miércoles, 19 de agosto de 2026

Entrecroniqueta #12 (2026) – Odollo / Los Pamplinas cuarteto Gaiteiros de Oficio

Mira que podíamos inventar alguna bobada. Con un pueblo lleno de camisetas para la fiesta con el 26 y como si fueran de la selección, podríamos hasta mandar una nota de prensa sobre el homenaje que le hicieron en un pueblo de Cabrera al número 26 de la selección española.

Que esta es la primera edición del Mundial con este número de convocados y el último en llevar el 26 fue Borja Iglesias: el más veterano, el que nada más jugó tres minutos contra Uruguay, el primer gallego en ganar un Mundial, el primer jugador del Celta que lo hace y, por si fuera poco, el DJ del equipo. Que igual no jugó mucho, pero alguien tendría que poner la música.

Y aunque no todos los Pamplinas somos futboleros, bien merecía un homenaje en Odollo y hasta que nos hiciéramos un montaje posando con él. Total, cosas más raras se han publicado.

Un año más nos vinimos a tocar a la pulpada de Odollo. No es la fiesta del pueblo, pero es fiesta. Hay más gente en el pueblo que en otro momento y la verdad es que no falta la xoldra. Mucha gente de Madrid, que se nota bien, no porque no sepan dónde deben aparcar, den la murga o sean unos repunantes; se nota en detalles como las camisetas de Leño o Barón Rojo y en que en la mano los verás con una Mahou en vez de una Estrella Galicia. En general, a la gente, ese ente etéreo, le gusta generalizar y los madrileños son, en algunos casos, difíciles de llevar. Pero aquí la única guerra que dan la da alguno cuando sube la cuesta en coche y deja olor a embrague. Que lo bueno también hay que decirlo.

Como todos los años, empezamos por Oteiro, tocando la primera pieza, la alborada, en el número 93, donde antes estaba frondosa la chumbera y donde nos hacemos una foto. Que hay más barrios en Odollo: también están Quintaniella y Barrio. Nosotros, luego, para bajar, atajamos por un carreiro agarrándonos de la mano, a la cuartia, que decían aquí antes. Ya son años viniendo y siempre aprendemos algo nuevo. Lo que escuchamos sigue pasando por nosotros, que algo nos va dejando dentro.

Cuando llegamos a la Canalexa ya vimos cómo relucían dentro las latas de cerveza. Aquí las fuentes refrescan un poco más, aunque este año es verdad que hay agua dabondo. Y desde allí seguimos este año un recorrido un poco cambiado, pero también más suave.

Este año, además de Pablo, nos acompañó desde el principio otro músico, descendiente de músicos y que seguro que nos lee (un abrazo, ya que estamos). Él tocó en orquestas, su hijo sigue algo la tradición y, hablando, nos contó también de los que habían venido antes: de su tío Joaquín y de Efrén, su abuelo, un tamboritero anterior a Joaquín del que no habíamos oído hablar. Porque este es un pueblo de músicos. Todos recuerdan a Sergio, pero nosotros también hemos oído hablar de algún gaiteiro y de una familia que acabó como maragatos en Turienzo de los Caballeros.

Y tenemos que decir algo que ya hemos oído varias veces, pero hay que preguntar y repreguntar para confirmarlo, porque además se nos hacía extraño. En Cabreira, al menos en Odollo y en algún pueblo más, se decía tamboril, como en Zamora o Salamanca. Incluso se llamaba tamborileiro al que tocaba la flauta y el tambor a la vez (que ahora ya se ven modernos que solo tocan la flauta o el tambor y quieren serlo también con la mitad de la tarea).

Seguimos tocando y fijándonos en que el pueblo está lleno de esa flor que solo se abre cuando se mete el sol y que le dicen Don Diego de noche, aunque aquí muchos la conocen por el nombre de Madrid (le llaman así en más sitios también): periquitos. Para la mayoría, periquitos son los pájaros o los del Espanyol, aunque en la capital del Bierzo Alto le dicen así a unas rosquillas que no son rosquillas de Semana Santa (que me lío y no es época).

Ya conocemos las casas y nos vamos dando cuenta de quién está y quién no, de quién falta ya porque no está con nosotros y quién sale a bailar acompañándonos.

De hecho, fue pasar cerca de la puerta de la Tía María y nos fuimos hasta donde ella para tocarle un poco. El año pasado nos bailó la jota y, como cayó, este le tocamos un agarrado para que no hubiera peligro. De mayores queremos ser como ella, esa vitalidad y esas ganas de bailar. Tiene el oído duro, será por eso que le gusta lo que tocamos, pero firmábamos ahora por llegar y hacerlo así de bien. Hablar con gente como ella, ver cómo nos reciben, es la mejor propina que nos pueden dar.

Bajamos un poco más y, en una de las puertas en las que siempre nos salen, pasamos del porrón a los chupitos de agua de la sierra y cuturrús. Ambos dos no están hechos para flojos. Tentar tres del tirón en una puerta tiene sus consecuencias. Aunque, como nos decían: «abren os pulmois para tocala gaita, soplalo saxo y que rebrinquen las baquetas solas polo tambor».

Antes de llegar a saludar a los pulpeiros, entrar por el bar y hacer el vermú, había que volver por casa da Tía María para otro engarrao y no dejar ninguna pieza sin bailar. Luego vino el vermú, con más porrón, y a hacer bailar a todas esas camisetas rojas, desgastando el suelo como si no hubiera un mañana y quemando calorías para hacer hueco para la cena.

Al final marchamos sin probarlo, pero es que es para la tarde y quedamos en que el año que viene comíamos la ración de este y la del siguiente juntas (lo tenemos apuntado y yo ya me puse una alarma en el móvil para que no se me olvide).

Solo podemos decir que pasarlo bien es sano, necesario; volver al pueblo también, sobre todo si es respetando. Que aquí se vive bien, se respira bien y, por lo que se ve, hasta se pasa de centenario. Por eso, a nosotros, que nos gusta aprender de los viejos, de los que saben (cuántas veces nos habrán dicho eso de «los que sabían eran los viejos»), aprendamos de la Tía María.

No hace falta esperar a que vuelva a haber veinte vecinos en Quintaniella, no esperéis a que el pueblo esté lleno, no esperéis a tener ciento un años para bailar. Como decía Horacio (que no era de Odollo, aunque era poeta): cosecha el día, aprovecha el día. Aunque él escribía en latín y lo que puso en su libro Odas (I, 11) fue: carpe diem.

Y si es con pulpo y buena música, mejor.













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