miércoles, 22 de julio de 2026

🩹 Días de rodillas peladas – 4 En brazos, en cuello o colo

 Llantos, pucheritos, sonrisas, lobitos, aserrines y nanas


Esta es la siguiente escena del espectáculo Días de rodillas peladas y lo hemos querido ilustrar con este vídeo que es parte de la representación que realizamos en Bembibre. En ella tuvimos el privilegio de contar con Asia en el escenario. 

Además, la escena fue introducida con esta fotografía y el siguiente texto:


En las casas, cuando la vida era más sencilla y el tiempo parecía ir más despacio, los más pequeñitos crecían entre canciones susurradas y juegos transmitidos de generación en generación. Las nanas llenaban las noches de calma, mientras las voces de madres, abuelas y vecinas tejían melodías que acompañaban el sueño.

Durante el día, las manos se convertían en juego: palmas que marcan el ritmo, canciones repetidas entre risas y pequeñas tonadas con movimiento que no necesitaban juguetes para hacer felices a los niños. Eran momentos de cercanía, imaginación y cariño, donde cada canción y cada juego guardaban un pedacito de la vida en familia.

Ahora recordaremos ese mundo de nanas y juegos de manos, donde la música no venía de aparatos, sino del corazón y de la voz de quienes cuidaban.



Gota de Tradición #4 (1/3) – ¿Cómo es una pandereta?

La tradición es como un río. Hoy vamos a hablar solo de una gota.

Siempre se ha dicho aquello de "este es un país de pandereta"Normalmente se utiliza para despreciar algo, como si la pandereta representara el atraso o el desorden.

Pero, si lo pensamos bien, sí que somos un país de pandereta. Y deberíamos sentirnos orgullosos de ello, aunque con un significado completamente distinto.

Porque durante siglos este pequeño instrumento acompañó fiestas, bailes, bodas, filandones y reuniones por todos nuestros pueblos.

Hoy vamos a fijarnos en la pandereta.

O mejor dicho...

...en las panderetas.

Porque no existe una única pandereta. Ni siquiera una única forma de llamarla. Aunque todas sean redondas y compartan muchos elementos, no responden a una única tipología tradicional.

En esta zona encontramos distintos nombres. El más extendido sigue siendo pandereta. En parte del Bierzo Oeste aparece pandareta y en algunos pueblos también pandeireta. Y en el valle de Ancares, tanto en Cervantes como en Ibias, lo habitual es hablar de la pandeira, nombre que recibe allí la pandereta tradicional de grandes dimensiones. Eso no significa que esas panderetas solo existan allí; aparecen también en otros lugares, aunque con otros nombres.


Pero todas tienen tres elementos que nunca faltan.

Un aro de madera, que en ocasiones incluso se hacía reaprovechando el aro de un cribo.

Una piel tensada, normalmente de oveja, aunque también encontramos ejemplos de cabra o incluso de corzo.

Y unas chapas metálicas que, según el pueblo, pueden llamarse sonajas, sonajeras, ferreñas, ferriñas o chucarelos.


A partir de ahí cambia casi todo: los tamaños, el número y la forma de las sonajas y su disposición, la decoración o incluso la manera de construirlas. La mayoría ni siquiera salían de un taller especializado; las hacía alguien curioso, del propio pueblo, con mano para trabajar estos materiales.

Quizá por eso sí somos un país de pandereta. Porque detrás de una palabra tan sencilla se esconde una enorme variedad de nombres, formas, materiales y maneras de entender un mismo instrumento. Mucho más de lo que podemos contar en una sola gota.

Y eso también es patrimonio.

Y si quieres seguir profundizando en esta tradición, ya sea aprendiendo, escuchando o simplemente curioseando, ya sabes dónde encontrarnos.

Hoy solo hemos hablado de una gota. La semana que viene seguiremos bebiendo de este río. 



Del cuaderno de campo


Hemos fotografiado y documentado alrededor de una veintena de panderetas en el Bierzo. La diversidad de modelos se aprecia en todos los aspectos que hemos señalado.

