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lunes, 7 de septiembre de 2026

Croniqueta #15 (2026) – Fiestas de la Encina de Ponferrada

Ha sido la Encina más rara que recuerdo. Y eso que aún no ha acabado.

Teníamos que empezar el sábado con la Banda de Gaitas del Centro Galicia en Ponferrada y un pasacalles por Flores del Sil, pero una alerta por tormentas suspendió todos los actos de las fiestas durante la tarde. Al final cada uno tendrá su opinión, pero igual podemos convenir que siempre es mejor eso que lamentar. Nos quedamos a punto de salir, con todo preparado, pero no pudo ser. Menos mal que Soto abrió la bodega y allí no entró la tempestad.

 

El domingo, antes de salir de casa para el Encuentro de Tamboriteros, en Bembibre sí que caía una buena tormenta. Después abrió y tuvimos todo el día un sol intratable.

Era la décima edición de un encuentro que sigue siendo, sobre todo, una reunión de afición alrededor de estos instrumentos. Y la verdad es que no salió mal. Tuvo sus momentos.

Siempre es agradable estar con Fernando Fernández, el último tamboritero de los mayores que nos queda en la zona. Y encontrarse con amigos: David Andrés, Edi, Longi, Josema, Dani, Diego Segura… Pasar un rato, conversar, intercambiar impresiones. Hasta tocar.

Y me tocó algo bonito: cerrar el encuentro y despedir con la flauta y el tambor a los gigantes mientras bailaban antes de retirarse al zaguán del Ayuntamiento. Y de paso cumplir una de mis taritas: seguir respetando y tocando piezas como esa jota que tocaba Adolfo, de Río de Montes de Valdueza —uno de los varios músicos y tamboriteros de aquella localidad—, intentando mantener la esencia de cómo lo hacía él, solo que equivocándome un poco más.

Unos gigantes que tantas y tantas veces han sido maltratados, olvidados y abandonados. Ahora están remozados y parece que el futuro puede sonreírles. Nos encantaría. Pero veremos, que no sería la primera vez que la ilusión se queda precisamente en eso: ilusión.

 

Antes de empezar tuvimos la salida en medio de un macroencuentro entre carrera deportiva, entierro y foto de tamboriteros en la plaza de Julio Lazúrtegui. De allí me fui tocando por el barrio que me correspondía.

Y hasta me encontré con otro músico y acabamos hablando precisamente de la ilusión. De la de los que vienen detrás. De esos que queremos que algún día nos hagan mayores.

 

Y eso fue lo que vi cuando subí por el Rañadero.

Me encontré con Álvaro. Es de Chano, o Chan, depende de lo modierno que sea uno. Y en él veo un relevo que ilusiona. Porque se acerca, pregunta, quiere saber. Tiene respeto y formas, algo que no siempre es tan habitual.

Y, lo más importante, le gusta.

Un tamboriteiro fornelo es diferente. No por ser de Furniella, que tamién. Sino porque desde hace tiempo allí solo necesitan tocar la Danza. Bueno, alguna cosa más hay, la alborada… Aun así el referente principal para todos sigue siendo lo que tocaba Francisco, que era de L.larón. Y Francisco tocaba muy distinto a como tocamos en el Bierzo y en la provincia.

Seguramente eso no le quitará a Álvaro aprender también otras cosas, porque no es el único tamboriteiro que acabó aprendiendo los toques de este lado.

 

Llevo dándole tantas vueltas a todo esto de las fiestas, del Bierzo, de la flauta y el tambor, de la gaita, de los grupos… que esas pequeñas cosas de un día de fiesta, como encontrarse con Álvaro, son ya de las pocas que de verdad me ilusionan y me conmueven.

Porque la retranca está bien. Es necesaria. Y muchas veces merecida, en todos los casos y en los muchísimos más que nos callamos. Los egos, las chiquilladas de quienes hace mucho que dejaron de ser chiquillos… Esas cosas también hay que decirlas.

Pero quizá hoy sea todavía más necesario generar algo que hemos perdido: criterio.

Llevarse bien es importante. Ser cordiales, también. Y que todo esto sea divertido, por supuesto.

Pero si hay criterio, entonces sí hay un futuro mejor.

Porque los que vengan detrás sabrán qué es todo eso que hoy hacemos, qué había antes y qué cosas que hoy dejamos pasar en otro momento no se habrían consentido bajo pena de excomunión severa y retirada de todos los puntos. Igual ellos sí lo miman. Lo cuidan. Le dan el valor que nosotros no hemos sabido conservar.

