Hay actuaciones que dan para una croniqueta. Otras simplemente dejan un momento, una conversación o un recuerdo que merece quedar escrito antes de que llegue el lunes.
Para esas pequeñas historias nacen las Entrecroniquetas: apuntes espontáneos que aparecen entre una croniqueta y la siguiente.
Aunque la primera fue hace unos días en Villamartín de la Abadía, hoy vamos a dar un salto hasta ayer por la tarde, en Tremor de Arriba. Bueno, en realidad antes de llegar a Tremor, porque cogimos la carretera que va de Torre a Tremor, la LE-460. Veníamos de la de Folgoso; fue entonces cuando alcanzamos la Charly 12, que iba con las luces de emergencia (para los que no lo sepáis, un camión amarillo de bomberos forestales), y nos pusimos en lo peor. Al llegar a Pobladura (de las Regueras, para más señas) ya vimos la columna de humo a la izquierda. Si no recuerdo mal, el conductor de este camión lo conocemos y es de Paradaseca, pero eso daría para otra croniqueta más. Solo esperamos no tener que acostumbrarnos nunca a estar mirando cada vez que salimos al monte, con eso que ahora llaman ecoansiedad.
Porque de Tremor hemos aprendido muchas cosas: qué es un recuencano, cómo eran las burras del carnaval, dónde se hacía el baile antes de que llegaran las minas o cómo el tío Germán, el tamboritero, hablaba con el acordeonista respondiendo a la pregunta de «¿Cuál tocamos?» con un «La misma que entró gente nueva al baile». Aquí hemos escuchado a Agripina hablar de cómo era el pueblo antes de que empezara el carbón, de cuando lo sacaban con mulas. También Gabriel Folgado la retrató en su documental Paisajes interiores: su marido, sus hijos y su nieto en la mina. La minería dejó en estos pueblos unas cicatrices imborrables. Quizá por eso impresiona todavía más ver aparecer una nueva columna de humo.
Es curioso porque íbamos a actuar en una marcha ciclista solidaria que pretendía poner en valor las zonas que han sufrido incendios y también las rutas del vino. Incluso escuchamos la idea de apagar los incendios con vino, pero ya es demasiado divagar hasta para nosotros. Tuvo la mala fortuna de que la tormenta de la tarde provocara un nuevo incendio (en realidad más de uno), que se veía desde donde tenía final esta etapa de la Vuelta Ciclista del Movimiento Ultreya.
Aun así, nosotros vinimos a tocar y bailar. A pasar la tarde y disfrutar, aunque no dejamos de mirar para el humo tras la montaña, que fue disminuyendo. Coincidimos con otros colectivos y cerramos el evento por todo lo alto intentando enseñar lo que hacemos. Y estuvo bien. Muy bien.
Pero, como suele pasar, la actuación acabó siendo solo una parte de la tarde. Porque lo que había que contar empezaba al terminar.
El grupo fuimos a hacernos una foto en el photocall que habían montado y, en un momento, se nos sumaron todos los corredores, a los que hicimos corear «¡Tremore!» (Tremor no vale, que tiene dos sílabas y no funciona igual).
Nos cambiamos y había merienda, así que nos fuimos para el pabellón, al mismo que hizo diez años, en mayo, fuimos a tocar con Daniel y Bea, aunque de aquella en los conciertos nos llamábamos simplemente Teito. Comida exquisita, buena compañía y tiempo para escuchar a los corredores, que los había de todos los lugares.
Después bajamos hasta el Bar Eliseo, que regentan Vicente y Sonia. Un negocio abierto desde 1963 que también albergó una barbería. Pero eso lo cuenta muy bien Vicente Crespo, exminero que te atiende en la barra y escribió el libro Minas, bares, negocios y riqueza en los valles del Tremor y del Boeza, en el que relata los 31 bares abiertos simultáneamente en Tremor en una época en la que llegó a tener más de cuatro mil habitantes. Hoy no pasan de cuatrocientos y este es el único bar. Al lado de lo que fue el cine, al lado de lo que primero fue el Bodegón, luego el bar-restaurante Stairon y la discoteca Molinón, un local que espera preparado para volver a abrir como restaurante.
Porque en el Bar de un pueblo, si pones la oreja y atiendes, además de tomar algo, puedes escuchar maravillas. Escuchar sobre vídeos que, si se publicaran, yo no sé dónde podrían acabar los que salen en ellos o, como nos pasó ayer, tener conversaciones sobre los virgos que hacen ahora en China y que puedes importar para sacar cuatro rosas en la prueba del pañuelo. O, si tienes calor (ojo, que aquí refresca y a las once ya había 15 grados al lado del río; con esta temperatura el hielo tiene otra esperanza de vida), puedes salir a la terraza y descubrir una pregunta que podría ser digna de La Revuelta de Broncano: ¿Qué prefieres? ¿Una mujer, vino o un plato de feletes?
Por todo eso, Tremor sigue siendo un pueblo digno de visitar, de parar en el bar, echar la quiniela o la bonoloto y ver cómo los niños siguen jugando como en los Días de rodillas peladas, solos en el parque, sin miedo, sin casi supervisión, porque en un pueblo todos miran por ellos.
Lo de cómo Vicente cambió los vasos, los puso más grandes y los seguía llenando de vino hasta la raya, lo dejamos para contar en otra croniqueta... o Entrecroniqueta. Quién sabe.



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