Por un lado está el tamaño, desde las más grandes, como la que Benigno, el tamboritero de Paradasolana, conservaba con cerca de medio metro de diámetro, hasta las más pequeñas, como la pintada que se conserva en el Museo Alto Bierzo de Bembibre o la que guardan en Balboa y que perteneció a Encarnación "A Troba".


Normalmente suponemos que el aro de madera incluye siempre otro aro interior para tensar la piel, pero hemos documentado ejemplares en los que esta aparece clavada o pegada directamente. Otras presentan uno o varios nervios de madera que parecen cumplir una función decorativa y, posiblemente, también estructural.

Ese aro de madera, al menos hasta la aparición de las panderetas más contemporáneas, presenta siempre un orificio para sujetarla con la mano. Nos han descrito incluso algún ejemplar con dos. En Galicia, durante las últimas décadas, ese orificio se fue sustituyendo por un rebaje. Aunque resulta eficaz para tocar con una sola mano, utilizar ambas manos sobre el instrumento se vuelve prácticamente imposible.

Las sonajas, que habitualmente aparecen dispuestas por pares, también muestran una gran variedad. En un mismo hueco puede haber más de dos, incluso de distintos tamaños. Van sujetas mediante algún tipo de alambre colocado de diferentes formas sobre huecos rectangulares abiertos manualmente. Hoy en día esos huecos suelen presentar los bordes redondeados, ya que se realizan con fresadora. Cuando la pandereta tiene una sola fila de sonajas, estas pueden disponerse alineadas o de forma alterna. En otros casos encontramos dos o tres filas o distintas combinaciones.

Ya hemos comentado algunos aspectos relacionados con la piel, que tradicionalmente se pela, no se afeita, como sucede en otros instrumentos. Es habitual que nos describan el curtido utilizando el abono o la ceniza. También hemos documentado en Oencia el uso de una pandereta sin parche, similar a las descritas en Galicia por Pablo Carpintero.

La decoración constituye otro elemento diferenciador. Algunas conservan restos de papeles pegados, pinturas o motivos decorativos. Incluso conocemos algún ejemplar al que se le añadieron cascabeles colgantes.


Aunque algunas familias han conservado la pandereta como un legado, hoy también podemos encontrar ejemplares en museos. Sin embargo, una gran parte se ha perdido con el paso del tiempo. La madera y la piel son materiales especialmente sensibles al deterioro, por lo que muchas no han llegado hasta nuestros días. Otras conservan una pátina muy característica, fruto del humo de las cocinas de rastro.






