pueblo no dejaron ni una pista del que escondieron los piratas que subieron el río en galeón. Nos pasó como el año pasado con los patos: ni la prueba.
😅

Pero, en vez de seguir contando de lo nuestro —que, aunque repetimos aquí, siempre aparecen cosas nuevas, como la pallouza—, esta vez queremos hablar de quien está detrás. De quien hace que las cosas pasen y, sobre todo, que funcionen.
Porque hay gente discreta, que no se da importancia, pero trabaja, y lo que se hace se ve. Da la sensación de que a ellas tampoco les gusta demasiado aparecer, pero algunas cosas hay que decirlas. Y no por hacer la pelota ni para que nos contraten —que ya lo hacen—, sino porque es de justicia.
Detrás de Penoselo Cachapelo están Ana y Marta. Aunque seguro que, de una manera u otra, tampoco están ellas solas. Pero su mano se nota.
Se nota en cómo consiguen ilusionar a la gente y en cómo van contando, en pequeños detalles, quiénes son y por qué les importa este pueblo.
Por eso, y por unas cuantas cosas más, se merecen estas palabras.
Ahora, además, se han metido a la crianza de ganado menudo —y no nos referimos a la apicultura—, así que, casi sin quererlo, también están contribuyendo a bajar la media de edad del pueblo.
😜
Personas así son las que marcan la diferencia.
Ahora son ellas las que tienen que decirnos un día, todo de corrido, esas palabras que empiezan por «Penoselo Cachapelo...», a ver si de una vez conseguimos aprendérnoslas.

Nosotros, en realidad, solo hacemos lo que sabemos, que a veces tampoco es poco: tocar. Y tocamos hasta la última pieza. Hasta que cerró la exposición de fotos, de la que Los Pamplinas, orgullosos, ya formamos parte.















Entrecroniqueta #14 (2026) – Tremor de Arriba / Los Pamplinas cuarteto Gaiteiros de Oficio

Din que o trece, mal número se non crece, así que tiñamos a obriga de escribir unhas liñas máis. Esta vez, do que fixemos o sábado pasado en Sotogayoso, que lese Soutogayoso. Unha localidade ben comunicada, preto da Portela, onde está o Valcarce e tanto lles gusta parar aos galegos. Pero Soutogayoso está agora un pouco valeiro, bastante máis do que o lembrabamos de cando viñemos tocar hai xa uns cantos anos.

Tiñamos ido hai moitos anos, antes de que existisen os Pamplinas, alí a tocar á festa pola tarde, a unha merenda polo San Miguel. E alí tocamos para que bailaran e tamén para que cantaran ao pé da gaita. Non sempre temos boa memoria, pero hai moitas cousas que non se esquecen.

 

Esta vez foi diferente porque non era a festa do pobo. Por iso o baile non era na Arqueira, como se facía antes; esta vez tocamos no Cabo do Lugar. Nin había que durmir na barra, que era o que todos estaban desexando. Agora á barra chámanlle buardilla e, se a poñen nunha capital, alúgana tal cal as teñen eiquí para meter a herba como «solución habitacional funcional».

 

O caso foi que hai uns meses estabamos os profes da Escola de Música de Camponaraya falando despois dunha audición na Casa da Cultura e achegouse unha señora preguntando se había gaiteiros. Claro, deu con nós. E aínda que pensabamos que non iamos poder coller a data, xa que esta fin de semana non podía estar máis a tope, ao final cadramos para ir a Soutogayoso.

E aínda que non dixemos para que, a ocasión merecíao. Onde xa non se ve case mocidade é moi benvido ver unha parella nova. Unha parella que emprende vida xunta. Que lle gusta xuntar a familia alí, de onde sente a noiva que vén. Aínda que haxa que traer o noivo e a familia del desde Alemaña. Xa dixemos que iso dificultaba facer o rastro, aínda que como o que había o outro día en Canales (comarca de Luna, xunto á Magdalena) fora de pintura e non de palla.

Mentiría se dixera que non hai xente que quere gaiteiros na súa celebración pola foto, pola nota de cor e non pola nota musical nin por bailar ao son da gaita (sabendo que tampouco é un día no que os músicos teñan que ser os protagonistas). Pero neste caso foi satisfactoriamente diferente. Hai xente que valora a música en directo, pero tamén hai quen valora que sexa música do país, da contorna e con algunha bobada polo medio.

Tiñamos que explicar o que é pagar o piso, como había que levar un chufón para pedir a man (coidado con que non che intentara levantar a rapaza, como xa pasou), algunha historieta de emigrados en Centroeuropa e falar dos gaiteiros da contorna.