Después del Encuentro todavía quedaba el pasacalles por el centro de Ponferrada con la Banda de Gaitas del Centro Galicia y, finalmente, el Festival.

Pormenores y pormayores aparte —que los hubo— nosotros, como pequeño homenaje a todos los grupos bercianos que tocaron repertorio gallego de Galicia —cuatro de seis este año, sin incluirnos a nosotros—, subimos al escenario y, además de lo esperable en un Centro Gallego, tocamos también una de aquí.

Para desestabilizar un poco la media.

Y no sé, quizá, solo quizá, acercarnos a eso del criterio.

Si las reflexiones, darle vueltas y los sinsabores nos llevan a algún sitio y algo mejora —ya que cambiar hemos aprendido que es imposible—, igual merece la pena.

Por ahora parece lógico pensar que si, por ejemplo, hacemos ver qué es un tema de procesión, cómo suena y cómo se tocaba, quizá la próxima vez alguien no acepte que se toque cualquier cosa en un momento solemne. O, si se hace, entenderá la transgresión, la performance o lo que quiera que sea en su grupo folclórico. Que para romper algo tampoco viene mal saber primero qué se está rompiendo.

Igual hay que probar, a ver qué pasa. El resto creo que lo hemos intentado todo.

Porque cuando no hay criterio todo se aplana y se acaba pensando que todo aquel que lleva una gaita al hombro es gaiteiro, pero igual solo se la dejaron para la foto. Pero ya me lío, y esa historia es larga y merece contarla otro día.

Así que mientras nuestros estudios sesudos y científicos no arrojen resultados concluyentes, toca pasarlo bien con las fiestas. Por ahora no salió mal: no llegamos a pegarnos. El listón está bajo, pero es lo que hay. Ojo, que aún queda el día 8 y la Encinina, que no es poco.

Así que, ponferradinos e incluso bercianos, andarse al loro, que ya se dijo siempre:

Ya viene la Encina,
ya vienen los fuegos,
ya vienen los tontos
de todos los pueblos.
















lunes, 31 de agosto de 2026

Croniqueta #15 (2026) – Denise y Bea en concierto en el Festival Villar de los Mundos

 Ayer domingo actuamos en un espacio recién inaugurado por la Asociación Bierzo Vivo para clausurar los conciertos de tres días de festival cargados de actividades para todos los gustos y públicos. El tiempo acompañaba y lo tuvimos todo de cara.


La verdad es que el patio es impresionante y el espacio elegido para tocar es único. Bajo un árbol de esos en los que nos fijamos cuando vamos por los pueblos, porque cada vez quedan menos, porque da buenas castañuelas y porque nos encanta teñirnos las manos comiendo sus frutos. Aquí decimos morera y los amigos de A Morteira le dedicaron hace unos años un libro precioso a estos árboles tan singulares.
Ojo, que no quita que, aunque ya en estas fechas se estén acabando, te caiga una mora en la silla, te sientes sobre ella y dentro de unos días andes buscando si aquello se da quitado con una mora verde, leche, limón o yo qué sé qué. La tradición oral, como los buenos vendedores, tiene respuestas para todo. Otra cosa es que siempre sirvan para algo.

Lo bonito de estos espacios tan acogedores no es solo que tengan una acústica estupenda, sino que se generan sinergias con el público que escucha atento. Aunque haya barra, se viene a escuchar —a veces también a bailar— y eso fue lo que pasó ayer. Estuvimos cómodas, sonó bonito y, aunque siempre haya algún percance y los efectos del aire acondicionado den la cara en el peor momento, no faltó de nada.

Y no nos alargamos más porque tenía que comenzar la Romería. Una Romería diferente porque los romeros ya no van a Roma, pero sí hay un desplazamiento devocional a un lugar sagrado. Esta vez, como excepción, no una ermita o una iglesia —que será por Templos en los Barrios—, sino el Soto, el bosque. Un lugar al que hay que mantener y cuidar.

