Los tamboriteros somos escasos, rara avis. Los mayores van dejando de tocar —los pocos que quedan—, en Maragatería ya no salen Ramiro ni Maxi y, por ahora, fiestas sigue habiendo las mismas. La oferta y la demanda no están haciendo bien su trabajo.
Todavía no ha salido algún o alguna joven más que empiece a
tocar, que vendrán, estoy seguro, porque tamboriteros jóvenes los hay, pero
hacen falta nuevas incorporaciones. Y esto tampoco se aprende de un día para
otro. Así que, en tierras maragatas, hay pueblos que pueden acabar quedándose
sin tamborín precisamente en fechas tan señaladas como el 15 de agosto. Y el 15
de agosto no admite clonaciones: uno puede tocar mucho, pero todavía no hemos
aprendido a estar en dos pueblos a la vez.
Este año en Rodrigatos de la Obispalía anduvieron listos y
me llamaron con mucho tiempo. Es el primer pueblo al bajar el puerto del
Manzanal por ese lado y, aunque está cerca, ya es otra tierra.
Y hace ilusión que te llamen de fuera. Porque, aunque
parezca mentira estando tan cerca, a veces cuesta salir del Bierzo. Pero
también ilusiona porque Alejandro confiaba en que podía hacer la fecha y
defender el oficio en una tierra donde está realmente vivo. Aquí, en cambio, se
nos ha quedado olvidado muchas veces y son pocos los casos —que también los
hay— en los que no peleamos por la flauta y el tambor desde el recuerdo.
Por eso me da tanta responsabilidad tocar para ese lado.
Porque los toques no siempre son los mismos, porque hay que entenderse y porque
ir al baile de tarde no es lo mismo que tocar una fiesta. Cruzar el Manzanal
con la flauta y el tambor casi tenía algo de examen de acceso. El título lo
llevaba de casa; faltaba ver si allí me lo convalidaban.
Este trabajo nosotros siempre lo hemos sentido así: con
responsabilidad. Con el peso de querer seguir haciendo las cosas como se deben,
sin chapotear y con mucho respeto. Y a veces no llega con saber: hay que
demostrarlo. Ahí puede dar un poco de vértigo. Porque tocar en un pueblo, para
nosotros, es algo más.
Pero también es fiesta y hay que disfrutar.
Y no tocaba solo. Aquí les gusta que venga alguien con las
castañuelas y Pablo venía con las suyas, además de hacer las veces de guía. Se
nos sumaron otras dos mujeres y hasta una vistió de maragata para la misa. A
este paso el que iba a acabar desentonando era yo.
Era la primera vez que tocaba una procesión a jota para que
tocaran las castañuelas, pero nos entendimos bien. Lo mismo para tocar que para
los cortes, los empieces o marcar las vueltas. Al final ellas están
acostumbradas a escuchar a un tamboritero y yo tenía que poner oreja a los
cambios, además de intentar ponérselo fácil. Si tienen que adivinar lo que voy
a hacer, mal vamos.
Hasta hacía tiempo que no veía una misa sin megafonía. Igual
fue por eso que fue breve. Ya lo dice el coadjutor de la Basílica de la Encina:
«en tiempo de melones, breves los sermones». Sabiduría popular aplicada a la
liturgia de agosto.
Pero le toqué lo propio después de lo de «del mismo modo…»,
que cada uno lo quiere en un momento diferente. Además, aquí no practican lo de
la campanilla. Detalles que parecen pequeños hasta que eres tú el que tiene que
saber cuándo tocar. Porque «cuando toque» es una indicación estupenda hasta que
eres tú quien toca.
Aunque estaban todos pendientes de cómo quería hacer las
cosas, el lema nosotros siempre lo hemos tenido claro: hacemos lo que sea
costumbre. Bastante tienes con ser forastero como para llegar además cambiando
las normas.
¿Que piden un agarrado en el vermú? Pues venga pasodoble.
Una rumba y un valse, que tampoco falten. Hay que saber de todo, que para eso
está uno trabajando.
Y siempre hay detalles que nos llaman la atención. Que si
una pintura en el suelo, de un corazón a una puerta; que si la empanada está de
chuparse los dedos… No faltan los detalles. Porque igual que hay que acertar
con qué tocar, también hay que acertar con el outfit. Y para esto último
llevaba tiempo haciendo los deberes. Había que estrenar, que un examen es un
examen.
Total, que prueba superada. Gustó, había curiosidad por
saber de dónde era —claro, no era cara conocida— y llegaron las felicitaciones.
Porque al final la prueba no era tocar una jota, saber
cuándo empezar o cuadrar una procesión. Era algo más difícil: llegar siendo el
tamboritero de fuera a un sitio donde saben perfectamente cómo tiene que
funcionar el oficio y conseguir encajar en la fiesta, entender lo que
necesitaban y hacer lo que allí se hace.
Así que crucé el Manzanal de vuelta medio centímetro más
alto y lleno de satisfacción.
Parece que me convalidaron el título.
Seguro que no será la última.







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