lunes, 31 de agosto de 2026

Curso 2026-27 Empezamos

Quizá nos conoces por las Gotas de Tradición, por Días de Rodillas Peladas, por alguna actuación, algún taller, alguna croniqueta… o quizá acabas de llegar por aquí.

Pero hay una parte importante de nuestro trabajo que a veces enseñamos menos: enseñar.

Tocar Bajo Teito somos Denise Silva y Diego Bello. Estamos en el Bierzo y otros puntos cercanos y nos dedicamos, entre otras cosas, a enseñar música y baile tradicional.

Y decimos enseñar, aunque seguramente la palabra se quede un poco corta.

Porque aprender a tocar, cantar o bailar no consiste solamente en acumular canciones, pasos o recursos técnicos. Detrás de cada repertorio hay personas, lugares, maneras de hacer y formas de entender la música. Y creemos que conocer todo eso también forma parte del aprendizaje.


Amasar

Este curso hemos elegido una imagen para acompañarnos: unas manos amasando.

No es casual.

La tradición también se trabaja. Se toca, se canta, se baila, se escucha y se comparte. Se aprende de quienes estuvieron antes y cambia en las manos de quienes la practican ahora.

Como una masa, necesita tiempo. Hay que trabajarla, dejarla crecer y, sobre todo, mimarla.

Y eso es, en buena medida, lo que intentamos hacer en nuestras clases.

No buscamos únicamente que alguien aprenda una melodía, un acompañamiento o unos pasos. Queremos proporcionar herramientas para que pueda entender lo que está haciendo, hacerlo suyo y, con el tiempo, encontrar su propia manera de tocar, cantar o bailar.


Un nuevo curso

Durante septiembre y octubre iremos comenzando las actividades del curso 2026/27 en distintos lugares.

Hay espacio para quien se acerca por primera vez a un instrumento o al baile y para quien lleva años practicando y quiere seguir aprendiendo. Para niños y para adultos. Para quien quiere tocar individualmente, para quien quiere cantar o bailar y también para quien quiere compartir música formando parte de una agrupación.

No hace falta llegar sabiendo.

Tampoco hace falta tener claro hasta dónde quieres llegar.

A veces basta con tener curiosidad y empezar.

Durante las próximas semanas iremos contando aquí y en nuestras redes dónde estamos, qué enseñamos, para qué edades y niveles y de qué maneras puedes participar.

Y si no quieres esperar a que publiquemos toda esa información, puedes preguntarnos directamente. Sin compromiso.

Empieza septiembre y empezamos a amasar un nuevo curso.


Tocar Bajo Teito · Curso 2026/27

Toca. Canta. Baila.




Croniqueta #15 (2026) – Denise y Bea en concierto en el Festival Villar de los Mundos

 Ayer domingo actuamos en un espacio recién inaugurado por la Asociación Bierzo Vivo para clausurar los conciertos de tres días de festival cargados de actividades para todos los gustos y públicos. El tiempo acompañaba y lo tuvimos todo de cara.


La verdad es que el patio es impresionante y el espacio elegido para tocar es único. Bajo un árbol de esos en los que nos fijamos cuando vamos por los pueblos, porque cada vez quedan menos, porque da buenas castañuelas y porque nos encanta teñirnos las manos comiendo sus frutos. Aquí decimos morera y los amigos de A Morteira le dedicaron hace unos años un libro precioso a estos árboles tan singulares.
Ojo, que no quita que, aunque ya en estas fechas se estén acabando, te caiga una mora en la silla, te sientes sobre ella y dentro de unos días andes buscando si aquello se da quitado con una mora verde, leche, limón o yo qué sé qué. La tradición oral, como los buenos vendedores, tiene respuestas para todo. Otra cosa es que siempre sirvan para algo.

Lo bonito de estos espacios tan acogedores no es solo que tengan una acústica estupenda, sino que se generan sinergias con el público que escucha atento. Aunque haya barra, se viene a escuchar —a veces también a bailar— y eso fue lo que pasó ayer. Estuvimos cómodas, sonó bonito y, aunque siempre haya algún percance y los efectos del aire acondicionado den la cara en el peor momento, no faltó de nada.

Y no nos alargamos más porque tenía que comenzar la Romería. Una Romería diferente porque los romeros ya no van a Roma, pero sí hay un desplazamiento devocional a un lugar sagrado. Esta vez, como excepción, no una ermita o una iglesia —que será por Templos en los Barrios—, sino el Soto, el bosque. Un lugar al que hay que mantener y cuidar.