Nosotras empezamos el concierto detrás de las bonitas palabras de Fernando Íñiguez, un speech en el que nos sentimos identificadas y halagadas. Ya no solo por tocar en este festival, por hacerlo en un cartel tan femenino y tan distinguido, sino porque nos encanta llevar a estos espacios lo de aquí, lo que mejor conocemos, y contarlo. Explicarlo para los que no conocen y para los que, cuando nos escuchan, recuerdan.
Y hubo una bonita coincidencia. Hace unos años Fernando hizo sonar y presentó en Tarataña el tema que grabamos en el disco Tocando Bajo Teito. Ayer nos presentó en directo.

No era para ponerse camisas floreadas de festival, pero sí para llevar nuestra mejor versión a algunas caras amigas y también a los que nos conocieron ayer. La verdad es que quedamos contentas.

Porque al final Denise y Bea son dos, pero entre la parte técnica y alguna pequeña colaboración acabamos siendo tres. Aunque, como aquellos gaiteiros de Trives, valemos por trinta ou ainda máis. Que no iban a saber solo de multiplicaciones los de la tierra de la bica o los de Quilous, que valen por dous.
Y digo valer porque también hubo músicos con fama de multiplicar: de comer por dos, beber por tres, presupuestar por encima de la Panorama, pedir que en camerinos haya M&M's de todos los colores pero ni uno marrón —no vamos a señalar a Van Halen— o hacer caer 10.000 plátanos sobre el público, que tampoco vamos a señalar a Elton John. Ya dicen que ante el vicio de pedir está la virtud de no dar. A nosotras nos gustan las delicatessen, pero no nos vamos a poner más excéntricas a estas alturas.

Pero esto iba del concierto y de Villar de los Mundos, que ya creció, que esta ha sido la decimocuarta edición y ha pasado de ser de los Barrios a ser de los Mundos.
Y quizá crecer tenga algo que ver con todo esto. El cartel ya anunciaba algo: una silueta que crece a partir de sus raíces. No está nada mal traído.

Pero volviendo a ayer, hubo otra bonita coincidencia, o igual esta ya no lo era tanto. Todas las mujeres que subimos al escenario durante este fin de semana haciendo músicas que parten de nuestras raíces, con ese peso femenino difícil de negar, acabamos cantando una nana.
Nosotras la trajimos de cerca, de Campo. No preguntamos si hay linde con el pueblo vecino, que tampoco era cuestión de abrir otro frente, pero allí la dejamos, haciendo el silencio en el patio para esa voz tierna con la que se canta a los más pequeños.
Y para cantar nanas tampoco hace falta ser madre. En realidad llega con tener un pequeño en brazos. Y a veces ni eso. Si te cantaron cuando eras bebé, si viste cantar a tus hermanos, a tus primos o incluso a los niños de los vecinos, es mucho más fácil que hayas aprendido, sin que nadie tuviera que enseñártelo, que a los pequeños se les canta. Aunque no dejen de llorar, tengan cólicos o lleves días sin dormir, una teta fuera sin darte cuenta y media hora pensando que igual aquello de la planificación familiar tampoco era tan mala idea.
Nosotras, después de sesudos estudios científicos, prestigiosos y empíricos, abogamos por cantar. Incluso antes de que nazcan. Y además hacer algo así es tan sencillo que no necesitamos inventarnos un gran proyecto de recuperación, tres asociaciones y un congreso.
En nuestro caso, el experimento no ha ido tan mal. Y si algo hemos sembrado, los nuestros también cantarán a los suyos cuando llegue el momento.

Porque quizá mantener algunas costumbres tenga bastante de eso. Verlas hacer, hacerlas y dejar que otros las vean. No todo tiempo pasado fue mejor, pero eso no significa que haya que olvidarlo o hacer como que no existió. Hay que saber de dónde venimos, de dónde salen las cosas y dar a cada una de las partes que nos han hecho llegar hasta aquí su mérito.
Da gusto poner nombre y contexto a lo que tocamos y, especialmente, a las mujeres de las que lo aprendimos. No necesitamos hacer nuestro lo que ya tiene nombre, lugar y memoria para poder seguir tocándolo y cantándolo.
La apropiación la dejamos para las viejas glorias folclóricas, los Sanfermines o incluso las Ferias de Abril. Que últimamente no necesitamos irnos demasiado lejos para encontrar unos y otras. Quién sabe, lo mismo acabamos recuperando en el Bierzo el Carnaval de Río. Aunque luego digamos Río Sil y ya lo tenemos redondo.
Nosotras seguiremos a lo nuestro, o intentándolo. Que no es poco.

