La
tradición es como un río. Hoy vamos a hablar solo de una gota.
En varios puntos del libro Flores del Bierzo Lozanas y mústias de Francisco de Llano Ovalle nos habla del baile tradicional. En textos como este de finales del s.XIX podemos hacernos una idea de lo que fue este estilo que ha llegado en algunos puntos casi hasta nuestros días.
Ya
sabemos qué se bailaba y para qué se bailaba. Ahora nos queda una última
pregunta: ¿cómo se bailaba?
El
baile, como otras muchas tradiciones, no tiene una única forma de bailarse. Hay
unos elementos comunes que le dan personalidad y hacen que no todo valga, pero
la variedad local es enorme.
En
buena parte del oeste del Bierzo encontramos una manera de bailar en la que una
persona guía el baile, marcando en algunos momentos el paso o el punto que
deben realizar los demás. Esa parte suele alternarse con otras más
estructuradas, donde aparecen cruces, corros o figuras que se repiten.
Pero
también existen muchos ejemplos de bailes en los que todas las manos hacen
exactamente lo mismo, ejecutando una secuencia una y otra vez.
Lo
más habitual es bailar en filas, aunque muchas veces estas se combinan con el
corro, en algunos casos pasando de una formación a otra dentro del mismo baile.
También
hemos comprobado que la postura corporal es mucho más importante de lo que
parece. La forma de colocar el cuerpo, los brazos o las manos cambia de unos
lugares a otros e incluso encontramos diferencias de género en este y otros
aspectos. Las donzainas, por ejemplo, no solo exigen bailar en corro y en
sentido contrario a las agujas del reloj, sino que también sitúan a los hombres
en la fila interior.
Y
todavía nos falta un elemento que durante mucho tiempo fue inseparable del
baile: las castañuelas. Hoy, en muchas localidades, apenas sobreviven en la
memoria de las personas mayores y hemos encontrado muy pocos ejemplares
antiguos y muy pocas personas en la zona que todavía supieran tocarlas. Sin
embargo, durante mucho tiempo fueron muy habituales, especialmente para bailar.
En
las últimas décadas también ha existido una influencia importante de los grupos
folclóricos. Muchos de ellos crearon coreografías pensadas para el escenario
que se alejaban bastante de la manera en que realmente se bailaba en los
pueblos, porque respondían a otra finalidad. Para nosotros, el baile
tradicional nació y se ha mantenido para participar, no para ser contemplado.
Afortunadamente,
en los últimos años algo también está cambiando. La investigación, la
recuperación del patrimonio inmaterial y el interés por conocer cómo se bailaba
realmente están devolviendo estos bailes a las plazas, a los cursos y a las
fiestas. Poco a poco se recuperan espacios donde volver a bailar por el simple
placer de hacerlo, igual que hicieron tantas generaciones antes que nosotros.
Porque
las tradiciones no solo se conservan. También se aprenden.
Si
quieres seguir profundizando en esta tradición, ya sea aprendiendo, escuchando
o simplemente curioseando... ya sabes dónde encontrarnos.
Hoy
solo hemos hablado de una gota. Pero recuerda que un río nunca deja de correr.
Lo importante es que vosotros tampoco dejéis de bailar con él.
Del Cuaderno de Campo
Vamos a profundizar un poco en los grupos folclóricos, porque su papel en la transformación y transmisión de una determinada imagen del baile tradicional merece algo más de espacio del que podemos dedicarle en una Gota.
Algunos tienen una larga trayectoria, como el grupo maragato de Val de San Lorenzo o el de Gradefes, que son centenarios; otros mantuvieron su actividad durante décadas, como el de Pombriego —hoy Aires del Cabrera— o el de Cacabelos, que durante un tiempo llevó el nombre de Doña Vitorina. Y no fueron casos aislados. En distintos momentos encontramos agrupaciones en Bembibre, Ponferrada o Albares de la Ribera. Incluso Endesa contó en Ponferrada con su propio grupo de Educación y Descanso. Más tardíamente surgirían otras experiencias, como la de Noceda del Bierzo bajo la dirección de Felisa Rodríguez.
Para entender sus formas hay que mirar necesariamente hacia una de las etapas más duras de nuestra historia reciente. Después de la Guerra Civil, el franquismo convirtió el folclore en una herramienta cultural e ideológica. La Sección Femenina de Falange y Educación y Descanso desarrollaron sus propios modelos de recopilación, enseñanza y exhibición de músicas, bailes e indumentarias populares.
También su labor de recopilación debe analizarse críticamente. No podemos acercarnos a esos materiales como si fueran el resultado de una investigación etnográfica realizada con los criterios actuales, ni desligarlos del contexto político, ideológico y metodológico en el que fueron obtenidos. Qué se recogió, de quién, cómo se anotó, qué se seleccionó después y qué se modificó para enseñarlo o llevarlo al escenario forman parte de la propia fuente y condicionan el uso que hoy podemos hacer de ella.
Porque el objetivo no era simplemente documentar una práctica popular tal y como existía. El folclore debía ser seleccionado, ordenado y adaptado para construir una determinada representación de la tradición acorde con unos criterios estéticos, morales e ideológicos.
Y el escenario necesitaba otras cosas.