martes, 21 de julio de 2026

Entrecroniqueta #4 (2026) – La Placa / Diego Bello TamboriTero


El lunes tocamos de pasacalles como tamboriteros en el barrio de la Placa. Era el segundo año que nos llamaban para las fiestas del Carmen. Y la cosa ya venía con guasa, porque el día anterior, al buscar el cartel de las fiestas, apareció uno en el que solo salían las orquestas y, sin pereza, le dimos un poco de Canva para poner el pasacalles con un TamboriTero de nombre. Que si hay otro que lo hace mejor, adelante. Y si un Terrible TamboriTero no merece estar en un cartel de fiestas, que se quede cojo el concejal de Deportes del Ayuntamiento de Ponferrada. Pero en realidad, por supuesto, en el programa completo sí venía anunciada esta marcha por la localidad a las once. Se tomaron la broma a bien y a seguir con la juerga porque la noche anterior había sido gorda.
Entre el partido y el postpartido, porque era mediodía, no se veía mucha gente por la calle, incluso alguno ya iba con poca voz. Y es que la Placa es casi como un pueblo, quizás un barrio dormitorio de Ponferrada, bien comunicado y con bastantes servicios. No le falta de nada: supermercado, droguería, bares, piscina... hasta un museo de la bicicleta. La verdad es que conserva esa sensación de cercanía que hay en los sitios pequeños, donde todos se conocen y todos se saludan al cruzarse, aunque uno sea foristero.
Y es que ni es muy antiguo ni tiene casas de piedra o adobe. Las más antiguas son casas bajas de una planta, como los poblados que tenemos por la comarca: el poblado de la Minero, Compostilla, Bárcena o Posada del Bierzo. Antes del accidente de Torre del Bierzo de 1944 aquí no había más que tierras. Aquel trágico suceso, ocurrido en el túnel número 20 de la línea Palencia-A Coruña, fue el motivo por el que existe la Placa. Aún hoy no se sabe cuántos muertos hubo en aquella tragedia. El caso es que, a raíz de ella, RENFE comenzó a modernizar la línea Madrid-Galicia construyendo en Ponferrada un gran complejo ferroviario con talleres, reserva de locomotoras, clasificación de vagones, cargaderos de carbón... Estas obras tuvieron lugar entre 1948 y 1954 (RENFE siempre fue lenta) y en ellas trabajaron más de quinientas personas. Fue alrededor de esas instalaciones donde comenzaron a levantarse las viviendas para los ferroviarios y sus familias, naciendo así el barrio. De hecho, el nombre de la Placa procede de la placa giratoria —el puente giratorio— donde se daban la vuelta las locomotoras de vapor. Antes ese lugar se conocía como San Dionisio y, desde 2020, forma parte de la Lista Roja del Patrimonio por su deterioro, abandono y expolio. Pero sigue siendo un lugar digno de visitar.
Total, que naciendo así y con gente que fue llegando de muchos lugares, entre ellos Ferradillo o Toral de Merayo... incluso del Caurel, porque, aunque todavía no diéramos con su familia, tenemos la pista de que el Follacas de Mostad, que hacía gaitas, pasó sus últimos días aquí; pues eso, que el ambiente es acogedor y siempre nos tratan bien. Porque eso se nota enseguida. Parando en el bar de Gloria a tomar un café (hoy estábamos flojos, no es cuestión de estar presumiendo de juventud todos los días). Cogiendo la calle Extremadura. Llegando a la Panadería Casasola y encontrándonos a Mati saludando desde el balcón. Y, por si fuera poco, sacándonos unos bollos preñados recién hechos. Matilde es toda una institución y por eso tiene esa placa que le concedieron en la puerta, con la firma del futbolista Yuri debajo de cuando vino a pregonar las fiestas.
Esas cosas nos llenan por dentro a los que vivimos en un sitio pequeño, pero también llenan a quienes no han tenido esa experiencia y consiguen sentirse en casa. Parando a tocar en las puertas de quien te está esperando, viendo cómo salen a recibir a los músicos y a la comisión que los acompaña, con Koseki tocando las castañuelas incluido. Empezando una conversación y dando con la hija del clarinetista de Forna sin saberlo. Por cosas así nos gusta este oficio. Porque enseguida preguntan qué hay que dar o simplemente te lo dan para que luego te tomes algo, aunque también te quieran convidar en el bar. Porque no solo intentamos hacerlo bien; también consiguen hacernos sentir bien.
Sin caer en nostalgias, ¡que vivan los barrios, que viva la gente que hace barrio y que mira por los suyos!
Que luego dicen que el tamboritero solo va a tocar. Pues no. Los hay que sabemos escuchar, equivocarnos y hasta contarlo después. Que las entrecroniquetas no se escriben solas. Si solo quieren música, para eso siempre habrá otros músecos o musequines.











lunes, 20 de julio de 2026

Croniquetas de un músico #8 (2026) – Igüeña / Grupo Recuencano

Fuimos a Igüeña a la fiesta de Santa Marina para hacer el vermú con el Grupo Recuencano. Y es que Recuencano es de Tremor de Arriba y pertenece al Ayuntamiento de Igüeña. Por eso decíamos que el grupo es profeta en su tierra, porque siguen contando con ellos para animar las fiestas del municipio.

