Si los de Bilbao nacen donde quieren, los de Penoselo no se quedan atrás: celebran San Antón cuando les da la gana. En agosto, para ser más precisos. Y, en vez de contratar una misa de cinco curas, tienen tres grupos de gaiteiros, que eso puntúa doble en el ranking de fiestas.
Este año hubo gaiteiros el sábado para la Ronda Cachapela antes de cenar. Los gaiteiros residentes, con Avelino a la cabeza, salieron después a hacer la ronda a la madrugá. Tarde o pronto, según se mire. Y, de nuevo, Los Pamplinas para el remate. Es más, hemos aprendido que para mejorar nuestro marketing, después de esta tenemos que empezar a ofrecer un pack especial con cortador de jamón. Este verano ya nos hemos metido en la pirotecnia sin fuego, que es la pirotecnia segura, así que todo se andará.
Cada año damos un pasacalles por todo el pueblo, recogiendo gente que vamos amontonando por el camino, parando en las puertas y fijándonos en los detalles. Y, por supuesto, haciendo parada en la fuente, que dicen que te quita veinte años. Nosotros bebemos todos los años y, de momento, tampoco se nota tanto. Habrá que aumentar la dosis.
Así nos damos cuenta de que el que colgó el carro en la puerta debía de ser de Villamartín de la Abadía, donde por San Juan se los ponen del revés como trastada; de que los niños dibujan lo que ven, incluidos el fuego y los helicópteros; o de que en este pueblo también tienen la calle al cuadrado: calle La Calella.
Buscamos por cada rincón los doblones o algún rastro del tesoro —por interés estrictamente etnográfico, claro—, pero los guajes del pueblo no dejaron ni una pista del que escondieron los piratas que subieron el río en galeón. Nos pasó como el año pasado con los patos: ni la prueba.
Pero, en vez de seguir contando de lo nuestro —que, aunque repetimos aquí, siempre aparecen cosas nuevas, como la pallouza—, esta vez queremos hablar de quien está detrás. De quien hace que las cosas pasen y, sobre todo, que funcionen.
Porque hay gente discreta, que no se da importancia, pero trabaja, y lo que se hace se ve. Da la sensación de que a ellas tampoco les gusta demasiado aparecer, pero algunas cosas hay que decirlas. Y no por hacer la pelota ni para que nos contraten —que ya lo hacen—, sino porque es de justicia.
Detrás de Penoselo Cachapelo están Ana y Marta. Aunque seguro que, de una manera u otra, tampoco están ellas solas. Pero su mano se nota.
Se nota en cómo consiguen ilusionar a la gente y en cómo van contando, en pequeños detalles, quiénes son y por qué les importa este pueblo.
Por eso, y por unas cuantas cosas más, se merecen estas palabras.
Ahora, además, se han metido a la crianza de ganado menudo —y no nos referimos a la apicultura—, así que, casi sin quererlo, también están contribuyendo a bajar la media de edad del pueblo.
Personas así son las que marcan la diferencia.
Ahora son ellas las que tienen que decirnos un día, todo de corrido, esas palabras que empiezan por «Penoselo Cachapelo...», a ver si de una vez conseguimos aprendérnoslas.










No hay comentarios:
Publicar un comentario