lunes, 31 de agosto de 2026

Croniqueta #15 (2026) – Denise y Bea en concierto en el Festival Villar de los Mundos

 Ayer domingo actuamos en un espacio recién inaugurado por la Asociación Bierzo Vivo para clausurar los conciertos de tres días de festival cargados de actividades para todos los gustos y públicos. El tiempo acompañaba y lo tuvimos todo de cara.


La verdad es que el patio es impresionante y el espacio elegido para tocar es único. Bajo un árbol de esos en los que nos fijamos cuando vamos por los pueblos, porque cada vez quedan menos, porque da buenas castañuelas y porque nos encanta teñirnos las manos comiendo sus frutos. Aquí decimos morera y los amigos de A Morteira le dedicaron hace unos años un libro precioso a estos árboles tan singulares.
Ojo, que no quita que, aunque ya en estas fechas se estén acabando, te caiga una mora en la silla, te sientes sobre ella y dentro de unos días andes buscando si aquello se da quitado con una mora verde, leche, limón o yo qué sé qué. La tradición oral, como los buenos vendedores, tiene respuestas para todo. Otra cosa es que siempre sirvan para algo.

Lo bonito de estos espacios tan acogedores no es solo que tengan una acústica estupenda, sino que se generan sinergias con el público que escucha atento. Aunque haya barra, se viene a escuchar —a veces también a bailar— y eso fue lo que pasó ayer. Estuvimos cómodas, sonó bonito y, aunque siempre haya algún percance y los efectos del aire acondicionado den la cara en el peor momento, no faltó de nada.

Y no nos alargamos más porque tenía que comenzar la Romería. Una Romería diferente porque los romeros ya no van a Roma, pero sí hay un desplazamiento devocional a un lugar sagrado. Esta vez, como excepción, no una ermita o una iglesia —que será por Templos en los Barrios—, sino el Soto, el bosque. Un lugar al que hay que mantener y cuidar.

Nosotras empezamos el concierto detrás de las bonitas palabras de Fernando Íñiguez, un speech en el que nos sentimos identificadas y halagadas. Ya no solo por tocar en este festival, por hacerlo en un cartel tan femenino y tan distinguido, sino porque nos encanta llevar a estos espacios lo de aquí, lo que mejor conocemos, y contarlo. Explicarlo para los que no conocen y para los que, cuando nos escuchan, recuerdan.
Y hubo una bonita coincidencia. Hace unos años Fernando hizo sonar y presentó en Tarataña el tema que grabamos en el disco Tocando Bajo Teito. Ayer nos presentó en directo.

No era para ponerse camisas floreadas de festival, pero sí para llevar nuestra mejor versión a algunas caras amigas y también a los que nos conocieron ayer. La verdad es que quedamos contentas.

Porque al final Denise y Bea son dos, pero entre la parte técnica y alguna pequeña colaboración acabamos siendo tres. Aunque, como aquellos gaiteiros de Trives, valemos por trinta ou ainda máis. Que no iban a saber solo de multiplicaciones los de la tierra de la bica o los de Quilous, que valen por dous.
Y digo valer porque también hubo músicos con fama de multiplicar: de comer por dos, beber por tres, presupuestar por encima de la Panorama, pedir que en camerinos haya M&M's de todos los colores pero ni uno marrón —no vamos a señalar a Van Halen— o hacer caer 10.000 plátanos sobre el público, que tampoco vamos a señalar a Elton John. Ya dicen que ante el vicio de pedir está la virtud de no dar. A nosotras nos gustan las delicatessen, pero no nos vamos a poner más excéntricas a estas alturas.

Pero esto iba del concierto y de Villar de los Mundos, que ya creció, que esta ha sido la decimocuarta edición y ha pasado de ser de los Barrios a ser de los Mundos.
Y quizá crecer tenga algo que ver con todo esto. El cartel ya anunciaba algo: una silueta que crece a partir de sus raíces. No está nada mal traído.