 

Y empezamos yendo a buscar a la iglesia a la gente con la flauta y el tambor para llevarlos a la plaza del Ayuntamiento nuevo. Esperamos hasta las dos porque el cura decidió empezar media hora más tarde, pero esa guerra ya era para las chicas de la comisión. Y resulta curioso verlo con perspectiva, porque en agosto hace noventa años que ardieron tanto la iglesia como el Ayuntamiento viejo en el que nos cambiamos. Este pueblo está muy cambiado y no por aquello, sino porque después de las minas ha sabido repensarse y conviven espectaculares murales con una playa fluvial estupenda y donde comer bien o tomar algo a gusto. El espectacular mural junto al río que representa el pasado minero no hace de menos al dedicado junto a la iglesia al tío Perruca. Un personaje e historia que tiene su propio libro que os recomendamos.

 

Bailamos, cantamos, tocamos y lo pasamos bien, mientras la gente disfrutaba con nosotros buscando la sombra bajo la carpa. Hasta sonó la copla que dice:

Minero lo quiero madre
y que sepa trabajar
en la mina que tengo
debajo del delantal.

 

Pero no se puede contar todo, no vamos a decir cómo llamaban a los de aquí, porque todos tenemos mote, más que llamarnos, nos llaman. Y así los de Tremor para los de Fasgar eran Choetes, los de Tremor a los de Fasgar Abisinios, los de Tremor también son Cachelos, los de Espina Llanudos o Tuérganos, los de Pobladura son Franceses, o los de Colinas para los de Tremor los de la Manga Rachada. Eso sí, sin decir que lo decía hasta uno del pueblo, Igüeña tenía muy buenos corrales pero muy mal ganao.

 

Decíamos Colinas porque es donde fuimos a celebrar y a comer. Colinas, no solo Colinas del Campo de Martín Moro, incluso Colinas del Campo de Martín Moro Toledano, aunque lo de Toledano lo decían los niños de allí en el colegio para rimar «limpia el culo con la mano».

Dice el INE que en 1950 había 233 habitantes y en 2024 ya eran 72. Incluso el Nomenclátor describe que en el siglo XVIII había 61 casas y 32 pajares o corrales, siendo más de las tres cuartas partes con cubierta vegetal, lo que decimos teito.

Sin embargo, aun no siendo el pueblo más grande, tiene barrios como para ser villa: según entras el Rollo, el Santo Cristo, la Cortina, la Fuente; hacia arriba, desde ahí, la Cuesta y la Pumariega; para el otro lao, Trallera; junto al río, el Reguero, Barrio y el Barreiro; junto a la iglesia, la piedra de los Bolos... y aún me faltaría alguno por aprender o escribir bien. Tenemos para visitar la iglesia de Santa Teodora, a la que se puede subir hasta el campanario, recién arreglado, para disfrutar de las vistas. Y la postal del paso por el portal de la ermita que hay a la entrada (aunque esté vacía) es obligada.

 

Si aprovechas a subir a comer bien al Aguzo, el restaurante está en el barrio de Santo Tirso. Y es que las calles casi llevan el nombre de los barrios, aunque no es lo mismo una cosa que la otra. Llama primero para reservar, en verano abren más y la visita al pueblo del nombre más largo merece la pena. Eso sí, no seáis madrilanos (como dice el Pruvianu nen Ser Aturianu) y dejad el coche a la entrada del pueblo, como pone la señal. Y de la cobertura, olvidaos, aunque tienen wifi.

Una actuación y no hemos hablado de todo lo que sabemos de pandereta. Incluso se acercó a hablarnos una señora después de actuar. Era la hija de Gregorio el Tamboritero y su madre también tocaba la pandereta. Incluso en 2016 de aquí nos dejaron para bajar a Ponferrada una pandereta para la exposición de instrumentos tradicionales en la que participamos.