Nosotras empezamos el concierto detrás de las bonitas palabras de Fernando Íñiguez, un speech en el que nos sentimos identificadas y halagadas. Ya no solo por tocar en este festival, por hacerlo en un cartel tan femenino y tan distinguido, sino porque nos encanta llevar a estos espacios lo de aquí, lo que mejor conocemos, y contarlo. Explicarlo para los que no conocen y para los que, cuando nos escuchan, recuerdan.
Y hubo una bonita coincidencia. Hace unos años Fernando hizo sonar y presentó en Tarataña el tema que grabamos en el disco Tocando Bajo Teito. Ayer nos presentó en directo.

No era para ponerse camisas floreadas de festival, pero sí para llevar nuestra mejor versión a algunas caras amigas y también a los que nos conocieron ayer. La verdad es que quedamos contentas.

Porque al final Denise y Bea son dos, pero entre la parte técnica y alguna pequeña colaboración acabamos siendo tres. Aunque, como aquellos gaiteiros de Trives, valemos por trinta ou ainda máis. Que no iban a saber solo de multiplicaciones los de la tierra de la bica o los de Quilous, que valen por dous.
Y digo valer porque también hubo músicos con fama de multiplicar: de comer por dos, beber por tres, presupuestar por encima de la Panorama, pedir que en camerinos haya M&M's de todos los colores pero ni uno marrón —no vamos a señalar a Van Halen— o hacer caer 10.000 plátanos sobre el público, que tampoco vamos a señalar a Elton John. Ya dicen que ante el vicio de pedir está la virtud de no dar. A nosotras nos gustan las delicatessen, pero no nos vamos a poner más excéntricas a estas alturas.

Pero esto iba del concierto y de Villar de los Mundos, que ya creció, que esta ha sido la decimocuarta edición y ha pasado de ser de los Barrios a ser de los Mundos.
Y quizá crecer tenga algo que ver con todo esto. El cartel ya anunciaba algo: una silueta que crece a partir de sus raíces. No está nada mal traído.

Pero volviendo a ayer, hubo otra bonita coincidencia, o igual esta ya no lo era tanto. Todas las mujeres que subimos al escenario durante este fin de semana haciendo músicas que parten de nuestras raíces, con ese peso femenino difícil de negar, acabamos cantando una nana.
Nosotras la trajimos de cerca, de Campo. No preguntamos si hay linde con el pueblo vecino, que tampoco era cuestión de abrir otro frente, pero allí la dejamos, haciendo el silencio en el patio para esa voz tierna con la que se canta a los más pequeños.
Y para cantar nanas tampoco hace falta ser madre. En realidad llega con tener un pequeño en brazos. Y a veces ni eso. Si te cantaron cuando eras bebé, si viste cantar a tus hermanos, a tus primos o incluso a los niños de los vecinos, es mucho más fácil que hayas aprendido, sin que nadie tuviera que enseñártelo, que a los pequeños se les canta. Aunque no dejen de llorar, tengan cólicos o lleves días sin dormir, una teta fuera sin darte cuenta y media hora pensando que igual aquello de la planificación familiar tampoco era tan mala idea.
Nosotras, después de sesudos estudios científicos, prestigiosos y empíricos, abogamos por cantar. Incluso antes de que nazcan. Y además hacer algo así es tan sencillo que no necesitamos inventarnos un gran proyecto de recuperación, tres asociaciones y un congreso.
En nuestro caso, el experimento no ha ido tan mal. Y si algo hemos sembrado, los nuestros también cantarán a los suyos cuando llegue el momento.

Porque quizá mantener algunas costumbres tenga bastante de eso. Verlas hacer, hacerlas y dejar que otros las vean. No todo tiempo pasado fue mejor, pero eso no significa que haya que olvidarlo o hacer como que no existió. Hay que saber de dónde venimos, de dónde salen las cosas y dar a cada una de las partes que nos han hecho llegar hasta aquí su mérito.
Da gusto poner nombre y contexto a lo que tocamos y, especialmente, a las mujeres de las que lo aprendimos. No necesitamos hacer nuestro lo que ya tiene nombre, lugar y memoria para poder seguir tocándolo y cantándolo.
La apropiación la dejamos para las viejas glorias folclóricas, los Sanfermines o incluso las Ferias de Abril. Que últimamente no necesitamos irnos demasiado lejos para encontrar unos y otras. Quién sabe, lo mismo acabamos recuperando en el Bierzo el Carnaval de Río. Aunque luego digamos Río Sil y ya lo tenemos redondo.
Nosotras seguiremos a lo nuestro, o intentándolo. Que no es poco.

