lunes, 27 de julio de 2026

Entrecroniquetas de un músico #5 (2026) – Villar de las Traviesas / Los Pamplinas Dúo

Día de Santiago por la tarde y empezábamos tocando de Pamplinas en Villar de las Traviesas, en nuestro formato más pequeño: dúo de gaita y caja, aunque también metimos alguna pieza de flauta y tambor. Hacía diez años que no volvíamos. La última vez habíamos venido a grabar y, sin entrar en nostalgias improductivas, algo pellizca por dentro cuando descubres que ya no está ninguna de las mujeres mayores con las que hablamos entonces. Ni Rosario, ni Delfina, ni Dolores, ni Florinda, que nos contó que en su casa había estado el primer salón de baile de Villar. Tampoco Rufina, la mujer de Avelino el Gaitero, a quien fuimos a entrevistar a Noceda, donde vivía por entonces.

Aun así, fue bonito volver a ver a Aníbal: tamboritero, acordeonista y, durante algún tiempo, también batería. En realidad, la primera vez que vinimos fue para conocerlo. Regresamos una semana después porque queríamos grabarlo tocando y él aprovechó aquellos días para ensayar. Para la ocasión hasta se puso elegante, con su pajarita y todo.

Porque luego dicen que los músicos tradicionales no sabían y que improvisaban todo...

 

Así que no nos quedó más remedio que empezar tocando las piezas de por aquí. Las que Aníbal nos contó que había escuchado a Antonio, el tamboritero de Noceda, y que nosotros conocimos a través de Budiel, Mateguines o Gabriel. Pero también alguna de las que sabemos que tocaba Avelino con la gaita, como una muñeira que aparece en un vídeo en el que toca junto a la comparsa de Librán durante un carnaval o la Adelaida.

Más tarde, cuando ya había más gente en la plaza, la orquesta había montado el palco y lo tenía todo preparado para empezar después de nosotros y antes de la paella. Tocamos La ovejita lucera. Desde hace unos años es un tema que no dejamos de hacer y que mucha gente conoce, aunque solo sea por la versión de Krahe en La Mandrágora.

Mientras estábamos tocando, una mujer que estaba a nuestro lado dijo en voz alta, para que la oyéramos:

—Estáis tocando la mía.

La miramos sin acabar de entender qué quería decir.

—Es que esa canción era de mi padre.

La gaita y la caja seguían sonando con ganas, pero nosotros, aunque toquemos, no perdemos la atención. Y entonces entendimos quién era.

Era Elvira, la hija de Avelino y Rufina.

Y luego dicen que tocar es solo tocar.

Habíamos estado en su casa diez años antes, aunque no nos recordábamos mutuamente. Al terminar de tocar, la conversación empezó animada. Quería saber quiénes éramos y dónde habíamos aprendido aquella canción.

La verdad es que escuchársela a Avelino hizo que nos fijáramos en ella y acabáramos metiéndola en el repertorio. Mucho antes, Tomás Rodríguez había tenido el buen criterio de grabarlo cuando todavía era un chaval. Grabó conversaciones, consejos, cuentos y canciones. Y gracias a todo aquello nosotros también pudimos impregnarnos un poco de aquel mundo.

La siguiente pieza no la presentamos. Cuando terminamos, Elvira dijo:

—Esa era la que tocaba mi padre para la jota.

Tal cual. La habíamos preparado este mismo año para las clases y todavía la teníamos fresca en la cabeza. No tardará mucho en aparecer también por el blog.

Elvira fue cartera y se le nota de dónde viene por el carácter y por su forma de contar los recuerdos y las anécdotas. Aunque ella diga que, con ocho décadas, ya no tiene aire en las ruedas, conserva la chispa y no necesita inventar nada para explicar lo que vivió y cómo lo vivió.

No pudimos resistirnos a preguntarle si recordaba las cincuenta verdades que contaba su padre. Antes de que termináramos, dijo a la vez que nosotros una de las últimas:

—De esta vida llevarás, panza llena y nada más.

 

Nunca habíamos venido a las fiestas de Villar y sentimos que aquí quedan todavía muchas cosas por contar y por desempolvar de la memoria. Hay mucho que decir sobre las orquestas, las orquestinas y los músicos, porque este fue un pueblo importante para la música.

Quizá no tenga tantos barrios como otros que ya os hemos presentado, pero sigue haciendo unas fiestas con fundamento: ronda de bodegas, un vermú que se alarga hasta las cuatro de la tarde, orquesta y música tradicional. Porque una cosa no está reñida con otra y todas pueden sumar. Hay sitio para todos.

Que nadie me enseñe la tarjeta roja. Bastante hice este año con ponerme al día con el Mundial...

 

Al día siguiente escuchamos una reflexión que venía bastante al caso. Hoy las orquestas suelen tocar el mismo repertorio y las mismas canciones. Con ellas nos divertimos, lo pasamos bien y algunos hasta bailamos. Pero existen también otras músicas que pertenecen a un lugar concreto, que tocaba un tamboritero o un gaitero y que eran de aquí.

Por suerte, esas músicas todavía nos divierten, aún sirven para bailar y conservan algo especial que las hace diferentes. No mejores ni peores: diferentes.

 

Y quizá esa tarde sucedió precisamente eso. Una canción más, una de aquellas que estuvieron de moda, había llegado hasta nosotros gracias a una vieja grabación. Aquella tarde volvió a sonar en la plaza de Villar de las Traviesas. Y quien primero la reconoció fue la hija del hombre que la tocaba.









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