Cuando estás en el Bierzo Bajo basta con decir Villamartín. Nadie pregunta cuál. Pasa lo mismo con Villaverde.
Nosotros casi cada año vamos a tocar al San Pedro con la Escuela Municipal de Gaitas del Ayuntamiento de Carracedelo. Llevamos doce años gestionando y enseñando en esta escuela, aunque nuestra relación con ella viene de mucho antes. Yo empecé aquí a tocar y Denise ya había dado clase. En realidad, más o menos, fue aquí donde nos conocimos.
Y Villamartín, de toda la vida. Cuando era un chaval era de las primeras fiestas del verano una vez que acababa el curso. Una fiesta diferente a ahora; de aquella se hacían bodegas, en cuadras, chamizos, donde fuera. Y también íbamos a tocar, pero la procesión era más larga que ahora. Será que los santos pesan más, que hay menos gente o que el cura tiene prisa, que se le ve pluriempleado.
Pluriempleado como nosotros, que tocamos, enseñamos y cualquier día también tiraremos las bombas. Y él también, porque cuando llegamos estaba encaramado en el campanario tocando. Y no lo hacía mal.
La última vez que yo había venido a tocar fue memorable, porque el cura, más que pluriempleado, también daba espectáculo. Iba cortando las calles, dirigiendo el tráfico, y nos presentó en misa como el mejor grupo de gaitas de todo Australia. Esta vez tocó celebrarlo la víspera, el 28 de junio, porque ya las fiestas, por eso de la despoblación, o llámale España vaciada, ya no se pueden celebrar el día propio, que es el 29.
Esta vez fue más solemne la procesión. Lo justo para ir mirando lo que había alrededor. Como por ejemplo las cuerdas en los pajares o los sobeiros colgadas del techo. Porque aquí ya no se cultiva tabaco, pero quedan las señas. Quedan los secaderos y el recuerdo de que fue parte importante de la vida, como hoy todavía lo son los frutales y las huertas.
También vimos cómo al San Pedro le pusieron unas nectarinas en la mano. Creo que las escogieron por ser a escala, que, aunque tenían muy buena pinta, seguro que no eran las más grandes del árbol.
Después de la procesión aún tocamos también con buen estilo el alzar y la comunión. Porque el grupo funciona y no deja de crecer. Ahora salen las pequeñas, que ya empiezan a tocar y van creciendo como niñas y como gaiteiras. Y detrás vienen otros que todavía no han debutado, pero que también aprenden estas músicas cercanas y muchas cosas más allá de la técnica, las melodías, la postura, los géneros o los ritmos.
Pero no todo son las pequeñas. Los mayores, que siguen ahí año tras año, también sostienen el grupo. Porque desde 1994 lleva funcionando ininterrumpidamente y no es poco.
Después de tocar en la tribuna y recibir a la gente que salía de misa, nos fuimos hasta el vermú al campo de la fiesta, para seguir comentando y escuchar esa versión que dice: «La raspa la inventó el cura en el sermón».
Seguro que el año que viene volveremos a Villamartín a tocar. Antes pasaremos este verano por Carracedo, Villadepalos y seguramente alguna más. Porque actividades como esta Escuela, cuando se llevan con sentido, también hacen comunidad. También hacen pueblo.






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