Lo que en un pueblo podía ser un baile participativo, variable, aprendido por imitación y diferente incluso de una persona a otra debía convertirse en una coreografía reproducible: entradas y salidas, posiciones, pasos sincronizados, figuras, indumentaria homogeneizada y una duración adecuada para una exhibición.
Ahí se produce una transformación fundamental:
El baile deja de organizarse principalmente para quien baila y comienza a organizarse para quien mira.
Y no es un cambio pequeño.
En la práctica tradicional encontramos variantes, improvisación, personas que guían, diferencias entre bailadores, cambios de punto y distintas maneras de colocar brazos, manos o cuerpo. No siempre todos hacen exactamente lo mismo ni necesitan hacerlo. La escena, por el contrario, favorece la simetría, la coordinación, la espectacularidad y la repetición.
Ese modelo tuvo una enorme capacidad de difusión y, lo que resulta especialmente importante, sobrevivió a las instituciones que lo habían impulsado.
Y no hablamos únicamente del pasado. Estas formas de entender y representar el folclore continúan presentes a día de hoy. En esta comarca, y también en distintas provincias, siguen existiendo grupos que mantienen coreografías, repertorios y maneras de llevar la tradición al escenario heredadas en buena medida de aquellos modelos, en algunos casos sin una revisión profunda de su procedencia o de las transformaciones que sufrieron.
El problema, por tanto, no es únicamente cómo se transformó el baile hace setenta u ochenta años, sino que algunas de aquellas transformaciones continúan presentándose hoy como tradición.
Con el paso del tiempo aparecieron asociaciones y grupos ya desvinculados de la estructura franquista que heredaron repertorios, coreografías, indumentarias y, sobre todo, una determinada manera de entender el folclore. En muchos casos continuaron trabajando desde materiales previamente reelaborados, reproduciéndolos y modificándolos nuevamente sin regresar a las fuentes originales ni desarrollar un verdadero trabajo de investigación.
El paso del tiempo hizo el resto.
Determinadas coreografías creadas o transformadas para la escena terminaron adquiriendo apariencia de tradición simplemente porque llevaban décadas representándose. Y ahí aparece uno de los problemas que encontramos al estudiar este patrimonio:
La antigüedad de una representación no demuestra la antigüedad de aquello que representa.
En las últimas décadas se produjo además otro fenómeno interesante. Algunos grupos comenzaron a eliminar los elementos que resultaban más evidentemente discordantes con las nuevas formas de entender el patrimonio tradicional. Desaparecieron determinadas prendas, se modificaron algunos aspectos de las coreografías y se adoptó una estética aparentemente más próxima a la documentación etnográfica.
En Asturias se acuñó para determinados casos una expresión especialmente gráfica: grupos de reconversión.
El concepto resulta útil también para entender procesos que encontramos aquí: colectivos que modifican aquellos elementos externos que evidencian más claramente su procedencia de los antiguos modelos folclóricos, pero sin realizar necesariamente una revisión profunda de las fuentes, repertorios, formas de bailar o criterios con los que fueron construidos.
Cambiar una prenda es relativamente sencillo. Cambiar una manera de entender la tradición construida durante décadas es bastante más difícil.
De ahí venimos también muchos de nosotros. Hemos pasado por estos colectivos e incluso nos hemos divertido formando parte de ellos. Eso forma parte de nuestra propia historia y no necesitamos negarlo para analizarlos críticamente.
Pero tampoco debemos otorgarles por ello un valor patrimonial que no les corresponde.
Un grupo puede tener décadas de existencia, cientos de actuaciones, reconocimiento institucional y una presencia social considerable y que todo ello nos diga muy poco sobre el valor documental de aquello que representa. Trayectoria, popularidad, institucionalización y rigor en el trabajo sobre el patrimonio son cosas diferentes.
Y quizá durante demasiado tiempo se confundieron.
Desde el punto de vista del estudio del baile tradicional, una coreografía transmitida dentro de un grupo folclórico no puede convertirse en fuente de sí misma. Que varias generaciones la hayan aprendido y representado no demuestra que proceda de la práctica popular anterior. Para afirmarlo necesitamos poder seguir el camino de vuelta: quién la recogió, dónde, de quién, cuándo, cómo era aquello que se documentó y qué transformaciones sufrió después.
Por eso resultan fundamentales los testimonios de quienes participaron realmente en aquellos bailes, las filmaciones antiguas cuando existen, las descripciones contemporáneas, fotografías correctamente contextualizadas y, sobre todo, el contraste entre fuentes independientes.
Esto tampoco significa que nuestra intención sea sustituir unas coreografías por otras que proclamemos como verdaderas. Precisamente intentamos lo contrario: comprender una práctica que era mucho menos rígida de lo que posteriormente se representó sobre los escenarios.
Hay que volver a preguntar. Comparar testimonios. Buscar fotografías y películas. Localizar los antiguos espacios de baile. Distinguir lo que alguien recuerda haber bailado de lo que posteriormente aprendió en un grupo. Y, cuando todavía es posible, aprender de quienes bailaron antes de que el escenario se convirtiese en uno de los principales lugares desde los que empezamos a mirar la tradición.
Porque quizá una de las mayores dificultades para recuperar el baile tradicional no sea descubrir lo que hemos olvidado.
A veces consiste en distinguirlo de lo que aprendimos después creyendo que siempre había sido así.











































