Empezamos la mañana reuniéndonos junto a la iglesia de Sésamo. Nos ajustamos los cheles y, después de afinar (cosa importante antes de tocar para luego poder desafinar a gusto durante toda la actuación), empezamos a recorrer las calles subiendo hacia arriba. Al rato encontramos el patinete, que nos guiaba el camino como la estrella de Belén guía a los Reyes Magos para que lleguen a tiempo.
Es la segunda vez que venimos a tocar al Salvador y ya
conocíamos un poco el pueblo. Ya sabíamos dónde era la puerta del Ferreiro, el
acordeonista; cuáles eran los barrios o dónde acabábamos en el vermú. La
primera vez preguntamos muchas cosas. Nos contaron unas cuantas y nosotros
radiamos algunas de las que se pueden contar.
Por eso esta vez empezamos antes, para no ir con apuro, que
al poco de salir el sol ya empezaba a apretar. Al menos lo hicimos un poco
menos preocupados por el fuego, que parecía dar una tregua. No deja de ser un
tema de conversación recurrente por donde vamos. Y no porque hoy viniera a
tocar al bombo Dani J., tres cuartos de ambiente, que es bombero por ambos
lados. Pocos días después de nuestra anterior visita, Sésamo ardió. Porque nos
duele el corazón cada vez que vemos columnas de humo, nos caen pavesas encima o
vamos al río y el fondo aún es testigo negro de lo que arrastra.
Pero es día de fiesta y toca alegrarse dando alegría,
haciendo música puerta a puerta. Porque en este pueblo son agradecidos: salen a
las ventanas, a las puertas, aplauden y agradecen que les pasemos por delante
para recordar que hoy es un día especial.
La vuelta completa acabó otra vez a la puerta de la iglesia.
Tocaba hablar con el cura; bueno, con los curas, porque esta vez la misa era
grande y concelebrada: cuatro curas como cuatro pamplinas. Así que el resultado
fue empate técnico con los curas. Al Salvador pequeño lo llevamos a dar la
vuelta en procesión y, al regresar, tocamos lo que nos pidieron: el Santa
Bárbara Bendita, antes de entrar en la iglesia, junto a la vagoneta, como
homenaje a todos aquellos mineros del pueblo.
De ahí al vermú y a disfrutar un rato buscando sombra, que
el día no estaba para bromas, y refrescándonos también por dentro.
Cuando haces un pueblo por primera vez, te fijas en todo lo
nuevo. Siempre miramos las casas que tienen corredor antiguo, las personas que
te llaman la atención y las que te buscan para cruzar una palabra. Cuando
vuelves, algunas cosas se olvidan, pero otras ya quedan grabadas: reconoces las
cuestas (sobre todo las que suben), sabes que el pincho está bueno en el vermú,
casi tienes seguro quién es el cura y cómo quiere las cosas… La lista es larga.
Nuestro oficio tiene mucho de eso. Y a nosotros nos gusta
repetir. Pero repetir no es hacer otra vez lo mismo; es hacerlo conociendo un
poco mejor el lugar y a su gente. Es más fácil controlar los tiempos, las
distancias y que no falte detalle. Porque hasta para improvisar se ensaya. Los
pueblos se aprenden igual que las canciones: volviendo a ellos una y otra vez.
Y quién sabe... igual a la tercera ya le hacemos bailar
hasta al Santo. Que a los Pamplinas no se nos resiste un dancing.







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