Y quizá por eso ahora le damos otra vuelta a la imagen del cartel. A esa mujer que hunde los pies en sus raíces y, desde ellas, crece. Porque saber de dónde venimos y dónde estamos no tiene por qué fijarnos ni encorsetarnos. Al contrario, puede darnos más libertad para movernos desde la conciencia y decidir hacia dónde queremos ir. Tener raíces no significa quedarse plantadas.

Porque una pelleja, unas chapas y un arillo de madera dan para mucho. Para templar las voces y sacarles muchos más sones de los que la mayoría imagina. Carolina Geijo, de la que hablamos durante el concierto, cantaba:

Este pandero que toco
tiene veinticinco sones,
cada sonaja un suspiro,
en el medio un ramo de flores.

Y una pandereta tiene más de veinticinco sones. Están los de quienes la tocaron, los de quienes nos enseñaron, los que ponemos nosotras y los que, si algo hemos sembrado, pondrán los que vengan detrás.

Y tú, que has llegado leyendo hasta aquí, ya habrás entendido que en realidad todo este texto era para decir que ayer tocamos y salió bien.
Pero a veces escribir es como el ramo de flores de la copla. No dice mucho, pero hace bonito y con él queda la rima redonda.










domingo, 30 de agosto de 2026

Entrecroniqueta #17 (2026) - Villaveza de Valverde / Los Pamplinas trío Gaiteiros de Oficio

 Los Pamplinas tocamos dentro de nuestra zona de confort cuando vamos a un pueblo que conocemos, cuando sabemos cómo funciona, cuando tocamos cerca. Pero no nos gusta decir que no.

A veces nos llaman de lejos y respondemos que sí, aunque no sepamos si allí funcionará igual lo que hacemos. Porque sabemos lo que hacemos y sabemos hacerlo, pero también sabemos que se entiende mejor allí donde es costumbre.

Ricardo Portela distinguía dos tipos de gaiteiros: los que tocan lo que saben y los que saben lo que tocan. Es una frase conocida y, aunque suele llevar otro sentido, a nosotros, con este enfoque, también nos sirve bien.
Y aunque Portela fuera de Pontevedra, enténdeselle ben. No todo va a ser tocar en el Bierzo repertorio de aquella zona de Pontevedra. Alguna cosa buena más habrá que importar.

Porque, como sigamos sustituyendo los repertorios tradicionales por esos otros más conocidos de la gaita gallega, no sabemos si habrá que declararlos especie invasora o si acabarán convirtiéndose en endémicos. Tocados en un estilo bien globalizado, eso sí.
Al final va a ser tan de aquí y tan de gaita la Jota de San Roque como O Pasodobre de San Roque que tocaban Os Morenos de Lavadores al entrar en la romería de As Neves y que grabaron los propios Irmáns Portela o Milladoiro.
Ya verás el día que los gaiteros descubran el repertorio de gaitilla segoviana —dulzaina para los modernos—. Va a ser más revolución entre gaitistas la Entradilla Segoviana de Agapito Marazuela que el Dai Dai de Shakira.
Ya lo fue el día que los chifleros bercianos descubrieron que se pueden tocar las canciones gallegas de gaita con la chifla y el tamboril —flauta y tambor para los que saben cómo se llama—.

Que me enredo.
Total, que en Villaveza de Valverde nos llamaron al trío y fuimos pensando que íbamos a resultar un poco exóticos. Creo que no lo fuimos tanto. Pero claro, tocamos lo que nos pidieron. Hasta La Morocha.
Porque, aunque todo el mundo nos preguntaba de dónde éramos, el aire de la gaita tampoco debía de resultarles completamente extraño. Un paisano nos contó que en este pueblo también hubo fole.
Fole le dicen en Zamora. Y, aunque hoy pueda resultar menos conocido, también se le llamó así en algunas zonas de la montaña leonesa. Porque, aunque la gaita no fuese habitual en todos los pueblos, algún gaitero también había.
Así que tan lejos de casa tampoco estábamos. En Zamora se nota que también adoban con pimentón.

A veces sabemos lo que es una cosa, pero ya no sabemos llamarla bien.
Y quizá nos cuesta tener esa humildad de preguntar, de no sentir vergüenza ni complejo por decir las cosas como las decían quienes estuvieron antes que nosotros.
Que algo se dijera de una determinada manera no lo hace mejor. El pasado no es mejor por norma; eso es nostalgia y, a veces, nostalgia mal entendida.
Pero, aunque no sea mejor, sí es nuestra.
Y eso sí es importante.

