domingo, 5 de julio de 2026

Días de rodillas peladas: 1. Bienvenida e invitación

Vamos a ir desgranando, poco a poco, las distintas escenas de nuestro espectáculo Días de rodillas peladas.



Empezamos por el principio: 1. Bienvenida e invitación.

Para esta apertura utilizamos una imagen editada a partir de una fotografía original de un niño con un globo del fotógrafo berciano Amalio Fernández. La música de Pascal Comelade y el guion de Denise Silva terminaron de dar forma a esta introducción.

A continuación os dejamos el texto del guion y también la grabación de esta escena en Vega de Espinareda, la segunda de las tres representaciones que realizamos.

Podéis verla tanto en nuestro canal de YouTube como en nuestras redes.




Buenas tardes.

Bienvenidos.

Hoy vamos a hacer algo especial.

Algo que no se compra, no se descarga y, milagrosamente, no necesita contraseña.

No hace falta móvil.

No hace falta wifi.

No hace falta cobertura.

De hecho, si alguno ha venido con poca batería… hoy, por primera vez en mucho tiempo, no pasa absolutamente nada.

Porque esta tarde no venimos solo a ver un espectáculo.

Venimos a recordar.

Y también a viajar.

Y no, no hace falta billete.

Ni maleta.

Ni GPS.

Aunque para lo que vamos a hacer… tampoco serviría mucho.

Porque vamos a volver a un tiempo en el que “estar localizado” significaba que alguien gritaba tu nombre desde una ventana.

Y “conectarse” era bajar corriendo a la calle a ver si estaban los amigos.

 


Vamos a viajar a hace más de medio siglo.

A una infancia distinta.

Y cuando digo distinta… quiero decir muy distinta.

Una infancia sin pantallas.

Pero con más historias de las que cabían en una tarde.

Una infancia de calles llenas de risas.

De rodillas raspadas. Con el gustito de rascar las postillas.

De juegos inventados.

De canciones que se aprendían de oído y se quedaban para siempre.

De tardes que parecían infinitas.

Y de una imaginación que hacía auténticos milagros.

Porque entonces cualquier cosa servía.

Cualquier cosa.

Un palo podía ser una espada.

Un caballo.

O, dependiendo del niño… un sofisticado instrumento de negociación internacional.

Y todo sin pilas.

Que eso hoy ya parece fantasía.

No había tutoriales.

No había instrucciones.

No hacía falta.

La imaginación ya venía instalada de serie.

Y claro, para muchos de ustedes esto no es historia.

Es memoria.

Es el sonido de una canción que vuelve sin avisar.

El olor de una merienda.

El eco de unas risas que todavía siguen por ahí, aunque ahora vivan en otra parte.

Y para quienes solo conocen todo esto por historias…

tranquilos.

No es ciencia ficción.

Esto pasó de verdad.

 


Vamos a comprobar una cosa.

¿Cuántos de ustedes recuerdan lo que era salir de casa… y no volver hasta que anochecía?

Eso pensaba.

Aquí hay experiencia.

¿Y cuántos recuerdan hacerlo sin padres siguiéndote a dos metros con cara de “cuidado”?

Claro.

Es que entonces el concepto de supervisión era bastante… flexible.

Sin GPS.

Sin mensajes.

Sin “¿dónde estás?” cada cinco minutos.

Sin compartir ubicación en tiempo real.

Y, atención…

sin corcho debajo de los columpios.

Con gravilla.

Porque antes no se amortiguaban caídas.

Se construía carácter.

Y, ocasionalmente… mercromina, que lo de la árnica o catapúm no existía.

Pero oye… sobrevivíamos.

Con sorprendente frecuencia, además.

No nos aburríamos.

Bueno.

Solo cuando llovía.

Porque cualquier día podía convertirse en una aventura.

Todo empezaba con una frase sencillísima:

“¿A qué jugamos?”

Y ya estaba.

No hacía falta nada más.

Canicas.

Chapas.

Comba.

Corro.

Carreras.

Canciones.

Discusiones muy serias sobre reglas completamente inventadas.

Porque todos sabemos que en la infancia había dos grandes disciplinas olímpicas:

jugar…

y discutir cómo se jugaba.

Y luego estaba el mayor drama del día.

No quedarse sin batería.

No perder el wifi.

No.

Que te llamaran para cenar justo cuando el juego se ponía interesante.

Eso sí era tragedia.

O que te mandaran a casa demasiado pronto.

O perder una partida de chapas por una norma que claramente alguien acababa de inventarse.

Y sí.

De verdad se podía vivir sin tablets.

Y sí.

Sobrevivíamos.

Aunque algunos todavía no sabemos cómo.


Pero entre bromas… había algo muy bonito en todo aquello.

Porque crecer entonces no siempre era fácil.

Había normas.

Había límites.

Había días largos.

Pero también había algo que nunca pasa de moda.

La capacidad de encontrar felicidad en lo sencillo.

De convertir una calle en un escenario.

Una plaza en un reino.

Una canción en un recuerdo para toda la vida.

Así que les proponemos algo.

Dejen por un momento las prisas.

Olviden el reloj.

Permítanse volver a ese lugar donde todo empezaba.

Piensen en un juego.

En una risa.

Y guárdenlo.

Porque lo van a necesitar.

Porque esta tarde, la música y el teatro nos van a devolver todo eso.

Las travesuras.

La amistad.

La inocencia.

Las pequeñas rebeldías.

Y esos recuerdos que uno cree dormidos… hasta que de pronto despiertan.

Quizá reconozcan algo.

Quizá recuerden una retahíla.

O quizá se descubran sonriendo sin saber muy bien por qué.

Y si eso pasa…

no se preocupen.

Es completamente normal.

Porque durante el próximo rato les invitamos a hacer algo maravilloso:

mirar el mundo otra vez con ojos de niño.

Prepárense para emocionarse.

Para reír.

Y para volver a ser niños… aunque solo sea durante un ratito.

Comienza el espectáculo.


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