miércoles, 19 de agosto de 2026

💧 Gota de Tradición #8 – Baile (2/3): ¿Para qué se baila?



A la fuente voy por agua 

a ver si coges las flores, 

a Misa por ver a Dios, 

al baile por ver amores. 


La tradición es como un río. Hoy vamos a hablar solo de una gota. 

El baile era algo reservado principalmente para la juventud, para la gente soltera. Había excepciones, claro: los bailes de carnaval, las bodas o algunas celebraciones locales. Pero, en general, el baile pertenecía a la mocedad. 

En una época en la que el trabajo ocupaba buena parte del día y las distracciones eran pocas, el baile cumplía una función muy especial. Era uno de los pocos momentos para reunirse, mocear, verse, relacionarse y, por supuesto, divertirse. 


Se bailaba de forma colectiva y casi siempre con música en directo. Incluso cuando llegaron los fonógrafos o las radios, se mantuvo el baile de pandereta o con músicos. Y aunque era una actividad compartida, el centro del baile seguía siendo la pareja. Por eso existían costumbres muy concretas, como pedir baile, dar el corte o respetar unas normas que todo el mundo conocía. 



Entrar al baile también tenía un significado. Marcaba el paso de la niñez a la juventud, una frontera que a veces podía adelantarse un poco o retrasarse, muchas veces tocando para el baile. 


Los lugares donde se bailaba eran tan variados como los propios pueblos. Dependiendo de la época del año podía ser una cuadra, una plaza, una era o un portal cubierto. Más tarde llegarían los salones de baile, espacios pensados exclusivamente para bailar. Lo habitual era que hubiera baile cada semana. 

Eso sí, con una excepción muy importante: desde el comienzo de la Cuaresma hasta el Sábado de Gloria, cualquier baile estaba prohibido. 


Hoy seguimos bailando en lugares muy distintos. Pero nosotros intentamos que el baile siga teniendo el mismo sentido que antes: que siga siendo un espacio para disfrutar, para encontrarnos y para mantener vivo un patrimonio que nos identifica y nos une. 


Porque las tradiciones no solo se conservan. También se aprenden. 

Se tocan. 

Se cantan. 

Se bailan. 

Si quieres seguir profundizando en esta tradición, ya sea aprendiendo, escuchando o simplemente curioseando... ya sabes dónde encontrarnos. Hoy solo hemos hablado de una gota. La semana que viene seguiremos bebiendo de este río.



Del Cuaderno de Campo


Las coplas, como se denomina habitualmente a esas composiciones de cuatro versos octosilábicos, con rima asonante en los pares y los impares libres, son una importante fuente de información sobre nuestra cultura tradicional. No porque reflejen exactamente la realidad, que no lo hacen, ni porque reproduzcan necesariamente el habla local; pero sí hablan de cosas propias del lugar. Por eso, a veces, las escogemos para comenzar las Gotas de Tradición.

Además, en gran parte de los casos están ligadas al baile y forman parte de la libertad que tenían quienes cantaban —normalmente mujeres— para escoger las letras e incluso crearlas. Porque en las coplas cabe prácticamente cualquier tema. Y también cualquier tono: pueden ser serias, tristes, alegres, divertidas, sarcásticas...

También queremos añadir algunos detalles sobre los lugares donde se bailaba. Nos gusta recorrer los pueblos y documentar no solo qué se bailaba o quién tocaba, sino también dónde se hacía. A veces era la casa de alguien que la ponía a disposición; otras, una plaza o una era, en muchas ocasiones junto a la iglesia. Bajo un corredor, en una taberna... En muchos casos no eran espacios especialmente amplios. Tampoco hacía falta.

Posteriormente llegaron los salones de baile, que durante un tiempo siguieron integrando a los músicos tradicionales. A la vez aparecieron los primeros tocadiscos y nuevos músicos y formaciones: acordeonistas y orquestas compuestas únicamente por instrumentos de viento, con saxos, trompetas...