Nos gusta ese equilibrio entre tocar donde lo que hacemos todavía es costumbre, llevar lo nuestro a sitios donde ya no es tan habitual y, por el camino, seguir aprendiendo.
Porque necesitamos seguir haciendo experimentos con gaseosa para nuestros estudios científicos.

Por eso fue bonito estar el otro día en Zamora.
Fuimos delante del Santísimo en procesión hasta hacerle pasillo a la entrada, tocamos en la comunión lo que se debía y, a la salida, el baile vermú fue potente. La gente se animaba, bailaba, lo disfrutaba y hasta se corrió la voz: vinieron desde Santa Cristina de la Polvorosa a vernos.

No sabemos qué les contaron, pero vinieron.
A veces, cuando vas a un sitio nuevo, no sabes cómo saldrá.
Pero cuando vamos los tres, la zona de confort viene con nosotros. Sabemos cómo y qué hay que hacer.
El resto es dejarse llevar.

Seguro que no es la última vez que venimos por estas tierras.






miércoles, 26 de agosto de 2026

Croniqueta #14 (2026) – Curso Festa da Pandeira en Piornedo de Ancares

As nosas ríxidas normas, homologadas internacionalmente, tamén permiten facer unha croniqueta dun curso.

Por iso, aínda que o curso contou e se torceron cousas a última hora, tiñamos que contar algo. Claro que tampouco todo.

Porque, por se fose pouco o lumbago de última hora que nos fixo chegar xustos, os fallos das fotocopias na copistería, que o proxector non se vía (nin o pro que trouxo Lola) e que o altofalante metía un ruído do demo... partiamos xa de dar un curso complexo para trinta e cinco persoas, entre elas xente ilustre (que tamén ilustrada), nun eido bastante descoñecido e ás veces mal traballado como é a pandeira nos Ancares leoneses, o que viña sendo o untamiento de Candín, agora Valle de Ancares.
Porque Ancares medrou moito. Tanto, que ás veces pensamos que medrou incluso por sitios onde non se senten ancareses. E non o dicimos por Galicia só: que llo pregunten a un de Vilela, de Vega de Espinareda ou de Pranzais.

Moito respecto e responsabilidade, porque hai obradoiros que o dan. Polo que significan, polo lugar e polo que se fixo antes, xa que esta é a XIX edición da Festa da Pandeira, que non son poucas.
Aínda lembramos as primeiras. Á primeira non puidemos ir, pero deixamos a cámara para gravala. A segunda e unhas cantas máis xa non as perdemos. Ás veces tocabamos, bailabamos e, sobre todo, interactuabamos con maiores que para nós eran rock stars no sentido máis estrito (e isto non é retranca).
Aquilo valeunos para coñecer figuras importantes e para volver varias veces gravar na zona a moitas delas. Tamén houbo encontros de gaiteiros nos que subimos a Eduardo González dando un pequenísimo rodeo dunha hora para pasar pola súa aldea e pola da súa muller.

O primeiro contacto coa pandeira foi en Candín con Luís Luis Prego. Dende entón fomos mergullándonos para comprender: buscando tamén nos arquivos, vendo moitas recollidas e compartindo con xente moi cultivada como David Omaña.
Por iso nos sentiamos con ganas de desentrañar xéneros pouco esquecidos e maltratados como o chao ou corrido, a dulzaina ou o bien parao. Moitas cousas pequenas que comentamos e tocamos de alí, pero tamén algunha do que hoxe é a Reserva da Biosfera.

Non as puidemos ver, pero si escoitamos a Rosa, Nélida, Ángeles, María, Dorinda... Poñendo nome e apelidos a todas e, nalgunha, incluso o nome da súa casa.
Porque cremos firmemente que as cousas se fan así: fixándose nas vellas, en como poñen a man, como din as cousas, como moven o instrumento... Para outras cousas tamén hai quen as faga, así que na variedade está a diversión.

Nós seguimos abraiados con estes repertorios dese triángulo das Bermudas que forman Ibias, Candín e Cervantes, onde algo teñen entre eles, porque din polavila ou pandeira, aínda que bailen diferente e haxa todas esas particularidades que nos encantan.

