jueves, 6 de agosto de 2026

Entrecroniqueta #9 (2026) – Villadecanes / Los Pamplinas Dúo

Este verano está siendo curioso. Ahora que contamos parte de lo que hacemos, también somos más conscientes de la suerte que tenemos.

Por varias cosas, además.

Primero, por dar con gente que entiende qué hacemos y cómo lo hacemos. Segundo, porque nos han tratado siempre bien y no hemos tenido que desviar los temas de los que escribimos, ni disimular. Y tercero, porque seguimos disfrutando de este oficio y de la manera en que lo hacemos.

Eso también significa que las fechas se van llenando poco a poco. Algunas las tenemos cerradas desde un año antes. Otras, como en esta ocasión, llegan en la misma semana.

Como dijimos, según fuentes cercanas a la comisión de fiestas, el cartel ya estaba cerrado. Según lo que pasó el domingo... todavía quedaba una sorpresa.

 

Así fue como nos contactaron desde Villadecanes. No confundir con otro Viladecans que hay en Cataluña. Nos llamaron para preguntar si aún teníamos libre el fin de semana y nos explicaron qué querían y cómo lo querían. Lo cual ya es una ventaja. Que a veces también nos llaman para decir: «Venid a tocar»... y hasta ahí llega el pliego de condiciones, que solo se incumple si no quedan satisfechos con los músicos.

Nos pusimos de acuerdo y, el domingo por la mañana, allí estábamos.

Cuando quien te llama sabe lo que quiere, nuestro oficio resulta más sencillo. Luego queda una parte que sigue dependiendo de la experiencia y de cierta complicidad: saber qué tocar en cada momento y qué canción puede despertar lo necesario en cada situación.

 

Pasacalles, procesión, misa y un par de piezas a la salida. Sin PowerPoint con animaciones, pero el guion estaba clarísimo.

Hay pueblos donde la música todavía no se entiende como un adorno, sino como parte de la fiesta. No se trata únicamente de tocar unas piezas. Se trata de despertar las calles, acompañar a la gente, poner sonido a la procesión y recordar que este no es un domingo cualquiera.

Así que empezamos por el pasacalles.

Simplificando mucho, y aunque recorrimos algunos callejos, Villadecanes tiene tres calles. Habíamos aparcado cerca de la iglesia y desde allí empezamos bajando hacia la entrada del pueblo.

Ya sonreímos porque, en el jardín del templo, junto a la barra de la fiesta, había una buena colección de tiestos y ya había quien pasaba a recogerlos. Normal. La juventud había hecho su trabajo durante la noche y los demás empezaban el suyo por la mañana.

En otras puertas, alguna mujer sacaba de casa los que había guardado para que la juventud no marchara con ellos. Y es que, para que nadie se asustara, la trastada estaba anunciada hasta en el cartel de esta fiesta del Sagrado Corazón de Jesús. —En ti confío —decía el cura.

 

Cuando volvíamos a subir paramos a hablar con Dani, que viene a clase con nosotros en la Banda de Gaitas Mencía de Toral de los Vados y se había levantado hacía poco. De ahí seguimos hasta el pico del pueblo y llegamos al cementerio. Si hasta allí habían puesto banderines, también se merecía que hasta allí llegara la música. Que los del Campo Santo no iban a protestar.

Después bajamos hacia la plaza y, en dirección a Iglesia de Campo, pasamos por delante del potro y llegamos hasta la báscula. Lo anduvimos todo. Y, aunque también paramos a hablar y a dar los buenos días en cada puerta de la que salían a recibirnos, todavía nos sobró tiempo antes de la eucaristía.

En cada puerta alguien saludaba. Unos daban los buenos días y no faltaban las sonrisas. No hace falta un aplauso para sentir ese calor. Sigue gustando una caja bien templada y quien tempere la gaita al lado. Aunque no nos suban y etiqueten, no falta quien al pasar saque el móvil, a veces hasta con cara de disimulo. Ni hace falta pedir permiso, que nuestras músicas —al menos por ahora— no tributan SGAE.