En algunas poblaciones se mantuvo la costumbre de ajustar a un conjunto o instrumentista para tocar semanalmente durante determinadas épocas del año, algo que se reforzó con la creación de estos espacios. Antes, cuando no existía ese tipo de baile habitual, los gaiteiros o tamboriteiros podían ser contratados por los mozos del pueblo o por mozos visitantes para organizar el baile y que así pudieran salir las mozas de casa.

Y con los nuevos tiempos llegaron también soluciones particulares. Es el caso de Pedro «Budiel», en San Justo de Cabanillas. Los domingos, para asegurarse un sobresueldo como músico y copiando los salones que había visto Sil arriba, vaciaba y limpiaba la cuadra y cobraba una entrada a quienes quisieran participar.

Lugar para el baile en Odollo


Croniqueta #12 (2026) – Rodrigatos de la Obispalía / Diego Bello Tamboritero

Los tamboriteros somos escasos, rara avis. Los mayores van dejando de tocar —los pocos que quedan—, en Maragatería ya no salen Ramiro ni Maxi y, por ahora, fiestas sigue habiendo las mismas. La oferta y la demanda no están haciendo bien su trabajo.

 

Todavía no ha salido algún o alguna joven más que empiece a tocar, que vendrán, estoy seguro, porque tamboriteros jóvenes los hay, pero hacen falta nuevas incorporaciones. Y esto tampoco se aprende de un día para otro. Así que, en tierras maragatas, hay pueblos que pueden acabar quedándose sin tamborín precisamente en fechas tan señaladas como el 15 de agosto. Y el 15 de agosto no admite clonaciones: uno puede tocar mucho, pero todavía no hemos aprendido a estar en dos pueblos a la vez.

 

Este año en Rodrigatos de la Obispalía anduvieron listos y me llamaron con mucho tiempo. Es el primer pueblo al bajar el puerto del Manzanal por ese lado y, aunque está cerca, ya es otra tierra.

Y hace ilusión que te llamen de fuera. Porque, aunque parezca mentira estando tan cerca, a veces cuesta salir del Bierzo. Pero también ilusiona porque Alejandro confiaba en que podía hacer la fecha y defender el oficio en una tierra donde está realmente vivo. Aquí, en cambio, se nos ha quedado olvidado muchas veces y son pocos los casos —que también los hay— en los que no peleamos por la flauta y el tambor desde el recuerdo.

Por eso me da tanta responsabilidad tocar para ese lado. Porque los toques no siempre son los mismos, porque hay que entenderse y porque ir al baile de tarde no es lo mismo que tocar una fiesta. Cruzar el Manzanal con la flauta y el tambor casi tenía algo de examen de acceso. El título lo llevaba de casa; faltaba ver si allí me lo convalidaban.

Este trabajo nosotros siempre lo hemos sentido así: con responsabilidad. Con el peso de querer seguir haciendo las cosas como se deben, sin chapotear y con mucho respeto. Y a veces no llega con saber: hay que demostrarlo. Ahí puede dar un poco de vértigo. Porque tocar en un pueblo, para nosotros, es algo más.

 

Pero también es fiesta y hay que disfrutar.

 

Y no tocaba solo. Aquí les gusta que venga alguien con las castañuelas y Pablo venía con las suyas, además de hacer las veces de guía. Se nos sumaron otras dos mujeres y hasta una vistió de maragata para la misa. A este paso el que iba a acabar desentonando era yo.

 

Era la primera vez que tocaba una procesión a jota para que tocaran las castañuelas, pero nos entendimos bien. Lo mismo para tocar que para los cortes, los empieces o marcar las vueltas. Al final ellas están acostumbradas a escuchar a un tamboritero y yo tenía que poner oreja a los cambios, además de intentar ponérselo fácil. Si tienen que adivinar lo que voy a hacer, mal vamos.

 

Hasta hacía tiempo que no veía una misa sin megafonía. Igual fue por eso que fue breve. Ya lo dice el coadjutor de la Basílica de la Encina: «en tiempo de melones, breves los sermones». Sabiduría popular aplicada a la liturgia de agosto.