Y quizá por eso ahora le damos otra vuelta a la imagen del cartel. A esa mujer que hunde los pies en sus raíces y, desde ellas, crece. Porque saber de dónde venimos y dónde estamos no tiene por qué fijarnos ni encorsetarnos. Al contrario, puede darnos más libertad para movernos desde la conciencia y decidir hacia dónde queremos ir. Tener raíces no significa quedarse plantadas.

Porque una pelleja, unas chapas y un arillo de madera dan para mucho. Para templar las voces y sacarles muchos más sones de los que la mayoría imagina. Carolina Geijo, de la que hablamos durante el concierto, cantaba:

Este pandero que toco
tiene veinticinco sones,
cada sonaja un suspiro,
en el medio un ramo de flores.

Y una pandereta tiene más de veinticinco sones. Están los de quienes la tocaron, los de quienes nos enseñaron, los que ponemos nosotras y los que, si algo hemos sembrado, pondrán los que vengan detrás.

Y tú, que has llegado leyendo hasta aquí, ya habrás entendido que en realidad todo este texto era para decir que ayer tocamos y salió bien.
Pero a veces escribir es como el ramo de flores de la copla. No dice mucho, pero hace bonito y con él queda la rima redonda.










domingo, 30 de agosto de 2026

Entrecroniqueta #17 (2026) - Villaveza de Valverde / Los Pamplinas trío Gaiteiros de Oficio

 Los Pamplinas tocamos dentro de nuestra zona de confort cuando vamos a un pueblo que conocemos, cuando sabemos cómo funciona, cuando tocamos cerca. Pero no nos gusta decir que no.

A veces nos llaman de lejos y respondemos que sí, aunque no sepamos si allí funcionará igual lo que hacemos. Porque sabemos lo que hacemos y sabemos hacerlo, pero también sabemos que se entiende mejor allí donde es costumbre.

Ricardo Portela distinguía dos tipos de gaiteiros: los que tocan lo que saben y los que saben lo que tocan. Es una frase conocida y, aunque suele llevar otro sentido, a nosotros, con este enfoque, también nos sirve bien.
Y aunque Portela fuera de Pontevedra, enténdeselle ben. No todo va a ser tocar en el Bierzo repertorio de aquella zona de Pontevedra. Alguna cosa buena más habrá que importar.

Porque, como sigamos sustituyendo los repertorios tradicionales por esos otros más conocidos de la gaita gallega, no sabemos si habrá que declararlos especie invasora o si acabarán convirtiéndose en endémicos. Tocados en un estilo bien globalizado, eso sí.
Al final va a ser tan de aquí y tan de gaita la Jota de San Roque como O Pasodobre de San Roque que tocaban Os Morenos de Lavadores al entrar en la romería de As Neves y que grabaron los propios Irmáns Portela o Milladoiro.
Ya verás el día que los gaiteros descubran el repertorio de gaitilla segoviana —dulzaina para los modernos—. Va a ser más revolución entre gaitistas la Entradilla Segoviana de Agapito Marazuela que el Dai Dai de Shakira.
Ya lo fue el día que los chifleros bercianos descubrieron que se pueden tocar las canciones gallegas de gaita con la chifla y el tamboril —flauta y tambor para los que saben cómo se llama—.

Que me enredo.
Total, que en Villaveza de Valverde nos llamaron al trío y fuimos pensando que íbamos a resultar un poco exóticos. Creo que no lo fuimos tanto. Pero claro, tocamos lo que nos pidieron. Hasta La Morocha.
Porque, aunque todo el mundo nos preguntaba de dónde éramos, el aire de la gaita tampoco debía de resultarles completamente extraño. Un paisano nos contó que en este pueblo también hubo fole.
Fole le dicen en Zamora. Y, aunque hoy pueda resultar menos conocido, también se le llamó así en algunas zonas de la montaña leonesa. Porque, aunque la gaita no fuese habitual en todos los pueblos, algún gaitero también había.
Así que tan lejos de casa tampoco estábamos. En Zamora se nota que también adoban con pimentón.