O resto cóntano as fotos: o ben que o pasamos, a compañía e a xente grande coa que compartimos. Porque cando un vai contar o que outros tocaron antes, o mínimo é saber de quen o aprendeu.







miércoles, 19 de agosto de 2026

Croniqueta #12 (2026) – Rodrigatos de la Obispalía / Diego Bello Tamboritero

Los tamboriteros somos escasos, rara avis. Los mayores van dejando de tocar —los pocos que quedan—, en Maragatería ya no salen Ramiro ni Maxi y, por ahora, fiestas sigue habiendo las mismas. La oferta y la demanda no están haciendo bien su trabajo.

 

Todavía no ha salido algún o alguna joven más que empiece a tocar, que vendrán, estoy seguro, porque tamboriteros jóvenes los hay, pero hacen falta nuevas incorporaciones. Y esto tampoco se aprende de un día para otro. Así que, en tierras maragatas, hay pueblos que pueden acabar quedándose sin tamborín precisamente en fechas tan señaladas como el 15 de agosto. Y el 15 de agosto no admite clonaciones: uno puede tocar mucho, pero todavía no hemos aprendido a estar en dos pueblos a la vez.

 

Este año en Rodrigatos de la Obispalía anduvieron listos y me llamaron con mucho tiempo. Es el primer pueblo al bajar el puerto del Manzanal por ese lado y, aunque está cerca, ya es otra tierra.

Y hace ilusión que te llamen de fuera. Porque, aunque parezca mentira estando tan cerca, a veces cuesta salir del Bierzo. Pero también ilusiona porque Alejandro confiaba en que podía hacer la fecha y defender el oficio en una tierra donde está realmente vivo. Aquí, en cambio, se nos ha quedado olvidado muchas veces y son pocos los casos —que también los hay— en los que no peleamos por la flauta y el tambor desde el recuerdo.

Por eso me da tanta responsabilidad tocar para ese lado. Porque los toques no siempre son los mismos, porque hay que entenderse y porque ir al baile de tarde no es lo mismo que tocar una fiesta. Cruzar el Manzanal con la flauta y el tambor casi tenía algo de examen de acceso. El título lo llevaba de casa; faltaba ver si allí me lo convalidaban.

Este trabajo nosotros siempre lo hemos sentido así: con responsabilidad. Con el peso de querer seguir haciendo las cosas como se deben, sin chapotear y con mucho respeto. Y a veces no llega con saber: hay que demostrarlo. Ahí puede dar un poco de vértigo. Porque tocar en un pueblo, para nosotros, es algo más.

 

Pero también es fiesta y hay que disfrutar.

 

Y no tocaba solo. Aquí les gusta que venga alguien con las castañuelas y Pablo venía con las suyas, además de hacer las veces de guía. Se nos sumaron otras dos mujeres y hasta una vistió de maragata para la misa. A este paso el que iba a acabar desentonando era yo.

 

Era la primera vez que tocaba una procesión a jota para que tocaran las castañuelas, pero nos entendimos bien. Lo mismo para tocar que para los cortes, los empieces o marcar las vueltas. Al final ellas están acostumbradas a escuchar a un tamboritero y yo tenía que poner oreja a los cambios, además de intentar ponérselo fácil. Si tienen que adivinar lo que voy a hacer, mal vamos.

 

Hasta hacía tiempo que no veía una misa sin megafonía. Igual fue por eso que fue breve. Ya lo dice el coadjutor de la Basílica de la Encina: «en tiempo de melones, breves los sermones». Sabiduría popular aplicada a la liturgia de agosto.

Pero le toqué lo propio después de lo de «del mismo modo…», que cada uno lo quiere en un momento diferente. Además, aquí no practican lo de la campanilla. Detalles que parecen pequeños hasta que eres tú el que tiene que saber cuándo tocar. Porque «cuando toque» es una indicación estupenda hasta que eres tú quien toca.

 

Aunque estaban todos pendientes de cómo quería hacer las cosas, el lema nosotros siempre lo hemos tenido claro: hacemos lo que sea costumbre. Bastante tienes con ser forastero como para llegar además cambiando las normas.

 

¿Que piden un agarrado en el vermú? Pues venga pasodoble. Una rumba y un valse, que tampoco falten. Hay que saber de todo, que para eso está uno trabajando.

 

Y siempre hay detalles que nos llaman la atención. Que si una pintura en el suelo, de un corazón a una puerta; que si la empanada está de chuparse los dedos… No faltan los detalles. Porque igual que hay que acertar con qué tocar, también hay que acertar con el outfit. Y para esto último llevaba tiempo haciendo los deberes. Había que estrenar, que un examen es un examen.