Pero le toqué lo propio después de lo de «del mismo modo…», que cada uno lo quiere en un momento diferente. Además, aquí no practican lo de la campanilla. Detalles que parecen pequeños hasta que eres tú el que tiene que saber cuándo tocar. Porque «cuando toque» es una indicación estupenda hasta que eres tú quien toca.

 

Aunque estaban todos pendientes de cómo quería hacer las cosas, el lema nosotros siempre lo hemos tenido claro: hacemos lo que sea costumbre. Bastante tienes con ser forastero como para llegar además cambiando las normas.

 

¿Que piden un agarrado en el vermú? Pues venga pasodoble. Una rumba y un valse, que tampoco falten. Hay que saber de todo, que para eso está uno trabajando.

 

Y siempre hay detalles que nos llaman la atención. Que si una pintura en el suelo, de un corazón a una puerta; que si la empanada está de chuparse los dedos… No faltan los detalles. Porque igual que hay que acertar con qué tocar, también hay que acertar con el outfit. Y para esto último llevaba tiempo haciendo los deberes. Había que estrenar, que un examen es un examen.

 

Total, que prueba superada. Gustó, había curiosidad por saber de dónde era —claro, no era cara conocida— y llegaron las felicitaciones.

 

Porque al final la prueba no era tocar una jota, saber cuándo empezar o cuadrar una procesión. Era algo más difícil: llegar siendo el tamboritero de fuera a un sitio donde saben perfectamente cómo tiene que funcionar el oficio y conseguir encajar en la fiesta, entender lo que necesitaban y hacer lo que allí se hace.

 

Así que crucé el Manzanal de vuelta medio centímetro más alto y lleno de satisfacción.

Parece que me convalidaron el título.


Seguro que no será la última.









Entrecroniqueta #15 (2026) - Penoselo / Los Pamplinas trío Gaiteiros de Oficio

Si los de Bilbao nacen donde quieren, los de Penoselo no se quedan atrás: celebran San Antón cuando les da la gana. En agosto, para ser más precisos. Y, en vez de contratar una misa de cinco curas, tienen tres grupos de gaiteiros, que eso puntúa doble en el ranking de fiestas.


Este año hubo gaiteiros el sábado para la Ronda Cachapela antes de cenar. Los gaiteiros residentes, con Avelino a la cabeza, salieron después a hacer la ronda a la madrugá. Tarde o pronto, según se mire. Y, de nuevo, Los Pamplinas para el remate. Es más, hemos aprendido que para mejorar nuestro marketing, después de esta tenemos que empezar a ofrecer un pack especial con cortador de jamón. Este verano ya nos hemos metido en la pirotecnia sin fuego, que es la pirotecnia segura, así que todo se andará.

Cada año damos un pasacalles por todo el pueblo, recogiendo gente que vamos amontonando por el camino, parando en las puertas y fijándonos en los detalles. Y, por supuesto, haciendo parada en la fuente, que dicen que te quita veinte años. Nosotros bebemos todos los años y, de momento, tampoco se nota tanto. Habrá que aumentar la dosis.

Así nos damos cuenta de que el que colgó el carro en la puerta debía de ser de Villamartín de la Abadía, donde por San Juan se los ponen del revés como trastada; de que los niños dibujan lo que ven, incluidos el fuego y los helicópteros; o de que en este pueblo también tienen la calle al cuadrado: calle La Calella.

Buscamos por cada rincón los doblones o algún rastro del tesoro —por interés estrictamente etnográfico, claro—, pero los guajes del pueblo no dejaron ni una pista del que escondieron los piratas que subieron el río en galeón. Nos pasó como el año pasado con los patos: ni la prueba.
😅

