Compludo es un pueblo de los que nos encanta ir, ya no solo por los Acebo, sino porque es de esos sitios bonitos que hay que conocer en el Bierzo, y no solo la Herrería. Hay que pasar a comer una tortilla en el Mesón de Candy igual que ir al Bodegón a por unas bravas. Parece que bercianos sólo son los que beben godello o Mencía, van al Toralín y comen patatas tas, aceitunas lupy y botillo. Pero resulta que desconocen estas sutilezas y nuestros mejores rincones.
Hoy volvía a tocar aquí con responsabilidad. Que equivocarse
antes de empezar la primera canción tiene bastante mérito. Pero digo responsabilidad también, porque el
tamboritero que últimamente subía a tocar, además de amigo sincero y mejor
persona, es Edilberto, que es el que más vale para la fiesta (y para muchas
más cosas, pero no queremos que se le suba a la cabeza a Philip Morris).
Aun así, venía con mucha ilusión, con ganas de repetir alguna de
las fotos que conocemos de las fiestas y de algunas de las que Diego Acebo nos pasó, el tocayo que no toca porque no
quiere (se gusta demasiado haciéndose de rogar). Lo de que y porque tiene una
mano medio bizca, eso ya es otra historia. Entre algunas de las que nos enseñó
y que están consiguiendo recopilar, están las de 1964, cuando se inauguró el Monumento
con dos tamboriteros. Y es que llegué con tanta ilusión, que no podía esperar a
misa y, al bajar del coche, arranqué a tocar la alborada (digo
alborada, ya que a media mañana alborada ya sólo es el nombre de la canción,
aunque alguno la mete en la procesión, tampoco eso le cambia el nombre). Y
la toqué aunque no fuera eso para lo que me habían contratado. Tocar no es
firmar una hipoteca, aunque también hay que saber redactar bien los contratos. No
llegué hasta la Peñal, que ya me pararon antes, porque Compludo no tiene
barrios pero si que dicen subir a la Peñal cuando van a las casas más altas
donde estaba la escuela.
Y para ello tocaba estrenar camisa. Este año he dejado las
calaveras, los patitos… Habrá que hacer caso a los amigos (total no estaba
tocando en un festival indie, esta vez) y salir a tocar sintiéndose guapo,
vestido (que no disfrazado) de músico, de bonito; que se note que es un
día especial y que la ocasión lo merece. Pero afinando más entre la fiesta, la
broma y lo serio. Y el Corpus Christi y la Octava lo merecen. Lo llevan
siendo desde que el papa Urbano IV la instauró el 11 de agosto de
1264, y aquí lo es desde finales del siglo XIII e inicios del siguiente.
No en vano es uno de los tres días en el año que relumbran más que el sol.
Casualidad o no, ahí lo dejo. Si dicen, que digan. La Forma tiene que salir una
vez al año de la Iglesia, bajo palio (eso que ahora llaman toldo o pérgola),
pero el que va a la sombra es el cura, que para eso la lleva cogida entre las
manos dentro de la Custodia pero sin tocarla con las manos, cogida con el velo
humeral. Y para los que no saben de qué va este detalle, lo podemos explicar
con calma (para eso, venirse a una clase). Esta vez volvía a tocar hacerlo como
corresponde, el alzar, la comunión y la procesión: con cada son para cada
momento, en su sitio, bien colocado, sin aditamentos ni artificios, más que el
oficio bien hecho. Quizá un grupo necesite un tamboritero, no digo que no, pero
un tamboriTero de verdad no necesita un grupo para hacer lo que debe
hacer. Parafraseando a Don Guti, que hablaba en boca de Don Julio Prada, aquí,
hasta no hace demasiado (si es que alguna vez ha dejado de serlo): las
bandas son de asaltadores y cuatreros.
En Compludo hemos probado los dulces, comido bien, tomado algo
en la Chapacuña con el Ermitaño y tocado en muchas ocasiones, acompañado al
pendón con Tomás en Ponferrada… Hemos escuchado a Manolín el Herrero tocar las
campanas, visto el Ramo que aún conservan en la Iglesia. Hemos pasado ratos muy
buenos, la verdad. Tanto, que no dejo de pensar en el estudio científico -del
que todavía no tengo pruebas, pero tampoco dudas- que avala que las fiestas de
un pueblo se miden por lo que te convidan a tomar en las puertas. Los de la
ciudad, en vez de poner un vaso de vino o una copa de aguardiente en la parva,
que sigan poniendo carteles por las paredes. Cada uno presume de lo que tiene.
Sigue siendo bonito venir a un pueblo con la piedra de los
bolos sin estar cubierta ni rodeada de hormigón o asfalto, en el que se puede
beber en las fuentes y siempre hay momento para una conversación agradable
después de los salmos. Escuchar cómo aquí se sigue diciendo tamboritero,
tambor…, sin tener que dulcificar ni edulcorar innecesariamente las palabras
que nos definen, que hacen que seamos quienes somos. Porque lo bonito de un
pueblo es que todo el mundo sabe quién eres aunque lo incómodo de un pueblo sea
precisamente que todo el mundo sabe quién eres.
Que cada uno saque sus conclusiones sobre cómo hay gente que
pasa por los sitios sin que los sitios pasen por ellos, sin quedar impregnados
de la gente, del paisaje, de los olores y de las emociones (qué le vamos a
hacer; hay quien parece muerto por dentro).
Al final yo solo soy uno (a veces no muy bueno), un
músico que nació en 1984, fue embaucado durante un tiempo por los coros y
danzas más folclóricos, sin haber cometido ningún delito. No tardé en fugarme
de esa prisión en la que me encontraba recluido. Hoy, todavía no bien visto por
ese compendio de naftalina y malas artes, sobrevivo como músico de oficio y
docente de fortuna.
Si usted tiene algún problema y nos escribe o llama, quizá
pueda contratarnos…
Que si no es verdad que todo esto y mucho más (no se puede
contar todo) pasó en una sola mañana, que lo desmienta otro que haiga mejor o
que se quede cojo el que está escribiendo.






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