A veces sabemos lo que es una cosa, pero ya no sabemos llamarla bien.
Y quizá nos cuesta tener esa humildad de preguntar, de no sentir vergüenza ni complejo por decir las cosas como las decían quienes estuvieron antes que nosotros.
Que algo se dijera de una determinada manera no lo hace mejor. El pasado no es mejor por norma; eso es nostalgia y, a veces, nostalgia mal entendida.
Pero, aunque no sea mejor, sí es nuestra.
Y eso sí es importante.

Nos gusta ese equilibrio entre tocar donde lo que hacemos todavía es costumbre, llevar lo nuestro a sitios donde ya no es tan habitual y, por el camino, seguir aprendiendo.
Porque necesitamos seguir haciendo experimentos con gaseosa para nuestros estudios científicos.

Por eso fue bonito estar el otro día en Zamora.
Fuimos delante del Santísimo en procesión hasta hacerle pasillo a la entrada, tocamos en la comunión lo que se debía y, a la salida, el baile vermú fue potente. La gente se animaba, bailaba, lo disfrutaba y hasta se corrió la voz: vinieron desde Santa Cristina de la Polvorosa a vernos.

No sabemos qué les contaron, pero vinieron.
A veces, cuando vas a un sitio nuevo, no sabes cómo saldrá.
Pero cuando vamos los tres, la zona de confort viene con nosotros. Sabemos cómo y qué hay que hacer.
El resto es dejarse llevar.

Seguro que no es la última vez que venimos por estas tierras.






viernes, 28 de agosto de 2026

🩹 Días de rodillas peladas – Jugar en la Calle

Corro, comba, merienda y escondite


1 El Corro


Esta es la última escena de Días de rodillas peladas y la hemos partido en varios momentos. El primero el corro, luego la merienda, jugar en la calle y para terminar el escondite. A este pequeño resumen también le acompañaba este texto como locución y algunas imagenes. Esperamos que os guste y estamos ya pensando en el siguiente espectaculo, porque este lo disfrutamos un montón.


Las tardes de los niños tenían su propio ritmo, marcado por el sol, las campanas y la imaginación. Al salir de la escuela, las calles, la plaza o cualquier rincón se convertían en el mejor parque de juegos: la comba girando sin parar, los corros cantando al compás, las canicas chocando en el suelo y las chapas rodando entre risas y competición.

Después de tanto correr y jugar, llegaba la esperada merienda, sencilla pero deliciosa, compartida entre amigos como si fuera un gran banquete. Y para decidirlo todo —quién empezaba, quién se la quedaba o quién ganaba— no faltaba nunca “echar a suertes”, ese pequeño ritual que podía cambiar el destino de una partida en un segundo.

Eran tardes de calle, de amistad y de ingenio, donde la diversión no se compraba… se inventaba cada día.






2 La merienda






3 Jugar en la calle




4 Despedida y escondite









miércoles, 26 de agosto de 2026

💧 Gota de Tradición #9 - Baile (3/3): ¿Cómo es el baile?

 


La tradición es como un río. Hoy vamos a hablar solo de una gota.

En varios puntos del libro Flores del Bierzo Lozanas y mústias de Francisco de Llano Ovalle nos habla del baile tradicional. En textos como este de finales del s.XIX podemos hacernos una idea de lo que fue este estilo que ha llegado en algunos puntos casi hasta nuestros días.

Ya sabemos qué se bailaba y para qué se bailaba. Ahora nos queda una última pregunta: ¿cómo se bailaba?



El baile, como otras muchas tradiciones, no tiene una única forma de bailarse. Hay unos elementos comunes que le dan personalidad y hacen que no todo valga, pero la variedad local es enorme.

En buena parte del oeste del Bierzo encontramos una manera de bailar en la que una persona guía el baile, marcando en algunos momentos el paso o el punto que deben realizar los demás. Esa parte suele alternarse con otras más estructuradas, donde aparecen cruces, corros o figuras que se repiten.

Pero también existen muchos ejemplos de bailes en los que todas las manos hacen exactamente lo mismo, ejecutando una secuencia una y otra vez.

Lo más habitual es bailar en filas, aunque muchas veces estas se combinan con el corro, en algunos casos pasando de una formación a otra dentro del mismo baile.