Pero, en vez de seguir contando de lo nuestro —que, aunque repetimos aquí, siempre aparecen cosas nuevas, como la pallouza—, esta vez queremos hablar de quien está detrás. De quien hace que las cosas pasen y, sobre todo, que funcionen.
Porque hay gente discreta, que no se da importancia, pero trabaja, y lo que se hace se ve. Da la sensación de que a ellas tampoco les gusta demasiado aparecer, pero algunas cosas hay que decirlas. Y no por hacer la pelota ni para que nos contraten —que ya lo hacen—, sino porque es de justicia.
Detrás de Penoselo Cachapelo están Ana y Marta. Aunque seguro que, de una manera u otra, tampoco están ellas solas. Pero su mano se nota.
Se nota en cómo consiguen ilusionar a la gente y en cómo van contando, en pequeños detalles, quiénes son y por qué les importa este pueblo.
Por eso, y por unas cuantas cosas más, se merecen estas palabras.
Ahora, además, se han metido a la crianza de ganado menudo —y no nos referimos a la apicultura—, así que, casi sin quererlo, también están contribuyendo a bajar la media de edad del pueblo.
😜
Personas así son las que marcan la diferencia.
Ahora son ellas las que tienen que decirnos un día, todo de corrido, esas palabras que empiezan por «Penoselo Cachapelo...», a ver si de una vez conseguimos aprendérnoslas.

Nosotros, en realidad, solo hacemos lo que sabemos, que a veces tampoco es poco: tocar. Y tocamos hasta la última pieza. Hasta que cerró la exposición de fotos, de la que Los Pamplinas, orgullosos, ya formamos parte.















Entrecroniqueta #14 (2026) – Tremor de Arriba / Los Pamplinas cuarteto Gaiteiros de Oficio

Din que o trece, mal número se non crece, así que tiñamos a obriga de escribir unhas liñas máis. Esta vez, do que fixemos o sábado pasado en Sotogayoso, que lese Soutogayoso. Unha localidade ben comunicada, preto da Portela, onde está o Valcarce e tanto lles gusta parar aos galegos. Pero Soutogayoso está agora un pouco valeiro, bastante máis do que o lembrabamos de cando viñemos tocar hai xa uns cantos anos.

Tiñamos ido hai moitos anos, antes de que existisen os Pamplinas, alí a tocar á festa pola tarde, a unha merenda polo San Miguel. E alí tocamos para que bailaran e tamén para que cantaran ao pé da gaita. Non sempre temos boa memoria, pero hai moitas cousas que non se esquecen.

 

Esta vez foi diferente porque non era a festa do pobo. Por iso o baile non era na Arqueira, como se facía antes; esta vez tocamos no Cabo do Lugar. Nin había que durmir na barra, que era o que todos estaban desexando. Agora á barra chámanlle buardilla e, se a poñen nunha capital, alúgana tal cal as teñen eiquí para meter a herba como «solución habitacional funcional».

 

O caso foi que hai uns meses estabamos os profes da Escola de Música de Camponaraya falando despois dunha audición na Casa da Cultura e achegouse unha señora preguntando se había gaiteiros. Claro, deu con nós. E aínda que pensabamos que non iamos poder coller a data, xa que esta fin de semana non podía estar máis a tope, ao final cadramos para ir a Soutogayoso.

E aínda que non dixemos para que, a ocasión merecíao. Onde xa non se ve case mocidade é moi benvido ver unha parella nova. Unha parella que emprende vida xunta. Que lle gusta xuntar a familia alí, de onde sente a noiva que vén. Aínda que haxa que traer o noivo e a familia del desde Alemaña. Xa dixemos que iso dificultaba facer o rastro, aínda que como o que había o outro día en Canales (comarca de Luna, xunto á Magdalena) fora de pintura e non de palla.

Mentiría se dixera que non hai xente que quere gaiteiros na súa celebración pola foto, pola nota de cor e non pola nota musical nin por bailar ao son da gaita (sabendo que tampouco é un día no que os músicos teñan que ser os protagonistas). Pero neste caso foi satisfactoriamente diferente. Hai xente que valora a música en directo, pero tamén hai quen valora que sexa música do país, da contorna e con algunha bobada polo medio.

Tiñamos que explicar o que é pagar o piso, como había que levar un chufón para pedir a man (coidado con que non che intentara levantar a rapaza, como xa pasou), algunha historieta de emigrados en Centroeuropa e falar dos gaiteiros da contorna.