 

Ya nos falta espacio para hablar del Campo Santiago, esa pradera a 1.500 metros en un antiguo glaciar en la que el 25 hay romería con los de Fasgar… para contar que los de Colinas estaban exentos de hacer el servicio militar por derecho real, un privilegio concedido por Alfonso IX de León… de los Omañones, que no les gusta que llamen así… de los álamos… lo del cumpleaños igual lo contamos en otro año. Y tantas y tantas cosas…

Será por eso que decía de ser profeta en su tierra. Uno va a tocar un vermú y acaba volviendo con media croniqueta escrita por la gente del pueblo. Porque cuando nos reciben así, las actuaciones dejan de ser solo actuaciones. Se convierten en historias que alguien te cuenta, en recuerdos que alguien comparte y en lugares a los que siempre apetece volver. Al fin y al cabo, a los músicos nos gusta tocar donde nos quieren.

Ya no es que los sitios pasen por nosotros y nos dejen huella, es que el Bierzo, o lo que hoy es el Bierzo, es tan grande, tan bonito, tan diverso, tan variado, tan rico, que no hay croniqueta que aguante las palabras que podemos decir sobre nuestra tierra.













jueves, 16 de julio de 2026

🩹 Días de rodillas peladas - 3 La fiesta y el baile (2)

La segunda parte de esta tercera escena estaba dedicada al salón de baile. A lo que pasaba fuera y dentro. Para expresar lo que pasaba dentro, grabamos varios vídeos en la Casa del Cura del Valle. Y hemos hecho un montaje entre ellos y un resumen de la representación de esta parte en Bembibre.

Previa a esta sección segunda parte de la sección y que está dedicada al salón de baile se acompañaba en voz en off el siguiente texto.


A mitad del pasado siglo, en un pequeño pueblo donde las noches tenían música propia, el salón de baile era territorio de los mayores: luces suaves, parejas girando al compás y risas que se escapaban por la puerta entreabierta. Allí dentro se vivía la elegancia, el ritmo y un mundo al que los niños tenían estrictamente prohibido entrar. Allí se celebraban las noches de fiesta, con el famoso “corte”, los bailes sueltos llenos de alegría y los bailes agarrados que hacían moverse siguiendo el ritmo con los músicos o incluso los discos.

Pero eso no impedía que, desde la ventana, un grupo de pequeños curiosos observase con ojos brillantes cada paso, cada giro y cada canción. Escondidos entre sombras y risitas, intentaban imitar lo que veían, soñando con el día en que también ellos pudieran cruzar esa puerta y formar parte del baile.

Desde fuera de la ventana observamos ese rincón lleno de ritmo, ilusión y miradas cómplices, donde la música unía dos mundos separados por un cristal… pero no por la imaginación.



🩹 Días de rodillas peladas - 3 La fiesta y el baile (1)


La tercera parte del espectáculo se divídia a su ver en dos. La primera dedicada a la fiesta, al tamboritero a través del recuerdo. Y hemos incluído primero el vídeo que elaboramos sobre el recuerdo y el segundo en el que recreamos ese momento tocando los Tamboriteros del Boeza una pieza del repertorio de Maximiliano Arce Simón, tamboritero de Rabanal del Camino y que lleva por título Al salir de la Enramada.


Hay recuerdos que no necesitan una fecha para quedarse con nosotros. El olor del verano. Las rodillas peladas. La plaza llena de gente. Y, de repente, escuchar por primera vez el sonido de un tamboritero. Son recuerdos de Toral de Merayo, de Colinas del Campo de Martín Moro Toledano, de Bembibre... pero podrían ser los de cualquier pueblo. Esos pequeños instantes que, sin darnos cuenta, acaban formando parte de quienes somos.
Días de rodillas peladas nace precisamente de ahí: de la memoria compartida, de la música y de la infancia.
Porque todos hemos tenido un primer tamboritero, una primera canción o un primer baile que nunca hemos olvidado.


Los recuerdos no aparecen por casualidad. Empiezan un día cualquiera, en una fiesta de pueblo, cuando un niño se queda mirando a un tamboritero... o se atreve a seguir sus pasos. Quizá dentro de muchos años recuerde este momento igual que nosotros recordamos los nuestros. Porque la tradición no solo se conserva: también se vive.


