La tradición es como un río y hoy vamos a hablar de una gota.
Para empezar esta última entrega dedicada a las danzas,
necesitamos conocer un concepto: el folclorismo.
Podemos definirlo como la utilización, adaptación o
representación de elementos de la cultura tradicional fuera de su contexto
original, generalmente con una finalidad artística, divulgativa, festiva o
identitaria.
Un grupo que interpreta bailes tradicionales sobre un
escenario o una agrupación que adapta una danza para un festival son ejemplos
de folclorismo.
Y esto no tiene por qué ser negativo. El folclorismo puede
contribuir a conservar repertorios, despertar interés por las tradiciones y
desarrollar una importante labor social y cultural.
Pero tampoco debemos confundir folclorismo con tradición.
En una tradición viva son sus protagonistas, los propios
portadores, quienes la mantienen y transmiten, conservando o modificando
aquellos elementos que consideran oportunos.
En cambio, cuando una danza ritual pasa a convertirse en un
espectáculo, puede perder parte de su función original. Aunque se represente en
la misma localidad y durante la misma festividad, su contexto, sus
protagonistas y su significado pueden ser diferentes.
¿Y qué ha ocurrido cuando una danza ha desaparecido?
En algunos casos lo ha hecho sin que apenas quedase
documentación. En otros, conservamos descripciones, fotografías, melodías o
testimonios, pero no todos los elementos necesarios para reconstruirla.
Conservar la música de una danza no significa conocer su
coreografía, ni disponer de fotografías permite saber cómo se desarrollaba todo
el ritual.
Por eso, quienes deciden recuperarla necesitan interpretar
las fuentes disponibles, tomar decisiones y, en ocasiones, completar mediante
la creación aquellos aspectos que desconocemos. Esto no resta necesariamente
valor al resultado.
Sin embargo, nuestra experiencia también nos ha mostrado cómo
algunas danzas, incluso sin haber desaparecido, han sido incorporadas al
repertorio de agrupaciones folclóricas como una pieza más, seleccionando
algunos de sus componentes, modificando otros o incorporando otros nuevos a
voluntad.
La música, el baile y otras manifestaciones del patrimonio
cultural inmaterial también pueden ser objeto de interpretaciones interesadas,
que no siempre se corresponden con lo que conocemos a través de las fuentes.
Desde hace décadas encontramos espectáculos que se anuncian
como recuperaciones fieles de antiguas tradiciones, cuando en realidad
incorporan adaptaciones, decisiones artísticas y elementos de nueva creación
que no se suelen explicar.
El problema no está en recrear, adaptar o crear, sino en
presentar como históricamente documentado aquello que realmente es una
hipótesis, una interpretación o una elaboración.
Incluso puede ocurrir que estas recreaciones alcancen tanta
difusión que terminen convirtiéndose, para buena parte de la población, en la
imagen de una tradición.
En nuestro entorno encontramos ejemplos de estas situaciones,
no solamente en las danzas, sino también en otras manifestaciones como los
carnavales, los ramos y diferentes celebraciones populares.
No podemos olvidar que las tradiciones, además de ser
manifestaciones culturales, también son objeto de estudio de disciplinas como
la antropología, la etnología, la etnomusicología o la historia. Su
investigación requiere métodos, documentación y análisis riguroso de las
fuentes. Por eso, no debemos confundir las interpretaciones y creaciones
artísticas con los conocimientos obtenidos mediante su estudio.
Una práctica no necesita tener siglos de antigüedad para
resultar valiosa, ni una recreación necesita hacerse pasar por una tradición
ancestral para merecer reconocimiento.
Hoy hemos hablado de cómo se puede entender una gota, la semana que viene seguiremos bebiendo de este río.
Del Cuaderno de Campo
Este ha sido un capítulo difícil de abordar, pero que considerábamos necesario. Queríamos hablar de buenas prácticas, de folclorismo sustituyendo tradición, pero sin convertir esta reflexión en un lanzamiento de dardos hacia nadie en particular. En cualquier ámbito es fácil señalar, agredir o sentirse agredido, y nuestra intención está mucho más cerca de mostrar otra forma de mirar y hacer las cosas que de lanzar acusaciones. Esto no es una justificación de lo planteado en la Gota, sino una ampliación de sus argumentos y del contexto en el que se desarrolla.
Quizá por eso también nos ha costado escoger las imágenes para ilustrarla. Hablamos a menudo de la labor, cuando menos discutible, de los grupos de Sección Femenina o de Educación y Descanso y de quienes han continuado algunas de sus prácticas hasta nuestros días. Sin embargo, esa manera de entender e intervenir sobre el patrimonio inmaterial no fue una invención suya. Se trata de prácticas que podemos rastrear desde finales del siglo XIX y que Josep Martí i Pérez ha estudiado al abordar el uso y el abuso de la tradición.
El folclore, entendido como el saber del pueblo, ha sido utilizado demasiadas veces de forma interesada. Como arma arrojadiza, como argumento para respaldar un discurso preconcebido, como herramienta identitaria e incluso política. Y no tantas como nos guataría como objeto de estudio y conocimiento. Esto no significa que exista una única manera de acercarse a la tradición ni que todas las perspectivas tengan que compartir los mismos objetivos. Pero sí creemos que conviene distinguir entre documentar, conocer e interpretar una manifestación cultural y utilizarla para construir un relato que ya hemos decidido de antemano.
En nuestro caso, trabajamos desde una perspectiva que pretende ser fundamentalmente documental: recoger aquello que vamos conociendo, contrastarlo, ponerlo en contexto y, cuando la información lo permite, extraer conclusiones. Esto no nos convierte en observadores neutrales ni nos sitúa al margen de los sesgos. Tampoco significa que nuestro trabajo sea infalible o que no esté condicionado por nuestra propia mirada. De hecho, una parte importante del camino ha consistido precisamente en revisar y corregir lo que ya habíamos hecho, incorporar nuevos testimonios, encontrar otras fuentes y modificar algunas de nuestras propias conclusiones.
Porque investigar la tradición también implica aceptar que lo que hoy damos por cierto mañana puede necesitar una revisión. Y quizá esa sea una de las diferencias fundamentales entre acercarse al patrimonio con voluntad de conocerlo y acercarse a él con la intención de encontrar aquello que confirme lo que ya pensamos.
