lunes, 29 de junio de 2026

Croniquetas de un músico #5 (2026) – Montes de Valdueza / Los Pamplinas, Gaiteiros de Oficio

Después de salir de Fontedoliva cruzamos media comarca por esa herida abierta que nos atraviesa, que es la A-6 y que deja aislados a todos los pueblos que no están cerca, para coger a nuestro saxofonista más mudo, Dani Parrone, y a nuestra bombera favorita, la única que, aunque su nombre no empiece por B, le dejamos tocar en el grupo, Beatriz Boto. Le salva que nombre y apellido empiezan por la misma letra, como los nombres de los personajes del cómic de Spider-Man (Peter Parker, J. Jonah Jameson, Otto Octavius...).

Salimos de Ponferrada y empezamos a subir desde San Lorenzo hasta llegar a lo más alto de la Tebaida, esa zona de ermitaños donde, sobre el año 635, San Fructuoso de Braga fundó el Monasterio de San Pedro de Montes con la colaboración del albañil Baldario, según contaba Valerio del Bierzo, que no lo decimos ni lo negamos nosotros, que esto se cuenta. Luego sería San Genadio, a finales del siglo IX, el que comenzaría con la reconstrucción, cuya iglesia se consagró con la presencia de cuatro obispos el 24 de octubre de 919. Todo esto para decir que la presencia de aquellos cuatro obispos fue casi tan importante como la de los cuatro músicos que subimos para el San Pedro a este pueblo, que se creó alrededor de este monasterio y por eso se llamó primero San Pedro de Montes y hoy Montes de Valdueza. Que luego se nos lía la gente con los nombres y estos de Ponferrada o de Madrid, que nunca han subido tan cerca del cielo a disfrutar de la delicatessen que supone pasar un rato en un sitio tan bonito, rápido buscan excusas para no venir: que si la carretera estrecha, que si las curvas, que si la abuela fuma...

Fue Pilar la que nos llamó a tocar y se ocupó de que no nos faltara de nada. Nos enseñó la exposición de fotos que elaboraron en el local que les han rematado y nos puso a hablar de nuevo con el hijo del tamboritero Adolfo del Río, que tanto tocó para las bodas de la zona. Con los mayores volvimos a hablar de los Relámpagos de Montes, que también tocaban la gaita. Pepe era el gaitero, al que acompañaba Gregorio al clarinete, siendo Emilio, su hijo (conocido por el mote del Drogas), el que tocaba la caja. Curiosidades de la vida, Emilio tocó hace unas décadas en más de una ocasión con nuestro Parra. Algunos de los muchos músicos que hubo en este pueblo, donde dicen flauta, tambor (por mucho que alguno se empeñe en decir tamborín como los maragatos) y tamboritero (porque aficionados que tocaron la flauta hubo muchos más). Porque algo nos queda dentro a los que escuchamos más que hablamos, y mira que nos gusta hablar, ayer teníamos la lengua suelta.

Pilar también nos explicó los barrios de este pueblo, que está bien contarlo porque la mayoría de los que vienen de turistas no pasan del barrio del Hondo, donde está la iglesia y, con un poco de suerte, se acercan hasta la Cantina de Sara, donde se come bien y te atienden mejor. Lo sentimos, pero ayer no nos dio tiempo a pasar a saludar. Pero es que está el barrio de las Nogales, según subes, a la izquierda, al fondo; un poco antes, el de la Fuente; la Nogalona, donde hacen la fiesta; la Era, donde está el mirador; y un poco más abajo, la Pedrera.

A veces no se puede tener todo y, aunque la merienda bien y el ambiente mejor todavía, nos faltó Manolo y andar por las bodegas y cantar eso que le dicen las Rondas, aunque la mayoría sean más canciones de taberna que otra cosa. Aun así merece la pena el viaje por el paisaje, por el aire limpio y por los años que se rejuvenecen volviendo a ver los cubatas a cinco euros y las cervezas a menos de dos, con tan buenas vistas. Que uno está tan cerca de la urbe, de las aceras, y en un momento está rodeado de castaños, nogales, algún tilo, cerezas, guindas y hasta amapolas todavía a finales de junio.

 

Pusimos en práctica la hipótesis científica que dice que para disfrutar de esta localidad hay que dejar el coche a la entrada, subir las escaleras y pasar por delante del monasterio para entrar por la senda hasta las primeras casas. No preocuparse, que hay farolas si se hace de noche, pero es la única manera de poder ver luciérnagas en un veirón. Que aunque vayas cargado con los cheles, con los instrumentos, puedes subir la cuesta despacio y no perder del todo el aliento. Cuando atravieses el portalón encontrarás un paraíso lleno de buenas gentes que, si sabes llegar con humildad y disposición, te harán sacar más de una sonrisa y compartir un buen rato. Porque si sabes ir por los sitios con la sonrisa en la boca y el corazón abierto, los sitios te devuelven la sonrisa y te dejan el corazón más lleno.

 

No podemos contarlo todo... porque se nos alarga la croniqueta y porque no todo se puede contar. Si no, se sabría que a nuestras chicas las piropeó hasta uno que pasaba en moto o que, aunque no tengamos la certeza, pero tampoco dudas, casi nos contrata para ir a Valdefrancos; uno que, si pilla al que llevaba la camiseta del grupo de música satánica Corpus Christi, lo desmonta bailando agarrado. Y hasta aquí podemos leer, que el resto se queda para los que nos vienen a ver en directo o nos llaman para su fiesta, incluso para la siguiente croniqueta, que aún nos quedan actuaciones de sobra en el verano. Que si no es verdad todo lo que acabo de contar y que aún nos queda solo alguna fecha libre, no vuelva a hablar el saxofonista en un concierto y que se quede cojo el que escribe, o mejor aún, que lo desmienta quien sepa más y sepa hacerlo mejor.

 

Los que habéis llegado hasta aquí ya sabéis un poco mejor cómo entendemos este oficio. Detrás de un simple «gracias por habernos llamado» hay una forma de hacer, de escuchar y de intentar devolver siempre un poco más de lo que recibimos.













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