Samanta Villar empezaba aquel programa de 21 días diciendo: «No es lo mismo contarlo que vivirlo». Y eso nos pasa un poco a nosotros. Porque cuando llega una semana de agosto en la que no paras, son muchas las cosas que pasan y muchos los lugares y las personas que se cruzan por el camino. Algunas dan para estar hablando horas y otras simplemente te dejan un buen recuerdo. Pero todas tienen algo.
A nosotros nos gusta tocar cerca, donde ya nos conocen. Pero
cuando nos llaman, ajustan bien y les gusta lo que hacemos, tampoco dejamos que
unos cuantos kilómetros estropeen el trato. Y así fue como cruzamos hasta
Marquiz de Alba, en tierras zamoranas.
Un pueblo pequeño, pero con material suficiente para hacerse
una buena ficha turística: un poco de románico, cinco fuentes con nombre,
memoria de un corral para lobos, como los que también conocemos por aquí, y
unas Escuelas Nacionales que llevan allí desde 1926. No está mal para andar
rondando los sesenta habitantes.
Aunque su patrón sea San Marcos, aquí también hacen fiesta
en agosto. Cuatro días nada menos. Y quizás lo más exótico por aquellas tierras
de Alba fueran dos gaiteiros bercianos apareciendo para tocar la salida de misa
y el vermú.
Y al vermú nos fuimos precisamente a las antiguas Escuelas
Nacionales. Probablemente las únicas escuelas con aire acondicionado que hemos
podido documentar en nuestro riguroso inventario. 😜
Claro que quizás el secreto esté en que allí ya no se dan clases. Ahora son más
bien local social, bar y lugar de encuentro. Que tampoco es mal destino para
una escuela: donde antes se aprendía, ahora se toman unos pinchos, se conversa
y se echan unos dancings con música en directo.
No se puede negar que, cuando uno se mueve por el mapa,
cambian el paisaje y también un poco el paisanaje. Y ahí está buena parte de la
gracia. Conocer lo que hacen en otros lugares también sirve para conocernos
mejor a nosotros mismos.
Porque una cosa es tocar donde una gaita forma parte del
paisaje sonoro habitual y otra llegar a un lugar donde dos gaiteiros bercianos
somos casi la nota de color del programa. Y descubrir que allí también
funciona, que la gente escucha, baila, se acerca y disfruta, nos recuerda que
estas músicas pueden viajar mucho más de lo que a veces pensamos.
Al final hicimos kilómetros para descubrir que también se
puede tocar lejos y sentirse cerca.
Y tampoco hace falta que en cada actuación ocurra un gran
sucedido para tener algo que contar. Si hiciera falta, sabemos inventarlo; no
iban a tener la exclusiva de la hipérbole los pescadores y los cazadores. Pero
lo que hacemos y lo que contamos es bastante de verdad. Aunque ya sabemos que
el papel aguanta mucho... y, si hace falta, alguna vez también le podemos poner
un poco de adorno.
Porque Samanta tenía razón: no es lo mismo contarlo que
vivirlo.
Pero como no podéis venir todos con nosotros, habrá que
seguir intentando contarlo. Un poco. Solo lo que se puede contar.
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