Hace un año contábamos con pelos y señales (más señales que pelos) el camino que hay para llegar a Trabazos. Aquel 25 de julio lo llamamos Crónicas de unos músecos. Ahí ya estaba el germen de esta serie. Este año volvimos otra vez a tocar. Seguimos pensando que, para los que no conozcan el camino, no encontrarán guía de viajes mejor que esta en internet ni en el bar, apta para cualquier aspirante a Madrilano.
Y aún nos quedó alguna cosa por contar del camino. Esta vez,
por donde hemos cruzado, está más verde que otras veces por estas fechas, sobre
todo para el lado de Cabrera. Para nuestro lado se ven los robles quemados
rebrotando por abajo, las urces y, por todos los valles, la hierba alta ya
seca. Subiendo el Morredero se nota bien por dónde pasó el fuego y cómo saltó
la carretera, pero también queda el recuerdo de la Vuelta Ciclista, cuando pasó
por aquí con una bandera palestina pintada en el medio que, un año después,
sigue teniendo tanto sentido que habría que volver a pintarla.
Antes de llegar al alto tuvimos un espejismo. Con la humedad
de la mañana aquellas piedras blancas parecían neveros. Las vacas siguen al
borde de la carretera, aunque a veces cuesta creer que tengan algo que comer.
La carretera, cada año peor; los mojones, sin pintar… Solo queda cantar la
copla de:
Aunque a nosotros nos gusta más la variante que recogió
García Partos en Valdueza y que remata el cuarto verso con: «No nos la vienen a
arreglar».
El sitio más malo sigue siendo el último repecho. Allí me
pilló la nieve la primera vez que vine a conocer a los Gaiteros de Corporales,
hace ya muchos años. Y cuando regresé a casa hacía más calor que nel infierno.
Pero esa historia no se puede contar con detalles.
Cuando bajas y aparece la ermita de la Virgen de las Ribas
se nos vienen tres cosas a la cabeza.
La primera, que aquí deben rezar bien para que todo siga tan
verde.
La segunda, acordarnos de las nietas de Domingo el Gaitero,
que subieron una historia mostrando cómo celebraban desde Corea que España ganó
el Mundial.
Y la tercera, que justo desde este punto se ve por primera
vez la imitación del Cristo Redentor de Río de Janeiro: el Cristo de Valdavido
o, mejor dicho, el Sagrado Corazón de Jesús de Valdavido. Solo que es unos
treinta metros más pequeño. Lo de abrir los brazos también lo hace.
Pero el nuestro vale más. Está encima del castillo de Peña
Ramiro y da la impresión de que, para levantarse él, tuvo que hundirse un poco
el castillo. Y, aunque se escriba Valdavido y ahora pongan Valdavíu, parece que
dicen Valdavío. ¡Eh!, que nosotros no estamos para guerras. Pero no queremos
entrar en polémica con el Casticristo; bastante diremos si decimos la copla de:
Al ir por aquí nos llamó Edilberto, que iba para Manzaneda a
tocar, para decirnos que no volviéramos por La Baña, porque por la tarde estaba
cortada la carretera por la Subida de la Pizarra. Si es que la llousa también
puede servir para un rally. Él tenía que llegar antes porque el cura daba misa
antes allí. La tercera y última de ese día era la de Trabazos. Ahora cambió el
orden, y no porque le tocara la lotería a este párroco de Truchas y buen
paisano, sino porque va al restaurante de Quintanilla y le cuadra mejor acabar
así.
Nos despedimos de Philip Morris (digo por Edi; el gatín de
Pombriego sabe que le llamamos así con cariño) por teléfono cuando íbamos a
apartar de la general para llegar a Trabazos, donde está la parada del bus, a
dos kilómetros del pueblo, bastante más cerca que la de Castrillo.
Esta vez volvimos aquí para el Santiago, el propio día otra
vez. Aquí los viejos también celebraban San Antonio, pero además la Ascensión.
Para San Antonio contrataban a un tamboritero, normalmente Joaquín el de Odollo
o Santos de Castro, y luego subastaban lo que hubieran recogido. Para la
Ascensión ya traían orquesta. Ajustaban la de Forna o la de Yebra y así quedaba
reservada la fecha del Santiago para que volvieran de segundas. Pero la fiesta
de la Ascensión tuvieron que pasarla al domingo siguiente porque, como el cura
era de cerca e iba para Santa Eulalia, que también estaba de fiesta, ya no
venía aquí a dar misa.
Bajamos del coche y nos empezamos a ajustar los cheles. No
nos recibieron con bombas, pero algún trueno sonó en medio de la calle. Tuvimos
tan mala fortuna que el celo que uso para afinar salió rodando y amparó dos
calles más abajo.
Hablamos con Elías, que nos salió al encuentro, y arrancamos
un pasacalles por el barrio del medio del pueblo. Luego las calles de por
encima de la ermita; después las del barrio del pico del llugar y, para acabar,
las del fondo del llugar. Los carteles de madera que anuncian las calles
conviven con los tejados de chapa, los de llousa y el sabugueiro que medra
entre las casas caídas. Nosotros tocamos para todas las casas: para las que
tienen gente y, por respeto a los que no pueden estar, también para las que ya
no la tienen.
Acabamos pronto y pudimos hablar de Bautista Carrera, el
gaitero que hubo en el pueblo, y de Benigno Cañal, que tocaba el tambor con él.
Benigno era tío de Elías, campanero también, y tocaba con la gaita y, a veces,
él solo, relevando a las panderetas para hacer el baile. A él le dejó en
herencia su tambor; aún lo conserva y lo heredará el nieto de Benigno, que vive
en Madrid y ya lo tiene prometido.
Un rato para hablar de los tiempos de antes, de la
emigración, de los músicos de la zona y de algunas costumbres.
Por cierto, al atravesar la valla de la iglesia, la tumba
que hay a la izquierda, pegada al muro y con la cruz en el suelo, es la de
Benigno.
Luego tocó procesión, misa, baile vermú y hacerlo pasar
bien, que no es poco. Porque salir a tocar es volver con un montón de cosas en
la cabeza y unas cuantas notas apuntadas que merece la pena no olvidar. Luego
llega el lunes y solo contamos una pequeña parte. Y, si hace falta meter por el
medio algo de cosecha propia, las líneas lo aguantan todo.
Casi comprometidos a volver el año que viene, recogimos
porque aún nos quedaba otra actuación por la tarde. Pero esa ya será otra
croniqueta.










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