Hoy en día las bodas son diferentes, son a la carta, como quieren los novios (a veces como les dejan) y es bonito y está bien. Son ellos quienes eligen las costumbres y las tradiciones. Eligen no casarse en el pueblo de la novia, en Albares, ni tampoco en el del novio, que es de Villabelino, sino donde viven ellos y traer a todo el mundo al proyecto de vida que están construyendo. Eligen montar un photocall con alpacas, la rueda del carro y detalles que hay que traer desde el Bierzo hasta Oviedo. Eligen las canciones que quieren para la entrada del novio y de la novia, canciones que les dicen algo por dentro. Y eligen, aunque tengan veintipocos años, que en su boda quieren música de su tierra, instrumentos tradicionales que toquen esas canciones que ellos eligieron y que den ambiente a la salida de la iglesia y en el cóctel.
Y es muy bonito. A nosotros nos gusta tocar en las bodas.
Mucho.
Y si el otro día preguntaba... bueno, pregunté en una Gota:
«¿Para qué toca un tamboritero?», y como nos dijo Edilberto, parte de esa
respuesta es por los cuartos. Es verdad, tampoco se puede negar. Hace ya mucho
tiempo decidimos profesionalizarnos. Eso significa, entre otras cosas, que
podemos entrar a tocar en cualquier salón de bodas. Si piden las altas, ahí
están. También forma parte del oficio.
Pero no es por eso por lo que nos gusta este trabajo. Es un
lujo poder vivir de él. Y aunque otro día podemos contar por qué nos gustan
tanto las bodas, tiene que ver con que para la broma cualquier músico,
cualquier gaiteiro vale; pero aquí hay que ser finos, no valen segundas
oportunidades. Y también porque estás formando parte de uno de los momentos más
importantes de la vida de una pareja, aunque, por supuesto, no eres el
protagonista. Ni falta que hace.
Pero que estas músicas sigan estando presentes hoy en día de
ese modo, como siempre lo estuvieron, es la mejor prueba de que siguen siendo
útiles y necesarias. Si no sirvieran para acompañar la vida, ya habrían
desaparecido hace mucho tiempo. Así lo avalan nuestros estudios científicos,
revisados por un comité de folcloristas puristas integristas.
Al final, quizá esa sea la mejor manera de saber si una
tradición sigue viva: comprobar que alguien la sigue eligiendo cuando podría
elegir cualquier otra cosa.
Pero ya empiezo a divagar, que también es muy mío, y esto
iba de la boda de Nerea, que cuando era pequeña vino a clases varios años y
aprendió a tocar la gaita. Una de las muchas niñas gaiteras que han aprendido
con nosotros durante todos estos años.
Nosotros salimos de La Granja, que tocaba hacer oficio por
la mañana (pero eso ya va en la croniqueta del lunes), cogimos camino hacia
Asturias, con todas las obras que tiene la autopista, que ni con tramos a
cuarenta y a sesenta deja de cobrar los diez con veinte. Llegamos a Llanera, a
la iglesia de San Cucufate (que todo el mundo conoce como San Cucao), y allí
nos pusimos en faena. Ver entrar a la novia, lo guapa que estaba, fijarse bien
y descubrir ese ramo con un pistón de motor, no tiene precio.
Lo único es que hay que tener cuidado al tirarlo, porque
igual, en vez de anunciar quién va a ser la próxima en casarse, deja un viudo
antes de llegar al matrimonio.
Los acompañamos en una tarde en la que el sol no perdonaba,
aunque el aire daba una tregua. Entraron en el comedor y acabó nuestra parte.
Tocaba la vuelta y con cuidado. Porque, saliendo por La Magdalena y volviendo
por Luna, sabes que puede salir cualquier bicho, y más ya anochecido. Y así
fue. Pasando La Garandilla cruzó un zorro y, unos kilómetros después,
encontramos una familia de jabalíes. Una madre con cuatro o cinco rayones del
año. Bueno, ya empezaban a borrárseles las rayas, pero hay que tener cuidado.
La tormenta amenazaba a la vuelta y fue un palo entrar en
Bembibre y notar el ambiente cargado de humo. Porque no solo olía a humo.
Tendría que venir de San Clodio, arrastrado por el aire. A nosotros estas cosas
nos ponen los pelos de punta y no terminamos de acostumbrarnos a que cada
verano pase lo mismo. Últimamente lo tenemos demasiado presente. Y ojalá deje
de ser costumbre escribir algo así todos los veranos.
Aun así, como decíamos al principio, merece la pena este
oficio de andar llevando alegría. Aunque haya kilómetros, jornadas largas,
desgaste y retos. Es parte ya indisoluble de nosotros y, aunque hemos tenido la
suerte de tocar en escenarios grandes, en celebraciones íntimas y en pueblos
muy pequeños, disfrutamos de cada una de ellas de una manera que siempre nos
deja el corazón un poco más alegre.
Porque sí, hoy celebramos la vida de formas diferentes. Hay
quien se casa por la iglesia, quien lo hace por lo civil, quien celebra su
unión de otra manera y quien simplemente reúne a los suyos sin necesidad de una
ceremonia. Las formas cambian, y está bien que sea así. Pero las personas
seguimos necesitando celebrar la vida junto a quienes queremos. Y mientras haya
quien elija estas músicas para acompañar esos momentos, seguirán teniendo mucho
futuro. Y nosotros, mientras nos sigan llamando, seguiremos encantados de
ponerles música.










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