martes, 21 de julio de 2026
Entrecroniqueta #4 (2026) – La Placa / Diego Bello TamboriTero
lunes, 20 de julio de 2026
Croniquetas de un músico #8 (2026) – Igüeña / Grupo Recuencano
Fuimos a Igüeña a la fiesta de Santa Marina para hacer el vermú con el Grupo Recuencano. Y es que Recuencano es de Tremor de Arriba y pertenece al Ayuntamiento de Igüeña. Por eso decíamos que el grupo es profeta en su tierra, porque siguen contando con ellos para animar las fiestas del municipio.
Y empezamos yendo a buscar a la iglesia a la gente con la
flauta y el tambor para llevarlos a la plaza del Ayuntamiento nuevo. Esperamos
hasta las dos porque el cura decidió empezar media hora más tarde, pero esa
guerra ya era para las chicas de la comisión. Y resulta curioso verlo con
perspectiva, porque en agosto hace noventa años que ardieron tanto la iglesia
como el Ayuntamiento viejo en el que nos cambiamos. Este pueblo está muy
cambiado y no por aquello, sino porque después de las minas ha sabido repensarse
y conviven espectaculares murales con una playa fluvial estupenda y donde comer
bien o tomar algo a gusto. El espectacular mural junto al río que representa el
pasado minero no hace de menos al dedicado junto a la iglesia al tío Perruca.
Un personaje e historia que tiene su propio libro que os recomendamos.
Bailamos, cantamos, tocamos y lo pasamos bien, mientras la
gente disfrutaba con nosotros buscando la sombra bajo la carpa. Hasta sonó la
copla que dice:
Pero no se puede contar todo, no vamos a decir cómo llamaban
a los de aquí, porque todos tenemos mote, más que llamarnos, nos llaman. Y así
los de Tremor para los de Fasgar eran Choetes, los de Tremor a los de Fasgar
Abisinios, los de Tremor también son Cachelos, los de Espina Llanudos o
Tuérganos, los de Pobladura son Franceses, o los de Colinas para los de Tremor
los de la Manga Rachada. Eso sí, sin decir que lo decía hasta uno del pueblo,
Igüeña tenía muy buenos corrales pero muy mal ganao.
Decíamos Colinas porque es donde fuimos a celebrar y a
comer. Colinas, no solo Colinas del Campo de Martín Moro, incluso Colinas del
Campo de Martín Moro Toledano, aunque lo de Toledano lo decían los niños de
allí en el colegio para rimar «limpia el culo con la mano».
Dice el INE que en 1950 había 233 habitantes y en 2024 ya
eran 72. Incluso el Nomenclátor describe que en el siglo XVIII había 61 casas y
32 pajares o corrales, siendo más de las tres cuartas partes con cubierta
vegetal, lo que decimos teito.
Sin embargo, aun no siendo el pueblo más grande, tiene
barrios como para ser villa: según entras el Rollo, el Santo Cristo, la
Cortina, la Fuente; hacia arriba, desde ahí, la Cuesta y la Pumariega; para el
otro lao, Trallera; junto al río, el Reguero, Barrio y el Barreiro; junto a la
iglesia, la piedra de los Bolos... y aún me faltaría alguno por aprender o
escribir bien. Tenemos para visitar la iglesia de Santa Teodora, a la que se
puede subir hasta el campanario, recién arreglado, para disfrutar de las vistas.
Y la postal del paso por el portal de la ermita que hay a la entrada (aunque
esté vacía) es obligada.
Si aprovechas a subir a comer bien al Aguzo, el restaurante
está en el barrio de Santo Tirso. Y es que las calles casi llevan el nombre de
los barrios, aunque no es lo mismo una cosa que la otra. Llama primero para
reservar, en verano abren más y la visita al pueblo del nombre más largo merece
la pena. Eso sí, no seáis madrilanos (como dice el Pruvianu nen Ser Aturianu) y
dejad el coche a la entrada del pueblo, como pone la señal. Y de la cobertura,
olvidaos, aunque tienen wifi.
Una actuación y no hemos hablado de todo lo que sabemos de
pandereta. Incluso se acercó a hablarnos una señora después de actuar. Era la
hija de Gregorio el Tamboritero y su madre también tocaba la pandereta. Incluso
en 2016 de aquí nos dejaron para bajar a Ponferrada una pandereta para la
exposición de instrumentos tradicionales en la que participamos.
