La
tradición es como un río. Hoy vamos a hablar solo de una gota.
Hoy
hemos venido hasta San Andrés de las Puentes, en el Bierzo Alto, municipio de
Torre del Bierzo. Estamos en un lugar conocido como el Bailadero, porque aquí
se hacía el baile. Aquí tocaron Retundio, Avelino —el tamboritero que tocaba
con la nariz y que, dicen, alguna vez hasta se subía a un castaño para hacerse
oír— y más tarde también lo hizo Antonio Blanco. Y es bonito que un pueblo
conserve no solo el nombre de este lugar, sino también la memoria de quienes le
pusieron música, igual que ha conservado otras tradiciones, como la del Ramo.
En
esta serie vamos a hablar del baile, una parte inseparable de nuestra música
tradicional. Porque la una no se entiende sin el otro.
Y
empezamos por una pregunta muy sencilla: ¿qué se bailaba?
Aquí
hablamos de baile y no de danza. La danza tiene unas funciones rituales muy
concretas. El baile, en cambio, era la forma de reunirse, de mocear, de
relacionarse y de divertirse.
Durante
mucho tiempo el protagonista fue el baile suelto, el que muchos conocen como el
baile de los viejos. Normalmente se bailaba en pareja, aunque también existían
excepciones, y tenía una enorme variedad de géneros y variantes locales.
La
jota fue el más extendido en buena parte de la península, pero en el Bierzo
también encontramos donzainas, pollos, corridos, bien paraos, bailes llanos,
moliñeiras —o molineiras—, gallegos, muñeiras, purrusaldas y muchos otros
nombres que forman parte de un patrimonio sorprendentemente rico para un
territorio relativamente pequeño.
Con el paso del tiempo llegaron otros bailes donde las parejas ya se agarraban. Procedían sobre todo de Centroeuropa y de América, y con ellos llegó también otra manera de bailar. Su llegada no siempre fue pacífica y durante años convivieron con el baile suelto, hasta que en la mayoría de los pueblos este fue desapareciendo poco a poco.
Aquellos mismos músicos tradicionales también acabaron interpretando especialmente los pasodobles, rumbas y valses. Llegaban de fuera, sí, pero las hicieron suyas con una personalidad propia y hoy también forman parte de nuestra memoria musical.
Todo
esto apenas cabe en una gota, pero sí sirve para entender que cuando hablamos
de baile tradicional no estamos hablando de una sola cosa. Detrás de cada uno
de estos bailes hay multitud de detalles.
Y
lo mejor es que todo ese conocimiento no solo puede investigarse. También puede
enseñarse, aprenderse y practicarse con rigor cuando antes se ha dedicado
tiempo a conocerlo profundamente.
Porque
las tradiciones no solo se conservan.
También
se aprenden.
Se
tocan.
Se
cantan.
Se
bailan.
Si
quieres seguir profundizando en esta tradición, ya sea aprendiendo, escuchando
o simplemente curioseando... ya sabes dónde encontrarnos.
Hoy solo hemos hablado de una gota. La semana que viene seguiremos bebiendo de este río.
Del Cuaderno de Campo
Por añadir alguna pincelada más sobre detalles que insinuábamos, vamos a desgranar algún ejemplo más.
Normalmente tendemos a pensar, equivocadamente, que los bailes en pareja son necesariamente de parejas mixtas y, si bien esto era habitual, encontramos repertorios como la Entrada que se bailaba en Corporales de Cabrera, que actualmente se baila de forma mixta, pero que en su origen era una pieza que solo bailaban los hombres y que, además, servía para deshacer las parejas. Que dos hombres bailaran juntos tampoco era extraño, del mismo modo que en muchos lugares era habitual ver a dos mujeres bailar juntas.
También es cierto que las diferencias de género se han exagerado y manipulado en los grupos folclóricos, alejándose en esto también de la tradición. Incluso se ha llegado a aceptar como algo normalizado en los mismos el vestir a mujeres de hombres.
Sin embargo, donde estas diferencias sí han sido muy estrictas hasta las últimas décadas no ha sido tanto en el baile como en las Danzas, muchas de las cuales eran ejecutadas únicamente por hombres o únicamente por mujeres. En algunos casos se llegaba incluso a recurrir a niños para representar papeles femeninos, como el de Dama, algo que, salvando las distancias, ocurrió también en tradiciones teatrales como la griega clásica o la isabelina, donde los hombres interpretaban los papeles femeninos.
El baile, entendido como costumbre social, tiene muchísimos detalles y particularidades: algunos se daban de forma bastante general y otros eran estrictamente locales.




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