domingo, 14 de junio de 2026

Croniquetas de un músico #1 (2026) – Albares de la Ribera, San Antonio / Tamboriteros del Boeza

Hoy volvíamos a tocar de nuevo (después de la jugada del año pasado) en Albares para el San Antonio. Al llegar ya estaba Longi en la Cruz, donde ponen el Mayo, esperando, con una boina para mí (ayer no fui capaz de encontrar dónde vendieran ya una boina ni en El Barco de Valdeorras, Villafranca del Bierzo ni Ponferrada, incrible, Federico cerrando y ya no trae, pero me niego a comprarla por Amazon, sólo faltaba, ya coincidirá en Astorga o habrá que aprovechar en León que aún quedan dos sombrererías). Al poco llegaron Chema y Ana, así que de nuevo éramos cuatro, casi tantos como la orquesta sinfónica de Quilós.

Desde allí arrancamos el pasacalles (no podemos decir alborada después de las diez de la mañana). Cogimos por la calle de los Balines hacia la Huerta Grande, intentando andar todos los barrios que pudimos antes de la misa, que en Albares son unos cuantos: de la Iglesia, el Sardón, Nuestra Señora, el Botillo, la Corredera, el Bosque, la Ermita… Pasamos por la plaza en la que estaba el negrillo, por la puerta del salón de baile… No nos dio tiempo a andarlo todo, pero le dimos una vuelta, parando a hacer una foto a la pintada de la puerta de la huerta de Chao. Es una barbaridad ver el vergel que es este pueblo: las cerezas en su punto, las brevas a reventar, las moras blancas bien maduras al lado de la casa de Manolo, las parras cargadas de uvas… no pienso explicar eso de que la fruta que más sabe es la robada.

Tocaba la hora de ir a la Iglesia. Las bodegas ayer, bien (se notaba en el estudio que hice de las estrellas azules 0,0 y las aguas; en alguna cara, también), pero hoy faltaron los arcos a la puerta, entre las columnas de hormigón (qué le vamos a hacer). Últimamente ya no los ponían todos, sino uno solo y alguno más por las calles. Tampoco tocaron las campanas, y eso que hay buenos campaneros. Pero, entre los muchos encuentros de hoy, saludamos a una novia a la que le tocaremos en la boda dentro de 28 días.

Hablamos con el cura y bien. Nos dijo que en la procesión tocáramos donde quisiéramos. No podemos decir nada malo, aunque sabemos que últimamente están contentos con él. Cambió el día de la procesión larga por la corta; el año pasado les quitó las flores de las violeteras a los pies del altar que se pone en la calle; les cambió las letras de la canción de San Antonio que se canta hoy… Nosotros no decimos nada, pero se dice, se comenta… Nosotros entramos a ver las pinturas del lateral del altar, que es lo más importante que tiene este templo, y la curiosidad de ver una piedra arenisca tan roja y labrada pegada en el lateral de la fachada, que era el pie del púlpito que había dentro.

Tocamos la procesión como procede y a la salida de la iglesia. Luego, el vermú. Yo coleccioné estrellas rojas (quintos de Estrella Galicia) como las que tenía Adelino, el tamboritero de Peñalba, en el tambor. Menudo ambiente más bueno. En el Hogar del Pensionista coreaban como si fuera un partido (será que es año de Mundial): «Los de las Eras, para la carretera» y «Aquí están, estos son, los que tocan el tambor». Y, como si fuera una boda, un: «¡Que se besen, que se besen!», aunque alguien lo que decía es que me bese, que me besen.

No faltó un brindis, el que hacía Elvira, la Gallarda, que estos tamboriteros valen para todo: «Que no haiga ningún de aquel, que todo medre, salud y pan pa la cocha».

Nos llevamos la sorpresa de encontrarnos con un viejo conocido, un “compañero”. De esos músicos a los que el vecindario siempre les acaba poniendo un mote antes que un apellido. Hay quien dice que nunca llegó a tamboritero y se quedó en chiflero. Pero no somos de entrar en esas cuestiones, igual si de comentarla, que nosotros bastante tenemos con lo nuestro. Lo curioso fue que primero nos evitó, al hablarle de frente no le quedó más remedio que responder y, al despedirse, dijo que iba para el coche. Cinco minutos después volvió a pasar por delante. Resultó que el coche estaba aparcado para el otro lado. Qué le vamos a hacer. Hay quien se pierde por los caminos y hay quien se pierde antes de empezar a andar.

Se me vino entonces a la cabeza aquella canción de Pablo Carbonell y Los Toreros Muertos titulada “José Madero”. Solo que aquel policía y músico, si mal no recuerdo, parecía bastante más simpático.

Luego fuimos a la Huerta Grande y allí fue una delicia conocer en persona a Laura, una artista que estrena hoy, por la tarde, un mural de grafiti en el pueblo y que, además de ser nieta de Aníbal, el tamboritero, también le interesa la música tradicional. De allí volvimos al Hogar otra vez, nos podía la sed, pasando por encima del pasadizo que decían tenía el Obispo para pasar desde la bodega a la bodega de en frente.

Fue bonito tocar la de Viva Albares y algunas más que la gente conoce y se anima a cantar. Aunque este año hemos aumentado el radio de nuestro repertorio y, además de las de aquí cerca, tocamos algunas maragatas.

Ya he contado mucho, para haber tocado solo una mañana. Dejamos para otro día lo de hablar del cura que había en Albares, que también se llamaba Isaías y que también tenía una mancha en la cara. Queda pendiente. Que cada uno saque sus propias conclusiones, siempre hay quien pasa por los sitios sin que los sitios pasen por ellos. Si gustan, gracias por leer hasta aquí, nos queda mucho verano y mucho por contar. Creo que las próximas croniquetas van a darnos mucho juego. Esta para ser la primera de la temporada, no ha estado mal.   

Ya he contado bastante para haber tocado solo una mañana. Dejamos para otro día lo del cura que hubo en Albares, que también se llamaba Isaías y también tenía una mancha en la cara. Todo llegará.

Porque hay pueblos por los que uno pasa y otros que se quedan pegados para siempre en la piel. Quizás una sensación, una canción, una conversación, un vaso compartido o por una boina que aparece a tiempo. Qué le vamos a hacer.

Y mientras todavía quede quien entienda que en un pueblo de tamboritero las fiestas siguen necesitando un tamboritero, nosotros seguiremos empeñados en llevar el oficio de puerta en puerta. Como los burros, dicen que estamos en peligro de extinción; quizá sea verdad. Pero algunos todavía somos de los que creemos que ciertas cosas no se hacen sólo por negocio, que la convicción es necesaria y que ser obstinados (cabezones, mejor dicho) siempre ayuda.

Y si no es verdad que todo esto y más pasó en una sola mañana, que lo desmienta otro que haiga mejor o que se quede cojo el que está escribiendo.














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