Ya nos falta espacio para hablar del Campo Santiago, esa
pradera a 1.500 metros en un antiguo glaciar en la que el 25 hay romería con
los de Fasgar… para contar que los de Colinas estaban exentos de hacer el
servicio militar por derecho real, un privilegio concedido por Alfonso IX de
León… de los Omañones, que no les gusta que llamen así… de los álamos… lo del
cumpleaños igual lo contamos en otro año. Y tantas y tantas cosas…
Será por eso que decía de ser profeta en su tierra. Uno va a
tocar un vermú y acaba volviendo con media croniqueta escrita por la gente del
pueblo. Porque cuando nos reciben así, las actuaciones dejan de ser solo
actuaciones. Se convierten en historias que alguien te cuenta, en recuerdos que
alguien comparte y en lugares a los que siempre apetece volver. Al fin y al
cabo, a los músicos nos gusta tocar donde nos quieren.
Ya no es que los sitios pasen por nosotros y nos dejen
huella, es que el Bierzo, o lo que hoy es el Bierzo, es tan grande, tan bonito,
tan diverso, tan variado, tan rico, que no hay croniqueta que aguante las
palabras que podemos decir sobre nuestra tierra.
jueves, 16 de julio de 2026
🩹 Días de rodillas peladas - 3 La fiesta y el baile (2)
La segunda parte de esta tercera escena estaba dedicada al salón de baile. A lo que pasaba fuera y dentro. Para expresar lo que pasaba dentro, grabamos varios vídeos en la Casa del Cura del Valle. Y hemos hecho un montaje entre ellos y un resumen de la representación de esta parte en Bembibre.
Previa a esta sección segunda parte de la sección y que está dedicada al salón de baile se acompañaba en voz en off el siguiente texto.
A mitad del
pasado siglo, en un pequeño pueblo donde las noches tenían música propia, el
salón de baile era territorio de los mayores: luces suaves, parejas girando al
compás y risas que se escapaban por la puerta entreabierta. Allí dentro se
vivía la elegancia, el ritmo y un mundo al que los niños tenían estrictamente
prohibido entrar. Allí se celebraban las noches de fiesta, con el famoso
“corte”, los bailes sueltos llenos de alegría y los bailes agarrados que hacían
moverse siguiendo el ritmo con los músicos o incluso los discos.
Pero eso no
impedía que, desde la ventana, un grupo de pequeños curiosos observase con ojos
brillantes cada paso, cada giro y cada canción. Escondidos entre sombras y
risitas, intentaban imitar lo que veían, soñando con el día en que también
ellos pudieran cruzar esa puerta y formar parte del baile.
Desde fuera de la ventana observamos ese rincón lleno de ritmo, ilusión y miradas cómplices, donde la música unía dos mundos separados por un cristal… pero no por la imaginación.
🩹 Días de rodillas peladas - 3 La fiesta y el baile (1)
miércoles, 15 de julio de 2026
💧 Gotas de Tradición #3 - Tamboriterx (3/3) ¿Dónde hay tamboriterxs?
La tradición es como un río. Hoy vamos a hablar solo de una gota.
«En las alboradas no se cantaba. Tan sólo iba el tamborilero tocando, acompañado de los mozos. Se tocaban al amanecer; después se iba a tomar la parva, luego misa, autoridades, baile vermú, baile de tarde y ronda hasta las tantas.»
Así lo contaba Adelino Rodríguez Arias (1914-2008), tamboritero de Peñalba de Santiago.
Y eso nos da una buena pista para responder a una pregunta: ¿dónde había tamboriteros? La respuesta es sencilla: donde había fiesta.
Mucha gente piensa que el tamboritero es una figura propia del Bierzo. Y tienen parte de razón, pero no toda.
La flauta y el tambor forman parte del paisaje sonoro de buena parte de nuestra comarca y estuvieron presentes en las fiestas del siglo XX, tanto en Ponferrada como en las tres principales villas bercianas: Bembibre, Cacabelos y Villafranca del Bierzo.
Sin embargo, hay una curiosidad que suele sorprender. No todo el Bierzo comparte esta tradición. En valles del oeste, como los del Selmo o el Valcarce, no constituye un instrumento patrimonial. En cambio, tanto en otras zonas de la comarca como en la vecina Cabrera convivió de forma natural con los gaiteros. Hacia el este, en el Bierzo Alto, encontramos un mayor número de intérpretes y localidades donde llegó a ser prácticamente el único instrumento profesionalizado.