Sempre saen os nomes dos de San Fiz; na contorna tiñan moita e merecida sona. Pero tamén o do Linternas de Moldes, que lle chamaban así por ter os ollos saltois. E, por suposto, o que hai cousa de cen anos vivía en Soutogayoso. Cando estivemos antes, e aínda en 2016 viñemos a posta a preguntar aos máis maiores por el, contáronnos historias: que era un Casanova, que o seu pai o trouxera con el de Cuba, que tamén foi un paria... Pero aínda non demos con como se chamaba. Está na memoria de moitos, pero só coñecido por como lle chamaban: O Mulato.

Estou convencido de que O Mulato, aínda que non casara —que non casou—, tocou en máis dunha voda. Cen anos despois, tocábanos a nós. E o día da voda é sempre un dos días máis recordados e importantes na vida de alguén. Aínda que case varias veces.

Por iso gustounos tanto que nos chamaran para tocar este día. Porque tocar nas festas significa tocar nos días máis importantes do ano. Pero tocar nunha celebración así significa tamén formar, dalgún xeito, parte dun momento vital que se mima, se quere e no que, neste caso, quixeron que houbese música tradicional e gaiteiros.

Un trío, para máis señas, como marcan os canons, con tres músicos pamplineiros que teñen nomes que comezan por D e cunha maioría esmagadora de Diegos. E máis, como o Diego Vilor é de Quilous e vale por dous, case poderiamos dicir que cuarteto. A ver se alguén pensou que ían ter a exclusiva os Trintas de Trives de valer por máis dos que eran.

Tocar non só é facelo ben, ir de bonito, estar afinados, ir a tempo, escoller con delicadeza cada tema e saber ler na xente se están de solto ou agarrao. Non só é coller os cartos, facelo legalmente, saber estar, non ter présa e dar ambiente. Tocar é tamén algo máis, ou polo menos así o entendemos. Por iso quizais o desfrutamos tanto. Ser gaiteiro é esixente. Ser músico é esixente.

Xa que imos tendo claro que machismo e feminismo non son antónimos, que ter carné non te converte en condutor (aínda que o carné que teñas sexa o de conducir) ou que a Coca-Cola e a crema de oruxo ou de whisky non se mesturan, que fan cemento no estómago... xa vai sendo hora de asumir que tocar un instrumento e ser músico tampouco son equivalentes directos.

Esta voda, ao final, tiña algo das de antes: a noiva non ía de branco, houbo gaiteiros, todos bailaron e, por suposto, o primeiro valse foi para os noivos.

Segundo os nosos estudos, ademais, as vodas con gaiteiros teñen un punto máis de felicidade. Non sabemos se está demostrado, pero tampouco temos interese ningún en comprobalo.

Noraboa e moita felicidade para vós os dous.







Entrecroniqueta #12 (2026) – Odollo / Los Pamplinas cuarteto Gaiteiros de Oficio

Mira que podíamos inventar alguna bobada. Con un pueblo lleno de camisetas para la fiesta con el 26 y como si fueran de la selección, podríamos hasta mandar una nota de prensa sobre el homenaje que le hicieron en un pueblo de Cabrera al número 26 de la selección española.

Que esta es la primera edición del Mundial con este número de convocados y el último en llevar el 26 fue Borja Iglesias: el más veterano, el que nada más jugó tres minutos contra Uruguay, el primer gallego en ganar un Mundial, el primer jugador del Celta que lo hace y, por si fuera poco, el DJ del equipo. Que igual no jugó mucho, pero alguien tendría que poner la música.

Y aunque no todos los Pamplinas somos futboleros, bien merecía un homenaje en Odollo y hasta que nos hiciéramos un montaje posando con él. Total, cosas más raras se han publicado.

