Posiblemente uno de los tambores más antiguos que tenemos en
la comarca del Bierzo y que se conserva en Villafranca sea el que, a mediados
del pasado siglo, tocaba Pelicán, un vecino de la villa que lo hacía sonar
junto a un clarín en Semana Santa a golpe de:
«Pelicán, can, can, can».
Cuando hoy pensamos en un tambor tradicional quizá
imaginemos un tambor de madera y tensión de cuerda. Sin embargo, eso no es lo
que encontramos en la tradición oral de esta zona.
La forma de tocar que utilizamos está muy bien documentada ya en época napoleónica y, en lo fundamental, es la misma que ha llegado hasta nosotros. Lo que se cambió en realidad fue el instrumento. Desde finales del siglo XIX se fueron incorporando cajas estrechas de latón, integradas también en las bandas de música, que en nuestra tradición oral aparecen denominadas jazz, caja, caixa, tambor y, en alguna ocasión, redoblante.
Esas cajas sustituyeron al antiguo tambor de madera y
tensión de cuerda, aunque no cambiamos tanto la forma de tocar como el tambor
sobre el que tocábamos. Y Y, hace unas décadas, se volvieron a incorporar esos
tambores de madera y tensión de cuerda, aunque cada vez de menores dimensiones,
que hoy relacionamos fácilmente con la percusión tradicional.
En ambos casos el instrumento es esencialmente el mismo: dos
parches, uno más grueso para tocar y otro más fino; un cuerpo central; un
sistema de tensión para los parches; y otro para tensar las cuerdas o
bordonera, que normalmente se coloca en la parte inferior.
Las baquetas con las que se tocaba, algunas veces ni
siquiera formaban una pareja igual, sino que podían tener diferente tamaño y
grosor.
Sin embargo, ya hemos hablado de otro tambor: el de la
flauta. Normalmente se interpreta con una única baqueta, denominada
habitualmente palillo o palote, y tiene como singularidad que sus aros,
apretados con cuerda o con sistemas de tornillería, son metálicos.
Hoy pocas veces se puede ver este tipo de cajas y tambores de la flauta tocando con las gaitas, aunque así lo hemos documentado en la tradición. Somos muy pocos los grupos, como los Pamplinas, que hemos optado por utilizar estos tipos de percusión.
No obstante, esto también forma parte de la variedad de
formas de tocar y de entender nuestro mundo hoy en día.
Del Cuaderno de Campo
La percusión tradicional se reconoce, entre otros aspectos, por el tipo de agarre de las baquetas. En la terminología general de percusión se habla de agarre tradicional, frente al agarre igual o matched grip, más habitual hoy en la batería moderna.
Dentro de ese llamado agarre tradicional existen, además, distintas escuelas europeas, tal y como muestran los tratados de percusión militar de siglos pasados. Conviene tener en cuenta que buena parte de estas técnicas están especialmente bien definidas y documentadas en el ámbito militar, aunque después hayan tenido también una presencia importante dentro de la música popular y tradicional.
Una de las características principales de estas percusiones es precisamente la forma de portar el instrumento. El tambor suele ir colgado de una bandolera o, en otros casos, sujeto a un cinto. Esto hace que el instrumento no quede completamente horizontal, sino ligeramente inclinado. En otros casos, como sucede con el tambor de la flauta y con algunos tambores de pequeñas dimensiones, puede ir suspendido de la muñeca.
De forma genérica, este tipo de instrumento puede encuadrarse dentro de los llamados side drums o “tambores de lado”. La posición del instrumento condiciona especialmente la manera de sujetar la baqueta de la mano izquierda.
En los intérpretes tradicionales que hemos podido observar, la mano izquierda suele sujetar la baqueta apoyándola en el pliegue de la mano entre el pulgar y el índice, dentro de lo que conocemos como agarre tradicional. La forma más escolástica consiste en pasar dos dedos por encima de la baqueta, apoyando sobre ella la primera falange.
Sin embargo, entre algunos intérpretes mayores hemos podido ver también otra variante: colocar únicamente el dedo índice sobre la baqueta. Es una posición igualmente efectiva para el golpeo, aunque se aleje de lo que actualmente se considera una técnica más académica o estandarizada.
También queremos ampliar algunos detalles sobre las cajas.
Comentábamos que, de manera general, muchas de ellas presentan cuerpos de latón, aunque existen modelos construidos en otros metales y también con cuerpo de madera. La variedad es amplia.
Lo habitual es encontrar las palomillas de la tornillería orientadas hacia arriba, pero existen también ejemplares con los sistemas de apriete colocados en sentido contrario. Incluso encontramos modelos con un único parche superior y la bordonera colocada inmediatamente debajo de este o, en algunos casos, por encima.
Estas cajas suelen sujetarse a la cintura o llevarse colgadas. La pieza metálica soldada que sirve como punto de apoyo sobre la pierna puede aparecer también acompañada de correas que ayudan a fijar el instrumento.
Otro aspecto que merece una explicación más amplia es quizá el más característico de nuestros tambores utilizados junto a la flauta.
En la provincia de León, estos tambores, tamborines o tamboriles presentan una serie de rasgos que los diferencian claramente de otros modelos. Uno de los más visibles es el empleo de aros metálicos, normalmente de hierro o latón, combinados con un cuerpo de madera realizado a partir de una tabla curvada o, en algunos casos, vaciado.
Como siempre ocurre en la tradición, existen excepciones. Hemos llegado a documentar ejemplares con cuerpos metálicos e incluso de plástico.
También son especialmente característicos los bordones o sedillas que atraviesan los parches. Habitualmente encontramos uno a cada lado del tambor, que puede ser metálico, de cuerda de guitarra o de tripa. Suelen disponer además de algún sistema de tensión, más o menos rudimentario, en uno de los extremos de cada sedilla.
Las dimensiones son igualmente definitorias. Se trata normalmente de tambores de tamaño considerable y, aunque no exista una medida única, sí se mantiene cierta proporción y una estética reconocible.
Existe, por ejemplo, una publicación que define estos tambores como instrumentos de cincuenta centímetros de diámetro. Sin embargo, esa medida no se corresponde con la realidad de los ejemplares que hemos podido observar y documentar.
Durante el siglo pasado estos tambores sufrieron además algunos cambios ligados a determinadas modas y procesos de modernización.
Por un lado, comenzaron a pintarse, normalmente de un único color.
Por otro, se incorporaron sistemas de tensión mecánica. Estos mecanismos añaden bastante peso al instrumento, pero ofrecen una ventaja importante: permiten tensar las pieles naturales con mucha más facilidad en situaciones de humedad o frío, sin necesidad de desmontar o reajustar todo el sistema de cuerda tradicional.
Ese sistema anterior, más ligero y sencillo, obliga a actuar directamente sobre la cuerda para recuperar la tensión de los parches cuando las condiciones ambientales afectan a la piel.
Al final, como ocurre tantas veces, no encontramos un único tambor ni una única forma de tocarlo. Encontramos técnicas, materiales, soluciones y adaptaciones distintas que fueron cambiando según el lugar, la función, el intérprete y el momento.
Y precisamente ahí está una parte importante de su interés.




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