Pero la historia es todavía más amplia. Durante el siglo XX encontramos referencias de esta misma figura —con distintas denominaciones y variantes, tanto en la morfología como en la afinación de la flauta— recorriendo dos grandes ejes de la Península: desde el suroccidente asturiano hasta Huelva, incluyendo parte de Portugal; y desde el Bierzo, con testimonios también en Galicia, hasta las Islas Baleares.
Hoy todavía podemos encontrar tamboriteros en el Bierzo y en la Maragatería, donde en algunas celebraciones su presencia sigue siendo necesaria. Sin embargo, aunque existen intérpretes y cada vez hay más personas aprendiendo, el número de quienes ejercen este oficio y la demanda para hacerlo siguen siendo reducidos.
El verdadero riesgo no es que desaparezcan la flauta o el tambor, sino que desaparezca el oficio del tamboritero.
Y si quieres seguir profundizando en esta tradición, ya sea aprendiendo, escuchando o simplemente curioseando, ya sabes dónde encontrarnos.
Hoy solo hemos hablado de una gota. La semana que viene seguiremos bebiendo de este río.
Del cuaderno de campo
Adelino Rodríguez Arias fue uno de los tamboriteros más referenciados del Bierzo. Nació en Peñalba de Santiago, aunque pasó buena parte de su vida en Ponferrada, en el barrio de La Borreca, donde además trabajó para el Ayuntamiento.
Destacó no solo como intérprete, con una extraordinaria capacidad para improvisar y variar melodías, sino también como artesano. Construyó numerosas flautas —utilizando un torno de ballesta—, además de castañuelas y algún otro instrumento. Durante unos años recorrió con su torno distintas ferias y muestras de artesanía.
En su juventud también tocó la gaita y reunió un amplio repertorio fruto de escuchar a otros tamboriteros de la zona. Actuó tanto en el Bierzo como en Cabrera y, durante el último tercio del siglo XX, fue una figura habitual en las fiestas de Ponferrada. Muchos aún recuerdan la destreza con la que hacía sonar su característico tambor negro decorado con estrellas rojas.
Pasó sus últimos años en Zaragoza junto a su familia. Gracias a fondos como los de la Fundación Joaquín Díaz, a la Colección de Música Tradicional en Castilla y León y a diversos documentales grabados en las décadas de 1980 y 1990, hoy todavía podemos escuchar su música y verlo interpretar.
lunes, 13 de julio de 2026
Croniquetas de un músico #7 (2026) – La Granja de San Vicente / Tamboriteros del Boeza
Este año volvimos a La Granja de San Vicente y esta vez nos ajustaron dos días. El primero de nuevo a las bodegas. Así que ya conocíamos el pueblo y a Bea, que nos llamó de nuevo. Volver tiene esas ventajas: ya no llegas como un desconocido, sino como alguien al que esperan.
Llegamos para tomar algo antes de empezar y nos encontramos
con una gente que superó todas las dificultades posibles para sacar adelante
las fiestas. Y bien que lo hacen, da gusto estar en un pueblo unido como este.
Un pueblo que tiene al más mayor pintado en la fachada del local de la
Asociación la Era, en un mural en el que representa lo más importante del
pueblo. Y la Asociación se llama la Era porque está en la Era, la de majar,
trillar, la de siempre, sólo que ahora está despejada de castaños y con una
pista para que jueguen los chavales. Desde ella se ve medio pueblo, incluso a
lo lejos lo que fue el cine a la salida si sigues la carretera.
Empezamos desde allí las bodegas, llegó el carro con el
vino. Porque aquí no se saca vino en cada puerta o bodega, sino que lo llevan
de una a otra. Trajeron el vino que hace Alba en el pueblo, aunque tiene las
viñas en Albares. Bajamos al barrio de abajo, cerca de la iglesia, tocando
hasta llegar a la primera bodega. Allí empezamos a probar las empanadas de la
panadería de la Granja. Después un pincho gourmet de chorizo, que no se ve en
ninguna fiesta en toda la contornada.
En todo momento no dejábamos de fijarnos en todos los
árboles que encontrábamos. Ya no sólo por los castaños, sino todas las nogales
que hay por el pueblo, que no son pocas; podría ser el pueblo de las nueces. No
hay calle sin ciruelos de todas las calañas, cerezales, manzanales y alguna
vid. Todas con fruta, que en este pueblo parece que la tienen por castigo. Si
algún día falta fruta en el Bierzo, ya sabemos dónde estaba escondida.