Un año más nos vinimos a tocar a la pulpada de Odollo. No es la fiesta del pueblo, pero es fiesta. Hay más gente en el pueblo que en otro momento y la verdad es que no falta la xoldra. Mucha gente de Madrid, que se nota bien, no porque no sepan dónde deben aparcar, den la murga o sean unos repunantes; se nota en detalles como las camisetas de Leño o Barón Rojo y en que en la mano los verás con una Mahou en vez de una Estrella Galicia. En general, a la gente, ese ente etéreo, le gusta generalizar y los madrileños son, en algunos casos, difíciles de llevar. Pero aquí la única guerra que dan la da alguno cuando sube la cuesta en coche y deja olor a embrague. Que lo bueno también hay que decirlo.

Como todos los años, empezamos por Oteiro, tocando la primera pieza, la alborada, en el número 93, donde antes estaba frondosa la chumbera y donde nos hacemos una foto. Que hay más barrios en Odollo: también están Quintaniella y Barrio. Nosotros, luego, para bajar, atajamos por un carreiro agarrándonos de la mano, a la cuartia, que decían aquí antes. Ya son años viniendo y siempre aprendemos algo nuevo. Lo que escuchamos sigue pasando por nosotros, que algo nos va dejando dentro.

Cuando llegamos a la Canalexa ya vimos cómo relucían dentro las latas de cerveza. Aquí las fuentes refrescan un poco más, aunque este año es verdad que hay agua dabondo. Y desde allí seguimos este año un recorrido un poco cambiado, pero también más suave.

Este año, además de Pablo, nos acompañó desde el principio otro músico, descendiente de músicos y que seguro que nos lee (un abrazo, ya que estamos). Él tocó en orquestas, su hijo sigue algo la tradición y, hablando, nos contó también de los que habían venido antes: de su tío Joaquín y de Efrén, su abuelo, un tamboritero anterior a Joaquín del que no habíamos oído hablar. Porque este es un pueblo de músicos. Todos recuerdan a Sergio, pero nosotros también hemos oído hablar de algún gaiteiro y de una familia que acabó como maragatos en Turienzo de los Caballeros.

Y tenemos que decir algo que ya hemos oído varias veces, pero hay que preguntar y repreguntar para confirmarlo, porque además se nos hacía extraño. En Cabreira, al menos en Odollo y en algún pueblo más, se decía tamboril, como en Zamora o Salamanca. Incluso se llamaba tamborileiro al que tocaba la flauta y el tambor a la vez (que ahora ya se ven modernos que solo tocan la flauta o el tambor y quieren serlo también con la mitad de la tarea).

Seguimos tocando y fijándonos en que el pueblo está lleno de esa flor que solo se abre cuando se mete el sol y que le dicen Don Diego de noche, aunque aquí muchos la conocen por el nombre de Madrid (le llaman así en más sitios también): periquitos. Para la mayoría, periquitos son los pájaros o los del Espanyol, aunque en la capital del Bierzo Alto le dicen así a unas rosquillas que no son rosquillas de Semana Santa (que me lío y no es época).

Ya conocemos las casas y nos vamos dando cuenta de quién está y quién no, de quién falta ya porque no está con nosotros y quién sale a bailar acompañándonos.

De hecho, fue pasar cerca de la puerta de la Tía María y nos fuimos hasta donde ella para tocarle un poco. El año pasado nos bailó la jota y, como cayó, este le tocamos un agarrado para que no hubiera peligro. De mayores queremos ser como ella, esa vitalidad y esas ganas de bailar. Tiene el oído duro, será por eso que le gusta lo que tocamos, pero firmábamos ahora por llegar y hacerlo así de bien. Hablar con gente como ella, ver cómo nos reciben, es la mejor propina que nos pueden dar.

Bajamos un poco más y, en una de las puertas en las que siempre nos salen, pasamos del porrón a los chupitos de agua de la sierra y cuturrús. Ambos dos no están hechos para flojos. Tentar tres del tirón en una puerta tiene sus consecuencias. Aunque, como nos decían: «abren os pulmois para tocala gaita, soplalo saxo y que rebrinquen las baquetas solas polo tambor».