Sempre saen os nomes dos de San Fiz; na contorna tiñan moita e merecida sona. Pero tamén o do Linternas de Moldes, que lle chamaban así por ter os ollos saltois. E, por suposto, o que hai cousa de cen anos vivía en Soutogayoso. Cando estivemos antes, e aínda en 2016 viñemos a posta a preguntar aos máis maiores por el, contáronnos historias: que era un Casanova, que o seu pai o trouxera con el de Cuba, que tamén foi un paria... Pero aínda non demos con como se chamaba. Está na memoria de moitos, pero só coñecido por como lle chamaban: O Mulato.

Estou convencido de que O Mulato, aínda que non casara —que non casou—, tocou en máis dunha voda. Cen anos despois, tocábanos a nós. E o día da voda é sempre un dos días máis recordados e importantes na vida de alguén. Aínda que case varias veces.

Por iso gustounos tanto que nos chamaran para tocar este día. Porque tocar nas festas significa tocar nos días máis importantes do ano. Pero tocar nunha celebración así significa tamén formar, dalgún xeito, parte dun momento vital que se mima, se quere e no que, neste caso, quixeron que houbese música tradicional e gaiteiros.

Un trío, para máis señas, como marcan os canons, con tres músicos pamplineiros que teñen nomes que comezan por D e cunha maioría esmagadora de Diegos. E máis, como o Diego Vilor é de Quilous e vale por dous, case poderiamos dicir que cuarteto. A ver se alguén pensou que ían ter a exclusiva os Trintas de Trives de valer por máis dos que eran.

Tocar non só é facelo ben, ir de bonito, estar afinados, ir a tempo, escoller con delicadeza cada tema e saber ler na xente se están de solto ou agarrao. Non só é coller os cartos, facelo legalmente, saber estar, non ter présa e dar ambiente. Tocar é tamén algo máis, ou polo menos así o entendemos. Por iso quizais o desfrutamos tanto. Ser gaiteiro é esixente. Ser músico é esixente.

Xa que imos tendo claro que machismo e feminismo non son antónimos, que ter carné non te converte en condutor (aínda que o carné que teñas sexa o de conducir) ou que a Coca-Cola e a crema de oruxo ou de whisky non se mesturan, que fan cemento no estómago... xa vai sendo hora de asumir que tocar un instrumento e ser músico tampouco son equivalentes directos.

Esta voda, ao final, tiña algo das de antes: a noiva non ía de branco, houbo gaiteiros, todos bailaron e, por suposto, o primeiro valse foi para os noivos.

Segundo os nosos estudos, ademais, as vodas con gaiteiros teñen un punto máis de felicidade. Non sabemos se está demostrado, pero tampouco temos interese ningún en comprobalo.

Noraboa e moita felicidade para vós os dous.







Entrecroniqueta #12 (2026) – Odollo / Los Pamplinas cuarteto Gaiteiros de Oficio

Mira que podíamos inventar alguna bobada. Con un pueblo lleno de camisetas para la fiesta con el 26 y como si fueran de la selección, podríamos hasta mandar una nota de prensa sobre el homenaje que le hicieron en un pueblo de Cabrera al número 26 de la selección española.

Que esta es la primera edición del Mundial con este número de convocados y el último en llevar el 26 fue Borja Iglesias: el más veterano, el que nada más jugó tres minutos contra Uruguay, el primer gallego en ganar un Mundial, el primer jugador del Celta que lo hace y, por si fuera poco, el DJ del equipo. Que igual no jugó mucho, pero alguien tendría que poner la música.

Y aunque no todos los Pamplinas somos futboleros, bien merecía un homenaje en Odollo y hasta que nos hiciéramos un montaje posando con él. Total, cosas más raras se han publicado.

Un año más nos vinimos a tocar a la pulpada de Odollo. No es la fiesta del pueblo, pero es fiesta. Hay más gente en el pueblo que en otro momento y la verdad es que no falta la xoldra. Mucha gente de Madrid, que se nota bien, no porque no sepan dónde deben aparcar, den la murga o sean unos repunantes; se nota en detalles como las camisetas de Leño o Barón Rojo y en que en la mano los verás con una Mahou en vez de una Estrella Galicia. En general, a la gente, ese ente etéreo, le gusta generalizar y los madrileños son, en algunos casos, difíciles de llevar. Pero aquí la única guerra que dan la da alguno cuando sube la cuesta en coche y deja olor a embrague. Que lo bueno también hay que decirlo.