Pero volviendo a ayer, hubo otra bonita coincidencia, o igual esta ya no lo era tanto. Todas las mujeres que subimos al escenario durante este fin de semana haciendo músicas que parten de nuestras raíces, con ese peso femenino difícil de negar, acabamos cantando una nana.
Nosotras la trajimos de cerca, de Campo. No preguntamos si hay linde con el pueblo vecino, que tampoco era cuestión de abrir otro frente, pero allí la dejamos, haciendo el silencio en el patio para esa voz tierna con la que se canta a los más pequeños.
Y para cantar nanas tampoco hace falta ser madre. En realidad llega con tener un pequeño en brazos. Y a veces ni eso. Si te cantaron cuando eras bebé, si viste cantar a tus hermanos, a tus primos o incluso a los niños de los vecinos, es mucho más fácil que hayas aprendido, sin que nadie tuviera que enseñártelo, que a los pequeños se les canta. Aunque no dejen de llorar, tengan cólicos o lleves días sin dormir, una teta fuera sin darte cuenta y media hora pensando que igual aquello de la planificación familiar tampoco era tan mala idea.
Nosotras, después de sesudos estudios científicos, prestigiosos y empíricos, abogamos por cantar. Incluso antes de que nazcan. Y además hacer algo así es tan sencillo que no necesitamos inventarnos un gran proyecto de recuperación, tres asociaciones y un congreso.
En nuestro caso, el experimento no ha ido tan mal. Y si algo hemos sembrado, los nuestros también cantarán a los suyos cuando llegue el momento.

Porque quizá mantener algunas costumbres tenga bastante de eso. Verlas hacer, hacerlas y dejar que otros las vean. No todo tiempo pasado fue mejor, pero eso no significa que haya que olvidarlo o hacer como que no existió. Hay que saber de dónde venimos, de dónde salen las cosas y dar a cada una de las partes que nos han hecho llegar hasta aquí su mérito.
Da gusto poner nombre y contexto a lo que tocamos y, especialmente, a las mujeres de las que lo aprendimos. No necesitamos hacer nuestro lo que ya tiene nombre, lugar y memoria para poder seguir tocándolo y cantándolo.
La apropiación la dejamos para las viejas glorias folclóricas, los Sanfermines o incluso las Ferias de Abril. Que últimamente no necesitamos irnos demasiado lejos para encontrar unos y otras. Quién sabe, lo mismo acabamos recuperando en el Bierzo el Carnaval de Río. Aunque luego digamos Río Sil y ya lo tenemos redondo.
Nosotras seguiremos a lo nuestro, o intentándolo. Que no es poco.

Y quizá por eso ahora le damos otra vuelta a la imagen del cartel. A esa mujer que hunde los pies en sus raíces y, desde ellas, crece. Porque saber de dónde venimos y dónde estamos no tiene por qué fijarnos ni encorsetarnos. Al contrario, puede darnos más libertad para movernos desde la conciencia y decidir hacia dónde queremos ir. Tener raíces no significa quedarse plantadas.

Porque una pelleja, unas chapas y un arillo de madera dan para mucho. Para templar las voces y sacarles muchos más sones de los que la mayoría imagina. Carolina Geijo, de la que hablamos durante el concierto, cantaba:

Este pandero que toco
tiene veinticinco sones,
cada sonaja un suspiro,
en el medio un ramo de flores.

Y una pandereta tiene más de veinticinco sones. Están los de quienes la tocaron, los de quienes nos enseñaron, los que ponemos nosotras y los que, si algo hemos sembrado, pondrán los que vengan detrás.

Y tú, que has llegado leyendo hasta aquí, ya habrás entendido que en realidad todo este texto era para decir que ayer tocamos y salió bien.
Pero a veces escribir es como el ramo de flores de la copla. No dice mucho, pero hace bonito y con él queda la rima redonda.










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