También hemos comprobado que la postura corporal es mucho más importante de lo que parece. La forma de colocar el cuerpo, los brazos o las manos cambia de unos lugares a otros e incluso encontramos diferencias de género en este y otros aspectos. Las donzainas, por ejemplo, no solo exigen bailar en corro y en sentido contrario a las agujas del reloj, sino que también sitúan a los hombres en la fila interior.

Y todavía nos falta un elemento que durante mucho tiempo fue inseparable del baile: las castañuelas. Hoy, en muchas localidades, apenas sobreviven en la memoria de las personas mayores y hemos encontrado muy pocos ejemplares antiguos y muy pocas personas en la zona que todavía supieran tocarlas. Sin embargo, durante mucho tiempo fueron muy habituales, especialmente para bailar.

En las últimas décadas también ha existido una influencia importante de los grupos folclóricos. Muchos de ellos crearon coreografías pensadas para el escenario que se alejaban bastante de la manera en que realmente se bailaba en los pueblos, porque respondían a otra finalidad. Para nosotros, el baile tradicional nació y se ha mantenido para participar, no para ser contemplado.

Afortunadamente, en los últimos años algo también está cambiando. La investigación, la recuperación del patrimonio inmaterial y el interés por conocer cómo se bailaba realmente están devolviendo estos bailes a las plazas, a los cursos y a las fiestas. Poco a poco se recuperan espacios donde volver a bailar por el simple placer de hacerlo, igual que hicieron tantas generaciones antes que nosotros.

Porque las tradiciones no solo se conservan. También se aprenden.

Se tocan.
Se cantan.
Se bailan.

Si quieres seguir profundizando en esta tradición, ya sea aprendiendo, escuchando o simplemente curioseando... ya sabes dónde encontrarnos.

Hoy solo hemos hablado de una gota. Pero recuerda que un río nunca deja de correr. Lo importante es que vosotros tampoco dejéis de bailar con él.



Del Cuaderno de Campo

Vamos a profundizar un poco en los grupos folclóricos, porque su papel en la transformación y transmisión de una determinada imagen del baile tradicional merece algo más de espacio del que podemos dedicarle en una Gota.

Algunos tienen una larga trayectoria, como el grupo maragato de Val de San Lorenzo o el de Gradefes, que son centenarios; otros mantuvieron su actividad durante décadas, como el de Pombriego —hoy Aires del Cabrera— o el de Cacabelos, que durante un tiempo llevó el nombre de Doña Vitorina. Y no fueron casos aislados. En distintos momentos encontramos agrupaciones en Bembibre, Ponferrada o Albares de la Ribera. Incluso Endesa contó en Ponferrada con su propio grupo de Educación y Descanso. Más tardíamente surgirían otras experiencias, como la de Noceda del Bierzo bajo la dirección de Felisa Rodríguez.

Para entender sus formas hay que mirar necesariamente hacia una de las etapas más duras de nuestra historia reciente. Después de la Guerra Civil, el franquismo convirtió el folclore en una herramienta cultural e ideológica. La Sección Femenina de Falange y Educación y Descanso desarrollaron sus propios modelos de recopilación, enseñanza y exhibición de músicas, bailes e indumentarias populares.

También su labor de recopilación debe analizarse críticamente. No podemos acercarnos a esos materiales como si fueran el resultado de una investigación etnográfica realizada con los criterios actuales, ni desligarlos del contexto político, ideológico y metodológico en el que fueron obtenidos. Qué se recogió, de quién, cómo se anotó, qué se seleccionó después y qué se modificó para enseñarlo o llevarlo al escenario forman parte de la propia fuente y condicionan el uso que hoy podemos hacer de ella.

Porque el objetivo no era simplemente documentar una práctica popular tal y como existía. El folclore debía ser seleccionado, ordenado y adaptado para construir una determinada representación de la tradición acorde con unos criterios estéticos, morales e ideológicos.

Y el escenario necesitaba otras cosas.

Lo que en un pueblo podía ser un baile participativo, variable, aprendido por imitación y diferente incluso de una persona a otra debía convertirse en una coreografía reproducible: entradas y salidas, posiciones, pasos sincronizados, figuras, indumentaria homogeneizada y una duración adecuada para una exhibición.

Ahí se produce una transformación fundamental:

El baile deja de organizarse principalmente para quien baila y comienza a organizarse para quien mira.