Fueron unas bodegas diferentes porque la gente estaba
también al partido. Venían con camisetas, pintados y alguno se iba escapando a
la Era para coger sitio para verlo. Luego pasamos por la Bodega Lombardero
Fernández, la de Alba, que también servía blanco. Se llama la Caxana, como
llamaban a su abuela, en honor a ella. La casualidad es que Ana, que toca las
castañuelas con nosotros, también era nieta de la Caxana, igual que Alba, la
que hace el vino. Y si el tinto está bueno, el blanco es aspetacular.
Pasamos por los dos barrios que tiene la Granja, la Mata y
la Plaza. Uno arriba y otro abajo. Después de los pinchos y cinco bodegas, se
quitó la última para que todo el mundo pudiera ir a ver a la selección, que
jugaba los octavos de final del Mundial. Nunca había visto unas bodegas donde
la gente estuviera más pendiente del marcador que del vino. Acabamos con café,
chocolate, dulce y tocando en el descanso del partido. Un buen final para
volver a la mañana siguiente.
Porque arrancamos de nuevo del mismo lugar para dar una
vuelta y acabar en la iglesia. Para hablar con el cura y convencerlo de cuál es
el sitio donde deberíamos tocar, entre la cruz y el Santísimo, porque celebran
el Corpus y lo sacan bajo palio. Pero como la procesión era sacramental,
primero tocamos el alzar. Sonó la campanilla en la epíclesis. Ya no se oye en
todas las iglesias, y siempre nos llama la atención. La de aquí tiene tres
esquilas; la de Compludo, muy parecida, tenía cuatro. Fue entonces cuando
llegó uno de esos momentos que se quedan grabados. Justo al empezar a tocar,
inclinaron el pendón para hacer una reverencia a la forma consagrada. Aquí el
pendón no sólo se agacha para pasar por debajo de los cables; también sabe
cuándo tiene delante algo que merece respeto.
Tocamos la procesión donde correspondía y dejando espacio
también para que cantaran. De ahí, a recibir a la gente a la salida y subirla
al vermú. Creo que nadie contaba con el jaleo que allí se iba a formar, no
daban atendido en la barra. Y eso, en un pueblo, suele ser una buena señal.
Fue entonces cuando se nos acercó la hija de Leonor, una
panderetera ya fallecida del pueblo. Nos felicitó y quiso compartir con
nosotros una de las coplas que cantaba su madre:
El año pasado preguntamos por el baile de pandereta,
preguntamos por el tamboritero, que era Miguel conocido como Zamora. Volvemos y
aun seguimos aprendiendo. Es inevitable no tener ganas de querer volver y
seguir conociendo más.
Las pruebas no engañan. No somos músicos que simplemente
pasen por los sitios; son los sitios los que pasan por nosotros y nos acaban
calando por dentro. No hace falta una tesis doctoral para demostrar esta
teoría. Nos basta con volver. Porque cada vez que volvemos descubrimos algo
distinto, aunque el pueblo sea el mismo.
Solo nos queda decir una vez más: ¡¡¡¡¡Viva la Granja y
vivan sus gentes!!!!!
domingo, 12 de julio de 2026
Entrecroniqueta #3 (2026) – De boda con los Pamplinas en dúo
Hoy en día las bodas son diferentes, son a la carta, como quieren los novios (a veces como les dejan) y es bonito y está bien. Son ellos quienes eligen las costumbres y las tradiciones. Eligen no casarse en el pueblo de la novia, en Albares, ni tampoco en el del novio, que es de Villabelino, sino donde viven ellos y traer a todo el mundo al proyecto de vida que están construyendo. Eligen montar un photocall con alpacas, la rueda del carro y detalles que hay que traer desde el Bierzo hasta Oviedo. Eligen las canciones que quieren para la entrada del novio y de la novia, canciones que les dicen algo por dentro. Y eligen, aunque tengan veintipocos años, que en su boda quieren música de su tierra, instrumentos tradicionales que toquen esas canciones que ellos eligieron y que den ambiente a la salida de la iglesia y en el cóctel.
Y es muy bonito. A nosotros nos gusta tocar en las bodas.
Mucho.
