Tuvimos alguna broma con la Maja de Goya y la Maja de Lillo. Es inevitable tener referentes. Pero, vestida o desnuda, seguíamos pensando que nos gustaba más la de este bonito pueblo del Bierzo.
Y eso que, antes de venir, no conocíamos la fiesta. Ahora ya
podemos decir que volvimos más que contentos.
Nos habían llamado para participar con el Aula de Folclore
de Lillo, un grupo de mujeres que toca la pandereta, canta y baila en las
clases que llevamos impartiendo desde hace tres cursos. El año pasado ya
actuaron en la paella del quince de agosto y también han participado en los
encuentros de música tradicional de Carracedelo y en el espectáculo Días de
rodillas peladas.
Esta vez era un poquito más. Estrenaban polos y, con tres
compañeras llegadas desde Vega de Espinareda para echar una mano, amenizaban la
tarde después de la merienda.
Pero antes de la música había que empezar por la Maja.
Los vecinos se fueron reuniendo en la era, ya preparada para
poner en marcha los piértigos, que es como se llaman aquí. En Lillo no se
trillaba: se majaba a mano. Y algo de aquello todavía debe de quedar, porque
fueron saliendo varias parejas, también de gente joven, y llevaban bien el
ritmo. Hay algo muy antiguo que parece despertarse cuando los golpes empiezan a
sonar acompasados y el polvo vuelve a levantarse de la era. Como si el cuerpo
recordara, aunque la cabeza ya lo hubiera olvidado.
La Asociación Cultural La Rueca tenía preparados además unos
piértigos más cortos para los pequeños y allí probó todo el que quiso. Lo
hicieron bastante bien. Que nadie se hizo daño, y eso ya es todo un éxito con
tanto palo en la mano. Porque visto desde fuera parece fácil... hasta que lo
coges y descubres que baja zumbando junto a las orejas antes de golpear el
suelo.
Pero la memoria de la maja no se queda solamente en el
trabajo manual. Después llegaron las máquinas. Primero una para majar y otra
para limpiar. Con el tiempo comenzó a venir una que hacía las dos cosas. Y,
finalmente, antes de que se dejara de sembrar, aparecieron las cosechadoras
modernas, que lo cambiaron todo. Para bien o para mal, de eso ya habrá más de
una opinión. Nosotros todavía no tenemos ningún estudio científico al respecto.
Hoy ya no es necesario separar a golpes el grano de la paja
para poder comer. Aquí se decía majar el pan, porque antes se llamaba pan al
centeno desde que se sembraba. Quizá fuera por el hambre y por las ganas de
verlo crecer, segarlo, molerlo y llenar la barriga con él, aunque el pan
resultante fuera negro y con ese punto ácido tan característico. Por suerte.
Porque una cosa es recordarlo... y otra muy distinta tener que hacerlo.
Aquella maja no era una fiesta como esta. Era polvo, picor,
calor y trabajo duro. Pero también era una tarea que obligaba a juntarse,
acompasar los golpes y ayudarse entre vecinos.
Hoy ya no hace falta reunirse para asegurar el pan del año,
pero seguimos haciéndolo para recordar, comer, conversar y divertirnos. La
necesidad desapareció; las ganas de encontrarse, por suerte, no.
Y algo parecido sucede con la música tradicional. Ya no es
la única manera de poner baile, de celebrar una boda, de mocear o de pasar la
tarde con los vecinos. Tampoco es la principal forma de relacionarnos. Pero
seguimos aprendiendo canciones, tocando panderetas y bailando juntos porque
todo aquello todavía sirve para compartir. En el fondo, eso es también lo que
hacemos cada semana en las clases que damos aquí.
La tarde, además, fue de lo más musical.
Comenzaron los Gaiteros de Fuentelallama. Ese día eran
solamente tres, pero cuando comenzaron llegaron a juntarse diecisiete gaitas:
toda una banda. También escogieron un nombre muy de la zona, propuesto por un
minero a partir de una fuente que hay en el pueblo.
Nos contaron que antes de Daniel Belenda, el Zorro,
acordeonista, y de la aparición de este grupo, apenas hubo músicos en la
localidad. Estábamos tocando, precisamente, al lado del salón de baile que tuvo
aquí.
Alguna vez también pasó por Lillo Camilo López —aunque
nosotros lo teníamos anotado como González—, natural de Quilós, que tocaba la
flauta y el tambor y estaba casado con una mujer de Argayo del Sil. Su hermano
era Silvestre, que también tocó el saxofón y al que hemos llegado a escuchar en
alguna grabación.
No habíamos coincidido nunca con Roberto Gaitero. Con ese
nombre parecía difícil que no tocara algún instrumento. Nos estaba esperando ya
con unos artículos de periódico más que interesantes y unas cuantas historias
preparadas.
Nos contó cómo, de pequeño, recorría Toreno, su pueblo,
lleno de ilusión durante la alborada, siguiendo a su tío, que organizaba las
fiestas, y a Miguel Tercero, el tamboritero. Tanto le gustaba aquello que, al
regresar de la mili, fue hasta Calamocos para comprarle al Toto una flauta que
todavía conserva y con la que comenzó a aprender. Porque Roberto, además de
tocar la gaita, también toca la flauta y el tambor, la pandereta y seguro que
todavía le saca música a algún apero más.
Hablando con él y con alguno más fueron apareciendo nombres
de acordeonistas de la zona, como Marcelino Bueno, de Fresnedelo, y noticias de
tambores que todavía se conservan por este lado y que algún día pertenecieron a
músicos de renombre. Una conversación lleva a otra y, cuando uno quiere darse
cuenta, ya tiene varias historias pendientes para futuras visitas.
Tampoco vamos a contar hoy cuántos bares llegó a tener
Lillo, que ahora solo quedan dos; que todavía resiste un ultramarinos; que ya
no queda ninguna mina; o que, a diferencia de tantos pueblos vecinos, aquí no
hay barrios. Porque nunca lo contamos todo. Siempre tiene que quedar alguna
excusa para volver.
Después de la maja llegó el turno de la merienda. Tocaba
cebollo, con chicharros en escabeche, ensalada, empanada, sardinas y roscón
para terminar con algo dulce. Lo de algo para regar todos estos manjares ya no
decimos nada, que es como el valor que se supone.
Y ya se sabe que de la panza sale la danza.
Después de comer fue el turno de la pandereta, el baile, la
flauta y el tambor. También hubo tiempo para contar alguna tontería y dar un
poco de resuello a las bailadoras, que no todo iba a ser seguido.
El relevo y la traca final los puso Gonzalín, de Fabero, con
sus teclados.
Toda una fiesta. Porque junta lo mejor: tradición y
recuerdo, gastronomía y música. Una combinación que nunca falla.
Antes la gente se reunía porque hacía falta. Hoy nos
reunimos porque queremos. Cambió el motivo, pero no tanto la costumbre.
Seguimos buscando una excusa para estar juntos.
Por eso seguimos pensando que la Maja de Lillo tiene algo
que la de Goya nunca podrá tener. Esta no sólo se mira y contempla, se huele,
se escucha y hasta alimenta.
Las tradiciones no sobreviven porque las recordemos.
Sobreviven porque todavía encontramos motivos para que sigan teniendo sentido.










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