Y así lo quisimos plasmar con esta imagen de fondo de un niño tamboritero tocando en Viloria. Una imagen que editamos para proyectarla en la pantalla de cada escenario en los que representamos este espectáculo.

miércoles, 15 de julio de 2026

💧 Gotas de Tradición #3 - Tamboriterx (3/3) ¿Dónde hay tamboriterxs?

 

La tradición es como un río. Hoy vamos a hablar solo de una gota.

«En las alboradas no se cantaba. Tan sólo iba el tamborilero tocando, acompañado de los mozos. Se tocaban al amanecer; después se iba a tomar la parva, luego misa, autoridades, baile vermú, baile de tarde y ronda hasta las tantas.»

Así lo contaba Adelino Rodríguez Arias (1914-2008), tamboritero de Peñalba de Santiago.

Y eso nos da una buena pista para responder a una pregunta: ¿dónde había tamboriteros? La respuesta es sencilla: donde había fiesta.

Mucha gente piensa que el tamboritero es una figura propia del Bierzo. Y tienen parte de razón, pero no toda.

La flauta y el tambor forman parte del paisaje sonoro de buena parte de nuestra comarca y estuvieron presentes en las fiestas del siglo XX, tanto en Ponferrada como en las tres principales villas bercianas: Bembibre, Cacabelos y Villafranca del Bierzo.

Sin embargo, hay una curiosidad que suele sorprender. No todo el Bierzo comparte esta tradición. En valles del oeste, como los del Selmo o el Valcarce, no constituye un instrumento patrimonial. En cambio, tanto en otras zonas de la comarca como en la vecina Cabrera convivió de forma natural con los gaiteros. Hacia el este, en el Bierzo Alto, encontramos un mayor número de intérpretes y localidades donde llegó a ser prácticamente el único instrumento profesionalizado.

Pero la historia es todavía más amplia. Durante el siglo XX encontramos referencias de esta misma figura —con distintas denominaciones y variantes, tanto en la morfología como en la afinación de la flauta— recorriendo dos grandes ejes de la Península: desde el suroccidente asturiano hasta Huelva, incluyendo parte de Portugal; y desde el Bierzo, con testimonios también en Galicia, hasta las Islas Baleares.


Hoy todavía podemos encontrar tamboriteros en el Bierzo y en la Maragatería, donde en algunas celebraciones su presencia sigue siendo necesaria. Sin embargo, aunque existen intérpretes y cada vez hay más personas aprendiendo, el número de quienes ejercen este oficio y la demanda para hacerlo siguen siendo reducidos.


El verdadero riesgo no es que desaparezcan la flauta o el tambor, sino que desaparezca el oficio del tamboritero.

Y si quieres seguir profundizando en esta tradición, ya sea aprendiendo, escuchando o simplemente curioseando, ya sabes dónde encontrarnos.

Hoy solo hemos hablado de una gota. La semana que viene seguiremos bebiendo de este río.


Del cuaderno de campo

Adelino Rodríguez Arias fue uno de los tamboriteros más referenciados del Bierzo. Nació en Peñalba de Santiago, aunque pasó buena parte de su vida en Ponferrada, en el barrio de La Borreca, donde además trabajó para el Ayuntamiento.

Destacó no solo como intérprete, con una extraordinaria capacidad para improvisar y variar melodías, sino también como artesano. Construyó numerosas flautas —utilizando un torno de ballesta—, además de castañuelas y algún otro instrumento. Durante unos años recorrió con su torno distintas ferias y muestras de artesanía.

En su juventud también tocó la gaita y reunió un amplio repertorio fruto de escuchar a otros tamboriteros de la zona. Actuó tanto en el Bierzo como en Cabrera y, durante el último tercio del siglo XX, fue una figura habitual en las fiestas de Ponferrada. Muchos aún recuerdan la destreza con la que hacía sonar su característico tambor negro decorado con estrellas rojas.

Pasó sus últimos años en Zaragoza junto a su familia. Gracias a fondos como los de la Fundación Joaquín Díaz, a la Colección de Música Tradicional en Castilla y León y a diversos documentales grabados en las décadas de 1980 y 1990, hoy todavía podemos escuchar su música y verlo interpretar.