Antes de llegar a saludar a los pulpeiros, entrar por el bar y hacer el vermú, había que volver por casa da Tía María para otro engarrao y no dejar ninguna pieza sin bailar. Luego vino el vermú, con más porrón, y a hacer bailar a todas esas camisetas rojas, desgastando el suelo como si no hubiera un mañana y quemando calorías para hacer hueco para la cena.

Al final marchamos sin probarlo, pero es que es para la tarde y quedamos en que el año que viene comíamos la ración de este y la del siguiente juntas (lo tenemos apuntado y yo ya me puse una alarma en el móvil para que no se me olvide).

Solo podemos decir que pasarlo bien es sano, necesario; volver al pueblo también, sobre todo si es respetando. Que aquí se vive bien, se respira bien y, por lo que se ve, hasta se pasa de centenario. Por eso, a nosotros, que nos gusta aprender de los viejos, de los que saben (cuántas veces nos habrán dicho eso de «los que sabían eran los viejos»), aprendamos de la Tía María.

No hace falta esperar a que vuelva a haber veinte vecinos en Quintaniella, no esperéis a que el pueblo esté lleno, no esperéis a tener ciento un años para bailar. Como decía Horacio (que no era de Odollo, aunque era poeta): cosecha el día, aprovecha el día. Aunque él escribía en latín y lo que puso en su libro Odas (I, 11) fue: carpe diem.

Y si es con pulpo y buena música, mejor.













Entrecroniqueta #11 (2026) – Marquiz de Alba / Los Pamplinas dúo Gaiteiros de Oficio

Samanta Villar empezaba aquel programa de 21 días diciendo: «No es lo mismo contarlo que vivirlo». Y eso nos pasa un poco a nosotros. Porque cuando llega una semana de agosto en la que no paras, son muchas las cosas que pasan y muchos los lugares y las personas que se cruzan por el camino. Algunas dan para estar hablando horas y otras simplemente te dejan un buen recuerdo. Pero todas tienen algo.

 

A nosotros nos gusta tocar cerca, donde ya nos conocen. Pero cuando nos llaman, ajustan bien y les gusta lo que hacemos, tampoco dejamos que unos cuantos kilómetros estropeen el trato. Y así fue como cruzamos hasta Marquiz de Alba, en tierras zamoranas.

 

Un pueblo pequeño, pero con material suficiente para hacerse una buena ficha turística: un poco de románico, cinco fuentes con nombre, memoria de un corral para lobos, como los que también conocemos por aquí, y unas Escuelas Nacionales que llevan allí desde 1926. No está mal para andar rondando los sesenta habitantes.

Aunque su patrón sea San Marcos, aquí también hacen fiesta en agosto. Cuatro días nada menos. Y quizás lo más exótico por aquellas tierras de Alba fueran dos gaiteiros bercianos apareciendo para tocar la salida de misa y el vermú.

 

Y al vermú nos fuimos precisamente a las antiguas Escuelas Nacionales. Probablemente las únicas escuelas con aire acondicionado que hemos podido documentar en nuestro riguroso inventario. 😜 Claro que quizás el secreto esté en que allí ya no se dan clases. Ahora son más bien local social, bar y lugar de encuentro. Que tampoco es mal destino para una escuela: donde antes se aprendía, ahora se toman unos pinchos, se conversa y se echan unos dancings con música en directo.

 

No se puede negar que, cuando uno se mueve por el mapa, cambian el paisaje y también un poco el paisanaje. Y ahí está buena parte de la gracia. Conocer lo que hacen en otros lugares también sirve para conocernos mejor a nosotros mismos.

Porque una cosa es tocar donde una gaita forma parte del paisaje sonoro habitual y otra llegar a un lugar donde dos gaiteiros bercianos somos casi la nota de color del programa. Y descubrir que allí también funciona, que la gente escucha, baila, se acerca y disfruta, nos recuerda que estas músicas pueden viajar mucho más de lo que a veces pensamos.

 

Al final hicimos kilómetros para descubrir que también se puede tocar lejos y sentirse cerca.