Y no es un cambio pequeño.

En la práctica tradicional encontramos variantes, improvisación, personas que guían, diferencias entre bailadores, cambios de punto y distintas maneras de colocar brazos, manos o cuerpo. No siempre todos hacen exactamente lo mismo ni necesitan hacerlo. La escena, por el contrario, favorece la simetría, la coordinación, la espectacularidad y la repetición.

Ese modelo tuvo una enorme capacidad de difusión y, lo que resulta especialmente importante, sobrevivió a las instituciones que lo habían impulsado.

Y no hablamos únicamente del pasado. Estas formas de entender y representar el folclore continúan presentes a día de hoy. En esta comarca, y también en distintas provincias, siguen existiendo grupos que mantienen coreografías, repertorios y maneras de llevar la tradición al escenario heredadas en buena medida de aquellos modelos, en algunos casos sin una revisión profunda de su procedencia o de las transformaciones que sufrieron.

El problema, por tanto, no es únicamente cómo se transformó el baile hace setenta u ochenta años, sino que algunas de aquellas transformaciones continúan presentándose hoy como tradición.

Con el paso del tiempo aparecieron asociaciones y grupos ya desvinculados de la estructura franquista que heredaron repertorios, coreografías, indumentarias y, sobre todo, una determinada manera de entender el folclore. En muchos casos continuaron trabajando desde materiales previamente reelaborados, reproduciéndolos y modificándolos nuevamente sin regresar a las fuentes originales ni desarrollar un verdadero trabajo de investigación.

El paso del tiempo hizo el resto.

Determinadas coreografías creadas o transformadas para la escena terminaron adquiriendo apariencia de tradición simplemente porque llevaban décadas representándose. Y ahí aparece uno de los problemas que encontramos al estudiar este patrimonio:

La antigüedad de una representación no demuestra la antigüedad de aquello que representa.

En las últimas décadas se produjo además otro fenómeno interesante. Algunos grupos comenzaron a eliminar los elementos que resultaban más evidentemente discordantes con las nuevas formas de entender el patrimonio tradicional. Desaparecieron determinadas prendas, se modificaron algunos aspectos de las coreografías y se adoptó una estética aparentemente más próxima a la documentación etnográfica.

En Asturias se acuñó para determinados casos una expresión especialmente gráfica: grupos de reconversión.

El concepto resulta útil también para entender procesos que encontramos aquí: colectivos que modifican aquellos elementos externos que evidencian más claramente su procedencia de los antiguos modelos folclóricos, pero sin realizar necesariamente una revisión profunda de las fuentes, repertorios, formas de bailar o criterios con los que fueron construidos.

Cambiar una prenda es relativamente sencillo. Cambiar una manera de entender la tradición construida durante décadas es bastante más difícil.

De ahí venimos también muchos de nosotros. Hemos pasado por estos colectivos e incluso nos hemos divertido formando parte de ellos. Eso forma parte de nuestra propia historia y no necesitamos negarlo para analizarlos críticamente.

Pero tampoco debemos otorgarles por ello un valor patrimonial que no les corresponde.

Un grupo puede tener décadas de existencia, cientos de actuaciones, reconocimiento institucional y una presencia social considerable y que todo ello nos diga muy poco sobre el valor documental de aquello que representa. Trayectoria, popularidad, institucionalización y rigor en el trabajo sobre el patrimonio son cosas diferentes.

Y quizá durante demasiado tiempo se confundieron.

Desde el punto de vista del estudio del baile tradicional, una coreografía transmitida dentro de un grupo folclórico no puede convertirse en fuente de sí misma. Que varias generaciones la hayan aprendido y representado no demuestra que proceda de la práctica popular anterior. Para afirmarlo necesitamos poder seguir el camino de vuelta: quién la recogió, dónde, de quién, cuándo, cómo era aquello que se documentó y qué transformaciones sufrió después.

Por eso resultan fundamentales los testimonios de quienes participaron realmente en aquellos bailes, las filmaciones antiguas cuando existen, las descripciones contemporáneas, fotografías correctamente contextualizadas y, sobre todo, el contraste entre fuentes independientes.

Esto tampoco significa que nuestra intención sea sustituir unas coreografías por otras que proclamemos como verdaderas. Precisamente intentamos lo contrario: comprender una práctica que era mucho menos rígida de lo que posteriormente se representó sobre los escenarios.