Como todos los años, empezamos por Oteiro, tocando la primera pieza, la alborada, en el número 93, donde antes estaba frondosa la chumbera y donde nos hacemos una foto. Que hay más barrios en Odollo: también están Quintaniella y Barrio. Nosotros, luego, para bajar, atajamos por un carreiro agarrándonos de la mano, a la cuartia, que decían aquí antes. Ya son años viniendo y siempre aprendemos algo nuevo. Lo que escuchamos sigue pasando por nosotros, que algo nos va dejando dentro.

Cuando llegamos a la Canalexa ya vimos cómo relucían dentro las latas de cerveza. Aquí las fuentes refrescan un poco más, aunque este año es verdad que hay agua dabondo. Y desde allí seguimos este año un recorrido un poco cambiado, pero también más suave.

Este año, además de Pablo, nos acompañó desde el principio otro músico, descendiente de músicos y que seguro que nos lee (un abrazo, ya que estamos). Él tocó en orquestas, su hijo sigue algo la tradición y, hablando, nos contó también de los que habían venido antes: de su tío Joaquín y de Efrén, su abuelo, un tamboritero anterior a Joaquín del que no habíamos oído hablar. Porque este es un pueblo de músicos. Todos recuerdan a Sergio, pero nosotros también hemos oído hablar de algún gaiteiro y de una familia que acabó como maragatos en Turienzo de los Caballeros.

Y tenemos que decir algo que ya hemos oído varias veces, pero hay que preguntar y repreguntar para confirmarlo, porque además se nos hacía extraño. En Cabreira, al menos en Odollo y en algún pueblo más, se decía tamboril, como en Zamora o Salamanca. Incluso se llamaba tamborileiro al que tocaba la flauta y el tambor a la vez (que ahora ya se ven modernos que solo tocan la flauta o el tambor y quieren serlo también con la mitad de la tarea).

Seguimos tocando y fijándonos en que el pueblo está lleno de esa flor que solo se abre cuando se mete el sol y que le dicen Don Diego de noche, aunque aquí muchos la conocen por el nombre de Madrid (le llaman así en más sitios también): periquitos. Para la mayoría, periquitos son los pájaros o los del Espanyol, aunque en la capital del Bierzo Alto le dicen así a unas rosquillas que no son rosquillas de Semana Santa (que me lío y no es época).

Ya conocemos las casas y nos vamos dando cuenta de quién está y quién no, de quién falta ya porque no está con nosotros y quién sale a bailar acompañándonos.

De hecho, fue pasar cerca de la puerta de la Tía María y nos fuimos hasta donde ella para tocarle un poco. El año pasado nos bailó la jota y, como cayó, este le tocamos un agarrado para que no hubiera peligro. De mayores queremos ser como ella, esa vitalidad y esas ganas de bailar. Tiene el oído duro, será por eso que le gusta lo que tocamos, pero firmábamos ahora por llegar y hacerlo así de bien. Hablar con gente como ella, ver cómo nos reciben, es la mejor propina que nos pueden dar.

Bajamos un poco más y, en una de las puertas en las que siempre nos salen, pasamos del porrón a los chupitos de agua de la sierra y cuturrús. Ambos dos no están hechos para flojos. Tentar tres del tirón en una puerta tiene sus consecuencias. Aunque, como nos decían: «abren os pulmois para tocala gaita, soplalo saxo y que rebrinquen las baquetas solas polo tambor».

Antes de llegar a saludar a los pulpeiros, entrar por el bar y hacer el vermú, había que volver por casa da Tía María para otro engarrao y no dejar ninguna pieza sin bailar. Luego vino el vermú, con más porrón, y a hacer bailar a todas esas camisetas rojas, desgastando el suelo como si no hubiera un mañana y quemando calorías para hacer hueco para la cena.

Al final marchamos sin probarlo, pero es que es para la tarde y quedamos en que el año que viene comíamos la ración de este y la del siguiente juntas (lo tenemos apuntado y yo ya me puse una alarma en el móvil para que no se me olvide).

Solo podemos decir que pasarlo bien es sano, necesario; volver al pueblo también, sobre todo si es respetando. Que aquí se vive bien, se respira bien y, por lo que se ve, hasta se pasa de centenario. Por eso, a nosotros, que nos gusta aprender de los viejos, de los que saben (cuántas veces nos habrán dicho eso de «los que sabían eran los viejos»), aprendamos de la Tía María.

No hace falta esperar a que vuelva a haber veinte vecinos en Quintaniella, no esperéis a que el pueblo esté lleno, no esperéis a tener ciento un años para bailar. Como decía Horacio (que no era de Odollo, aunque era poeta): cosecha el día, aprovecha el día. Aunque él escribía en latín y lo que puso en su libro Odas (I, 11) fue: carpe diem.

Y si es con pulpo y buena música, mejor.