 

Total, que prueba superada. Gustó, había curiosidad por saber de dónde era —claro, no era cara conocida— y llegaron las felicitaciones.

 

Porque al final la prueba no era tocar una jota, saber cuándo empezar o cuadrar una procesión. Era algo más difícil: llegar siendo el tamboritero de fuera a un sitio donde saben perfectamente cómo tiene que funcionar el oficio y conseguir encajar en la fiesta, entender lo que necesitaban y hacer lo que allí se hace.

 

Así que crucé el Manzanal de vuelta medio centímetro más alto y lleno de satisfacción.

Parece que me convalidaron el título.


Seguro que no será la última.









Entrecroniqueta #15 (2026) - Penoselo / Los Pamplinas trío Gaiteiros de Oficio

Si los de Bilbao nacen donde quieren, los de Penoselo no se quedan atrás: celebran San Antón cuando les da la gana. En agosto, para ser más precisos. Y, en vez de contratar una misa de cinco curas, tienen tres grupos de gaiteiros, que eso puntúa doble en el ranking de fiestas.


Este año hubo gaiteiros el sábado para la Ronda Cachapela antes de cenar. Los gaiteiros residentes, con Avelino a la cabeza, salieron después a hacer la ronda a la madrugá. Tarde o pronto, según se mire. Y, de nuevo, Los Pamplinas para el remate. Es más, hemos aprendido que para mejorar nuestro marketing, después de esta tenemos que empezar a ofrecer un pack especial con cortador de jamón. Este verano ya nos hemos metido en la pirotecnia sin fuego, que es la pirotecnia segura, así que todo se andará.

Cada año damos un pasacalles por todo el pueblo, recogiendo gente que vamos amontonando por el camino, parando en las puertas y fijándonos en los detalles. Y, por supuesto, haciendo parada en la fuente, que dicen que te quita veinte años. Nosotros bebemos todos los años y, de momento, tampoco se nota tanto. Habrá que aumentar la dosis.

Así nos damos cuenta de que el que colgó el carro en la puerta debía de ser de Villamartín de la Abadía, donde por San Juan se los ponen del revés como trastada; de que los niños dibujan lo que ven, incluidos el fuego y los helicópteros; o de que en este pueblo también tienen la calle al cuadrado: calle La Calella.

Buscamos por cada rincón los doblones o algún rastro del tesoro —por interés estrictamente etnográfico, claro—, pero los guajes del pueblo no dejaron ni una pista del que escondieron los piratas que subieron el río en galeón. Nos pasó como el año pasado con los patos: ni la prueba.
😅

Pero, en vez de seguir contando de lo nuestro —que, aunque repetimos aquí, siempre aparecen cosas nuevas, como la pallouza—, esta vez queremos hablar de quien está detrás. De quien hace que las cosas pasen y, sobre todo, que funcionen.
Porque hay gente discreta, que no se da importancia, pero trabaja, y lo que se hace se ve. Da la sensación de que a ellas tampoco les gusta demasiado aparecer, pero algunas cosas hay que decirlas. Y no por hacer la pelota ni para que nos contraten —que ya lo hacen—, sino porque es de justicia.
Detrás de Penoselo Cachapelo están Ana y Marta. Aunque seguro que, de una manera u otra, tampoco están ellas solas. Pero su mano se nota.
Se nota en cómo consiguen ilusionar a la gente y en cómo van contando, en pequeños detalles, quiénes son y por qué les importa este pueblo.
Por eso, y por unas cuantas cosas más, se merecen estas palabras.
Ahora, además, se han metido a la crianza de ganado menudo —y no nos referimos a la apicultura—, así que, casi sin quererlo, también están contribuyendo a bajar la media de edad del pueblo.
😜
Personas así son las que marcan la diferencia.
Ahora son ellas las que tienen que decirnos un día, todo de corrido, esas palabras que empiezan por «Penoselo Cachapelo...», a ver si de una vez conseguimos aprendérnoslas.

Nosotros, en realidad, solo hacemos lo que sabemos, que a veces tampoco es poco: tocar. Y tocamos hasta la última pieza. Hasta que cerró la exposición de fotos, de la que Los Pamplinas, orgullosos, ya formamos parte.