Fuimos a Igüeña a la fiesta de Santa Marina para hacer el vermú con el Grupo Recuencano. Y es que Recuencano es de Tremor de Arriba y pertenece al Ayuntamiento de Igüeña. Por eso decíamos que el grupo es profeta en su tierra, porque siguen contando con ellos para animar las fiestas del municipio.
Y empezamos yendo a buscar a la iglesia a la gente con la
flauta y el tambor para llevarlos a la plaza del Ayuntamiento nuevo. Esperamos
hasta las dos porque el cura decidió empezar media hora más tarde, pero esa
guerra ya era para las chicas de la comisión. Y resulta curioso verlo con
perspectiva, porque en agosto hace noventa años que ardieron tanto la iglesia
como el Ayuntamiento viejo en el que nos cambiamos. Este pueblo está muy
cambiado y no por aquello, sino porque después de las minas ha sabido repensarse
y conviven espectaculares murales con una playa fluvial estupenda y donde comer
bien o tomar algo a gusto. El espectacular mural junto al río que representa el
pasado minero no hace de menos al dedicado junto a la iglesia al tío Perruca.
Un personaje e historia que tiene su propio libro que os recomendamos.
Bailamos, cantamos, tocamos y lo pasamos bien, mientras la
gente disfrutaba con nosotros buscando la sombra bajo la carpa. Hasta sonó la
copla que dice:
Pero no se puede contar todo, no vamos a decir cómo llamaban
a los de aquí, porque todos tenemos mote, más que llamarnos, nos llaman. Y así
los de Tremor para los de Fasgar eran Choetes, los de Tremor a los de Fasgar
Abisinios, los de Tremor también son Cachelos, los de Espina Llanudos o
Tuérganos, los de Pobladura son Franceses, o los de Colinas para los de Tremor
los de la Manga Rachada. Eso sí, sin decir que lo decía hasta uno del pueblo,
Igüeña tenía muy buenos corrales pero muy mal ganao.
Decíamos Colinas porque es donde fuimos a celebrar y a
comer. Colinas, no solo Colinas del Campo de Martín Moro, incluso Colinas del
Campo de Martín Moro Toledano, aunque lo de Toledano lo decían los niños de
allí en el colegio para rimar «limpia el culo con la mano».
Dice el INE que en 1950 había 233 habitantes y en 2024 ya
eran 72. Incluso el Nomenclátor describe que en el siglo XVIII había 61 casas y
32 pajares o corrales, siendo más de las tres cuartas partes con cubierta
vegetal, lo que decimos teito.
Sin embargo, aun no siendo el pueblo más grande, tiene
barrios como para ser villa: según entras el Rollo, el Santo Cristo, la
Cortina, la Fuente; hacia arriba, desde ahí, la Cuesta y la Pumariega; para el
otro lao, Trallera; junto al río, el Reguero, Barrio y el Barreiro; junto a la
iglesia, la piedra de los Bolos... y aún me faltaría alguno por aprender o
escribir bien. Tenemos para visitar la iglesia de Santa Teodora, a la que se
puede subir hasta el campanario, recién arreglado, para disfrutar de las vistas.
Y la postal del paso por el portal de la ermita que hay a la entrada (aunque
esté vacía) es obligada.
Si aprovechas a subir a comer bien al Aguzo, el restaurante
está en el barrio de Santo Tirso. Y es que las calles casi llevan el nombre de
los barrios, aunque no es lo mismo una cosa que la otra. Llama primero para
reservar, en verano abren más y la visita al pueblo del nombre más largo merece
la pena. Eso sí, no seáis madrilanos (como dice el Pruvianu nen Ser Aturianu) y
dejad el coche a la entrada del pueblo, como pone la señal. Y de la cobertura,
olvidaos, aunque tienen wifi.
Una actuación y no hemos hablado de todo lo que sabemos de
pandereta. Incluso se acercó a hablarnos una señora después de actuar. Era la
hija de Gregorio el Tamboritero y su madre también tocaba la pandereta. Incluso
en 2016 de aquí nos dejaron para bajar a Ponferrada una pandereta para la
exposición de instrumentos tradicionales en la que participamos.
Ya nos falta espacio para hablar del Campo Santiago, esa
pradera a 1.500 metros en un antiguo glaciar en la que el 25 hay romería con
los de Fasgar… para contar que los de Colinas estaban exentos de hacer el
servicio militar por derecho real, un privilegio concedido por Alfonso IX de
León… de los Omañones, que no les gusta que llamen así… de los álamos… lo del
cumpleaños igual lo contamos en otro año. Y tantas y tantas cosas…
Será por eso que decía de ser profeta en su tierra. Uno va a
tocar un vermú y acaba volviendo con media croniqueta escrita por la gente del
pueblo. Porque cuando nos reciben así, las actuaciones dejan de ser solo
actuaciones. Se convierten en historias que alguien te cuenta, en recuerdos que
alguien comparte y en lugares a los que siempre apetece volver. Al fin y al
cabo, a los músicos nos gusta tocar donde nos quieren.
Ya no es que los sitios pasen por nosotros y nos dejen
huella, es que el Bierzo, o lo que hoy es el Bierzo, es tan grande, tan bonito,
tan diverso, tan variado, tan rico, que no hay croniqueta que aguante las
palabras que podemos decir sobre nuestra tierra.



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