Y tampoco hace falta que en cada actuación ocurra un gran sucedido para tener algo que contar. Si hiciera falta, sabemos inventarlo; no iban a tener la exclusiva de la hipérbole los pescadores y los cazadores. Pero lo que hacemos y lo que contamos es bastante de verdad. Aunque ya sabemos que el papel aguanta mucho... y, si hace falta, alguna vez también le podemos poner un poco de adorno.

 

Porque Samanta tenía razón: no es lo mismo contarlo que vivirlo.

Pero como no podéis venir todos con nosotros, habrá que seguir intentando contarlo. Un poco. Solo lo que se puede contar.









Entrecroniqueta #10 (2026) – Sésamo / Los Pamplinas Cuarteto Gaiteiros de Oficio

Empezamos la mañana reuniéndonos junto a la iglesia de Sésamo. Nos ajustamos los cheles y, después de afinar (cosa importante antes de tocar para luego poder desafinar a gusto durante toda la actuación), empezamos a recorrer las calles subiendo hacia arriba. Al rato encontramos el patinete, que nos guiaba el camino como la estrella de Belén guía a los Reyes Magos para que lleguen a tiempo.

 

Es la segunda vez que venimos a tocar al Salvador y ya conocíamos un poco el pueblo. Ya sabíamos dónde era la puerta del Ferreiro, el acordeonista; cuáles eran los barrios o dónde acabábamos en el vermú. La primera vez preguntamos muchas cosas. Nos contaron unas cuantas y nosotros radiamos algunas de las que se pueden contar.

 

Por eso esta vez empezamos antes, para no ir con apuro, que al poco de salir el sol ya empezaba a apretar. Al menos lo hicimos un poco menos preocupados por el fuego, que parecía dar una tregua. No deja de ser un tema de conversación recurrente por donde vamos. Y no porque hoy viniera a tocar al bombo Dani J., tres cuartos de ambiente, que es bombero por ambos lados. Pocos días después de nuestra anterior visita, Sésamo ardió. Porque nos duele el corazón cada vez que vemos columnas de humo, nos caen pavesas encima o vamos al río y el fondo aún es testigo negro de lo que arrastra.

 

Pero es día de fiesta y toca alegrarse dando alegría, haciendo música puerta a puerta. Porque en este pueblo son agradecidos: salen a las ventanas, a las puertas, aplauden y agradecen que les pasemos por delante para recordar que hoy es un día especial.

 

La vuelta completa acabó otra vez a la puerta de la iglesia. Tocaba hablar con el cura; bueno, con los curas, porque esta vez la misa era grande y concelebrada: cuatro curas como cuatro pamplinas. Así que el resultado fue empate técnico con los curas. Al Salvador pequeño lo llevamos a dar la vuelta en procesión y, al regresar, tocamos lo que nos pidieron: el Santa Bárbara Bendita, antes de entrar en la iglesia, junto a la vagoneta, como homenaje a todos aquellos mineros del pueblo.

De ahí al vermú y a disfrutar un rato buscando sombra, que el día no estaba para bromas, y refrescándonos también por dentro.

 

Cuando haces un pueblo por primera vez, te fijas en todo lo nuevo. Siempre miramos las casas que tienen corredor antiguo, las personas que te llaman la atención y las que te buscan para cruzar una palabra. Cuando vuelves, algunas cosas se olvidan, pero otras ya quedan grabadas: reconoces las cuestas (sobre todo las que suben), sabes que el pincho está bueno en el vermú, casi tienes seguro quién es el cura y cómo quiere las cosas… La lista es larga.

Nuestro oficio tiene mucho de eso. Y a nosotros nos gusta repetir. Pero repetir no es hacer otra vez lo mismo; es hacerlo conociendo un poco mejor el lugar y a su gente. Es más fácil controlar los tiempos, las distancias y que no falte detalle. Porque hasta para improvisar se ensaya. Los pueblos se aprenden igual que las canciones: volviendo a ellos una y otra vez.

 

Y quién sabe... igual a la tercera ya le hacemos bailar hasta al Santo. Que a los Pamplinas no se nos resiste un dancing.