 

La charla a la puerta de la iglesia se volvió de lo más divertida. Nos contaban cómo antes los que hoy son mayores robaban los tiestos de las casas y los colocaban en dos hileras a la salida del templo, marcando el recorrido de la procesión. Lo de que Villadecanes no tiene barrios, que aquí no hubo músicos del pueblo —aunque estuvimos preguntando por ello hace ya casi veinte años— y alguna historia más, lo dejaremos para otra. Siempre tiene que quedar alguna excusa para volver.

Esta es una práctica que se remonta a tiempos inmemoriales. Y digo inmemoriales porque la memoria oral llega hasta donde llega —setenta años, por poner un ejemplo, aunque depende mucho de con quién estés hablando—. Pero sabemos que estas trastadas se hacían en más pueblos.

En Cacabelos, por ejemplo, por San Juan. En Villamartín de la Abadía, sin embargo, les daban la vuelta a los carros, aunque los dejaran en una tierra llena de abono, haciéndose el listo o el tonto, quién sabe. Hasta una vez escribimos en el blog sobre estas trastadas de los mozos.

Al final, las travesuras también forman parte de lo nuestro y, mientras no hagan daño, también cuentan cosas de quienes fuimos. Prometo que para esta fiesta no fue maltratado ningún geranio, ni sufrió ningún poto.

 

Pronto llegó el cura y hablamos con él. Este oficio permite entrar en lugares donde normalmente uno no entraría y conocer los pueblos a pie, despacio y hablando con la gente. Hay quien conoce los sitios por Tripadvisor. Nosotros, a veces, nos metemos hasta en la sacristía.

Ya habíamos coincidido más veces con este párroco, pero aquel día venía particularmente jovial, animado y gesticulando de una manera que llamaba la atención.

Nos contaron que antes mantenían la costumbre de dar misa el sábado y el domingo, con una procesión hacia abajo un día y otra hacia arriba al siguiente. Ahora, con tanto trabajo y tantos pueblos que atender, tocaba buscar una solución.

Y la solución fue tan efectiva como salomónica: un poco de procesión hacia abajo y otro poco hacia arriba.

 

Luego vino la misa, más bien breve —dicen que lo breve...—, unas piezas a la salida y el vermú, que arrancó con sevillanas. Porque una cosa no tiene por qué estar reñida con otra.

Volvimos contentos. Habíamos sentido que valoraban nuestro trabajo y la forma de entenderlo.

El pasacalles para anunciar que era fiesta y despertar a los que aún tenían el ojo apegañado.

La procesión con los sones que pedía la ocasión.

La misa con lo que procede, sea El pescador, Bendito o lo que corresponda.

Y unas piezas animadas cuando llega el momento de celebrar.

Que si quieren unos músicos elegantes, iremos todo lo elegantes que requiera la ocasión. Que si quieren que vayamos vestidos de gaiteiros, sacaremos el paño fino, el lino y los zapatos buenos, igual para un pueblo que para una ciudad. Que para eso los trajes no están solo para la foto.

 

Nos fuimos también con la gratitud de comprobar que habían quedado contentos. Hay una gran diferencia entre que alguien te despierte por la mañana y que haga sonar música en directo, sin trampa ni cartón, puerta por puerta. Porque lo que hacemos llega donde ningún altavoz puede llegar: a una puerta que acaba de abrirse, a una conversación que se detiene un instante, a una ventana desde la que alguien sonríe sin hacer ruido. Somos un poco como aquel anuncio que decía «llega donde otros no llegan». Solo que nosotros lo hacemos puerta por puerta.

También contentos porque hay gentes que aún aprecian la diferencia que hay entre una procesión acompañada por una melodía y un toque solemne, y otra en silencio.

Que nada de lo que tuvieron este fin de semana está reñido, ni la verbena hasta las tantas, ni la discoteca móvil, ni las sevillanas del vermú, ni el robo nocturno con alevosía de los tiestos.

Sólo que cada momento tiene su música.

 

Ojalá siga habiendo pueblos donde unos buenos músicos sigan siendo la mejor manera de decir «buenos días». Porque hay saludos que se dan con palabras... y otros que se dan sin ellas. Y mientras siga habiendo quien quiera abrir la puerta para escuchar una gaita doblar una esquina, seguirá teniendo sentido llamar a unos gaiteiros para recordar que aquel no es un domingo cualquiera.















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