Vamos a ir desgranando, poco a poco, las distintas escenas de nuestro espectáculo Días de rodillas peladas.
Empezamos por el principio: 1. Bienvenida e invitación.
Para esta apertura utilizamos una imagen editada a partir de una fotografía original de un niño con un globo del fotógrafo berciano Amalio Fernández. La música de Pascal Comelade y el guion de Denise Silva terminaron de dar forma a esta introducción.
A continuación os dejamos el texto del guion y también la grabación de esta escena en Vega de Espinareda, la segunda de las tres representaciones que realizamos.
Podéis verla tanto en nuestro canal de YouTube como en nuestras redes.
Buenas tardes.
Bienvenidos.
Hoy
vamos a hacer algo especial.
Algo
que no se compra, no se descarga y, milagrosamente, no necesita contraseña.
No
hace falta móvil.
No
hace falta wifi.
No
hace falta cobertura.
De
hecho, si alguno ha venido con poca batería… hoy, por primera vez en mucho
tiempo, no pasa absolutamente nada.
Porque
esta tarde no venimos solo a ver un espectáculo.
Venimos
a recordar.
Y
también a viajar.
Y
no, no hace falta billete.
Ni
maleta.
Ni
GPS.
Aunque
para lo que vamos a hacer… tampoco serviría mucho.
Porque
vamos a volver a un tiempo en el que “estar localizado” significaba que alguien
gritaba tu nombre desde una ventana.
Y
“conectarse” era bajar corriendo a la calle a ver si estaban los amigos.
Vamos
a viajar a hace más de medio siglo.
A
una infancia distinta.
Y
cuando digo distinta… quiero decir muy distinta.
Una
infancia sin pantallas.
Pero
con más historias de las que cabían en una tarde.
Una
infancia de calles llenas de risas.
De
rodillas raspadas. Con el gustito de rascar las postillas.
De
juegos inventados.
De
canciones que se aprendían de oído y se quedaban para siempre.
De
tardes que parecían infinitas.
Y
de una imaginación que hacía auténticos milagros.
Porque
entonces cualquier cosa servía.
Cualquier
cosa.
Un
palo podía ser una espada.
Un
caballo.
O,
dependiendo del niño… un sofisticado instrumento de negociación internacional.
Y
todo sin pilas.
Que
eso hoy ya parece fantasía.
No
había tutoriales.
No
había instrucciones.
No
hacía falta.
La
imaginación ya venía instalada de serie.
Y
claro, para muchos de ustedes esto no es historia.
Es
memoria.
Es
el sonido de una canción que vuelve sin avisar.
El
olor de una merienda.
El
eco de unas risas que todavía siguen por ahí, aunque ahora vivan en otra parte.
Y
para quienes solo conocen todo esto por historias…
tranquilos.
No
es ciencia ficción.
Esto
pasó de verdad.
Vamos
a comprobar una cosa.
¿Cuántos
de ustedes recuerdan lo que era salir de casa… y no volver hasta que anochecía?
Eso
pensaba.
Aquí
hay experiencia.
¿Y
cuántos recuerdan hacerlo sin padres siguiéndote a dos metros con cara de
“cuidado”?
Claro.
Es
que entonces el concepto de supervisión era bastante… flexible.
Sin
GPS.
Sin
mensajes.
Sin
“¿dónde estás?” cada cinco minutos.
Sin
compartir ubicación en tiempo real.
Y,
atención…
sin
corcho debajo de los columpios.
Con
gravilla.
Porque
antes no se amortiguaban caídas.
Se
construía carácter.
Y,
ocasionalmente… mercromina, que lo de la árnica o catapúm no existía.
Pero
oye… sobrevivíamos.
Con
sorprendente frecuencia, además.
No
nos aburríamos.
Bueno.
Solo
cuando llovía.
Porque
cualquier día podía convertirse en una aventura.
Todo
empezaba con una frase sencillísima:
“¿A
qué jugamos?”
Y
ya estaba.
No
hacía falta nada más.
Canicas.
Chapas.
Comba.
Corro.
Carreras.
Canciones.
Discusiones
muy serias sobre reglas completamente inventadas.
Porque
todos sabemos que en la infancia había dos grandes disciplinas olímpicas:
jugar…
y
discutir cómo se jugaba.
Y
luego estaba el mayor drama del día.
No
quedarse sin batería.
No
perder el wifi.
No.
Que
te llamaran para cenar justo cuando el juego se ponía interesante.
Eso
sí era tragedia.
O
que te mandaran a casa demasiado pronto.
O
perder una partida de chapas por una norma que claramente alguien acababa de
inventarse.
Y
sí.
De
verdad se podía vivir sin tablets.
Y
sí.
Sobrevivíamos.
Aunque
algunos todavía no sabemos cómo.
Pero
entre bromas… había algo muy bonito en todo aquello.
Porque
crecer entonces no siempre era fácil.
Había
normas.
Había
límites.
Había
días largos.
Pero
también había algo que nunca pasa de moda.
La
capacidad de encontrar felicidad en lo sencillo.
De
convertir una calle en un escenario.
Una
plaza en un reino.
Una
canción en un recuerdo para toda la vida.
Así
que les proponemos algo.
Dejen
por un momento las prisas.
Olviden
el reloj.
Permítanse
volver a ese lugar donde todo empezaba.
Piensen
en un juego.
En
una risa.
Y
guárdenlo.
Porque
lo van a necesitar.
Porque
esta tarde, la música y el teatro nos van a devolver todo eso.
Las
travesuras.
La
amistad.
La
inocencia.
Las
pequeñas rebeldías.
Y
esos recuerdos que uno cree dormidos… hasta que de pronto despiertan.
Quizá
reconozcan algo.
Quizá
recuerden una retahíla.
O
quizá se descubran sonriendo sin saber muy bien por qué.
Y
si eso pasa…
no
se preocupen.
Es
completamente normal.
Porque
durante el próximo rato les invitamos a hacer algo maravilloso:
mirar
el mundo otra vez con ojos de niño.
Prepárense
para emocionarse.
Para
reír.
Y
para volver a ser niños… aunque solo sea durante un ratito.
Comienza
el espectáculo.

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