Hay que volver a preguntar. Comparar testimonios. Buscar fotografías y películas. Localizar los antiguos espacios de baile. Distinguir lo que alguien recuerda haber bailado de lo que posteriormente aprendió en un grupo. Y, cuando todavía es posible, aprender de quienes bailaron antes de que el escenario se convirtiese en uno de los principales lugares desde los que empezamos a mirar la tradición.

Porque quizá una de las mayores dificultades para recuperar el baile tradicional no sea descubrir lo que hemos olvidado.

A veces consiste en distinguirlo de lo que aprendimos después creyendo que siempre había sido así.



Croniqueta #14 (2026) – Curso Festa da Pandeira en Piornedo de Ancares

As nosas ríxidas normas, homologadas internacionalmente, tamén permiten facer unha croniqueta dun curso.

Por iso, aínda que o curso contou e se torceron cousas a última hora, tiñamos que contar algo. Claro que tampouco todo.

Porque, por se fose pouco o lumbago de última hora que nos fixo chegar xustos, os fallos das fotocopias na copistería, que o proxector non se vía (nin o pro que trouxo Lola) e que o altofalante metía un ruído do demo... partiamos xa de dar un curso complexo para trinta e cinco persoas, entre elas xente ilustre (que tamén ilustrada), nun eido bastante descoñecido e ás veces mal traballado como é a pandeira nos Ancares leoneses, o que viña sendo o untamiento de Candín, agora Valle de Ancares.
Porque Ancares medrou moito. Tanto, que ás veces pensamos que medrou incluso por sitios onde non se senten ancareses. E non o dicimos por Galicia só: que llo pregunten a un de Vilela, de Vega de Espinareda ou de Pranzais.

Moito respecto e responsabilidade, porque hai obradoiros que o dan. Polo que significan, polo lugar e polo que se fixo antes, xa que esta é a XIX edición da Festa da Pandeira, que non son poucas.
Aínda lembramos as primeiras. Á primeira non puidemos ir, pero deixamos a cámara para gravala. A segunda e unhas cantas máis xa non as perdemos. Ás veces tocabamos, bailabamos e, sobre todo, interactuabamos con maiores que para nós eran rock stars no sentido máis estrito (e isto non é retranca).
Aquilo valeunos para coñecer figuras importantes e para volver varias veces gravar na zona a moitas delas. Tamén houbo encontros de gaiteiros nos que subimos a Eduardo González dando un pequenísimo rodeo dunha hora para pasar pola súa aldea e pola da súa muller.

O primeiro contacto coa pandeira foi en Candín con Luís Luis Prego. Dende entón fomos mergullándonos para comprender: buscando tamén nos arquivos, vendo moitas recollidas e compartindo con xente moi cultivada como David Omaña.
Por iso nos sentiamos con ganas de desentrañar xéneros pouco esquecidos e maltratados como o chao ou corrido, a dulzaina ou o bien parao. Moitas cousas pequenas que comentamos e tocamos de alí, pero tamén algunha do que hoxe é a Reserva da Biosfera.

Non as puidemos ver, pero si escoitamos a Rosa, Nélida, Ángeles, María, Dorinda... Poñendo nome e apelidos a todas e, nalgunha, incluso o nome da súa casa.
Porque cremos firmemente que as cousas se fan así: fixándose nas vellas, en como poñen a man, como din as cousas, como moven o instrumento... Para outras cousas tamén hai quen as faga, así que na variedade está a diversión.

Nós seguimos abraiados con estes repertorios dese triángulo das Bermudas que forman Ibias, Candín e Cervantes, onde algo teñen entre eles, porque din polavila ou pandeira, aínda que bailen diferente e haxa todas esas particularidades que nos encantan.

O resto cóntano as fotos: o ben que o pasamos, a compañía e a xente grande coa que compartimos. Porque cando un vai contar o que outros tocaron antes, o mínimo é saber de quen o aprendeu.







miércoles, 19 de agosto de 2026

💧 Gota de Tradición #8 – Baile (2/3): ¿Para qué se baila?



A la fuente voy por agua 

a ver si coges las flores, 

a Misa por ver a Dios, 

al baile por ver amores. 


La tradición es como un río. Hoy vamos a hablar solo de una gota. 