Y si el otro día preguntaba... bueno, pregunté en una Gota:
«¿Para qué toca un tamboritero?», y como nos dijo Edilberto, parte de esa
respuesta es por los cuartos. Es verdad, tampoco se puede negar. Hace ya mucho
tiempo decidimos profesionalizarnos. Eso significa, entre otras cosas, que
podemos entrar a tocar en cualquier salón de bodas. Si piden las altas, ahí
están. También forma parte del oficio.
Pero no es por eso por lo que nos gusta este trabajo. Es un
lujo poder vivir de él. Y aunque otro día podemos contar por qué nos gustan
tanto las bodas, tiene que ver con que para la broma cualquier músico,
cualquier gaiteiro vale; pero aquí hay que ser finos, no valen segundas
oportunidades. Y también porque estás formando parte de uno de los momentos más
importantes de la vida de una pareja, aunque, por supuesto, no eres el
protagonista. Ni falta que hace.
Pero que estas músicas sigan estando presentes hoy en día de
ese modo, como siempre lo estuvieron, es la mejor prueba de que siguen siendo
útiles y necesarias. Si no sirvieran para acompañar la vida, ya habrían
desaparecido hace mucho tiempo. Así lo avalan nuestros estudios científicos,
revisados por un comité de folcloristas puristas integristas.
Al final, quizá esa sea la mejor manera de saber si una
tradición sigue viva: comprobar que alguien la sigue eligiendo cuando podría
elegir cualquier otra cosa.
Pero ya empiezo a divagar, que también es muy mío, y esto
iba de la boda de Nerea, que cuando era pequeña vino a clases varios años y
aprendió a tocar la gaita. Una de las muchas niñas gaiteras que han aprendido
con nosotros durante todos estos años.
Nosotros salimos de La Granja, que tocaba hacer oficio por
la mañana (pero eso ya va en la croniqueta del lunes), cogimos camino hacia
Asturias, con todas las obras que tiene la autopista, que ni con tramos a
cuarenta y a sesenta deja de cobrar los diez con veinte. Llegamos a Llanera, a
la iglesia de San Cucufate (que todo el mundo conoce como San Cucao), y allí
nos pusimos en faena. Ver entrar a la novia, lo guapa que estaba, fijarse bien
y descubrir ese ramo con un pistón de motor, no tiene precio.
Lo único es que hay que tener cuidado al tirarlo, porque
igual, en vez de anunciar quién va a ser la próxima en casarse, deja un viudo
antes de llegar al matrimonio.
Los acompañamos en una tarde en la que el sol no perdonaba,
aunque el aire daba una tregua. Entraron en el comedor y acabó nuestra parte.
Tocaba la vuelta y con cuidado. Porque, saliendo por La Magdalena y volviendo
por Luna, sabes que puede salir cualquier bicho, y más ya anochecido. Y así
fue. Pasando La Garandilla cruzó un zorro y, unos kilómetros después,
encontramos una familia de jabalíes. Una madre con cuatro o cinco rayones del
año. Bueno, ya empezaban a borrárseles las rayas, pero hay que tener cuidado.
La tormenta amenazaba a la vuelta y fue un palo entrar en
Bembibre y notar el ambiente cargado de humo. Porque no solo olía a humo.
Tendría que venir de San Clodio, arrastrado por el aire. A nosotros estas cosas
nos ponen los pelos de punta y no terminamos de acostumbrarnos a que cada
verano pase lo mismo. Últimamente lo tenemos demasiado presente. Y ojalá deje
de ser costumbre escribir algo así todos los veranos.
Aun así, como decíamos al principio, merece la pena este
oficio de andar llevando alegría. Aunque haya kilómetros, jornadas largas,
desgaste y retos. Es parte ya indisoluble de nosotros y, aunque hemos tenido la
suerte de tocar en escenarios grandes, en celebraciones íntimas y en pueblos
muy pequeños, disfrutamos de cada una de ellas de una manera que siempre nos
deja el corazón un poco más alegre.
Porque sí, hoy celebramos la vida de formas diferentes. Hay
quien se casa por la iglesia, quien lo hace por lo civil, quien celebra su
unión de otra manera y quien simplemente reúne a los suyos sin necesidad de una
ceremonia. Las formas cambian, y está bien que sea así. Pero las personas
seguimos necesitando celebrar la vida junto a quienes queremos. Y mientras haya
quien elija estas músicas para acompañar esos momentos, seguirán teniendo mucho
futuro. Y nosotros, mientras nos sigan llamando, seguiremos encantados de
ponerles música.
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