lunes, 10 de agosto de 2026

Croniqueta de un músico #11 (2026) – Ronda de Bodegas de Toral de Merayo / Dani J. y Diego B. TamboriTeros

Poco podemos decir de una actuación que este año ni siquiera figuraba en los carteles de la fiesta. En Toral decidieron darle una vuelta a las bodegas y a la amanecida del Salvadorín para que volvieran a ser un poco más para la gente del pueblo. Y nos parece más que bien. Hay fiestas que no necesitan crecer; necesitan seguir siendo ellas mismas.

 

Las anécdotas de esa noche se quedan para quienes la compartimos. La crónica del año pasado, que hasta dejó algún recado, ya dio que hablar. Así que este año nosotros también vamos a darle una vuelta a lo que contamos.

Porque de vino (que nunca falta), almendraos, rosca, canciones y algún que otro cadáver que Chori sabrá dónde escondió, podríamos hablar un buen rato. También contar que esta vez arrancamos a tocar un poco más adelante para ir a la bodega de Rubén y no hicimos girar a toda la plaza después de la orquesta. O de que, aunque todos hablamos de las bodegas de Toral de Merayo, se nos escapó Toral de los Vados. Todo sea porque no se nos planten cuatro autobuses con guía incluido buscando un parque temático a orillas del Oza.

 

Por eso la broma fue solo para los que saben tentar un vaso en la mano y cantar mirando hacia arriba, sin aspirantes a madrilanos y chavalada que no sabe qué es Merayo y qué es Toral. Ni en qué barrios están las bodegas: Las Cabanas, donde está el lagar; el Cerrao; Viña de Val; Cigales; la Barrera; Horne; la Rastriera; el Pajariel; el Barrio de la Fuente, de donde salen los Lameros, el de arriba y el de abajo; la Perinchina… Alguno seguro que se nos olvida, pero entre que no somos de aquí (que somos de otro lao...) y que la noche nos confunde... aun así, creo que ya nos vamos conociendo. Será por eso que siempre acabamos diciendo que estas bodegas nos gustan más que un tardeo, o unas bodegas de tardeo. Mucho más.

Así que no haremos lista de las bodegas, ni de cuál fue la nueva, si es que la hubiera, tan nueva como un virgo recién importado de China. No vamos a contar cuánto vino se bebió (siempre tinto, que al menos dentro del cuerpo se quede lo colorao), quién tenía reuma en el codo para llenar los vasos o quién desafina o solo mueve los labios cuando se cierra el corro.

 

Pero hay historias que merecen más unas líneas que las anécdotas de una noche que alguno o alguna que no pasó por allí igual estaba esperando. Esas las guardamos para los que las compartimos y para comentarlas otra vez frente a frente el año que viene.

Y una de esas historias empieza por un nombre propio.

De las primeras cosas que nos dijeron al llegar fue que Blas nunca habría llevado una camisa floreada como las nuestras. Seguramente tenían razón. Y probablemente tampoco le habría convencido mucho eso de las zapatillas blancas. Pero nos gusta pensar que, en lo importante, seguimos intentando hacer lo mismo que él.

Porque si hoy resulta tan fácil ir de bodega en bodega tocando por el pueblo, en parte es gracias a él.

No fue el primero. Nosotros conocemos a algunos de los que tocaron antes que él y también a varios de los que vinieron después, entre ellos su propio hijo o Isidro Ramón, de Trascastro. Pero hay personas que acaban convirtiéndose en el referente de un pueblo, y Blas fue una de ellas.

No hace falta que nos nombren hijos adoptivos ni poner una arroba delante de la palabra seguidores para saber quién dejó huella en un sitio. Basta con escuchar hablar a la gente. En Toral basta pronunciar la palabra tamboritero para que, tarde o temprano, alguien acabe hablando de Blas. La memoria nunca necesitó redes sociales.

Era maragato, de Prada de la Sierra, y acabó haciendo de Toral su casa. Tenía el carácter perfecto para una ronda como esta: serio cuando tocaba serlo, pero siempre dispuesto para la broma. Supo darle aquí una manera de entender el oficio de tamboritero y ganarse un respeto que, afortunadamente, todavía permanece. Aquí todo el mundo entiende cuál es el papel del músico. No somos los protagonistas de la noche, pero sí una parte importante para que siga siendo como siempre fue.

Nosotros también llegamos a escucharlo tocar. Y fue toda una suerte. Más que por juzgar cómo tocaba, por haber conocido a quien durante tantos años dio sentido a este recorrido y acabó convirtiéndose en parte de la memoria del pueblo. Es recurrente el chascarrillo del palo que le dio a Carlos Núñez cuando le vendió un tambor. Pero hay otra imagen que nunca se nos olvida. La feria de los Remedios de Luyego. Blas recorriendo la feria con un tambor colgado, un cartel que decía «Se vende»... y sin flauta. Ya no vamos a decir que lo hacía para no pagar un puesto en la feria, pero desde luego aquella publicidad valía mucho más que cualquier anuncio.

Nuestro oficio no se entiende sin personas como él. Personas que enseñaron el camino a quienes vinimos después. Tan importante fue que el propio pueblo decidió homenajearlo en vida. Y eso también habría que aprender a hacerlo más veces. En 2011, con noventa y cinco años, descubrieron un monolito que todavía puede verse junto a la ermita del Santo Cristo del Nogaledo. Para entonces llevaba ya cuarenta y un años viviendo en Toral. Y lo del Nogaledo no podía venirle mejor, porque de troncos y tablas de nogal salieron muchos de los tambores que construyó con sus propias manos.

 

Ahora Blas ya no está. Pero sigue saliendo la ronda. Los tiempos cambian. Pero hay cosas que permanecen. Se siguen viendo pernales arremangados que evitan curiosas confusiones... o quizá las provocan. Se sigue saliendo de la plaza, haciéndose la foto del amanecer y regresando otra vez al mismo sitio, cerca de donde estuvo la piedra de los bolos, hoy sustituida por un polideportivo.

Seguimos pensando que vivir es mejor que ver, escribir o escuchar. Que nos sentimos halagados, respetados, acompañados y muy bien tratados cada vez que venimos a esta fiesta.

 

Porque las anécdotas hacen una noche. Pero personas como él hacen tradición.

Y mientras haya pueblos que sigan acordándose de quienes marcaron el camino, nosotros querremos seguir estando por allí para ponerles música.

Al final resulta que sí teníamos algo que contar. Igual no era lo que alguno o alguna esperaba. Pero era importante.

 

Y para terminar, esta vez nos toca a nosotros entonar:

Bodegas de Toral,
de vino de lagar;
dichoso de aquel
que las pueda visitar.













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