Hoy volvíamos a tocar de nuevo (después de la jugada del año pasado) en Albares para el San Antonio. Al llegar ya estaba Longi en la Cruz, donde ponen el Mayo, esperando, con una boina para mí (ayer no fui capaz de encontrar dónde vendieran ya una boina ni en El Barco de Valdeorras, Villafranca del Bierzo ni Ponferrada, incrible, Federico cerrando y ya no trae, pero me niego a comprarla por Amazon, sólo faltaba, ya coincidirá en Astorga o habrá que aprovechar en León que aún quedan dos sombrererías). Al poco llegaron Chema y Ana, así que de nuevo éramos cuatro, casi tantos como la orquesta sinfónica de Quilós.
Desde allí arrancamos el pasacalles (no podemos decir
alborada después de las diez de la mañana). Cogimos por la calle de los
Balines hacia la Huerta Grande, intentando andar todos los barrios que
pudimos antes de la misa, que en Albares son unos cuantos: de la Iglesia, el
Sardón, Nuestra Señora, el Botillo, la Corredera, el Bosque, la Ermita… Pasamos
por la plaza en la que estaba el negrillo, por la puerta del salón de baile… No
nos dio tiempo a andarlo todo, pero le dimos una vuelta, parando a hacer una foto
a la pintada de la puerta de la huerta de Chao. Es una barbaridad ver el vergel
que es este pueblo: las cerezas en su punto, las brevas a reventar, las moras
blancas bien maduras al lado de la casa de Manolo, las parras cargadas de uvas…
no pienso explicar eso de que la fruta que más sabe es la robada.
Tocaba la hora de ir a la Iglesia. Las bodegas ayer, bien (se
notaba en el estudio que hice de las estrellas azules 0,0 y las aguas; en
alguna cara, también), pero hoy faltaron los arcos a la puerta, entre las
columnas de hormigón (qué le vamos a hacer). Últimamente ya no los
ponían todos, sino uno solo y alguno más por las calles. Tampoco tocaron
las campanas, y eso que hay buenos campaneros. Pero, entre los muchos
encuentros de hoy, saludamos a una novia a la que le tocaremos en la
boda dentro de 28 días.
Hablamos con el cura y bien. Nos dijo que en la procesión
tocáramos donde quisiéramos. No podemos decir nada malo, aunque sabemos que
últimamente están contentos con él. Cambió el día de la procesión larga por la
corta; el año pasado les quitó las flores de las violeteras a los pies del
altar que se pone en la calle; les cambió las letras de la canción de San
Antonio que se canta hoy… Nosotros no decimos nada, pero se dice, se comenta…
Nosotros entramos a ver las pinturas del lateral del altar, que es lo más
importante que tiene este templo, y la curiosidad de ver una piedra arenisca
tan roja y labrada pegada en el lateral de la fachada, que era el pie del
púlpito que había dentro.
Tocamos la procesión como procede y a la salida de la
iglesia. Luego, el vermú. Yo coleccioné estrellas rojas (quintos de Estrella
Galicia) como las que tenía Adelino, el tamboritero de Peñalba, en el
tambor. Menudo ambiente más bueno. En el Hogar del Pensionista coreaban como si
fuera un partido (será que es año de Mundial): «Los de las Eras, para la
carretera» y «Aquí están, estos son, los que tocan el tambor». Y, como si fuera
una boda, un: «¡Que se besen, que se besen!», aunque alguien lo que decía es que
me bese, que me besen.
No faltó un brindis, el que hacía Elvira, la Gallarda, que
estos tamboriteros valen para todo: «Que no haiga ningún de aquel, que
todo medre, salud y pan pa la cocha».
Nos llevamos la sorpresa de encontrarnos con un viejo
conocido, un “compañero”. De esos músicos a los que el vecindario siempre les
acaba poniendo un mote antes que un apellido. Hay quien dice que nunca llegó a
tamboritero y se quedó en chiflero. Pero no somos de entrar en esas cuestiones,
igual si de comentarla, que nosotros bastante tenemos con lo nuestro. Lo
curioso fue que primero nos evitó, al hablarle de frente no le quedó más
remedio que responder y, al despedirse, dijo que iba para el coche. Cinco
minutos después volvió a pasar por delante. Resultó que el coche estaba
aparcado para el otro lado. Qué le vamos a hacer. Hay quien se pierde por los
caminos y hay quien se pierde antes de empezar a andar.
Se me vino entonces a la cabeza aquella canción de Pablo
Carbonell y Los Toreros Muertos titulada “José Madero”. Solo que aquel policía y
músico, si mal no recuerdo, parecía bastante más simpático.
Luego fuimos a la Huerta Grande y allí fue una
delicia conocer en persona a Laura, una artista que estrena hoy, por la
tarde, un mural de grafiti en el pueblo y que, además de ser nieta
de Aníbal, el tamboritero, también le interesa la música tradicional. De
allí volvimos al Hogar otra vez, nos podía la sed, pasando por encima del
pasadizo que decían tenía el Obispo para pasar desde la bodega a la bodega de
en frente.
Fue bonito tocar la de Viva Albares y algunas más que
la gente conoce y se anima a cantar. Aunque este año hemos aumentado el
radio de nuestro repertorio y, además de las de aquí cerca, tocamos algunas
maragatas.
Ya he contado mucho, para haber tocado solo una mañana.
Dejamos para otro día lo de hablar del cura que había en Albares, que
también se llamaba Isaías y que también tenía una mancha en la cara. Queda
pendiente. Que cada uno saque sus propias conclusiones, siempre hay quien pasa
por los sitios sin que los sitios pasen por ellos. Si gustan, gracias por leer
hasta aquí, nos queda mucho verano y mucho por contar. Creo que las próximas
croniquetas van a darnos mucho juego. Esta para ser la primera de la temporada,
no ha estado mal.
Ya he contado bastante para haber tocado solo una mañana.
Dejamos para otro día lo del cura que hubo en Albares, que también se llamaba
Isaías y también tenía una mancha en la cara. Todo llegará.
Porque hay pueblos por los que uno pasa y otros que se
quedan pegados para siempre en la piel. Quizás una sensación, una canción, una
conversación, un vaso compartido o por una boina que aparece a tiempo. Qué le
vamos a hacer.
Y mientras todavía quede quien entienda que en un pueblo de
tamboritero las fiestas siguen necesitando un tamboritero, nosotros seguiremos
empeñados en llevar el oficio de puerta en puerta. Como los burros, dicen que
estamos en peligro de extinción; quizá sea verdad. Pero algunos todavía somos
de los que creemos que ciertas cosas no se hacen sólo por negocio, que la
convicción es necesaria y que ser obstinados (cabezones, mejor dicho) siempre
ayuda.
Y si no es verdad que todo esto y más pasó en una sola
mañana, que lo desmienta otro que haiga mejor o que se quede cojo el que está
escribiendo.

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