El baile era algo reservado principalmente para la juventud, para la gente soltera. Había excepciones, claro: los bailes de carnaval, las bodas o algunas celebraciones locales. Pero, en general, el baile pertenecía a la mocedad. 

En una época en la que el trabajo ocupaba buena parte del día y las distracciones eran pocas, el baile cumplía una función muy especial. Era uno de los pocos momentos para reunirse, mocear, verse, relacionarse y, por supuesto, divertirse. 


Se bailaba de forma colectiva y casi siempre con música en directo. Incluso cuando llegaron los fonógrafos o las radios, se mantuvo el baile de pandereta o con músicos. Y aunque era una actividad compartida, el centro del baile seguía siendo la pareja. Por eso existían costumbres muy concretas, como pedir baile, dar el corte o respetar unas normas que todo el mundo conocía. 



Entrar al baile también tenía un significado. Marcaba el paso de la niñez a la juventud, una frontera que a veces podía adelantarse un poco o retrasarse, muchas veces tocando para el baile. 


Los lugares donde se bailaba eran tan variados como los propios pueblos. Dependiendo de la época del año podía ser una cuadra, una plaza, una era o un portal cubierto. Más tarde llegarían los salones de baile, espacios pensados exclusivamente para bailar. Lo habitual era que hubiera baile cada semana. 

Eso sí, con una excepción muy importante: desde el comienzo de la Cuaresma hasta el Sábado de Gloria, cualquier baile estaba prohibido. 


Hoy seguimos bailando en lugares muy distintos. Pero nosotros intentamos que el baile siga teniendo el mismo sentido que antes: que siga siendo un espacio para disfrutar, para encontrarnos y para mantener vivo un patrimonio que nos identifica y nos une. 


Porque las tradiciones no solo se conservan. También se aprenden. 

Se tocan. 

Se cantan. 

Se bailan. 

Si quieres seguir profundizando en esta tradición, ya sea aprendiendo, escuchando o simplemente curioseando... ya sabes dónde encontrarnos. Hoy solo hemos hablado de una gota. La semana que viene seguiremos bebiendo de este río.



Del Cuaderno de Campo


Las coplas, como se denomina habitualmente a esas composiciones de cuatro versos octosilábicos, con rima asonante en los pares y los impares libres, son una importante fuente de información sobre nuestra cultura tradicional. No porque reflejen exactamente la realidad, que no lo hacen, ni porque reproduzcan necesariamente el habla local; pero sí hablan de cosas propias del lugar. Por eso, a veces, las escogemos para comenzar las Gotas de Tradición.

Además, en gran parte de los casos están ligadas al baile y forman parte de la libertad que tenían quienes cantaban —normalmente mujeres— para escoger las letras e incluso crearlas. Porque en las coplas cabe prácticamente cualquier tema. Y también cualquier tono: pueden ser serias, tristes, alegres, divertidas, sarcásticas...

También queremos añadir algunos detalles sobre los lugares donde se bailaba. Nos gusta recorrer los pueblos y documentar no solo qué se bailaba o quién tocaba, sino también dónde se hacía. A veces era la casa de alguien que la ponía a disposición; otras, una plaza o una era, en muchas ocasiones junto a la iglesia. Bajo un corredor, en una taberna... En muchos casos no eran espacios especialmente amplios. Tampoco hacía falta.

Posteriormente llegaron los salones de baile, que durante un tiempo siguieron integrando a los músicos tradicionales. A la vez aparecieron los primeros tocadiscos y nuevos músicos y formaciones: acordeonistas y orquestas compuestas únicamente por instrumentos de viento, con saxos, trompetas...

En algunas poblaciones se mantuvo la costumbre de ajustar a un conjunto o instrumentista para tocar semanalmente durante determinadas épocas del año, algo que se reforzó con la creación de estos espacios. Antes, cuando no existía ese tipo de baile habitual, los gaiteiros o tamboriteiros podían ser contratados por los mozos del pueblo o por mozos visitantes para organizar el baile y que así pudieran salir las mozas de casa.

Y con los nuevos tiempos llegaron también soluciones particulares. Es el caso de Pedro «Budiel», en San Justo de Cabanillas. Los domingos, para asegurarse un sobresueldo como músico y copiando los salones que había visto Sil arriba, vaciaba y limpiaba la cuadra y cobraba una entrada a quienes quisieran participar.

Lugar para el baile en Odollo